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Full text of "Teatro"

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TEATRO 



i 



OBRAS DEL MISMO AUTOR 



PUBLICADAS : 

La libertad de testar y la legítima ( agotada ) . . 1 volumen 

Zola ( agotada ) 1 » 

Los Modernistas ( 2. a edición ) : 1 » 

Cervantes ( agotada ) 1 » 

Gil ( novelas y cuentos ) 1 » 

Joyeles bárbaros ( sonetos ) 1 » 

Teatro : I — Cobarde — Claro de luna — Yorick 1 » 
Teatro : II — El esclavo - rey — La Rondalla — 

El baile de Misia Goya 1 » 



PRÓXIMAS Á aparecer: 



El Parque de los Ciervos , 1 volumen 

Cuentos crueles 1 » 

Hipomnemo 4 » 

La Ciudad del Espíritu 1 » 

Almas inquietas 1 » 



en preparación: 



La joven América 
Los Genios 



1 volumen 
1 



US 

VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TEATRO 

i-TL 

Cobarde 
Claro de luna 
Yorick 

501314 

io- ta. 43 

MONTEVIDEO 

A, BARREIRO Y RAMOS, Editor 
Librería Nacional 
1912 



TALLERES GRÁFICOS A. BARREIRO Y RAMOS 
CALLE BARTOLOMÉ MITRE, NÚMERO 61 



COBARDE 

DRAMA DE COSTUMBRES NACIONALES EN 3 ACTOS 



Estrenado en el Nuevo Pabellón Podestá-Scotti 
de Montevideo, 
la noche del 3 de Noviembre de 1894 



A los verdaderos precursores del 
Teatro Nacional, Jerónimo 
B. Podestd y José J. Podestá, 
cuyas creaciones en la escena 
criolla no han sido superadas 
aún, 

su amigo 

El autor. 



REPARTO 



Anastasio Gordillo Sr. Jerónimo B. Podestá. 

Pedro, su hijo » José J. Podestá. 

Natividad Sta. María Podestá. 

Gil Grajales, español, padre de 

Natividad Sr. José Queiiolo. 

D. Raymundo Casal, estanciero. » Celestino Petray. 

Rampli, lombardo » Antonio Petray. 

Cipriano, peón de la estancia.. . » Juan V. Podestá. 

Daniel, ídem, ídem » José F. Podestá. 

Cosme, ídem, ídem » Antonio D. Podestá. 

Joaquín Bentos, de Montevideo. » F. G. Acosta. 

Serafina ... Sra. Julia Chiappe. 

Matilde Sta. Felisa Robba. 

Comisario Sr. Cecilio P. Podestá. 

Nicanor » Leopoldo Gerard. 

Teru - tero » Arturo Podestá. 

Un pulpero » Desiderio Santillán. 

Muchacha 1.» Sta. N. N. 

ídem 2.a » N. N. 

ídem 3.a » N. N. 

ídem 4. a » N. N. 

Paisano 1 Sr. N. N. 

ídem 2 » N. N. 

Soldados, Gauchos y Criollas 



La acción pasa en Cerro Largo, en el año 1852. 



COBARDE 



ACTO PRIMERO 



La escena representa el patio de la Estancia de don Rai- 
mundo Casal. A la derecha, la cocina — un rancho de terro- 
nes con techo de paja brava, y puerta baja abriendo sobre el 
escenario. A la izquierda la fachada de la casa principal de 
la Estancia. En el centro, segundo plano, el pozo, con alto 
brocal, balde suspenso de una soga, y á su vera, una tina 
vieja para el agua. Cerca del foro, á la derecha, un frondoso 
ombú. Todo el último plano lo ocupa el campo, que se ex- 
tiende desnudo y triste hasta los confines del horizonte. Es 
de noche. 

ESCENA PRIMERA 
Cipriano, Daniel y Cosme 

(Al levantarse el telón, Cipriano estará sentado en 
un banquito rústico, cerca de la cocina, tocando la gui- 
tarra; Daniel, en pie ante la puerta de la cocina, le 
oye silenciosamente. A horcajadas sobre el brocal del 
pozo, Cosme fuma un cigarrillo mirando las estrellas). 

CIPRIANO 

(Acompañándose óon la guitarra, canta con voz 
monótona y triste ) : 

Yo soy la nota querida 

Que adormece el sufrimiento; 



12 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Yo soy la queja del viento 
En el pajonal perdida; 
Yo del paisano en la vida 
Soy dulce esperanza en ñor; 
Yo apago de su dolor 
La fibra que le desgarra; 
Yo soy, en fin, la guitarra 
Que canta ausencias de amor. 

DANIEL 

(Se pone en cuclillas y con un mimbre empieza á 
hacer figuras en la tierra del piso). Lindo, no más. 
¿Di ande aprendistes eso, hermanito? 

CIPRIANO 

( A media voz, con pereza; sin dejar de bordonear 
en la guitarra) Del pueblero. 

DANIEL 

¡ Mozo ladino ! Parece mesmamente del pago. Ano- 
che cantó unas décimas tristonas que hacían Ho- 
rrar .... 

CIPRIANO 

Ya le oí. 

DANIEL 

No pué negarse. El pueblero que sale criollo, lo es 
del garrón á las guampas. Este ño Joaquín tiene 
cada versada que da chuchos 



COBARDE 



13 



ESCENA II 

Dichos y Matilde 

MATILDE 

(Por la puerta de la cocina, á Daniel que obs- 
truye el paso). Salga, pues. 

COSME 

(A Matilde por el mate que trae en la mano). 
Largue ese orejano p 'acá, comadre, que voy á po- 
nerle marca. (Toma el mate). 

MATILDE 

¡ Jué perra ! Si es más mamón que ternero suelto.... 

DANIEL 

Al ñudo está con sed el hombre. Teniendo el pozo 
tan cerquita 

COSME 

Ni que juera rana, aparcero. 

DANIEL 

¿Aparcero? Pencho el mate 

MATILDE 

Si ya le está sonando el fondo 



14 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CIPRIANO 

(Cantando ) : 

Yo vuelco todas mis flores 
En el seno de mi prenda, 
Yo cruzo toda su senda 
De suspiros y de amores, 
Yo sufro con sus dolores, 
Yo río en sus alegrías, 
Yo cuento todos sus días 
De serena y honda calma, 
Yo junto su alma con mi alma 
Y sus penas con las mías. 

COSME 

Esa versada íes como pa Pedro. (Devuelve el mate 
á Matilde que sale por la cocina). 

ESCENA III 
Dichos, menos Matilde 

DANIEL 

Mesmo. Ai anda con una cara de dijunto que da 
miedo. 

COSME 

La moza de Gil lo tiene desesperao. 

DANIEL 

¿Nativa? No siá lerdo, hombre. La moza se lambe 
por él ; el viejo es quien le estorba. 



COBARDE 



15 



CIPRIANO 

¿Y el patrón? 

DANIEL 

Kiciencito ¡andaba por ái. 

CIPRIANO 

Oreiba que había salido. No lo vide dispués de 
comer 

DANIEL 

Está cansao de la faena. 

COSME 

Tamién cuatro días de trilla .... 

DANIEL 

¡ Jué pucha ! ¡ Qué modo de meniar las tabas ! 

COSME 

Pía eso nos dan hoy una fiesta macuca. 

DANIEL 

¿Con baile, no? 

COSME 

No, y si no ! Esta noche mesmito. 

CIPRIANO 

( Cantando ) : 

Yo soy la estrella brillante 
Que allá en el cielo aletea; 



16 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Yo soy la amorosa idea 

Con que sueña el pecho amante; 

Yo soy el amor constante 

Sin tempestades ni playa ; 

La dulce canción que ensaya 

La calandria en la enramada 

Y la tristeza callada 

Be las noches uruguayas. 

DANIEL 

Ché, Cosme, ¿ sabés si Pedro le trujo á ño Joaquín 
el tabaco? 

COSME 

¡Pues no! Es mozo de palabra. Lo que promete, 
cumplle. ¿Te acordás de cuando la guerra? 

DANIEL 

¡ Cañe jo, acción linda! Un amigo cayó prisionero.... 

COSME 

No jué asina, hombre. A Pedro jué al que agarra- 
ron, y allí encontró á un alférez amigo. Entonces 
Pedro, antes de que lo ajusilaran, quiso despedirse 
de su novia y le dijo lal alférez que lo dejara escapar 
por la noche bajo palabra de que golvería á la maña- 
nita. ¡ Caramba ! Y golvió el mozo, á entregarse él 
mesmo. 

CIPRIANO 

¿Y dispués? 



COBARDE 



COSME 

Dispués lo perclonártin no sé como. 

DANIEL 

Es mozo de honor. 

COSME 

El viejo ño Anastasio asina lo ha enseñao. De- 
lante mío, no más, siempre le está repitiendo : ' 1 Oíme, 
Pedro ; el gaucho pobre no tiene más prenda que su 
honor. No te dejes insultar nunca por naides, ni 
faltes nunca á la palabra empeñada. Asina, pobre y 
todo, serás el hombre más grande de la tierra ' ' 

DANIEL 

Güen hombre el viejo Anastasio. Valiente como las 
armas y lial como un perro. 

CIPRIANO 

¡Me gusta la comparancia! Si te oye el viejo te 
va á faltar tiempo pa dirte al gallinero con el rabo 
entre las piernas. ( Cambiando de estilo, canta ) : 

Allá abajito, muy lejos, 
En escondida tapera, 
Tengo una flor perfumada 
A quien yo llamo mi prenda. 



2.-T. i. 



18 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



ESCENA IV 
Dichos, Pedro y Joaquín 

JOAQUÍN 

Buenas noches. ¿Qué se hace? 

CIPRIANO 

Hablando aquí, mientras llegan los envitaos. (Deja 
la guitarra á su lado). 

JOAQUÍN 

¿Qué es eso, Cipriano? ¿no toca más? 

CIPRIANO 

Hace rato que toco. (Volviéndose hacia la cocina). 
Pero, ¡ iese mate ! ¡ Hola, ña Matilde ! ¿ Qué ste ha caído 
adentro de la cafetera? 

VOZ DE MATILDE 

¡Vá, hombre! 

COSME 

j Jué perra! Mujer más lerda. Tengo la garganta 
como boca de sapo .... 

DANIEL 

Quejáte, no más. Si hasta al vuelo cazabas la cala- 
baza. ¡ Pucha hombre desagredecío ! . . . . 



COBARDE 



19 



COSME 

( A Pedro ) ¿ Ande jueron ? 

PEDRO 

Ai cerquita ; hasta el camino. 

COSME 

De juro que á toparse con Nata .... 

PEDRO 

¿ Nativa ? Hoy no la vide .... 

JOAQUÍN 

El viejo la cuida, eh? (á Pedro) ¿Y usted la 
quiere ? 

PEDRO 

¡ Qon el alma ! Haría por ella tuitos los sacrificios. 

DANIEL 

Pero ño Gilí es perro de presa. A este ( por Pedro ) 
no lo pué ver .... 

JOAQUÍN 

Pero, ¿ por qué ? 

PEDRO 

(Encogiéndose de hombros) Porque dice que soy 
un muerto de hambre. 



20 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA V 
Dichos y Matilde 

MATILDE 

Aquí está la calabaza. 

COSME 

Sin pecado concebida. 

MATILDE 

No siá zonzo, pues. A cualquiera se li apaga el 
juego. 

DANIEL 

¡ Claro! En cuantito nos hacemos viejos. . « , 

MATILDE 

Calíate, terutero. Si no juera purita basura la leña 
que mi has tráido .... 

JOAQUÍN 

¿Y verde, también? ¿A qué era leña verde, no es 
cierto Matilde? 

MATILDE 

¡ Pues claro ! Si estos haraganes, por no dir hasta 
el monte, están despoblando los ocalitos de ái al lao. 



COBARDE 



21 



JOAQUÍN 

(Riendo, á Daniel) ¿No vé, amigo? El mal man- 
dado no sirve más que para eso: para hacer humo. 

DANIEL 

Es pa curar á ña Matilde, como á los chorizos que 
cuelgan en la cocina. 

PEDRO 

( A Cipriano J ¿Y á vos quién te lo dijo ? 

CIPRIANO 

Ella mesma, pues. Y aluego agregó : que me espere 
aquí, que yo vendré antes del baile. Conque ya sabés 
En cuantito estorbemos, me lo decís. 

JOAQUÍN 

¿Qué es eso? ¿Están conspirando? 

PEDRO 

No, ño Joaquín. Hablábamos de Nativa. 

JOAQUÍN 

¿ Entonces, decididamente, el viejo no quiere darle 
á usted la moza? 

PEDRO 

( Tristemente ) Ya se vé. 



22 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CIPRIANO 

A mí me parece que quié casar su chinita con el 
gringo Rampli. 

JOAQUÍN 

¿Con quién ? 

CIPRIANO 

Con el estranjero de ái abajo. Dicen que el hom- 
bre tiene plata escondida en más criaderos que co- 
madreja. 

(Sale Matilde). 

ESCENA VI 
Cipriano, Cosme, Daniel, Pedro, Joaquín 

JOAQUÍN 

¿De dónde ha salido ese Rampli? 

CIPRIANO 

¡Qué sé yo! Cayó al pago hace tiempo, cuando la 
última rigolución. Ño Raimundo le arrendó unas 
cuadras y ái se ha estáo el nación ajuntando pesos 
y escondiéndolos. 

JOAQUÍN 

¿Y qué dice Natividad? ¿Lo quiere? 



COBARDE 



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COSME 

Verlo muerto. 

DANIEL 

De asco no lo mira. 

JOAQUÍN 

¿Y Rampli? 

CIPRIANO 

Ai le arrastra el ala, no más; pero, al ñudo. La 
moza está empacada con éste. Y es lindaza, Nativa. 

JOAQUÍN 

Pues me gusta la cosa para hacerle una fumada al 
viejo. 

PEDRO 

(Bruscamente ) ¿ A ño Gil ? ¡ No, no, no ! ¡ Es el tata 
de ella ! ¡ Oh, si juera otro ! Pero es el tata de Na- 
tiva, ¿ comprende, ño Joaquín ? 

JOAQUÍN 

Entonces hay que gozar al nación. 

PEDRO 

¿ Pa qué, -si es un disgraciáo ¥.-... 

JOAQUÍN 

Una broma, nada más. . . . Mire, sería bueno darle 
un sustito de noche, disfrazándonos de fantasmas.. 

(Entra Matilde con el mate). 



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VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA VII 
Dichos y Matilde 

MATILDE 

i Ave María Purísima ! 

COSME 

(Alarmado) ¡De pantasmas! No es güeno jugar 
con eso. . . . 

JOAQUÍN 

¡ Hombre ! ¿ Y por qué ? 

COSME 

(Siempre serio) Los di juntos aparecen sin que 
naide las llame 

JOAQUÍN 

(¡Sonriendo) ¿Usted ha visto algún aparecido? 

COSME 

( Cada vez más grave ) Vide. 

JOAQUÍN 

¡Hola! A ver, cuente. 

COSME 

Una noche de luna, iba yo pá Montevideo, asina, 
chiflando sobre el pampa, al lao del Santa Lucía. 



COBARDE 



25 



Kedepente vide una cosa blanca del otro lao del 
río, entre los uncos? Al principio me pareció una 
lavandera ; pero, ¡ á las doce de la noche ! ¡ No podía 
ser ! Me puse á mirar, á mirar y vide la cosa blanca 
que se venía dispacio, dispacio por encimita del agua 
(Hace el signo de la cruz) ¡Por ésta, que no le 
miento ! Entonces me naquié feo, amigo, no se lo niego. 
¡ La gran .... pa la puerta ! ¡ Qué susto me he dao ! 
Ya no quise saber más : regolví el caballo, me apreté 
el sombrero y déjeme chicotiar al pampa. Al dar 
güelta la cabeza una vez, lo vide al pantasma que 
se me venía calláito por sobre el agua ¡ Jué pu- 
cha! ¡qué cerrada de piernas l'hice al caballo! ¡Ni 
vía por ande iba ! Me metí por las chacras y salí en- 
treverao por un cardal. Al último, dende una cu 
ehillita, lo vide al pantasma, parado en la mitad del 
río. Dispués, se jué perdiendo, perdiendo, hasta que 
no lo vide más. (Muy grave): No es juguete, amigo. 

CIPRIANO 

(Serio) No es juguete. 

DANIEL 

Una ocasión mi viejo también vido un aparecido. 
Se le venía, de ' nochecita, cambiado en un chancho, 
á golpiarle la puerta. Y lloraba triste, muy triste. 
Del julepe casi se muere tata. Yo era chico y no me 
acuerdo. Pero el viejo nos contaba eso á mí y á mi 
hermano. Dispués una endevina le enseñó á echar el 
alma en pena. Colgaba un sapo en la puerta, y el 
pantasma no se atrevía y se iba. 



26 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MATILDE 

(Que ha escuchado atentamente las narraciones )^ 
Eso es verdad, porque también hay hombres que tie- 
nen mal de ojo. Sd miran á una rez, se muere; si 
miran una planta, se seca. Ña Celedonia me contaba 
que su marido ponía una cabeza de güey en un poste 
alto, y asina el hombre que tenía mal de ojo no podía 
hacer daño. 

CIPRIANO 

Güeno, no hablen más. De noche es malo, porque 
se sueña. 

JOAQUÍN 

(Burlonamente) ¡Vaya, con los señores fantas- 
mas ! Quisiera encontrar alguno .... 

PEDRO 

¡No tiente al Diablo, amigo! 

JOAQUÍN 

¿ Y usted cree en eso, Pedro ? 

PEDRO 

¿En los pantasmas? (Con seriedad) De juro que 
cret>. 

CIPRIANO 

Voy á dar una güelta. 

JOAQUÍN 

Yo también. 

(Salen Pedro, Joaquín, Cipriano y Matilde). 



COBARDE 



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ESCENA VIII 

COSME Y DANIEL 
COSME 

Che, Daniel. ¿Agarraste caballo pá mañana? 

DANIEL 

Ai lo tengo á soga. ¿Qué te parece ño Joaquín? 
Como todos Ijqs de la suidá, se burla de estas cosas. 

COSME 

Ya. Lo hubiera querido ver en el Santa Lucía, 
cuando se me apareció la lavandera .... 

DANIEL 

Se conoce que no lo han amadrinao los aparecidos, 
i Claro ! ¡ Cómo n*o ha visto nenguno ! Pero si llegara 

el caso, calculá vos Tuitita su sabeduría se 1 'iba 

á dir por las ancas. . . . 

COSME 

A ver, échale un versito 

DANIEL 

(Coge la guitarra, preludia un momento y luego 
canta á media voz ) : 



28 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Ño Joaquín se cree valiente 
y setrá pura parada, 
si viniera algún pantasmia 
verías qué disparada ! 

(En este instante, Joaquín y Pedro que han ido á 
coger unos palos y sábanas para disfrazarse de fan- 
tasmas, aparecen por el foro. Cosme y Daniel se echan 
hacia atrás con espanto; pero al reconocer á los bro- 
mistas, sueltan la carcajada, y haciendo comentario* 
aléjame por el foro ) . 

ESCENA IX 
Natividad, sola 

( La escena permanece desierta durante breves ins- 
tantes]. A lo lejos se oye, de pronto, el grito del chajá; 
y luego, más lejos aún, el ladrido de un perro. Luego, 
todo cae en silencio, bajo el resplandor de las es- 
trellas ) . 

NATIVIDAD 

(Aparece en la puerta de la casa, mira á todos 
lados y, dirigiéndose hacia la cocina, llama): ¡Ma- 
tilde ! ¡ Matilde ! 

VOZ DE MATILDE 

Voy, niña, voy. 

(Natividad se ha acercado hasta el banco donde 
quedó olvidada la guitarra y la toma). 



COBARDE 



29 



NATIVIDAD 

(Sentándose) ¿Qué no ha acabáo entoavía? 

VOZ DE MATILDE 

Ya, ya. Estoy preparando la olla pá el chocolate. 
Esos locos mi han tenido hasta aurita no más cebán- 
doles mate. 

NATIVIDAD 

Pues ande ligero, que el patrón la precisa por allá 
dentro. (Toca distraídamente la guitarra). 

ESCENA X 
Natividad y Matilde 

MATILDE 

(Saliendo por la cocina, con una fuente enorme 
llena de tortas fritas) Aquí estoy. ¿Qué quiere ño 
Raimundo ? 

NATIVIDAD 

No sé; la precisa. ¿Qué lleva ái? 

MATILDE 

Tortas fritas. ¿ No quiere una ? 



NATIVIDAD 

Gracias, no me pide el cuerpo. 



30 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MATILDE 

Pruebe una, Nativa; están riquísimas. Mire esta 
qué d'oradita. Me salieron de rechupete. Toda la mo- 
zada se va á lamber los dedos. 

NATIVIDAD 

Gracias, ahora no puedo. Luego las probaré. 

MATILDE 

Es lástima,, porque éstas están diciendo: "cóme- 
me ' '. ¡ Qué fiesta, niña, qué fiesta ! ¿ Vé esta f uen- 
taza? Pues no es nada. Ya hay otra allá arriba. Y 
dispués el chocolate. ¡Una oHada bárbara! Y nada* 
le digo de las bebidas fináis que trujo ño Raimundo. 
Figúrese: guincllao, cerveza, anisete, licor de rosa 
pá el mujerío, caña juerte pá los viejos ¡ qué sé yo ! 
De esta hecha, revienta tuitita la concurrencia. ¡ Qué 
alegría ! 

NATIVIDAD 

(Que estará serenamente triste, muy despacio) 
Bueno, bueno. Vaya para allá, Matilde. . . . 

MATILDE 

Voy, voy. ¡ Qué lástima que no pruebe esta tortita ! 
(Mientras se encamina hacia la casa y penetra en 
ella) Lo que es la ti grada d'esta noche, como si 
lo viera, en cuantito vea la fuente, se vá á armar 
una de manotones!. . . . (Sale). 



COBARDE 



31 



ESCENA XI 
Natividad, sola 

(Natividad queda un instante en silencio, pensa- 
tiva. Sus manos, distraídamente, rozan las cuerdas 
de la guitarra, arrancándole flébiles sones. Poóo á 
poco el sentimiento que la embarga, hácenla buscar 
en las cuerdas dormidas las notas que traduzcan su 
pena, y entonces un estilo melancólico, suave, de dul- 
císima harmonía se desprende calladamente del ins- 
trumento). ¡ Qué lindas versos me copió mi prima 
Luisa, A ver si los recuerdo. (1) 

( Canta ) : 

Tengo en el alma escondida 
Una pasión celestial, 
Una pasión inmortal 
Que es la gloria de mi vida, 
Ella vive allí encendida 
Como una brillante estrella 
Y de mi penar la huella 
Con su' lumbre va borrando 
Tanto más sonriente cuando 
Más amarga es mi querella. 



(l) En la representación, queda suprimido el canto de estas dé- 
cimas. 



32 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Cuando el dolor me quebranta 
El corazón, fibra á fibra, 
Ella sola es la que vibra, 
Ella sola es la que canta ; 
Poco á poco se agiganta 
Esa luz que el alma adora, 
Y, temblando, bullidora, 
En medio de mi ilusión, 
Ilumina el corazón 
Con resplandores de aurora. 

En mi existencia sombría 
Ella es todo mi consuelo, 
Mi afán, mi dicha, mi anhelo. 
La vida del alma mía; 

Y en vano pretendería 

Su hermosa lumbre apagar, 
Que no se pueden borrar 
líos astros del firmamento, 
Ni secar, en un momento, 
Todas las aguas del mar. 

Así siempre, en todo instante, 
Su recuerdo misterioso 
Llena mi pecho amoroso 
Con su fulgor rutilante; 
Mas ¡ ay ! mi pasión constante 
Debo guardarla escondida, 
Pues la suerte fementida 
Quiso tronchar mi ilusión 
Rompiendo mi corazón 

Y destrozando mi vida. 



COBARDE 



33 



¿Por qué *es culpable mi amor 
Si el amor siempre es bendito 

Y puebla hasta el infinito 
Con su lumbre y esplendor? 
Ama eli ave en el calor 

Del nidio á su compañera; 
Las olas, en la ribera, 
Se besan todas amantes, 

Y las florcillas fragantes 
Se aman en la pradera. 

Ama las cumbres el viento 

Y á las auroras el sol, 
Las nubes al arrebol 

Y el alma su sentimiento ; 
También ama el instrumento 
Las notas en él dormidas, 

Y si doquier de dos vidas 
Vemos la unión y la calma 
¿Por qué mi alma y tu alma 
No pueden verse reunidas? 
¡Ay! del mundo la encendida 
Siaña ahoga al que es dichoso ; 

¡ Hay que buscar el reposo 
Donde no aliente la vida ! 

Y yo tengo aquí escondida 
Una pasión celestial, 

Una pasión inmortal 
Que si remontara el vuelo, 
Rozaría él alto cielo 
Con sus alas de cristal. 



34 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Mas muero ahogando mi amor 
Oomo si fuera maldito, 

Y muero ahogando este grito 
Que brota de mi dolor. 

Y en silencio, con temor, 
Sólo me resta el consuelo 
(Soñando en mi loco anhelo 
Que hay una cumbre sagrada) 
De esperar que tu miradla 
Me abra las puertas del cielo. 

(Las últimas notas del instrumento se extravían 
en la noche. El brillo de las estrellas parece acrecen- 
tarse, á medida que el silencio se hace más hondo al 
través de los campos dormidos. Natividad deja brus- 
camente la guitarra y pásase la mano por los ojos, 
como si quisiera borrar de ellos la visión que la obse- 
siona). — No, no más, Dios mío, no más\ . . . 

ESCENA XII 
Natividad y Gil 

gil 

(Entrando bruscamente por la puerta de la casa) 
— ¡ Hola ! ¿ Estabas ahí ? ¿ No ha venido Rampli ? 

NATIVIDAD 

No, señor. 



COBARDE 



35 



GIL 

¡Caramba! Ahora que le necesito no aparece. Y 
eso que le previne viniera aquí antes del baile. Ano- 
che habló contigo, ¿eh? 

NATIVIDAD 

Sí, señor. 

GIL 

¿ Qué te dijo ? 

NATIVIDAD 

¿A mí ? ¡ Qué sé yo ! Pavadas .... 

GIL 

(Con enojo) ¿Qué es eso? ¿Qué dices ahí? ¿Olvi- 
das que Rampli se va á casar contigo? (Natividad 
murmura) ¿Qué estás masticando ahí ¡recomba! 
¡ Cuidadito ! Ramp'li es un hombre serio, trabajador, 
y no un haragán y un perdido como algunos gau- 
chí tos que yo conozco. Por lo menos, si tiene plata, 
se la ha ganado con el sudor de su frente, y no ju- 
gando á las barajas, á la taba y á los gallos como 
los pordioseros de este pago. (Algo más humanizado 
ante el silencio de su hija) ¡Vamos! Ven acá, Nativa. 
Escucha á tu padre que sólo mira por tu bien. ¿Qué 
puede tener Rampli que te disguste? ¿No es bueno, 
generoso, divertido, trabajador, honrado? ¿No tiene 
una fortunita para asegurarle el porvenir á una po- 
bre muchacha como tú? ¿Que es extranjero? ¿Qué 
mal hay en eso? ¿No lo soy yo también? ¿Y por 



36 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



eso soy una mala persona ? Desengáñate, Nativa. Los 
extranjeros, en este país, son los verdaderos hombres, 
— los que trabajan, los que adelantan, los que saben 
juntar plata, los que hacen progresar el país. En 
cuanto á los hijos de esta tierra, ya los vés tu: no 
saben más que tocar la guitarra, jinetear potros, ha- 
cerse los malos, meterse en revoluciones, dormlir á 
pierna suelta y gastarse en la pulpería los pocos 
cobres que juntan en dos ó tres días de trabajo. 
¿ No es así ? 

NATIVIDAD 

Rampli es un tacaño y un payaso .... 

GIL 

( Estallando ) \ Recomba ! ¿ Te quieres callar ? ¿ Qué 
modo de hablar es ese? Llamar payaso á un hombre 
que te quiere y que si hace algunas gracias es pana 
serte agradable? ¡Muy bonito! ¿Y por qué tacaño? 
¿Porque no despilfarra tanto su dinero como los 
criollos, que luego andan por ahí muertos de ham- 
bre? Ya, ya. Comprendo por donde te apeas. Ese 
gauchito inservible, que no puede compararse. . . . 

NATIVIDAD 

(Protestando) Pedro vale tanto como él. 

GIL 

(Iracundo). ¿Cómo es eso? ¿Te atreves á contes- 
tarme ? ¡ Recomba ! Ese Pedro anda buscando que yo 



COBARDE 



37 



le rompa la crisma., No, no hay duda; el mocito te 
ha mareado. Pero tú estás lela, Natividad. Tú te 
figuras que la vida no cuesta nada ; que vas á poder 
vivir del aire al lado de tu gauchito, de ese vaga- 
bundo .... 

NATIVIDAD 

(Protestando) ¡Oh! 

GIL 

Sí, señor, un vagabundo, un canalla, un ban- 
dido 

NATIVIDAD 

¡Tata! 

GIL 

¡ Qué te calles, re .... ! Sí, señor, un bandido. Y 
para más gracia, un haragán, hijo de ese facineroso 
Anastasio Gordillo, que ha andado metido en revo- 
luciones para cuerear vacas ajenas y robar á man- 
salva á los hombres trabajadores . . . . ¡ Linda gente, 
vive Dios! ¡Buena familia la de tu Pedro! 

NATIVIDAD 

¡ Tatita ! 

GIL 

(Cada vez más exasperado) Pero tú estás loca, tú 
estás loca de remate. ¿Qué te ha dado ese pillastre? 
¡Bonito novio te has elegido! Un gauchito vicioso, 
de inmundo chiripá, á quien su señor padre, en vez 



38 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



de enseñarle á trabajar, le ha enseñado á manejar 
el cuchillo para cuando se le ofenda en su honor. 
(Con sarcasmo) ¡Vaya con el honor de don Anasta- 
sio y de su hijo ! ¿ Dónde, ¡ recomba ! tendrá el honor 
esa gentuza? Pero no vés, .desgraciada, que ese bo- 
tarate te va á dejar morir de hambre. ¿De dónde 
va á sacar para vivir contigo ? ¿ Crees tú que do- 
mando potros y trabajando hoy aquí, mañana allá, 
en una trilla ó en una yerra, se alcanza para mante- 
ner una mujer ? ¡ Ah, no, no, no ! ¡ Basta de zonceras ! 
¡ Basta de locuras ! A tí te mando ¡yo, y tú harás lo 
que yo te ordene. ¡ Se acabó, ¡ recomba !, se acabó. . . . 
No quiero más quebraderas de cabezas .... Te casa- 
rás con Rampli .... 

NATIVIDAD 

Óigame, tata 

GIL 

¡ Silencio, he dicho! ¡Basta ya! No tienes que dis- 
cutir conmigo. ¡ No faltaba más ! Ya sabes lo que 
tienes que hacer. Que yo te vea esta noche bailar 
con tu gauchito indecente : le armo la marimorena 
de la temporada y le rompo una pata de un estacazo 
por añadidura ! ( Calmándose un tanto, y mirando á 
Natividad de reojo) — Con que, 3^ a estás prevenida. 
Rampli vendrá atl baile. Como me le pongas mala 
cara es nada la que te aguarda después en casa. 
¿Has entendido? (Nativa guarda silencio, llorosa. 
Gil la sacude por un brazo) ¿Has entendido? 



COBARDE 



39 



NATIVIDAD 

(Secándose los ojos) Sí. 

GIL 

Pues yo me voy á buscar á Rampli, ya que no ha 
venido aún. ¿Qué no se te olvide lo dicho, eh? 
¡Recomba! (Sale por el foro, izquierda). 

ESCENA XIII 
Natividad; Matilde 

(Al salir Gil, Natividad se sienta llorando en el 
banco y permanece asi durante una larga pausa. Ma- 
tilde entra luego, por la casa). 

MATILDE 

¡ Qué tortas más ricas ! Se deshacen en la boca .... 
Pero, ¿qué hace usted aquí, niña? ¿Está llorando? 
¿Qué le pasa, Nativa? ¿Ha sádo ño Gil, verdad? 
¡ Caracho con el hombre ! Una rociada por causa 
de Pedro, no ? ¡ Claro ! ¡ Como si lo viera ! El hombre 
se alborotó, empezó con Rampli aquí, con el gau- 
chito allá, y la pobre niña á llorar. . . . Vaya, vaya.... 
No hay que afligirse .... Seque esos ojos, niña, que 
se le van á poner turbios y feos. Mire que lueguito 
no más hay baile ¡y no es cosa de salir alante de la 
gente con los ojos como chicharrones. . . . ¡Qué dia- 
blo ! Por algún láo si ha de romper la soga. Lo malo 



40 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



será que el potrillo no se venga en lias apuradas á 
socorrer á su muchachito. . . . Vaya, calma, cal- 
ma .... ( Sintiendo ruido de pasos ) ¿ Eh ? Viene al- 
guno. . . . Enjugue esos ojos. . . . (Viendo entrar á 
Pedro) ¿No dije? Ai apareció relinchando.... Yo 
me escapo. . . . (Éntrase á la cocina). 

ESCENA XIV 
Natividad y Pedro 

PEDRO 

(Pedro entra por la derecha del foro. Avanza len- 
tamente, y después, al ver sola á Natividad, se acerca 
á ella). 

PEDRO 

(Dulcemente) Nativa! ¿Qué hace, mi vida"? 

NATIVIDAD 

Nada .... pensaba .... 

PEDRO 

No me mintás .... ( Cogiéndola dulcemente las 
manos ) Vos llorabas .... 

NATIVIDAD 

Pedro ! 



COBARDE 



41 



„ PEDRO 

¿Por qué lloraba má prenda? Dígamelo.... Por 
mí, china, ¿no es verdad? ¿Por culpa mía? ¿Es el 
viejo, no? Le vide salir hace un momento, campo 
ajuera. (Pama. Después, con acento desesperado). 
Pero ¡ qué cruz de Dios ! ¡ qué cruz ! ¿ Qué he hecho 
yo pa ser tan disgraciáo? ¿Por qué no te puedo 
querer? (Pausa) Vamos, Nativa; no llores más. (Es- 
trechándola cariñosamente) Ya estás á mi láo. Yo te 
quiero. No llore, mi vidita. Mire que yo me pongo 
muy triste viéndola asina. . . . 

NATIVIDAD 

(Tristemente) Ya no lloro 

PEDRO 

( En voz baja, confesando las ternuras de su alma ) 
Asina me gusta, Nativa. ¿Verdad que siempre me 
quiere, mi china querida? ¡Yo la quiero tanto á mi 
viejita! Si supieras cómo pienso en Nativa tuito el 
día y tuita la noche .... Me viene tu recuerdo como 
un sueño y entonces me parece que tengo aquí (to- 
cándose el pecho) un sol que me da calor, vida, dul- 
zura.... ¡Me refriesca el alma! Y me parece-, de 
noche, cuando sueño con vos, que hay mucha luz, 
una luz celeste sobre mí, y que tuito el trébol del 
campo me da su perfume. Escucháme, mi Nativa. . . . 
Quiero tenerte asina, contra mí (la reclina sobre 
su pecho), siempre ansí, como una palomita en el 
üido. . . . (Bajando progresivamente la voz hasta el 



42 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



final, cual si siguiera el rumbo de su ensueño) Dis- 
pués nos iremos lejos, lejos, lejos, á otros pagos, ande 
naide nos estorbe; y vos me quedrás un poquito; 
y yo, á la cáida de la tarde, en esa hora triste corno 
mis penas, te contaré historias muy dulces, muy 
dulces, al compás de la guitarra, con suspiros que- 
jumbrosos de calandria.... (Pausa larga. Pedro 
vuelve de su ensueño, sacude su cabellera y suspira. 
Luego, con otro acento ) : \ Qué te importa tu viejo ! 
¡ Déjalo, no más ! Yo te quiero, te quiero. . . . 

NATIVIDAD 

( Bajo ) Es que dice que te vá á matar .... 

PEDRO 

(Brillándole los ojos con noble fiereza) ¿A mí? 
(sonriendo) ¡No te dé pena, Nativa! 

NATIVIDAD 

(Mirándolo fijamente) ¿Por qué decís asina? 
Me das miedo.... (suplicante) Decí, Pedro; no le 
harás nada á tata? ¿No es verdad que no le harás 
nada? (Pausa. Aterrada con el mutismo de Pedro) 
üeeí, yo quiero que digás ; ¿no matarás á tata ? 

PEDRO 

(Brevemente) Si me ataca, me defenderé. 

NATIVIDAD 

Sí, defenderte, sí; pero no lo matarás. ... Tú sos 



COBARDE 



43 



más fuerte, podes defenderte sin matarlo Si lo 

mataras, ya vés, yo no sé, pero ¿qué pasaría? ¡Yo 
te perdería, Pedro! ¡Te perdería pá siempre.... 
¡Pedro! ¡Pedro! ¿No es verdad que no lo matarás? 

PEDRO 

(Con firmeza) No lo mataré. 

NATIVIDAD 

Jurálio. 

PEDRO 

(Irguiéndose, con asombro y altivez) Yo no juro. 
Mi palabra vale más. Naide puede decir que la haiga 
ta Irá o nunca. . . . 

NATIVIDAD 

Pero .... 

PEDRO 

Te digo que no lo mataré. Está dada mi palabra. 

NATIVIDAD 

{Convencida) Asina te quiero, Pedro mío (Sé 
abraza á él) Tata es un poco seca, con mucha pala- 
brería, nada más. ... A vos, yo no sé por qué te. . . . 
en fin. . . . como ha de ser. . . . Pero todo es ahora, 
en los primeros momentos. Cuando vea que yo quedo 
firme y que me dejo matar antes de que me casen 
con Rampli, olvidará todo.... Y entonces, Pedro, 
podremos ser felices .... 



44 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEDRO 

(Cambiando de conversación) Decí, Nativa.... 
Dentro de un rato, en el baile .... 

NATIVIDAD 

Tata dice .... 

PEDRO 

Ya sé, ya adivino.... Que no bailés conmigo 
Dejá no más, Nativa. Yo sé jinetear ñanduces y no 
faltará ocasión.... Cipriano me alerteará al vie- 
jo.... Pero tú, ya sabés, no bailás con naide más.... 

NATIVIDAD 

¡Mi Pedro! 

ESCENA XV 
Dichos y Cipriano 

CIPRIANO 

(Por el foro, tosiendo bien fuerte para advertir á 
los enamorados de su presencia) ¡ Ejem ! ¡ Ejem ! ¡ Me 
ha dáo una ronquera! (Haciéndose que vé á la pa- 
reja) ¡ Hola ! i Estaban por aquí ? ¿ Cómo va, Nativa ? 
¿Se iba pá dentro? Muy bien hecho, porque ái viene 
la peonada á preparar esto pá el baile. . . . 

NATIVIDAD 

Gracias, Cipriano. Hasta luego, Pedro. 



COBARDE 



45 



PEDRO 

(Bajo) Adiós, mi vida. 

(Y ése Nativa por la casa, mirando amorosamente 
á Pedro. Éste se aleja lentamente por el foro). 

CIPRIANO 

(Socarronamente, viéndolos separarse) Paice men- 
tira lo zonzos qne se güelven los cristianos con el 
amor. 

ESCENA XVI 
Cipriano, Raimundo, Daniel y Cosme 

RAIMUNDO 

¡ Hala ! A arreglar esto prontito pá el baile, que 
allá por la tranquera ya se vienen los primeros en- 
vitáos. 

(Daniel y Cosme cuelgan en las paredes de la 
casa y de la cocina los faroles que traen de adentro, 
y secundados por otros paisanos disponen y arreglan 
los hancos). 

DANIEL 

Si esto va á quedar como de día con tanta lumi- 
naria. 

COSME 

Los únicos que se van á quejar son los que andan 
de novios. 



46 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



RAIMUNDO 

¿ Y Matilde i ¿ Qué se ha hecho Matilde ? ¡ Matilde ! 
¡Matilde! 

ESCENA XVII 
Dichos, Matilde ; luego paisanos y muchachas 

MATILDE 

¿ Mandaba, patrón ? 

RAIMUNDO 

Venga p'acá, Usted va á ser la capataza del bebe- 
raje, ¿me entiende? A diseresión pa todos, pero con 
orden. Que no haya bochinche. Las tortas pá des- 
pués del primer pericón y la chocolatada pá las doce 
y á la voz de ¡ aura ! ¿ Me entiende ? 

MATILDE 

. . . .tá bien, patrón. ... ¿Y la niña Nata? 

RAIMUNDO 

Nativa es como de casa. Le hará los firuletes á 
las visitas. (Entran en este instante varias mucha- 
chas con paisanitos, todos muy endomingados. Sa- 
ludos, risas, gran confusión) Vaya volando á decirle 
que aquí se volcó un gallinero. ¡Ya! (Sale Matilde 
por la casa). 



COBARDE 



47 



ESCENA XVIII 
Dichos y Paisano Viejo 

paisano VIEJO 
(Entrando por el foro) Güeñas noches á tuitos. 

RAIMUNDO 

¡ Hola, don Nicanor ! ¿Ya se ha entreveráo con 
las polleras ? Mire por ái llega otro que le va á matar 
el punto. 

PAISANO VIEJO 

(Mirando hacia afuera) Pué ser, no más 1 , porque 
el que llega es ño Anastasio Górdillo. (Adelantán- 
dose al que llega) Adelante, amigazo! ¿Cómo dice 
que le va? 

(Entra Anastasio). 

ESCENA XIX 
Dichos, Anastasio 

ANASTASIO 

Dios guarde á la riunión. ¿ Qué tal amigo ? (Á los 
jóvenes j Y esa mozada, ¿aprontando las tabas pá 
bailar? (Al paisano Viejo) ¿Y usted, aparcero, ta- 
mién pó aquí? ¡Ai juna! ¿qué no le pesan los años? 



48 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PAISANO VIEJO 

¡ Di ande, mi vida ! Si estoy entuavía más juertazo 
que un tala. A usted sí, amigo Anastasio, que le blan- 
quea la barba. . . . 

ANASTASIO 

(Riendo) Dicen. Ja! Ja! Ja! Lo que es la edad, 
compadre: si hasta cortón de vista se ha quedáo. 
{Acariciándose la barba) ¿Qué no vé que esto blanco 
es el polvo del camino? 

RAIMUNDO 

Vamois á ver, Viejo. Usted como el más formal se 
me va á encargar de cuidarme las muchachas. 

CIPRIANO 

Que más quiere el zorro que lo metan en el ga- 
llinero. 

ANASTASIO 

j Adiós ! Ya pareció un mangangá rezongón. ¿ Qué 
le pasa, amiig'o Cipriano? ¿Tiene miedo que me le 
saque enancada su moza ? A ver, apunte al montón 
(indicando las muchachas) y dígame cuál es su 
prenda. 

CIPRIANO 

No tengo, ño Anastasio, porqué no sé elegir. 

ANASTASIO 

¡ Pobrecito ! ¿ No quiere una mamadera ? ¿ Y enton- 
ces, pá qué rezonga ? 



COBARDE 



49 



CIPRIANO 

Porque pá cuidar las mozas no hay como los 
mozos. 

ANASTASIO 

Apretále la cincha al parejero que vamos á dispa- 
rar. ( Dirigiéndose á las muchachas ) — A ver, pim- 
pollos; el patrón nos manda pá que las cuidemos. 
¿A quién eligen ustedes, á mí ó á Cipriano? 

MUCHACHAS 

(En coro) A usted, ño Anastasio, á usted. 

ANASTASIO 

(A Cipriano) ¿No dije? Bájele la mano al pare- 
jero, amigo, y no pare hasta la picada! 

COSME 

Ai se llega otra tropillita .... 

DANIEL 

La yeguada flor, aparceros. 

(Entran Serafina con varios paisanos y mucha- 
cha;. Saludos, exclamaciones, risas, cumplimientos. 
En el primer momento, gran confusión; luego, los 
personajes se van sentando y forman distintos gru 
pos. Entra Natividad por la casa. Las amigas co 
rren á saludarla). 



4.-T. I. 



50 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA XX 
Dichos, Serafina, Natividad, criollas y paisanos 

CIPRIANO 

¡ Qué empilonadas se largaron ! 

ANASTASIO 

(A Serafina) ¡Adiós, güeña moza! Si así siguen 
cayendo las estrellas, se va á quedar el cielo más 
escuro que garganta de lobo. 

SERAFINA 

Siempre tan fino, ño Anastasio. 

ANASTASIO 

La fina es usted, como manda su apelativo, Sera- 
fina. 

RAIMUNDO 

Allegúese acá la mozada: hay sitio pá todos. 

ANASTASIO 

(En otro grupo de muchachas) ¡Caramba! ¡Cuán- 
ta carne fresquita! 

MUCHACHA 1 

Ño Anastasio, no se lamba! 



COBARDE 



51 



MUCHACHA 2 

¿Son resabios de su tiempo? 

MUCHACHA 1 

Cuidáo con desbocarse. . . . 

ANASTASIO 

¡ Jué perra, con los pimpollos ! 

MUCHACHA 3 

Pimpollos de rosas, cuajaditos de espinas. 

MUCHACHA 4 

Y á su edad sería malo un pinchazo. 

MUCHACHA 2 

¿A qué no baila conmigo, güen mozo? 

ANASTASIO 

Asujeten, paisanos. ¡La gran flauta, que son co- 
cí adoras ! Entuavía no me les allegué y ya me están 
largando manotadas. Si creerán que soy viejo! 

muchacha 2 
La vista engaña .... 

ANASTASIO 

¡ Oiga'lé el duro ! ¡ Miá la picada é virgüelas ! Pues, 
moza, á mí tampoco me engaña. 



52 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MUCHACHA 2 

¿Por qué, ño Anastasio? 

ANASTASIO 

Porque porque 

Si tu cara juera campo 
y yo juera pasajero, 
la pasaría al tranquito 
por miiedo de tus aujeros. 

MUCHACHA 1 

Sofrene el pingo, yiejito. 

MUCHACHA 2 

Míralo haciendo versos ! 

MUCHACHA 3 

Gardeló pá el pericón. 

MUCHACHA 4 

¿ A qué no me baila un gato ? 

CIPRIANO 

( A Anastasio ) Sálgase d 'ese camoatí, que lo van á 
comer las avispas. 

ANASTASIO 

Si tengo el cuero duro, lo mesmo que mulita. 



COBARDE 



53 



MUCHACHA 2 

¡ Miá el otro ! Pá quedarse él con la miel .... 

COSME 

Ya estás tuito pegotiáo .... 

DANIEL 

Si querés que te apadrine. 

MUCHACHA 1 

Asina, en montón, pá parecer más guapos. 

( Óyeme los sones de la música que se aproxima ) . 

paisano VIEJO 

Cayeron los musiqueros en bandada, lo mesmo que 
langostas 

SERAFINA 

Aura sí que vá estar lindo. 

(Entran los músicos con guitarras y uno de acor- 
deón). 

ESCENA XXI 
Dichos, los músicos 

TODOS 

i Vivan los músicos! ¡Adelante mozada! ¡Güeñas 
noches ! ¡ Una copita pá el de la acordeón ! 



54 



VÍCTOR PÉEEZ PETIT 



MUCHACHA 2 

(A Anastasio) Aquel primero, toca como un 
primor. 

COSME 

Hace lo que quiere con las cuerdas de su gui- 
tarra. 

ANASTASIO 

¡Miá qué cuerda! ¡Decíle que me piale un ter- 
nero ! 

TERUTERO 

¡ Qué bandada de palomas ! Me las comería sin 
hambre ! 

ANASTASIO 

No es pá toos la bota é potro .... 

TERUTERO 

¿ Lo dice por mí, ño Anastasio ? 

ANASTASIO 

No, hijo ; es por el güey barroso que vide ayer en 
la manguera. 

TERUTERO 

Repare que no soy vejestorio .... 

ANASTASIO 

Mesmo. Estás bichoco de puro sotreta. 



COBARDE 



55 



TERUTERO 

¿Sacó patente p 'hablar usté solo? 

ANASTASIO 

Justo. Y de llapa me dieron una pá el primer 
perrito que saliera á ladrarme .... 

TERUTERO 

¡ Pucha, con eil loro barranquero ! 

ANASTASIO 

¡Ya se me enojó! Pero m'hijito si entuavía tenes 
la leche en los labios. 

TERUTERO 

Y á usted se le caen los dientes. 

ANASTASIO 

. Pá tenerlos como vós . . . . que paleen palos é ga- 
llinero 

RAIMUNDO 

A ver, él del acordeón, una polca pá despuntar el 
vicio. 

todos 

¡Bravo! ¡Muy bien! Una polca! Y corridita! 

(El acordeón toca una polca, fórmame parejas y 
empieza el baile. Entretanto, se prosigue el siguiente 
dialogado ) : 



56 



Víctor pérez petit 



CIPRIANO 

¡Viejo diablo Anastasio! 

PAISANO VIEJO 

Se refala que es un lujo pá contestar. 

COSME 

Patea el juego como bagual que tié güenos can- 
dados. 

SERAFINA 

Es una langosta. 

NATIVIDAD 

Ya ha caído gente. 

ANASTASIO 

Y güeñas mozas también. 

NATIVIDAD 

¿Cómo le va, ño Anastasio? 

ANASTASIO 

Ai no más, pelechando. Decime, m'hijita, ¿es 
cierto que m'hijo Pedro anda embobao con vos? 



SERAFINA 

Í Cuidáo con Pedro, que es medio matrero ! 



COBARDE 



57 



CIPRIANO 

Miala á Serafina; ya anda celosa, ciega lo mesmo 
que pájaro de laguna. 

COSME 

¿Es verdad que le gusta Pedro? 

CIPRIANO 

Como al carancho los ojos. Por eso le tiene rabia 
á Nativa. 

VARIOS 

¡Ai viene Rampli! (Se suspende la polca; todos 
se vuelven hacia Rampli que entra por el foro). 

ESCENA XXII 
Dichos y Rampli 

rampli 

Bona noche á tuttos lo amigos. 

CIPRIANO 

Adiós, nación. ¿Cómo te va? 

rampli 

Cosí, cosí, hermano Cipriano. Abatatáo per adren- 
to, abatatáo per afuera. Tengo un abatatamiento 



58 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



bárbaro. ¿E sabes lo qui ha de ser? El amor, Ci- 
priano, el amor; lo hombres que s'innamora, anda 
siempre comí un zumzo. 

CIPRIANO 

Eso es lo que yo digo siempre. 

RAMPLI 

(Ve á Natividad y se dirige á ella) ¡Hola, hola, 
pinpullito d'insalada! ¿E só papas, no son venido? 

NATIVIDAD 

Fué á buscarlo á su casa. Si va para allá, á la fija 
lo 'encuentra. 

CIPRIANO 

(Biirlonamente) Me parece que te están echando.... 

RAMPLI 

Non digas suncerías, hermano Cipriano. Me ha 
dicho eso pa que no intienda la riunión. Mirála, ché, 
cume me mira. (En este instante, Natividad vuelve 
la cabeza ) \ Hola ! ¡ Hola ! ¿ Se hace la coquetas ? 
¡ Eh, bueno ! Las moquieres son así ; pura macaque- 
ría y aluego se cumen tutto il queso. 



COSME 

Ché, Rampli, ¿es verdad que ayer el mancarrón 
te largó por las orejas? 



COBARDE 



59 



RAMPLI 

JVLa decate vos ! ¿ Quién te ha incacado quella gua- 
rey aba ? 

COSME 

Ño Joaquín, que te vido. 

RAMPLI 

Ma dun Cuaquin le in drogudo. Afieate vos. ¡ In 
puebleros ! ¡ Qué intiende in puebleros de gaucherías ! 
¡ Hacéme iil favor ! 

COSME 

Pero él te vido. 

RAMPLI 

Guareyaba, amigo, pura guareyaba ! Mirá que dun 
Cuaquin me va á inseñar á mí á quinetear in potros 
in pelos ! ¿ Sabése vos lo que son pasado ? Te lo cunto 
á vos perqué sos di confianza. II mancarrone, come 
vos sabes .... 

. COSME 

Pá su abuela, por si acaso. 

RAMPLI 

Ma no, ma no, Cóseme. Decáte di abuelas. II man- 
carrones es incapador. . . . 

COSME 

Empacador. 



60 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



RAMPLI 

¡ Sicuro ! Incapador .... 

COSME 

No, hombre; decí empacador y estamos del otro 
láo 

RAMPLI 

Impartí .... Incan .... pan .... pan .... 

ANASTASIO 

¿Estás tirando tiros, nación? 

RAMPLI 

¡ Oh ! Bona noche, dun Anastasio. 

ANASTASIO 

¿Qué andás haciendo? 

RAMPLI 

Eh ! Yo. . . . natoralernente. . . . sun venido per ba- 
lare 

ANASTASIO 

Me parece que ño Raimundo no compra carne- 
ros .... 

RAMPLI 

(A Cosme) Ché, Cóseme; ¿cosa diche este gare- 
bucho con lo carnieros? 



COBARDE 



61 



COSME 

Andá^á preguntárselo á Nata. 

paisano viejo 
Aquí viene el pueblero con el amigo Pedro. 

ESCENA XXIII 
Dichos, Joaquín y Pedro 

PEDRO 

(Dirigiéndose á Anastasio) La bendición, tata. 

ANASTASIO 

Dios lo haga un santo, m'hijo. ¿Cómo te va? 

JOAQUÍN 

¿Y qué tal, no se arma algún pericón? Tendría 
mucho gusto en aprenderlo á bailar. 

ANASTASIO 

Pues vamos á hacerle el gusto, amigazo. ¡A ver, 
mozada! Los que tengan güeñas uñas pá no hacer 
un papelón, vayan sacando las muchachas. Vamos 
á prenderle á un nacional. ¡ Músicos, el pericón ! ¿ Y 
bien rasgueáo, eh? 

(Empiezan á formarse las parejas, mientras los 
músicos templan las guitarras). 



62 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CIPRIANO 

Aprontar los versitos. 

DANIEL 

¿Quién va á ser el bastonero? 

COSME 

¿Quién ha de ser? Ño Anastasio. 

SERAFINA 

Yo voy á hacer alguna perdiz. 

RAMPLI 

Meeor, mecor. Cosí incomincia la farras. 

PAISANO VIEJO 

A ver un poco de orden. A formar, las parejas. 

(Salen al centro seis parejas: Anastasio con Mu- 
chacha 1. a — Cipriano con la 2. a — Daniel con la 
3. a — Joaquín con Serafina — Pedro con Natividad 
— RampU con Muchacha 4. a ) 

(Al compás de las guitarras, báilase el pericón na- 
cional, cuyas voces de mando, para organizar las 
diversas figuras, las formula Pedro. Al llegar el mo- 
mento de salir las parejas, por turno, al centro de 
la rueda, para decir los versos, lo harán por el si- 
guiente orden): 



COBARDE 



63 



CIPRIANO 

Por el tranco se conoce 
A la mujer y á la yegua, 
A las que son coeiadoras 
Y á las que siguen sin pena. 

muchacha 2 

Tu comparancia me gusta 
Para golverte otra igual: 
Por el tranco se confunde 
Cipriano con un bagual. 

DANIEL 

Si Dios llega á conocer 

El amor de una paisana, 

Se va á poner chiripá 

Pá ser cuñáo de tu hermana. 

muchacha 3 

Déjalo á Di'os en el cielo 
Que nos sirva de testigo, 
Mientras haya paisanitos 
Para que bailen conmigo. 

JOAQUÍN 

El clavel que vos me distes 
Como una prueba de amor 
No es clave/1, sino que es lazo 
Que enlazó mi corazón. 



64 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SERAFINA 

Si es un lazo, yo no sé ; 
Pero te juro, por Dios, 
Que dende que te lo he dáo 
Estoy enlazada á vos. 

ANASTASIO 

El amor que te he tenido 
Jué lo mesmo que franela; 
Ansina que perdió el pelo 
Ya no sirve, ni calienta. 

muchacha 1 

Eso le pasa á los viejos 
Que cuando pierden la juerza, 
Le echan la culpa al ponchit» 
Diciendo que no calienta. 

RAMPLI 

Date curte cuanto quieras 
Con to caras di sartén, 
Que mochiachas cun virgüelas 
Las cumpro yo inta ferias 
A cuatro per in vintén. 

MUCHACHA 4 

Comprarás criollas baratas 
Aunque tengan gran parada, 
Pero á zonzos como vos 
No los compra el mesmo Dios 
Ni á dos cobres la carrada. 



dOBÁRDÉ 



, PEDRO 

Las estrellitas del cielo 
No me bastan pá contar 
Las veces que pienso en esta 
Divina Natividad. 

(Al salir Natividad al centro para contestar á 
Pedro, aparece Gil por el foro). 



ESCENA XXIV 
Dichos y Gil 

gil 

(Avanzando iracundo) ¡Recomba! ¿Cómo es eso? 
(A Natividad) ¿ Qué te he dicho ? ¿ Por qué bailas 
con este bandido 1 ? 

(Se produce una gran confusión. Natividad pasa 
al lado de Gil; Anastasio se acerca á Pedro). 

PEDRO 

( Con mucha calma) Despacito, ño Gil ; yo no soy 
un bandido. 

GIL 

¡Yo no hablo con usted! (A Natividad) ¿Ets así 
cómo me obedeces, recomba! Vamos á casa; yo te 
voy á dar á tí baíleteos con esa clase de gente. 



5.-T. i. 



VÍCTOR PÉREZ PÉTIf 



ANASTASIO 

¿Qué perro está ladrando por ái? 

PEDRO 

(A Anastasio) ¡Cállese, tata! (A Gil) Mire, don; 
yo quiero á su hija, y no hay mal en eso 

GIL 

(Furioso) ¡Te callarás, insolente! 

ANASTASIO 

(Con ira contenida) ¡Te está insultando! 

GIL 

¡Atreverse á enamorar á mi hija el perdulario 
este ! i Re ! . . . . Quítate de ahí antes. . . . 

PEDRO 

(Dominándose) Pero, oiga, ño Gil; no me in- 
sulte .... 

GIL 

( Cada vez más enardecido al ver la tranquilidad, 
de Pedro) ¡Basta! ¡Ni una palabra más! Mi hija no 
es para boca de borrico! 

ANASTASIO 

(Al oído de Pedro, sacudiéndolo por un trazo) 
¡ Te está insultando ! ¿ Le tenes miedo ? ¡ Peliálo, ca- 
nejo ! 



COBÁRDÉ 



6? 



PEDRO 

(Haciendo esfuerzos por dominarse aún y con voz 
contenida) Ño Gil, no me insulta por favor i.*; 
Oigame lo qüe le digo .... 

NATIVIDAD 

(A Gil) ¡Tatito! 

GIL 

(A su hija) ¡ Si no te callas te estrello, recomba! 
(A Pedro) Ni una palabra, he dicho; no tengo que 
oír nada. Gentes como vos no son para mi hija. Y 
que no vuelva á verte rondando mi casa, porque te 
doy una soba. 

ANASTASIO 

(Horriblemente descompuesto, sacudiendo á Pe- 
dro): ¡Miserable! ¿Tenés miedo? ¿No sos hombre? 
¡Mátalo, te digo! 

(El tumulto aumenta. Las mujeres huyen para la 
casa unas y otras para la cocina. Natividad trata de 
contener á Gil, que la rechaza brutalmente. Anasta- 
sio increpa á su hijo, que está nerviosísimo) . 

PEDRO 

Mire, ño Gil, que le pueden pesar sus palabras .... 



GIL 

¿ Me amenazas, bellaco ? ¡ Tú ! ¡ Tú ! Pordiosero ! 



b8 



VÍCTOR PÉREZ PETÍT 



ANASTASIO 

¡ Pedro ! 

PEDRO 

¡ Ño Gil ! 

GIL 

¡Pordiosero! ¡Haragán! ¡Bandido! 

PEDRO 

¡ Y tisted, canalla ! 

GIL 

¡Canalla! ¿Yo? ¡ Tomá canalla! (Con el rebenque 
azota á Pedro). 

ANASTASIO 

¡ Mátalo ! 

(Joaquín y Daniel se precipitan á Pedro en el 
instante en que éste saca su daga. Natividad es re- 
chazada con fuerza por Gil, que también ha desnu- 
dado su facón; y entonces, en el instante en que Pe- 
dro va á acometer á su padre, se vuelve á él, lan- 
zando un grito) : 

NATIVIDAD 

¡ Pedro ! 



COBARDE 



69 



ANASTASIO 

( A Pedro ) \ Ruémpele el alma ! 

( Gil está en guardia, esperando á su adversario. 
Pedro, que se ha detenido al oir el grito de Nativi- 
dad, sostiene una espantosa lucha interior. La cólera 
le ciega por instantes y las imprecaciones de Anasta- 
tasio le mueven á vengar su honor ofendido; pero la 
presencia de Natividad le recuerda la promesa que 
le hizo de no herir á su padre. No obstante, la ira, 
la vergüenza, le vuelven loco de desesperación y en- 
tonces avanza un paso para pelear con su ofensor). 

NATIVIDAD 

(Horrorizada, con un grito que es casi un alarido 
de dolor) \ Pedido! 

(Pedro se detiene en el instante en que iba á aco- 
meter: mira á Natividad, lleno de espanto, y baja 
tristemente la cabeza. Está vencido. Dá un paso, va- 
cilante como un ebrio, aturdido, sin oir, sin ver á su 
padre que le contempla con inmenso estupor. Y es con 
un gesto de rabia impotente que arroja al suelo su 
daga. Luego, pásase la mano por la frente sudo- 
rosa, mira anonadado alrededor, avanza un poco, 
luego algo más y se aleja entonces en silencio, la 
cabeza baja, vacilante, triste, sin una palabra. Los 
paisanos le abren paso, mudos. Anastasio está ' como 
petrificado. Y Pedro se aleja, con una calma som- 
bría, y desaparece en la noche. Pausa larga; gran 
silencio) . 



70 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ANASTASIO 

(Saliendo súbitamente de su estupor, con un ru- 
gido de fiera herida) ¡Cobarde! ¡Me deshonrás! 

GIL 

(Sonriendo despreciativamente, guarda su arma, 
A su hija ) ¡ Ahí tenés á tu gauchito, ahí ! 

ANASTASIO 

(A Gil, con voz ronca) Sí, es un cobarde! Pero, 
no es m'hijo ! ¡No es m'hijo ! ( Con voz precipitada y 
baja) ¡ Aura nosotros dos, ño Gril! ¡Pronto! 

GIL 

(Volviéndole la espalda) Yo no peleo con usted. 

ANASTASIO 

( Con ira) ¡ Ah ! ¿ No? Púas vaya : golpe por golpe ! 

( Con su rebenque le cruza el cuerpo á Gil. Éste- 
se vuelve, vibrante de ira y desnuda nuevamente 
su facón. Pelean furiosamente. Natividad se desmaya 
y los paisanos la sacan de aquel cuadro de horror. 
Finalmente Anastasio hiere á Gil. el que cae sosie 
nido por dos paisanos). 



gil 

(Al sentirse herido) ¡Asesino! 



COBARDE 



71 



ANASTASIO 

(Con voz sorda) ¡Mentís! ¡Te maté cara á cara! 
(Mira á su alrededor con semblante descompuesto. 
Todos guardan silencio. Entonces se aleja brusca- 
mente, lanzando su adiós con voz quebrada, doloro- 
sisima) : Adiós, mis amigos! 

COSME 

(Muy bajo) ¡Dios lo ayude, ño Anastasio! 



TK'JjÓN 



ACTO SEGUNDO 



La escena estará dividida en dos partes. A la izquierda 
del actor habrá una pulpería de campaña cuyo armazón y 
mostrador darán frente á las candilejas. Sobre el proscenio, 
mesas y bancos, bolsas de yerba, cajones y diversas barricas, 
una de las cuales sirve de asiento á Cipriano, que templa su 
guitarra. Rodeando la mesa, y juganlo á los naipes, estarán 
Daniel, Cosme, Paisano Viejo y Terutero. — A la derecha, 
vése el campo que se extiende, hasta las lejanías azuladas, 
por la loma de una cuchilla. Postes con argollas para atar 
caballos, y en el segundo plano, un ombú corpulento. — Es 
el caer de la tarde. El horizonte se ensangrienta con las úl- 
timas púrpuras solares. Hacia el final del acto, cae la noche. 

ESCENA PRIMERA 

Cipriano, Cosme, Daniel, Paisano Viejo, Terutero 
y dos ó tres paisanos más 

TERUTERO 

(Mezclando las\ cartas) Atención, mozada, que voy 
á dar. 

DANIEL 

Di justos á tu familia. 

PAISANO VIEJO 

Xo haga caso, compañero, de las puyas, y dea bien. 



74 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



COSME 

El cuerpo contra una piedra. 

TERUTERO 

(Dando barajas) La perica es muestra. 

PAISANO 1 

Ansí se llama la chancha del canario Cirilo. 

COSME 

Es malo jugar con endevinos. 

PAISANO VIEJO 

¡ Oigalé ! ¡ Y salió cierto ! 

DANIEL 

(Mirando sus cartas) Tal vez la cante. ... 

TERUTERO 

Al pie, compañero. 

PAISANO VIEJO 

¡ Cómo no ! si yo estoy ciego. 

COSME 

Lávate con agua é malva. (A Daniel) Juegue la 
puntita. si sabe. 

DANIEL 

Ai va la punta y la liga (juega una baraja). 



COBARDE 



75 



PAISANO VIEJO 

De tan asustao que está, si ha olvidao de cantar 
flor. . . . 

COSME 

Sí ; pero como no juega sólo, yo tamién puedo 
cantar. . . . 

PAISANO VIEJO 

Gante, que su voz me gusta. 

TERUTERO 

Subiendo siempre ia carta. No se asuste y venga 
á mí. 

paisano 1 
¿ No quiere mi parejero ? 

PAISANO 2 

Ese, prestáselo á Terutero pá la disparada que va 
á dar. 

TERUTERO 

Ché, vos. si me estás mirando el juego te vas á 
quedar lunanco. (Con mal humor) ¡Estoy empa- 
cado ! 

PAISANO 1 

¡ Ya estuvo ! ¡ Jua ! ¡ jua ! ¡ jua ! 

TERUTERO 

¿Qué cosa? 



76 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PAISANO 1 

La disparada. ¡ Jua ! ¡ jua ! ¡ jua ! 

PAISANO VIEJO 

No se ría así, hombre, que lo van á tomar por 
pato. 

COSME 

(A Daniel) ¿Y? 

DANIEL 

Parda que se sienta linda .... 

PAISANO VIEJO 

Ya tendrá güeñas caderas .... 

CIPRIANO 

(Deja la guitarra, bájase de la barrica y dispónese 
á salir) ¿Entoavía no acabaron de sonciar? Yo me 
voy pa la estancia. . . . 

DANIEL 

¡ Oh ! ¿y ahora ? Aguárdate y vamos juntos. 

CIPRIANO 

¿Les falta mucho? 

* COSME 

Estamos por ganar el güeno .... 

TERUTERO 

Las ganas .... que estoy teniendo .... 



CiOBÁRDÉ 



77 



DANIEL 

De que te llamen bobeta. 

PAISANO VIEJO 

No sea, amigo, chancleta. Juegue. 

CIPRIANO 

Entonces me largo hasta el rancho del canario 
Cirilo y güelvo á buscarlos .... 

PAISANO VIEJO 

Vaya, hombre, y déjenos jugar. 

ESCENA II 
Dichos y Pedro 

(En el instante de salir Cipriano de la pulpería, 
entra Pedro por el foro. Amóos se muestran cohibi- 
dos durante un momento y guardan embarazoso si- 
lencio. Por fin Cipriano, saludando fríamente á Pe- 
dro, trata de esquivarle saliendo por la derecha. Las 
primeras palabras de Pedro le detienen brusca- 
mente). 

PEDRO 

¿Qué andás haciendo, Cipriano? (Éste guarda si- 
lencio, contrariado) ¿Qué hacés? ¿Por qué no me 
contestas ? 



78 



VÍCÍOR PÉREZ PET1* 



CIPRIANO 

¿Ande te metes? Va pá dos días que no se te vé. 

PEDRO 

(Con un gesto vago) Por ái..;. (Después de 
una vacilación dolor osa) ¿Y Nativa? 

CIPRIANO 

No sé; no la vide. 

PEDRO 

¿Y ño Joaquín? 

CIPRIANO 

Ai en la Estancia. Se va pá Montevideo. 
(Un silencio cada vez más embarazoso). 

PEDRO 

(En voz más baja) ¿Y tata? 

CIPRIANO 

No sé d'él. Ha juído. 

PEDRO 

( Ansioso ) ¿ Ha juído ? ¿ Por qué ? 

CIPRIANO 

(Secamente) Porque jué un hombre: mató á Gil. 

PEDRO 

( Con un sobresalto brusco) ¡Lo mató! 

CIPRIANO 

(Con dura frialdad) ¡Jué un hombre! 



Cobarde 



7G 



' PEDRO 

(Mirándole fijamente) Ya sé; ya lo dijistes. . ; . 
i" y°> y°j yí> s °y un cobarde^ un mulita, ¿ no es eso ? 
(Pausa. Cipriano guarda silencio, mirando vaga- 
mente alrededor) ¿No es ansí que me llaman tuitos? 

CIPRIANO 

(Seco) Sí. 

PEDRO 

(Brillándole los ojos de ira) ¡Un cobarde! ¡Un 
mandria ! Y vos, vos Cipriano, ¿ vos eres que le tuve 
miedo á Gil? 

CIPRIANO 

(Lo mira un momento con asombro; luego, des- 
viando la vista, con amarga filosofía) Un hombre 
no ge deja castigar. 

PEDRO 

(Como hablando consigo mismo) Sí, tenes razón: 
un hombre no se deja castigar, y más si está la 
novia delante. . . . No se deja castigar, no. . . . 
(Pausa) Pero, yo no tuve miedo! (Viendo sonreír á 
Cipriano, con ira) ¡No, no tuve miedo! (Calmán- 
dose, dolorosamente) Haces bien, hermano Cipriano ; 
réite, róite .... vos no sabes .... 

CIPRIANO 

(Con tono indiferente y frío) Voy á buscar el 
caballo.... 

(Sale por la derecha.) 



id 



VÍCTOR PÉREZ PETIít 



ESCENA III 
Dichos^ menos Cipriano 

PEDRO 

( Que al salir Cipriano, se ha quedado con la mano 
tendida) No me ha dáo la mano, él, él, mi amigo, 
el que más quiero .... Me ha tomáo por un cobarde 
y ansí me tomarán tuitos. Las chinas me amostra- 
rán con el dedo, la mozada se reirá de Pedro. . . . 
¿Y por qué? Porque soy un mandria. . . . (Avanza 
unos pasos y mira hacia la pulpería. Pausa) Ai 
están esas.... ¿Pá qué dentrar? Pa 1er el dispre- 
cio en tuítas liáis caras. ¿ Quién va á darme la mano 

si soy un hombre deshonráo (Retrocede irnos 

pasos, hasta el ombú y se sienta sobre una de sus 
raíces, cogiéndose la cabeza con ambas manos). 

TERUTERO 

( Palmoteando ) ¡ Toma mate y pasáme la pava ! 
¡ Se la dimos encimita é las guampas ! 

PAISANO VIEJO 

¡ Si con nosotros no se puede, es al ñudo ! 

DANIEL 

Güeno, hombre, güeno; no hay que cacarear tan 
juerte. Otro día nos tocará á nosotros. 



COBARDE 



81 



¡ COSME 

Tamién con la porquería de juego que nos sa- 
lió.... 

TERUTERO 

A veir, pulpero. ¡ Ginebra pá los ganadores ! 

DANIEL 

Y pá los que comieron cola y tienen sed tamién, 
¡ qué diablos ! 

PULPERO 

¿ Cuatro ? N 

PAISANO VIEJO 

¡ Claro ! 

PULPERO 

El frasco no alcanza. Voy á buscar adentro. 

PAISANO VIEJO 

¡Hum, no me fío! El barril del agua está muy 
cerca. 

pulpero 

Venga á ver si quiere. Aquí no hay . misturas. 

TODOS 

Vamos, vamos á ver todos y la chuparemos en el 
patio. 

COSME 

Pá eso sernos tuitos de confianza. (Éntrame todos 
en la pulpería). 

6,-T. i. 



82 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA IV 
Pedro, sólo 

PEDRO 

( Con voz muy baja) Sí ; tengo que dirme del pago, 
pá esconder la vergüenza . . . . ¡ Soy un mulita ! ( Con 
energía) Pero, yo no lo podía matar á Gil! Era el 
tata de ella; Nativa tenía mi palabra.... Pá ser 
hombre honráo no podía faltar.... (Pausa) Na- 
tiva.... Nativa.... ¿qué dirá de mí?.... Y yo, 
yo, yo.... (Inclina la cabeza tristemente. Luego, 
como siguiendo el vuelo ole los recuerdos que se al- 
zan de su corazón, prosigue melancólicamente) . ¡Qué 
días aquellos ya pasaos! Entonces yo era chico y la 
acompañaba al trabajo, á lo de Renato .... El tata 
d'ella no sabía que nos queríamos.... (Con voz 
queda) Ocasiones íbamos asina por el campo, con- 
versando, conversando, juntitos, bajo el sol. Nativa 
se réia muy dulce ; estaba contenta á mi láo ; me 
decía que me iba á querer mucho, mucho, y siem- 
pre, siempre. De tardecita, cuando cáia el sol, allá 
lejos, atrás de los dos ombuses de la cuchilla, gol- 
víamos dispacio, juntitos, entre la flechilla de los 
campos, charlando. ... Se hacía escuro y los pájaros 
no cantaban más. Lejitos cacareaban los gallos, y 
eso nos ponía tristes. Al llegar, el perro negro ve- 
nía pá hacernos fiestas, meniando la cola y fregán 



COBARDE 



83 



clase contna el vestido de Nativa. ¡Pobre perro ne- 
gro ! Se llamaba Noche. Era muy viejo. Aura si ha 
muerto. (Pausa larga. Pedro lia quedado sombría- 
mente meditabundo sobre la ultima palabra que ha 
pronunciado. Luego se pone en pie, turbado, con un 
principio de extravío en la mirada) Estar muerto.... 
Dormir, dormir aquí abajo, en la tierra, siempre, 
siempre .... ¡ Oh ! ¡No acordarse más de que se 
sufre ; no ser más disgraciáo ; no ver más este mundo 
maldito ! . . . . (Su excitación se calma bruscamente 
ante la idea que brota en su mente, y queda, así, don 
la mirada fija, como un hipnotizado. Después, pa- 
sándose la mano por la frente): ¡No ver más á Na- 
tiva ! ¡ No verla más, no verla más ! ¡ Dios mío ! ¡ Dios 
mío ! . . . . (Va á salir, embargado por la emoción, en 
el momento en que entra Anastasio por el foro. Am- 
bos se quedan como petrificados). ¡Tata! 



ESCENA V 
Pedro y Anastasio 

ANASTASIO 

(Para sí, turbado) ¡Pedro! 

PEDRO 

(En voz baja) Güeñas noches, tata. 



84 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ANASTASIO 

(Recobrándose, con tono despreciativo) ¿A quién 
llamás tata vos? Miá que se me hace que sos ore- 
jano. . . . ¿Qué oveja te dió de mamar? 

PEDRO 

( Oon dolor é ira) Me está insultando, tata. . . . 

ANASTASIO 

Por costumbre, no más. Dende que te dejás guas- 
quiiair por cualquiera, no hay pena .... 

PEDRO 

Tata, oigamé Voy á decirle 

• ANASTASIO 

Yo no soy d tata de un arrastráo 

PEDRO 

Tata, por favor. . . . 

ANASTASIO 

i Qué no me llamés tata, cobarde ! 

PEDRO 

(Cerrando los puños, herido por tanto desprecio) 
\ Cuidáo, tatai, que no se pisa asina á la culebra ! . . . . 

ANASTASIO 

(Marchando sobre Pedrto, al que azota con su ve- 
benque) ¡Mesmo! Pero vos sos un aperiá cobarde!.... 
(Sale agitadisimo por la derecha). 



COBARDE 



35 



PEDRO 

(Deteniendo su loco impulso de abalanzarse con- 
tra Anastasio ) ¡Es mi padre ! . . . . ( Sale rápida- 
mente por el foro, llevándose las manos á la cabeza 
con un gesto de horrible desesperación). 

ESCENA VI 
Daniel, Cosme, Paisano Viejo 

DANIEL 

(Riendo) ¡Nos ha pitado lindo el pulpero! 

COSME 

(Riendo) Por la gracia debían nombrarlo alcalde. 

PAISANO VIEJO 

No, pues al hijo de mi madre no lo agarran más 
con pruebitas de barajas. 

ESCENA VII 
Dichos, Terutero, Pulpero y demás paisanos 

(Entran todos] riendo y bromeando con el pulpero). 

TERUTERO 

Al ñudo, ché, has rejuntáo tanta platita 



86 



VÍCTOR PÉREZ PETlt 



PULPERO 

Si es una zoncera .... Ligereza de manos .... 
un paisano 

j Re-Cristo ! ¡ Cómo ligeras ! Ni el pangaré del co- 
masario ! 

DANIEL 

¿Y diande sacastes esas mañas? 

PAISANO VIEJO 

Pregúntale mejor diande sacó esas uñas. 

COSME 

Se las prestó un peludo. 

pulpero 

¡ Claro ! Cáen tantos peludos á este boliche .... 

TERUTERO 

¡Aviisá si te crés que estamos borrachos! 

ESCENA VIII 
Dichos ¡y Cipriano 

CIPRIANO 

(Entrando por la izquierda se dirige á la pul- 
pería) ¡Hola, mozada! ¿A qué no enclevinan á quién 
acabo de ver? 



COBARDE 



87 



TERUTERO 

De juro á la ahijada del canario Cirilo. . . . 

CIPRIANO 

No seas bobeta; á Pedro. 

DANIEL 

¡A Pedro! 

COSME 

¡Miá, ché! 

PAISANO VIEJO 

¿ Le hablaste ? ¿ Qué dice ? 

CIPRIANO 

Anda abatatáo, tristón .... Me preguntó por su 
viejo, qué sé yo ! . . . . 

PAISANO VIEJO 

¡Cómo se pierde un hombre! 

COSME 

Yo no lo creiba ansina. 

TERUTERO 

Pa mi gusto 'era un valiente. 

pulpero 

¿Y ande andará el viejo? 



S8 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CIPRIANO 

Juído. 

DANIEL 

La polecía andaba ayer rondando el monte. 

PAISANO VIEJO 

Dios lo libre y guarde. 

UN PAISANO 

(A Cosme) ¿Y qué me dice de la carrera de ma- 
ñana ? 

COSME 

Pá mi gusto es de la yegua. 

UN PAISANO 

¿Es ligera, no? ' 

COSME 

Como de encargo pá un desempeño. 



ESCENA IX 
Dichos y Joaquín 

JOAQUÍN 

¿Qué tal, amigos? (Salúdame) ¿Qué dicen de 
nuevo? ¿Matando la sed? 



COBARDE 



DANIEL 

Aprontándonos pá golver á la madriguera. 

JOAQUÍN 

Es temprano aún y hay que sacarle el jugo á 
los días de fiesta. A ver, pulpero; sirva una ronda. 
(Los paisanos piden y beben). 

DANIEL 

( Que está preludiando estilos en la guitarra ) Ño 
Joaquín, que no se le olvide lo ofrecido 

JOAQUÍN 

¿Las décimas? No me olvido; ya se las enseñaré. 
Pero con la condición de que ahora va á cantarnos 
algo. 

DANIEL 

Si no sé nada. 

COSME 

No sabés andar por el aire como vieja. 

TERUTERO 

Cipriano sí que es tigrazo. 

pulpero 

De veras que pá cantar es medio alarife. 

JOAQUÍN 

Bueno; pues lio mejor es armar un contrapuntlo. 



90 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TODOS 

¡Bravo! ¡Muy bien! ¡Un contrapunto! \ 

JOAQUÍN 

(Alcanzándole otra guitarra á Cipriano) No hay 
remedio, amigo. A ver como lo hace. 

CIPRIANO 

Mal, como un viento de cara. 

PAISANO VIEJO 

Mal anda el diablo en el infierno. 

DANIEL 

(Sentado sobre una barrica) Bmpezá vos. 

CIPRIANO 

(Sentándose sobre la mesa) Vos primero. 

TERUTERO 

Cualquiera, hombre. Siempre la oveja más ruin... 

CIPRIANO 

Pues yo rompo el chiquero. (Bordonea y canta) 

Vamjos lo® dos á cantar 
De contrapunto, amigazo, 
Y de juro que un picazo 
Lo voy á hacer jinetiar; 



COBARDE 



91 



Si se llega á retobar 

Le tiraré de la rienda 

Pa que usté lueguito aprienda 

Que aquí tiene un güen cantor 

Qus lo mesmo canta amor 

Que las penas de su prenda. 

PULPERO 

¡ Oigalé el duro ! ¡ Parále las manos á ese zorrillo ! 

TERUTERO 

¡Aguárdate el güelto ! ¡ Atropellálo, Daniel! 

DANIEL 

( Canta) : 

Se está guasquiando sólito 
Como potro mal cinchao 
Que tienen incomodao 
Los tábanos y mosquitos; 

TERUTERO 

¡ Pá que se rasque ! 

DANIEL 

(Sin interrumpirse) 

Aguárdese un momentito 
Que le voy á contestar, 
Sin que haiga de jinetiar 
Nengún picaso, aparcero, 
Pues soy tan güen guitarrero 
Como el que quiera rayar. 



92 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TERUTERO 

Te matarion los .... 

PULPERO 

(Tapándole la boca con la mano) No resollés tan 
juerte que hay enfermos en la familia. 

COSME 

(A Cipriano) ¡Dále espuela al matungo! 

CIPRIANO 

( Canta) : 

Ansina me gusta, amigo 
Que no se duerma en carona 
Y se calle su bordona 
Si le sale un enemigo: 

PAISANO VIEJO 

¡Aprendé educación! 

CIPRIANO 

( Prosiguiendo ) : 

Aquí tenemos testigos 
Que nos están escuchando, 
Que nos están esperando 
Nos dejemos de sonciar, 
Con que empiece á preguntar 
Si quiere dir preguntando. 



COBARDE 



93 



PULPERO 

Animáte, pues. Ansí sernos los criollos. 

TERUTERO 

¡Pucha, que tos te ha dáo! (A Daniel) Dale unas 
friegas de tala á este inválido. 

DANIEL 

( Canta) : 

Ya que me envita, aparcero, 
Pa que empiece á preguntar, 
A ver si sabe contar 
Lo que es el amor primero. 

JOAQUÍN 

¡Linda pregunta! 

TERUTERO 

(Al Pulpero) ¿Se te paró la tós, ché? 

PULPERO 

¡ No, cuñao ! ¡ Si entoavía estoy más juerte que 
garrón de avestruz! 

CIPRIANO 

( Canta ) : 

Le contestaré ligero 
Lo que sepa sobre el caso 
Pa que no crea, amigazo, 
Que soy un mal parejero. 



94 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Sepa que el amor primero 
Que el hombre tiene en el mundo 
Y que llena de projundo 
Placer á su alma dormida, 
Es el que nace en su vida 
Antes que eH amor segundo. 

pulpero 
¡Apriendé á tomar mate! 

COSME 

¡ Me quemé con la bombilla ! 

JOAQUÍN 

¡ Bien contestado ! ¡ Bravo ! 

PAISANO VIEJO 

Se me hace que vamos á sudar pa tapar este 
aujero. 

CIPRIANO 

( Canta) : 

Aura, si no es un tilingo, 
Usté me va á contestar 
Qué caballo va á ganar 
La carrera del domingo. 

un paisano 
¡ Pá adivinos es la cosa ! 



COBARDE 



95 



PULPERO 

¡ Agárrame ese peludo! 

TERUTERO 

(A Daniel) Hermanito, dále lonja al charabón! 

COSME 

¡ Qué turbio se puso el tiempo ! 

JOAQUÍN 

Pues abra el poncho, amigo, que ahora viene la 
rociada. 

DANIEL 

( Canta) : 

Muy fácil es la rispuesta 
Pá que me pare á pensar 
Qué caballo va á ganar 
En la carrerita esta. 

TERUTERO 

¡No te dije! 

DANIEL 

( Canta) : 

Y de aura paro la apuesta 
Al que me salga primero, 
Jugando tuitio el dinero 
Que se le antoje jugar, 
Que el premio lo ha de ganar 
El que corra más ligero. 



96 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TERUTERO 

¡Anda á ver al sacamuelas! 

pulpero 

¡ Adivinó, de juro ! 

COSME 

Te pegaron entre las guampas. 

pulpero 

¿Qué le hemos de hacer? El que no nace toruno 
es carnero. . . . 

JOAQUÍN 

Ya veremos la revancha. 

pulpero 

¿Pues no ha de verla, ño Joaquín? A generoso 
no me gana la partera. 

PAISANO VIEJO 

Está visto. Ño Joaquín nos ha pegotiao á tuitos 
con sus güenos modos. 

DANIEL 

( Canta) : 

Pues si no está con fatiga 
Ni se siente muy lerdón, 
Diga amigo, ¿quiénes son 
Los tatas del viejo Artigas? 



COBARDE 
j 



97 



TERUTERO 

¡ Bravo ! ¡ Muy bien ! ¡ Eso es preguntar un criollo ! 

PULPERO 

; J ué pucha, que está escandaloso el mocito ! ¿ Te 
crés que no sabemos geografía? Cipriano, prepará- 
mele una tisana á este bobeta. 

TERUTERO 

j Ché ! ¡ No te pases al patio que vas á pisar los 
pollos ! 

CIPRIANO 

( Canta) : 

Jugando y sin hacer caso 
De lo que voy á decir 
Me paice que he salir 
Vencedor pasito á paso. 
Por si llego con atraso 
Aura voy á responder 
Que asigún llegué á saber 
Por los criollos que los vieron 
Los tatas de Artigas jueron 
Un hombre y una mujer. 

PAISANO VIEJO 

Decíme que es mentira. 

TERUTERO 

No amigo; si yo no digo nada. 

7. — T. I. 



93 



VÍCTOR PÉREZ i'ETlT 



JOAQUÍN 

¡ Eso es maña pana sacarse el lazo ! 

pulpero 

¡No vé que al cuete hemos ido al colegio! 

DANIEL 

( Cania) : 

Pa saberme contestar 

Ya veo que usted no es manco 

Y que poco á poco, al tranco, 
Sale del tembladeral. 
Amigo, no lo ha hecho mal, 

Y crea, lo felicito 
Porque me veo chiquito 
Al lao suyo, y no sé 
Ande aura me meteré 
Para cantar un poquito. 

COSME 

Tomá güenos modos. 

TERUTERO 

Ni los mozos de Montevideo son tan finos.... 
¡ Disculpe, ño Joaquín ! 

JOAQUÍN 

No me ofende, amigo. 

PULPERO 

¿Te crési que sernos ma'l criados? (A Cipriano) 
\ Hacéle una compadrada con güenos modos ! 



COBARDE 



99 



CIPRIANO 

No compriendo yo porque 

Ha de verse usté chiquito 

Al lao de este gauchito 

Que es tan poco para usté. 

Amigo, levantesé 

Y venga á darme la mano 

Que sería un orejano 

Si después de ser vencido 

Me juera de aquí creído 

Que le he ganáo á mi hermano. 

(Todos los presentes aplauden y felicitan á los 
payadores ) . 

JOAQUÍN 

Los dos se han portado. Muy bien. ¡Bravo! 

COSME 

Cantores de juerza. 

paisano VIEJO 
Se me hacen lo mesmo que torunos. 

JOAQUÍN 

Pago otra ronda y en marcha. 

(Beben y vánse todos haciendo comentarios sobre 
el contrapunto y la próxima carrera). 



100 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA X 
Pulpero; luego Pedro 

( Al retirarse sus parroquianos, el Pulpero empieza 
á arreglar los trastos para cerrar el boliche, pues ya 
cae la noche. En un recodo del camino, reaparece la 
alegre comitiva que va haciendo música. Poco á poco 
se extingue ésta, y entonces el pulpero entona la 
siguiente quintilla): 

PULPERO 

Mi caballo era mi vida, 

Mi bien, mi único tesoro. 

A quien me entregue mi moro 

Yo le daré mi querida, 

Que es más luciente que el oro. 

(Entra Pedro, por la izquierda, meditabundo) . 

PEDRO 

¡ Cobarde ! ¡ Soy un cobarde ! ¡ He pasao cerca de 
tuitos esos y han hecho como si no me vieran ! Estoy 
deshonrao .... Me disprecian .... ¿ Pa qué expli- 
carle á esta gentuza el por qué no pelié á Gil ? ¿ Mo 

creerían ? ¿ Me darían razón ? ¡ Bah ! Se reirían 

de mí y yo seguiría siendo el mesmio .... un hom- 
bre que se de ja castigar .... ( Exasperándose ) ¡ Ah ! 
no, no, no y no ! Esto tiene que acabar ! Yo no puedo 
aguantar más ! ¡ Yo voy á matar á alguno .... 



COBARDE 



101 



PULPERO 

(Canturreando, sale al campo) : Mi caballo era 

(Advirtiendo á Pedro, con voz contenida) ¡ Pedro 
aquí ! . . . . 

PEDRO 

¿Qué cuenta, amigo? 

pulpero 

Nada. 

PEDRO 

¿Se viene la noche, eh? 

pulpero 

(Canturreando á media voz): 

Mi caballo era mi vida, 
Mi bien, mi. . . . 

PEDRO 

(Irritado) Creo que le estoy hablando, amigo. . . . 

PULPERO 

(Secamente) ¿Y con eso? 

PEDRO 

(Dominándose, aparte con amargura) Hasta este 
miserable pulpero me disprecia ! . . . . Pero yo ... . 
¡ Calma, calma, Dios mío ! . . . . (El pulpero entra á 
su casa) Vamos, á ver, paisano, ¿quiere servir una 
copa 



102 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PULPERO 

( Sin volverse ) No puedo .... Ya es hora de cerrar 
el boliche .... 

PEDRO 

¡Rayo de Dios!.... (Conteniéndose) Mire, escu- 
che 

PULPERO 

(Volviéndose un poco, lentamente) Pasencia, pai- 
sano ; mañana será .... 

PEDRO 

(Estallando) ¡Ah, no! ¡Ah, no! ¡Se acabó! (Co- 
giéndole por un brazo) Decí, decí: ¿vos también 
crés que soy un cobarde ? . . . . ¿ Crés que yo ? . . . . 

pulpero 

(Luchando por desasirse) ¡Suelte! ¡Suelte, ca- 
nejo, ó no respondo ! . . . . 

PEDRO 

¿ Ocmo ? ¿ Qué ? ¿ Me amenazas ? ¡ Maldita sea ! 

PULPERO 

(Exasperado) ¡Qué suelte, digo! No me manche.... 

PEDRO 

(Iracundo) ¿Qué no te manche? ¡Toma, mise- 
rable! (Zamarreándole violentamente lo arroja con- 
tra el suelo. Después, dominando su furor) : No, no. 



COBARDE 



no ... . ¿ Qué sacaría con matar á este perro ? . . . . 
Preciso otro, otro .... no sé ... . 

pulpero 

(Levantándose estupefacto) ¡La gran perra! 
¡ Qué juerza había tenido el hombre ! Pero entonces, 
¡canejo! ¿pá qué no pelió al gallego? (Éntrase á 
su boliche, mientras Pedro se dirige al foro). 

ESCENA XI 
Pedro y Natividad 

PEDRO 

(Viendo aparecer á Natividad, se detiene súbita- 
mente) ¡Nativa! 

NATIVIDAD 

(Para sí) ¡Pedro ! 

( Una larga pausa, durante la cual ambos, cohibi- 
dos, no saben qué decirse). 

PEDRO 

(En voz baja) Güeñas noches.... Nativa.... 
¿Qué hace á estas horas m'i. . . . (vacilando) mi. . . . 
mi ¿Qué hace, Nativa? 

NATP7IDAD 

Buscaba á ño Joaquín, á Cipriano, á alguno. . . , 
Pero usté .... 



104 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEDRO 

(Para sí, con tristeza) — Ella también me trata 
ele usté. . . . (Alto) — Diga, Nativa. ... (Un mo- 
mento de silencio embarazoso; luego con temor) : 
Yo no sé. . . . mire, discúlpeme. . . . estoy algo ape- 
nado; pero si usté juera tan buena que. . . . (Brus- 
camente): ¡No, no puedo más! Deeime, Nativa, de- 
cime la verdad, la pura verdad, yo no te guardaré 
rencor, ya. . . . ya. . . . (No atreviéndose á pregun- 
tarle si aún es amado, balbucea y guarda silencio). 

NATIVIDAD 

¿ Qué ? ¿ qué cosa 

PEDRO 

(Vacilando) — Yo quisiera saber.... si vos.... 
si usté .... ¡ Nativa, Nativa ! . . . . ¿ Qué pensás 
de mí ... . 

NATP7IDAD 

¿ Yo ? ¿ Qué puedo pensar ? 

PEDRO 

No sé ; lo que dicen tuitos .... 

NATIVIDAD 

j Pedro ! 

PEDRO 

De juro ; te hablarán de mí ... . Te dirán que soy, 
que he sido .... ( Guarda un instante silencio y al 



COBARDE 



105 



notar que Natibidad, turbada no responde, prosigue 
dolorosamenie) : ¿No es eso? ¿No te dicen que soy 
un cobardJe ? . . . . 

NATIVIDAD 

¡Pedro! ¡Por Dios! 

PEDRO 

Sí, sí ; es esd> ¿ No vés ? Tuitos te lo han 

dicho y tú has tenido vergüenza de mí ... . 

NATIVIDAD 

( Protestando noblemente, con un grito del cora- 
zón ) : ¡ No ! ¡ Eso no, Pedro ! 

PEDRO 

(Con un grito de extravío) ¡Nativa!. ... (Se con- 
fíale, temblando, no sabiendo si ha comprendido 
bien) ¿Cómo? ¿Tú. . . . tú. . . . tú no has créido que 
yo. . . . que yo?. . . . ¿No me has créido cobarde?.... 

NATIVIDAD 

(Firmemente) : No, Pedro; yo tenía tu palabra.... 

PEDRO 

(Delirante, conmovido, sintiendo que los sollozos 
le ahogan) ¿Nativa?. ... ¡ Ah! Gracias, gracias Dios 
mío!. . . . Gracias, Nativa. . . . (Cae á sus pies y le 
besa llorando la mano). 



¡Pedro! 



NATIVIDAD 



106 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEDRO 

Dejáme, dejáme, Nativa.... ¡Dios mío! ¡Qué 
bien me haces. . . . Gracias, gracias, Nativa. . . . 

NATIVIDAD 

Escuchá, Pedro. . . . 

PEDRO 

(Sin oiría, poniéndose en pie) ¡Oh, ahora que me 
importa!. . . . ¿ Qué me imp/orta lo que digan esos?.... 
¿ Tú no crés que jui cobarde ? . . . . ¿ Qué me importan 
los demás?.... ¿No es verdad, Nativa?... Yo te- 
nía que devorar el insulto .... Te había dáo mi pa- 
labra. ... Y ya vés, Nativa; por vos, por vos solo 
tuve que hacer eso; tuve que romperme los dientes 
de rabia ; tuve que ahogarme el corazón .... Ya 
vés.... te lo había prometido.... porque te que- 
ría. . . . porque te quiero, porque nada me im- 
porta. .. . (reparando súbitamente en la tristeza y 
silencio de Natividad) Pero, vos .... ¿ qué tenes, 
Nativa ? . . . . ¿ Por qué estás así ? ¿No me querés 
ya? 

NATIVIDAD 

(Tristemente) Te quiero, sí, Pedro 

PEDRO 

¿Y entonces?. . . . 

NATIVIDAD 

Entonces, ya vés ; yo no sé ... . Después de lo que 
ha pasáo. . . . 



COBARDE 



107 



PEDRO 

( Anhele rAe) ¿Qué? 

NATIVIDAD 

(Ocultando el rostro entre las manos para llorar) 
Ya vés Dicen 

PEDRO 

¿Cómo? ¿qué? ¿qué hay?. . . . Después de lo que 
ha pasáo, dicen ¿ qué ? . . . . ( Comprendiendo súbita- 
mente ) ¡ Ah ! sí, comprendo, comprendo .... Des- 
pués que tata mató á ño Gil, yo no puedo quererte ; 
tú no podés ser mía. . . . ¿ No es eso lo que dicen 
( Dolor o sámente) j Ah, isí, comprendo, comprendo. . . . 
( Se aleja de Natividad silencioso. Una pausa ) . 

NATIVIDAD 

(Confusa, yendo á él despacio) ¡Pedro!.... (Al 
ver que éste no la responde, avanza aún; con pena): 
Pedro, te he hecho daño, i no es verdad ? . . . . 



No, no. . 



PEDRO 



NATIVIDAD 



Sí; no lo negués Ya lo veo; te has eno- 
jado.... Pero si tú supieras lo que yo sufro.... 



PEDRO 



¿V/os? ¿Vos sufrís? ¿Y por qué? Si de tuitos 

modos ya no me querés. . . . 



108 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



NATIVIDAD 

¡ Que no te quiero ! ¿ Decís que no te quiero ? Y 
no hago otra cosa que pensar en vos; que llorar 
por vos. . . . 

PEDRO 

No, no me querés. ... Y hacés bien, Nativa; hacés 
oien. . . . ¿Quién soy yo? ¿qué valgo yo? (Con iro- 
nía cruel) Un gáucho que se deja castigar; un pobre 
gáucho sin hon^r y sin vergüenza, que tuitos se 
llevan por delante dende el día en que agarró su 
honor y lo tendió, aisiina, por el suelo, para que su 
prenda pasara por encima como una ráina. . . . 

NATIVIDAD 

( Desesperada) ¡ Pedro ! 

PEDRO 

Sí, sí, Nativa .... ¿ Pá qué habías de quererme 
vos? ¿Pá qué habías de querer ¡al hijo del hombre 
que mató á tu tata?.... Quedarías manchada de 
sangre y de vergüenza. ... ¿No es asina que dicen 
tuitos ? . . . . Y es claro ; tenés que atender á lo que 
dice la gente. . . . 

NATIVIDAD 

Pedro, ¡ por Dios ! 

PEDRO 

(Exaltándose por grados) ¡Claro! Hay que escu- 
charlos á ellos. . . . Hay que escucharlos. ... A mí, 



COBARDE 



ioy 



no; á mí, ¿pá qué? ¿Qué he hecho yo? Ya 

vés .... Porque te quería ; porque te quería con 
tuiíta el allima ; porque mo podía verte llorar, ■ — te 
di un día mi palabra de no peliar con tu tata, sin 
calcular lo que podía suceder .... ¡ Qué iba á cal- 
cular yo, disgraciáo, si en nada pensaba, si nada 
veía en el mundo más que vós ! . . . . Y te di mi pa- 
labra, y vino Dios pá probarme, pá ver si era hom- 
bre, pá ver si te quería con tuita el alma, como te 
había jurado, — y me puso frente á frente de Gil.... 
Y entonces yo, yo el pobre gáueho, el infeliz doma- 
dor de potros, el miserable pión de estancia, pero 
tan güeno y tan valiente como cualquiera de los 
de mi raza; yjo, yo, el hijo del viejo Anastasio, tuve 
que agachar la cabeza y dejarme chicotiar como un 
cobarde ; . . . . y di güelta la cara, y me juí, me juí, 
como un perro castigáo, como un sotreta miserable, 
por vos, por vos, porque te quería, porque .... 
( Casi sollozando de ira y de dolor): Conque, ya 

vés, .... ya vés ¿ Qué he hecho yo por vós 

Nada nada. ... Es á etilos á quien debés hacer 

caso 

NATIVIDAD 

(Vencida, doblegada por un dolor inmenso) ¡Pe- 
dro ! Perdonáme .... yo ... . 

PEDRO 

(Tristemente) No, anda, andá no más.... Tenés 
razón. . . . 



110 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



NATIVIDAD 

¡ Pedro mío ! . . . . Escúchame .... No sé ; he es- 
tado loca .... No sé que te dije .... Todos esos ahí, 
habiéndome, aconsejándome.... Me han güelto 
loca. ... No soy y(o, no, no soy yo. . . . Yo te quiero, 

te quiero con tuita el alma ¿ Me óis ? . . . . Y no 

quiero, no quiero óir nada, sino á vos que sos mi 
alma, que sos mi vida.... (cogiéndose á él amoro- 
samente) Sí, Pedro, vamonos; lleváme lejos, lejos, 
á otros pagos. . . . Yo seré tuya, porque sos mi única 
alegría, lo único que me queda en la tierra 

PEDRO 

(Enajenado) ¿De verdad, Nativa? ¿No me 

dispneciás ? ¿ No te importan las habladurías 

de tuítos esos ? 

NATIVIDAD 

No, Pedro, no; lleváme, lleváme con vos; lejos, 
lejos. . . . 

PEDRO 

Sí, lejos, lejos; siempre juntos.... A otros pa- 
gos, ande naide iros conozca. . . . 

NATIVIDAD 

Y viviremos felices, sin separarnos más, sin que 
naide venga á mezclarse en nuestro amor .... 

PEDRO 

Escuchando tu voz, tu voz querida, más dulce que 
la calandnia. ... 



COBARDE 



111 



NATIVIDAD 

Mirando las estrellitas que nos hacen señas dende 
allá arriba. . . . 

PEDRO 

Jugando con tus trenzas más negras que mis 
penas. . . . 

NATIVIDAD 

Escuchando sobre tu hombro los tristes de tu 
guitarra .... 

(Se encaminan, entrelazados, hacia el foro). 

PEDRO 

Juntos, siempre juntes .... 

NATIVIDAD 

Gomo dos flores del campo .... 

PEDRO 

Como dos gotas de rocío .... 

(Al ir á salir, Natividad se detiene, lanzando un 
contenido grito de espanto). 

NATIVIDAD 

¡Ah!.... 

PEDRO 

¿ Qué ? ¿ qué hay ? 

NATIVIDAD 

(Arrastrando á Pedro por una mano) Ese hom- 
bre .... ese hombre .... 



112 



VÍCTOR PEREZ PET1Í 



PEDRO 

¿Qué hay? ¿qué tiene? Es un mélico. . . . 

NATIVIDAD 

( Con terror ) Sí, un mélico .... de la polecía .... 

PEDRO 

¿Y eso qué tiene? 

NATIVIDAD 

Tiene, .... tiene .... que me había olvidáo, cou 
la conversación. . . . 

PEDRO 

¿ Olvidáo de qué ? 

NATIVIDAD 

¿No te dije? Había venido aquí pá decirles á 
Cipriano ó á ño Joaquín. . . . 

PEDRO 

¿Qué? Hablá 

NATIVIDAD 

Que esta noche.... ¡Dios mío!.... Y no hay 
naide por aquí. . . . 

PEDRO 

Pero ¿ qué sucede ? Hablá ; decí .... 

NATIVIDAD 

Escuchá, Pedro. . . . Esta noche van á priender 
á ño Anastasio .... 



COBARDE 



113 



PEDRO 

¿Eh? ¿cómo? ¿qué decís? 

NATIVIDAD 

Rampli lo ha denunciáo á la justicia. . . . 

PEDRO 

¡ Maldita sea ! ... . Pero ¿ cómo f 

NATIVIDAD 

Sí; ño Anastasio va tuitas las noches á la es- 
tancia de Raimundo, ¡y el comesario va á sorpren- 
derlo esta mesma noche .... 

PEDRO 

(Resueltamente) Está güeno. Adiós, Nativa. . . . 

NATIVIDAD 

¿Cómo,. Pedro? ¿Te vas? 

PEDRO 

¿ No decís que tata está en peligro ? 

NATIVIDAD 

Pero, tú, Pedro .... 

PEDRO 

Yo cumpliré con mi deber, Nata .... Tata se ha 
perdido por mí ; me cree un cobarde .... Aura ve- 
remos si quedamos patas .... 



8.-T. i. 



114 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



NATIVIDAD 

Sí, tenes razón. . . . Corre, avisále. ... que se salve 
antes que llegue 'la polecía .... Quién sabe si tenes 
tiempo. . . . 

PEDRO 

Queda lejitos, pero no importa. . . . Con Dios y 
mi flete llegaré. 

NATIVIDAD 

Adiós, mi Pedido. 

PEDRO 

Adiós, Nativa ; adiós mi vida .... Abrasáme bien 
juerte, bien juerte.... porque 

NATIVIDAD 

(Intranquila) ¿Por qué, Pedro? ¿Qué tenés?. . . . 

PEDRO 

No sé. . . . pero tengo algo aquí (señalando su co- 
razón) que me dice que no gol veré á verte 

NATIVIDAD 

¡ Dios mío, Pedro ! . . . . Mirá. . . . escuchá. . . . Me- 
jor sería que no jueras. . . . 

PEDRO 

j Eso no ! La vida de tata está en peligro. . . . Aura 
es que podré mostrarle lo que vale su hijo. . . . 
Adiós, mi alma .... 



COBARDE 



115 



NATIVIDAD 

(Abrazándole) Adiós, mi Pedro.... Pero volvé, 
volvé pronto . . . . Pá ser mío, siempre mío .... 

PEDRO 

¡ Nativa ! 

(Pedro se aleja y vuelve nuevamente á abrazar á 
Natividad. Después, se va, despacio, mirando con 
ternura á su amada. Ya cerca del foro, envía un 
adiós á ésta, que le contempla ansiosamente). 

PEDRO 

Adiós, mi vida. . . . 

NATIVIDAD 

( Cayendo de hinojos y alzando los ojos al cielo) 
— Ayúdalo, Dios mío, porque es bueno .... 



TELÓN 



C(. 



ACTO TERCERO 

(La misma decoración del acto primero ) 

ESCENA PRIMERA 

Matilde; luego Rampli 

(Al levantarse el telón, Matilde sale por el foro 
con un farol de mano, que deja luego junto al pozo 
para recoger unos bancos que habrá en el patio y 
entrarlos á la cocina). 

MATILDE 

¡ Canelo ! ¡ Canelo ! Estos perros de porquería .... 

¡Canelo! ¡Aquí, Canelo! (Para si) ¡Claro! 

¡ como si no los llamara ! Y la culpa es de ese Teru- 
tero que los tiene tan consentidos .... Güeno ; ahora 
los bancos . . . . ¡ Josús, que desparramo ! Aquí, tuítos 
son como los frailes .... Puro alzar el gallo y que 
otros se ruempan la crisma haciendo el acomodo. 
(Empieza á entrar los bancos, canturreando) : 

Cuando dos quieren á una 

Y los dos están presentes, 

Y los dos están presentes, 
El uno cierra los ojos 

Y el otro apreta los dientes. 



118 



VÍCTOR PÉREZ 



¡Jué perra! ¿Y esa mozada qué hace? De juro 
que en el boliche, empinando el eodio .... ¡ Ah, los 
hombres! Cuando agarran el campo son lo mesmo 
que novillos alzáos .... ¡ Quién juera hombre, ea- 
nejo !. . . . (Entra los últimos bancos, canturreando) . 

Santa Eita jué casada 
Con un güen trabajador, 
Con un güen trabajador, 
Que se comía los huevos 
Y dejaba el cascarón. 

RAMPLI 

( Que ha entrado cautelosamente hace un instante 
y observa á todos lados coa desconfianza) — Bona 
noche, Matilde. ¿Está sola? 

MATILDE 

( Volviéndose ) ¿ Quién es ? . . . . ¡ Hola ! ¿ Es usted, 
nación ? 

RAMPLI 

Vamo, vamo, Matilde.... Teñese ganas de cho- 
choniar. ... Yo no sun nación. . . . 

MATILDE 

Güeno; pues será paraguayo. . . . ¿Qué anda ha- 
ciendo á estas horas? 



RAMPLI 

Quería hablar con il patrón, natoralemente . 



COBARDE 



119 



MATILDE 

¡ Oh ! ¿y ahora ? ¿ Se ha conchaváo de zonzo ó me 
quiere hacer bailar sin guitarra? 

RAMPLI 

¿Per qué me dice eso? 

MATILDE 

Pues está claro. ¿No sabe usted que el patrón se 
jué para el Sarandí líos otros días? 

RAMPLI 

Aficáte un poco, me s^e ne había olvidáo En- 
tonce, entonce, ¿ osté está sola ? . . . . 

MATILDE 

Estoy sola, ¿y qué? ¿Qué se le ofrece? 

RAMPLI 

¿E lo mozos? ¿Se han ido? 

MATILDE 

Mire, nación. ... A otros más preguntones que 
usté los he echáo á un cuerno en o tras ocasiones .... 
Pero á usté, pá que vea que no lo ladeo, le voy á 
contestar: sí, estoy sola; el patrón no está; la mo- 
zada tampoco .... Estoy sola con mi ánima y con 
este par de manos que usté vé aquí, (metiéndoselas 
por los ojos) ¿las vé usté?, capaces de dejarlo con 
el cogote torcido pá tuíto el verano al primer pavD 
que se meta, á gallareta. . . . ¿Me ha entendido? 



120 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



RAMPLI 

¿Ma, ma, ma que se figura, Matilde? Yo pre- 
gunto lasí, se sabe, nada más .... Yo no quiero .... 
¿ cume se diche ? . . . . no quiero, no quiero .... pro- 
pasarme, ecco, propasarme c)on osté. . . . 

MATILDE 

Y hace bien, amigazo, porque del primer sopapo 
se iba á dir rodando hasta su tierra, sin tomar pa- 
saje de güelta. . . . 

RAMPLI 

(Riendo) ¡Qué Matilde! ¡Qué Matilde esta! ¿Le 
gusta la f arrias, eh? 

MATILDE 

Lo que me gusta es que me dejen sola cuando me 
tengo que dir á dormir. 

RAMPLI 

¡Ah! ¿Se va á dormir? 

MATILDE 

¿Y de ái? Pá eso me levanto de nochecita en- 
toavía. ¿O cree que ando de noche como las viejas 
parándome en los postes del alambráo? 

RAMPLI 

¡Eh, no, natoralemente ! 



COBARDE 



121 



MATILDE 

Güeno j pues ya sabe .... Si precisa que le sigan 
la conversación búsquese otro guitarrista .... Yo 
me largo á mi cueva. Güeñas noches. . . . 

RAMPLI 

Antunce, yo también me voy .... Bona noche, 
Matilde.... (Hace como que se va lentamente por 
el foro. Matilde lia recogido el farol y éntrase á la 
casa). 

ESCENA II 
Rampli y el Comisario 

(Pausa larga. Rampli vuelve sigilosamente y se 
detiene junto al pozo. Tiende el oído hacia el foro y 
luego avanza hasta la casa, junto á cuya puerta 
aplica también el oido. Después, va despacio hacia 
el foro, izquierda, y escruta las sombras. Vuelve á la 
derecha, y lanza un silbido imitando la lechuza. En- 
tonces baja hasta el pozo y espera al Comisario, que 
entra cautelosamente ) . 

comisario 

¿ Si han acostáo ? 

RAMPLI 

Matilde, sí; el patrón no sun vuelto. 



122 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



COMISARIO 

¿Está en Sarandí? 

RAMPLI 

Sí, signor Comesario. 

comisario 

¿Y la pionada? 

RAMPLI 

De farrias, inta pulperías. 

comisario 

Entonces, no pueden tardar. Si hace tarde: Si 
colocara mi gente, aquí en la cocina 

RAMPLI 

No conviene, signor Comesario.... Inta cocina 
entran e salen lo moehiachos .... Mecor es que se 
isoonda en el momteeito, ái al lado; e cuando vea 
llegar il viecos, entonces.... 

comisario 

Sí, tenes razón. Estaremos mejor en el mionte. 
Con tal que Anastasio no nos dé otro plantón como 
el de anoche. . . . 

RAMPLI 

¿Qué quiere? Se no vino anoche, hoy tendrá que 
venir á la fuerza, perqué. . . . 



COBARDE 



123 



COMISARIO 

(Escuchando) ¡Silencio! Allá abajo. . . . (Los dos 
se ponen á oir. En el silencio de la noche, lejos aún, 
se oyen los acordes de una marcha con que los paisa- 
nos vienen acortando la distancia. Las> alegres notas 
de las guitarras aumentan en intensidad á medida 
que la comitiva se aproxima. Los ladridos de los pe- 
rros cesan cuando éstos reconocen á los mozos. La 
luz decrece). 

RAMPLI 

E la pionada que viene. 

comisario 

Pues á la cueva, peludos. Tu, nación, mejor es 
que no te dejés ver. . . . 

RAMPLI 

Sicuramente .... Yo me voy también .... 
comisario 

Vamosi, entonces, antes que nos olfateen .... 

(Van á salir, cuando Bampli detiene al Comi- 
sario). 

RAMPLI 

Ma diga, signor Comesario .... Acuérdase de lo 
que me sun prometido. . . . 

comisario 
¿ Qué te he prometido ? 



124 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



RAMPLI 

Que no iba á haber sangre .... Ya sabe, signor 
Comesario .... Yo hago esto per la custicia, se 
sabe .... dun Anastasio mató á il padre de esa mo 
chiachas ; pero osté no debe matarlo .... 

comisario 
Güeno, hombre, güeno. . . . 

RAMPLI 

(Saliendo con el comisario): Prenderlo, sí, ma ma- 
tarlo, no.... ¿Comprende? Yo no quiero sangre, 
perqué, comprende .... ( Han desaparecido, ha- 
blando, por el foro). 

ESCENA III 
Joaquín, Cipriano, Cosme y Daniel 

(Antes de entrar los mozos en escena óyense au- 
mentar paulatinamente los sones de las guitarras. 
Luego, cesan éstos de repente y se advierten risas y 
llamados). 

VOZ DE DANIEL 

¡ Canelo ! ¡ Canelo ! 

VOZ DE COSME 

¿Ande se habrá metido ese diantre? 



COBARDE 



125 



VOZ DE CIPRIANO 

De juro que con Matilde. 

VOZ DE COSME 

¡Matilde! ¡Matilde! 

VOZ DE DANIEL 

¡ Canelo ! ¡ Canelo ! 

JOAQUÍN 

(Entrando por el foro, seguido por los otros). 
Nadie. No hay nadie. Han abandonado la estancia. 

CIPRIANO 

¡ Jué pucha ! ¡ Qué patiada ! ¿ Dónde habrá un 
banquito ? 

COSME 

¡No dije! Está Matilde es como las hormiguitas: 
tuito lo arrastra pá dentro. 

(Entra á la cocina y vuelve á poco con unos ban- 
cos). 

DANIEL 

¡Linda la marchita! ¿no le parece, fío Joaquín? 

JOAQUÍN 

Lindaza, amigo Daniel. Con música no se siente 
la distancia. 

CIPRIANO 

¿ Le parece ? ¿ A qué no se larga hasta Montevideo 
con una guitarra en lugar de la diligencia? 



126 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



COSME 

¿Y cuándo se güelve á sus pagos, ño Joaquín? 

JOAQUÍN 

Mañana, sin falta. 

DANIEL 

Entonces esta noche se despedirá de ño Anastasio. 

JOAQUÍN 

¿Vendrá esta noche? 

CIPRIANO 

¡ Claro ! El pobre no puede salir de día del monte 
y aprovecha la noche, lo mesmo que malevo, pá ve- 
nirse po acá. 

DANIEL 

Anda callao, tristón el pobre viejo. De lejos no 
más sie ve que lo mata una pena. 

JOAQUÍN 

¡ Pobre amigo Anastasio ! 

COSME 

No es porque ande juído de la polecía. Es por isu 
hijo, por Pedro. Lo mata el pensar que su hijo es 
un cobarde .... 

JOAQUÍN 

¿Pero, ustedes creen que Pedro es un cobarde? 
Miren, amigos. . . , 



COBARDE 



127 



DANIEL 

Yo no sé ... . Yo quería mucho á Pedro ; pero 
vea, ño Joaquín: un mozo que se deja castigar. . . . 

CIPRIANO 

Es lo que yo digo. Pá mi gusto, Pedro era un va- 
liente.... Usté sabe,, ño Joaquín, que sernos, Pe- 
dro y yo, como hermanos .... Güeno ; pues lo que 
hizo, francamente, no está bien hecho. . . . 

JOAQUÍN 

¿Y quién lo dice? 

DANIEL 

¿Cómo, quién lo dice? Pero, ño Joaquín.... El 
pri mérito de tuítos, el mismo ño Anastasio .... 

JOAQUÍN 

Es que 

DANIEL 

(Interrumpiéndole) Ocasiones está ái mesmito, 
ande está usté sentáo, y le oírnos decir bajito: "era 
un cobarde " . . . . 

COSME 

¡Pobre ño Anastasio! 

JOAQUÍN 

Y bien, amigos míos Yo no pienso como us- 
tedes. ¿ Se asombran, eh ? Pues bueno ; no pienso así. 



128 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



¿Qué quieren? Por lo misino que Pedro ha demos- 
trado en otras oportunidades que era todo un hom- 
bre, yo no puedo creer que así, de repente, sin una 
causa muy poderosa, haya soportado la injuria re- 
signadamente . . . . 

COSME . 

Es usté un hombre güeno, ño Joaquín .... 

JOAQUÍN 

No, no soy bueno ; soy justo .... Y ustedes tienen 
que serlo, también, amigos míos .... No se sospecha, 
no se acusa así á un compañero. . . . 

DANIEL 

Estábamos delante .... 

JOAQUÍN 

Estaban delante, sí; miraban la escena; pero no 
vieron, no supieron ver ustedes. ... No se sonrían.... 
Los actos de un hombre obedecen á causas muy 
diversas, amigos míos. Hay causas externas, que 
todos ven, que todos juzgan, — el rebencazo de Gil, 

por ejemplo Pero hay otras causas interiores, 

que llevamos cada uno de nosotros, aquí dentro, 
muy mietiditas en el alma, que nadie ve, que nadie 
comprenidle, pero que todos respetarían si hablara, 
si se explicara el que, obedeciendo á ellas, agacha 
la cabeza, deja caer el facón y se marcha callado, 
tristemente. ¿ Quién les dice á ustedes que Pedro no 
ha obedecido á uno de esos mandatos interiores? 



COBARDE 



129 



Vamos á ver, Cipriano, ¿quién puede juzgar á ese 
hombre sin oírle? , 

CIPRIANO 

( Muy turbado ) Mire, ño Joaquín .... Yo no sé ... . 
La verdá, no sé como explicarme .... En fin, lo que 
usté dice, eso„ yo no sé ... . me hace pensar .... 

Tal vez Amigo, ño Joaquín, perdonemé; déme 

su mano ¿No me disprecia? 

JOAQUÍN 

Víamos, Cipriano. No diga tonterías. ¿Sabe usted 
lo que debe hacer? Consejo de amigfo: cuando «en- 
diéntate ,á Pedro, usted que ha sido su más íntimo 
compañero, háblele, interrogúele, averigüe por qué 
ha observado esa actitud. Ese es su deber. Los hom- 
bres hablando se entienden. Y después que se hayan 
explicado, después que conozca usted la causa de la 
actitud de Pedro, entonces sí estará usted habili- 
tado para volver á entregarle ó negarle su amis- 
tad 

DANIEL 

¡ Canejo ! Tiene razón ño Joaquín. Hablando, los 
hombres se entienden. . . . 

COSME 

¿Y por qué no le dice usté todo eso que nos ha 
dicho á nosotros, al pobre Anastasio? Mire, ño Joa- 
quín; yo, aunque pobre é ignorante, le voy á dar 
un consejo á usté.... Háblele al viejo; dígale 

9.-T.I. 



130 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



tuito eso que nos ha dicho. Créame, le dará un poco 
de coraje. 

DANIEL 

Dice bien Cosme. Ño Anastasio precisa más que 
naide ese consuelo; y usté ño Joaquín, que es un 
hombre y sabe decir las cosas, debe hablarle, así, 
Ckido á nosotros, seneillito, pero muy hondo. . . . 

JOAQUÍN 

Le hablaré, cómo no ! . . . . 

COSME 

Y eso le ayudará á soportar su disgraeia. ... El 
pobre anda juído, sin sombra, ronciando la estancia 
desde el monte .... 

JOAQUÍN 

¿Quién le persigue? 

DANIEL 

¿No sabe? El comesario que hizo correr la ca- 
rrera lias otras tardes. Le tiene ganas á ño Anasta- 
sio porque cuando la última rigolución el viejo le 
dió una corrida del diablo y lo sacó carpiendo por 
las cuchillas. . . . 

JOAQUÍN 

¡Qué se cuide entonces el viejito! ; 

DANIEL 

¡Bah! El que lo agarre tié que ser más criollo 
que un zapallo .... 



COBARDE 



131 



CIPRIANO 

Ai viene. (Todps se vuelven hacia el foro, por 
donde entra Anastasio lentamente) . 

ESCENA IV 
Dichos y Anastasio 

JOAQUÍN 

Buenas noches, don Anastasio 

ANASTASIO 

Güeñas, ño Joaquín. ¿Qué hay de nuevo, mis 
amigos ? 

CIPRIANO 

Nada. 

JOAQUÍN 

Mañana es la revancha de la carrera que perdió 
los otros días el comisario. ¿Usted supo que co- 
rrieron ? 

ANASTASIO 

Sabía por éstos (indicando á los peones) y juí á 
verla. 

DANIEL 

¿De entre el monte? 



132 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ANASTASIO 

(Sonriendo levemente) Me allegué un poquito. . . . 
me juí hasta las parvas de Ceferino. 

JOAQUÍN 

Eso es una imprudencia. 

ANASTASIO 

¿Qué quiere, ño Joaquín? Me lambía por ver co- 
rrer los filietes. Es un gusto de paisano. 

JOAQUÍN 

Sí, pero nunca falta alguno que pueda verlo. Hay 
que cuidar el cuero 

ANASTASIO 

No se aflija: yo lo cuido como el zorro. . . . 

CIPRIANO 

No li hace. ... No tiente al destino. . . . (Levantán- 
dose; á Daniel): Güeña, ché; ¿vamos á hacer 
la ronda? Pué que los perras anden mosquiando lias 
ovejas. 

DANIEL 

Vamos. (Salen Cipriano y Daniel). 



COBARDE 



133 



ESCENA V 
Joaquín, Cosme y Anastasio 

JOAQUÍN 

(A Cosme) ¿Y esta ronda, es cosa de todas las 
noches ? 

(Anastasio, taciturno, va á sentarse en un ban- 
quito y hunde el Postro entre las manos. Así queda 
inmóvil y pensativo). 

COSME 

No, por temporadas no más. Esos malditos perros 
cimarrones, tan pronto nos descuidamos, nos matan 
en un tris sais ó siete ovejas. Una noche hacen ronda 
Daniel y Cipriano ; y otra yo y el vasco. 

JOAQUÍN 

¿Matan con facilidad las ovejas? 

COSME 

En un decir: "¡ay, Jesús!" Y lo pior que no ma- 
tan una sola ; se degüellan siempre tres ó cuatro .... 

JOAQUÍN 

Pero, ustedes ¿matarán algún perro? 

COSME 

La vez pasadía, Daniel tumbó uno cerquita del 
alambráo que va á los talas, ¿ sabe ? Yo, otra ocasión. 



134 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



saqué otro por la manguera como alma que lleva el 
diablo.... En fin.... (Pausa larga. Volviéndose 
hacia Anastasio) Voy á traerllle eso. (Tase por el 
foro). 

ESCENA VI 

Joaquín y Anastasio 

(Al quedar solos, hay una larga pausa de doloroso 
silencio. Joaquín va hasta el foro y ve desaparecer 
á Cosme. Anastasio alza la cabeza y se pone en pie, 
lentamente. Hace ademán de dirigirse á Joaquín y 
se contiene. Entonces, mientras éste baja al prosce- 
nio sin saber como iniciar el diálogo, Anastasio con 
movimientos lentos va hacia el foro y observa cuida- 
dosamente los alrededores. Después, turbado, casi con 
vergüenza, se aproxima á Joaquín. Una pausa aún. 
Por fin, en voz baja, triste, penosamente, rompe el 
silencio ). 

ANASTASIO 

¿ Cuándo se va, mi amigo ? 

JOAQUÍN 

Mañana ; mañana me largo para mis pagos. Así es 
que si quiere mandar algo .... 

ANASTASIO 

Gracias, amigo. (Pausa larga. Anastasio pásase 
la mano por la frente, como si quisiera ahuyentar sus 
tristes ideas. Después, en voz más baja y sorda): ¿Y 
usté que dirá de mi hijo Pedro? 



COBARDE 



135 



JOAQUÍN 

¿ Yo ? ¿ Qué quiere usted que diga, amigo viejo ? 

ANASTASIO 

(Con voz ronca) Que Anastasio tiene un hijo co- 
barde. 

JOAQUÍN 

No, amigo. Yo no puedo juzgar á Pedro, porque 
no sé cuál fué su modo de pensar. . . . Mire, Anasta- 
sio : he meditado mucho sobre este asunto, y ¿ quiere 
que le diga lo que pienso? 

ANASTASIO 

(Moviendo tristemente la cabeza) : Diga. 

JOAQUÍN 

Pues yo creo que Pedro no es un cobarde. (Movi- 
miento de Anastasio ) Óigame : yo miraba á su hijo 
cuando Gil le insultó y recuerdo que le vi temblar 
como de coraje y que se mordió los labios hasta ha- 
cerse saltar sangre. . . . Sus ojos relampaguearon y, 
no sé por qué, sentí en ese mismo momento que había 
en él algo de noble, algo de grande, de altivo, de 
valiente .... 

ANASTASIO 

(Que á medida que Joaquín ha ido hablando, ha 
alzado poco á poco la cabeza y ahora lo escucha 
anhelante; con voz sofocada): ¿Usté vido eso? ¿Es 
verdá ? ¡ Diga que lo vido ! 



136 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



JOAQUÍN 

Sí; eso vi. Y vi, también, que Pedro luchaba inte- 
riormente con algo, yo no sé con qué; en fin, con 
una idea, con un pensamiento; que se desesperaba 
contra una fuerza que lo retenía — tal vez el grito de 
terror de su novia ; — y lo vi, en ese instante, se 'lo 
juro Anastasio, ser valiente y hacer esfuerzos para 
no pelear con Gil .... 

ANASTASIO 

( Oyendo con emoción creciente las palabras de 
Joaquín y estrechándole el bra&o convulsivamente f: 
¡ Ah! ¿Usté Vido eso? Diga, ño Joaquín. . . . (Como 
dudando, lleno de miedo ) Sí, aura creo .... Yo tam- 
bién vide, pero creiba que me había equivocáo .... 
(Ansioso): Cuente, cuente amigo.... me refriesca 
el coraizón al óirlo ans'ina ! 

JOAQUÍN 

( Conmovido á su vez) — Sí, don Anastasio ; yo he 
visto todo eso ; yo he pensadjo en todo esto, y, créame, 
su hijo Pedro no es cobarde, como parece. Yo sé que 
usted le había enseñado que se hiciera respetar por 
todos y que guardara su honor como su más grande 
hacienda; pero sé, también, que él adoraba con toda 
él alma á Natividad. Yo sé que Pedro temblaba ante 
la sola idea de disgustar á su novia, — ¡cuánto más 
no debía aterrorizarle hundir su daga en el pecho del 
padre de Nativa ! Yo creo, en fin, que cuando su or- 
gullo y su bravura le iban á hacer castigar al ofensor 
y vengarse de la afrenta inferida á su decoro, el 



COBARDE 



137 



grito de aquella pobre niña fué el que penetrando 
hasta él fondo de su corazón hizo caer el brazo que 
ya levantaba el arma. Para hacer eso, ha tenido que 
luchar contra su orgullo, contra su dignidad, contra 
su honor ofendido y hasta contra usted mismo. Ven- 
ció al cabo su amor, porque por una mujer se hacen 
todos las sacrificios, porque por no ver una lágrima 
en los ojos de la mujer amada, el hombre digno es 
capaz de destrozarse las entrañas, porque por no 
Henar de desesperación á una inocente el amante 
es capaz de soportar todos los odios y todas las ver- 
güenzas — y antes que matar á Gil prefirió pasar 
por cobarde .... Mire, don Anastasio ; le hablo leal- 
mente, como se debe hablar entre hombres de honor : 
si así es que pensó Pedro ; si por eso huyó sin ven- 
garse, créame .... Pedro es un vali ente ! 

ANASTASIO 

( Conmovido profundamente ; casi ahogado por el 
llanto): ¡Benditas sean sus palabras! (Para sí, con 
ademanes de extravío): ¡Es así, sí, es así; yo vide 
todo eso; eso hizo m'hijo Pedro! (Pausa. Sécase las 
lágrimas con la mano y mira á Joaquín conmovido) : 
Discúlpeme, amigo bueno .... He llorado como una 
mujer. . . . Pero», hace días que tenía aquí, sobre el 
pecho, ¿sabe? ansina como un peso gran dote. .. . 
Usté me lo ha quitáo .... Gracias, amigo .... Dios 
lo bendiga; usté es un hombre honráo.... (Otra 
vez para sí) : Y yo que decía. ... yo que pensaba. . . . 
¡ Ah, nb ; no podía ser ! ¡ Pedro no podía ser cobarde ! 



138 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



¡ no podía ser, no señor ! Yo sentía eso aquí adentro 
( golpeándose el pecho) ; pero yo soy un pobre gaucho 
bruto y no comprendía nada .... Usté me ha dáo la 
vida, ño Joaquín .... Permítame, amigo bueno .... 
quisiera abrazarlo. (Joaquín le abre los brazos; 
Anastasio se arroja en ellos llorando) Gracias, gra- 
cias; Dios, de juro, líe pagará este bien que me 
hace .... 

ESCENA VII 

Dichos, el Comisario y varios soldados 

(Mientras Joaquín y Anastasio permanecen abra- 
zados, entra el Comisario con sus soldados rodeando 
el patio). 

JOAQUÍN 

(Advirtiendo el peligro) ¡La partida! ¡Sálvese. 
Anastasio ! 

COMISARIO 

No se resista, Anastasio; dése preso. 

ANASTASIO 

No me rindo ; quiero morir peliando. 

comisario 

No se sacrifique, Anastasio. Sería inútil. Además, 
venimos á prenderlo, no á matarlo. 

JOAQUÍN 

Entregúese, Anastasio. Usted mató peleando, en 
buena ley. No empeore su causa resistiéndose. 



COBARDE 



139 



ANASTASIO 

i Ah, hijo! ¡Qué de tragos amargos!. ... (Al Co- 
misario) Sí, me entrego. Al fin, ustedes cumplen con 
su deber: no son mis enemigos. ¡Ai está el arma! 
(Arroja el facón, que recoge un soldado). 

comisario 

Sujétenlo al viejo (Varios soldados atan á Anasta- 
cio codo con codo, maneándole al mismo tiempo las 
pionas). (Joaquín ha salido). 

ANASTASIO 

Pero si me he entregáo .... 

COMISARIO 

A ver, despachen, muchachos . . . . ¡ Prontito ! Ché, 
Negro, acerca el caballo . . . . ¡ Ala ! No dormirse .... 

PEDRO 

(Por el foro, corriendo, desgreñado, casi sin alien- 
tos): ¡Dios me ayuda! ¡llegué á tiempo! (Desnu- 
dando su daga y envolviéndose el poncho en el braéo 
izquierdo; á los policianos): ¡Vuelta la cara! ¡Aura, 
cts conmigo! 

ESCENA VIII 
Anastasio, Comisario, soldados y Pedro 

COMISARIO 

l Qué es eso f ¿ Qué pasa ? ¿ Qué querés vos ? 



140 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEDRO 

¡ Libre ese hombre ! 

comisario 

( A Pedro ) ¡ Abajo las armas ! 

PEDRO 

Lo veremos. 

comisario 
Dáte preso tu también. 

(\Pedro, por toda contestación, acomete á los poli- 
cianos. Éstos sueltan á Anastasio, que queda tendido 
en el suelo, y arremeten contra Pedro. Entonces trá- 
base una lucha feroz, y encarnizada. La daga de Pe- 
dro viborea en el aire y mantiene á raya á sus ene- 
migos ) . 

ANASTASIO 

(Alzándose trabajosamente sobre un codo y con- 
templando despavorido la escena): ¡Es Pedro! ¡mi 
hijo ! ( Con frenética alegría) : ¡ Está paliando ! ¡ Está 
peliando ! ¡ No es cobarde, no ! ¡ Está peliando ! (For- 
cejea con rabia, tratando de desatarse para acudir 
en ayuda de su hijo): ¡A ver, bandidos! ¡ Ansina no 
se priende á un hombre ! ¡ Cobardes ! ¡ Sais contra 
uno! (Pedro se lleva, peleando á los soldados por el 
foro. Suenan algunos tiros). 



COBARDE 



141 



ESCENA IX 
Anastasio solo 

ANASTASIO 

(Luchando por desprenderse de sus ligaduras) 
¡ Malditas cuerdas ! ¿ No habrá alguno que me desate ? 
(Con desesperación, casi llorando): ¡Están asesi- 
nando á m'hijo, á mi Pedro ! ¡ Es m'hijo, sí, es m'hijo, 
es mi Pedro ! . . . . ¡ Es un valiente ; es de mi sangre ! 
¡ Está peliandío ! . . . . ( Forcejeando ) ¡ Ah, estas cuer- 
das ! ¿ No hay quien me desate % (A gritos ) : ¡Ño Joa- 
quín ! ¡ Cipriano ! ¡ Daniel ! ¡ Desátenme ! ¡ Alguno 
aquí ! j Ray o de Dios ! ¿ no hay quien me desate ? ( En 
este instante, vuelve á entrar Pedro combatiendo 
siempre con los policianos. Tiene el rostro y las ropas 
Henos de sangre). 

ESCENA X 
Anastasio, Pedro, Comisario y soldados 

ANASTASIO 

(Transfigurado, contempla pelear á Pedro, quien 
cae, de pronto, cerca de la cocina para volver á al- 
zarse en seguida) ¡Párense, asesinos! ¡No se mata 
ansina á m'hijo !. . . . (Pedro, cada vez más desfalle- 
ciente por la sangre perdida, va vacilando hasta el 
foro, sin cesar de pelear): Pero, no ven. ... ¡lo es- 



142 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



tán matando ! . . . . ¡ Pedro ! ¡ Pedro ! ¡ Firme, hijo 
mío ! . . . . ¡ Ah, si pudiera ! . . . . ¡ Estas cuerdas ! . . . . 
¡ Desátenme, desátenme, desátenme, desátenme ! . . . . 
¡ Rayo de Dios ! . . . . 

(Pedro, cubierto de heridas y de sangre, desfalle- 
ciente,, cae de rodillas. Aún, en el suelo, mantiene á 
raya á sus contrarios). 

VOZ DE JOAQUÍN 

, Dentro ) ¡ Cosme ! ¡ Cipriano ! ¡ Por aquí ! 

ESCENA XI 
Dichos, Joaquín, Cosme, Daniel y Cipriano 

(Joaquín y Cipriano acuden á Pedro, moribundo. 
Daniel y Cosme á Anastasio, que apenas se vé libre 
de sus ligaduras, se abalanza hacia su hijo). 

JOAQUÍN y CIPRIANO 

¡ Pedro ! 

COSME 

¡ Ño Anastasio ! 

ANASTASIO 

Pronto, pronto .... Ansí, ansí . . . . ¡ Pedro ! ¿ Dónde 
está? ( Corriendo á él) \ Hijo mío ! ¡ Hijo mío ! . . . . 

PEDRO 

( Moribundo ) \ Tata ! ¡ Me muero ! 



COBARDE 



143 



ANASTASIO 

¡ No, no, Pedro ! ¡ Yo quiero que vós vivás ! . . . . 
¡ Pedro, per dóname ! . . . . ¿ Sabes ? Yo . . . . ¡ Perdo- 
náme, Pedro ! . . . . ( Pedro se desvanece ) \ Pedro ! ¡ Pe- 
dro! ¡Hijo mío! • Contestáme ! . . . . ¡Por favor, con- 
testáme ! ¿ Me óis ? Soy yo, Anastasio, tu padre .... 

PEDRO 

( Entreabriendo los ojos) ¡ Tata ! ¡ Si acabó ! 

ANASTASIO 

(Delirante) ¡ No, no ! . . . . Vas á vivir . . . . ¡ Pedro ! 
¡ Hijo mío ! (A los otros ) ¡ Es un valiente ! ¡ Pe-lió «como 
un valiente . . . . ¡ Pedro ! ¡ Mi Pedro ! . . . . ¡ No es co- 
barde, no ! ¡ Pedro no íes cobarde ! . . . . 

PEDRO 

¡ Tata ! ¡ Nativa ! Si acabó .... (A Cipriano, que 
está á su derecha, con un postrer reproche): Réite, 
réite, Cipriano Vos no sabés (Ci- 
priano inclina la cabeza y se descubre. Pedro muere ). 

ANASTASIO 

( Con un grito inmenso de desesperación) : ¡Hijo! 
¡Hijo! (Con sollozos frenéticos se arroja sobre el ca- 
dáver de su hijo ) ¡ No era cobarde ! ¡ No era cobarde ! 
¡Pedro! ¡Hijo!.... 



FIN DEL DRAMA 



CLARO DE LUNA 

COMEDIA EN UN ACTO 

Estrenada en el Teatro Nacional de Buenos Aires 
la noche del 27 de Diciembre de 1906 



10. -T. I. 



A Maria Esther Podestá, cuya 
precocidad artística vistió es- 
ta obrita de encantadora poesía 
la noche triunfal del estreno. 



El autor. 



REPARTO 



Juana, 33 años Ada Cornaro 

Lili, 9 años María Esther Podestá 

Andrés, 38 años Guillermo Battaglia 

Enrique, 40 años Julio Escarcela 

Antonio, 50 años ( Alfredo Lanaro 

1 hablan con lijero acento italiano 
Luis , 40 años / Alfonso Bosco 



Época actual 



CLARO DE LUNA 



ACTO ÚNICO 



Un jardín: á la derecha, un grupo de viejos árboles; á la 
izquierda, canteros desbordantes de flores. Hacia el fondo, 
un chalet, semi recortado por árboles y enredaderas. Una 
escalinata de mármol da acceso á la casita; y una amplia 
ventana de vidrio, frente al espectador, permite ver un 
trozo de habitación sencillamente adornada con un sofá, una 
silla y un piano. 

Es de noche. Al levantarse el telón, la casa estará á 
obscuras; el jardín en la penumbra. 

ESCENA PRIMERA 
Antonio; luego Juana y Lilí 

(La escena permanece desierta durante un mo- 
mento. Luego, resuena la campanilla de la puerta de 
la verja, que se supone está á la derecha. Aún queda 
vacia la escena durante otro instante. Al fin, sale 
Antonio por la izquierda, y, silenciosamente, con el 
paso cansado de los viejos, atraviesa la escena y sale 
por la derecha). 

LILÍ 

(Dentro) — Somos nosotras, Antonio. Ábrenos. 
(Una pausa. Entran Lilí — que va corriendo hasta 



150 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



el banco de hierro de la izquierda, primer plano, y 
parece buscar algo; — y luego, Juana hablando con 
Antonio ) . 

ANTONIO 

Si signora. Si hará cume ella quiera. 

juana 

¿ Y el señor no ha llegado aún ? 

LILÍ 

(Viniendo á Juana) — Mamá, no encuentro el cos- 
turerito que dejé olvidado en el banco. 

juana 

¿Vés? Es lo que siempre te digo. Si dejaras cada 
cosa en su sitio, lias encontraríais luego cuando las 
buscas .... 

ANTONIO 

No se afliea, niña. La vieca lo teñera, perché hoy 
ha limpiado il cairdín é lo habrá incontrado .... 

JUANA 

¿ Entonces el señor no ha llegado aún ? 

ANTONIO 

No, signora. . . . 

JUANA 

Es raro. Deben ser las ocho .... 



CLARO DE LUNA 



151 



ANTONIO 

¡ Eh ! E las ocho e media también .... Las ocho 
sonaron hace rat'o inta capilla. . . . 

(Juana se dirige hacia la escalinata. Ya en ella, 
se detiene para hablarle á Antonio). 

JUANA 

Antonio, que no se le olvide á usted mañana de- 
cirle al lechero que venga un poco más temprano, 
si puede. Ya sabe que el señor es muy madrugador. 
Hoy se tuvo que ir sin tomar café. 

ANTONIO 

Vaya cun eunfianza, ctaña Cuana; se lo diré. 

JUANA 

(A Lili, que busca entre los árboles) — Vamos, 
Lili Mañana, de día, buscarás eso ... . 

(Juana y Lili desaparecen en la casa). 

ESCENA II 
Antonio; luego Luis 

(Antonio se detiene un momento para encender sil 
pipa; después, lentamente, va á salir por la izquierda, 
cuando le llaman desde la verja). 

luis 

(Dentro) — Bona seira, Antonio. 



152 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ANTONIO 

(Volviéndose) ¿Chi é? (reconociendo á Luis 

que entra ) \ Hola, Luigin ! ¿ Cume va ? 

luis 

(Saludándolo) Pasaba per allí e vi la puertas 
abiertas. Entonces, natoralemente, cume sempre está 
cerrada á esto horas* me sun dicho : Antonio se sun 
descuidado. E me volví p 'atrás. Ecco. 

ANTONIO 

No, no me sun olvidados. Es que dun Andrés no 
ha venido, e para no hacerlos isperar cuando llegue, 
¿ cumprende ? 

LUIS 

¡ Bravo ! ¿E la saJlute ? 

ANTONIO 

Cosí, cosí. ¡ E se sabe ! cuando uno se hace vieco .... 

LUIS 

Natoralemente .... 

ANTONIO 

¡ Sun cincuenta años ! ¿ Qué le parece ? ¡ Cincuenta 
años! E veinticinque d 'América, trabacando, traba- 
cando come in caballos, sin poder cuntar in peso, 
perche 'la vieca siempre istá inf ermas .... 



CLARO DE LUNA 153 



LUIS 

¿ E so icos, don Antonio ? 

ANTONIO 

¡ Eh, me icos ! ¡ Si yo isperara en me icos, estaría 
frescos ! 

luis 

¿ Qué hace il mochiachos ? 

ANTONIO 

Si fué para Chile. ¡Cosas di mochiachos! Le ca- 
lentaran la cabezas lo amicos ; que allá si gana plata, 
é que si gana, é que se yo ... . e t ótale, que allá está 
peore que aquí .... Nun me manda ni un centavo. 
E yo, me hago vieco, é dispués ista pierna .... 

LUIS 

¿Sempre il rumatismo ? 

ANTONIO 

Sempre E hay que trahacar, trabacar 

¡Ah, la vita! 

LUIS 

¡ Eh, si ! La vita 

ANTONIO 

Lo padrón, dun Andrés, é bueno, ya se sabe. Duña 
Cuana también é buena. — " Deque, Antonio; nun 



154 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



haga eso" — ¿Ma que quiere que le haga? Yo 

no puedo robarles la plata, é entonces trabaco. . . . 

luis 

¿Fa tempo que está quí? 

ANTONIO 

¡ Eh! vinte años, Luigin, vinte años. . . . Primiero 
cun aquello inglese bárbaro ; dispués vino duña Ana, 
la viuda; aluego, il dottore. . . . Ya ve; cuando se 
mudó quí dun Andrés, ya istaba enfermos. . . . Más 
tardes dun Andrés se traico quí la signora Cuana .... 

LUIS 

E diga, dun Antonio. . . . ¿E vero que no son ca- 
sados ? . . . . 

ANTONIO 

¿Qué quiere que le diga? 

LUIS 

Sun oído decir que no son casados .... 

ANTONIO - 

¿ A mí que se me ne importa ? ¿ Sun lo padrones, é 
vero ? ¡ Eh,, bueno ! Yo no me meto in aquello que no 
me importa. . . . 

luis 

¡ Bravo ! Ma la quente charla e charla .... 



CLARO DE LUNA 



155 



ANTONIO 

E que charle, dequelá .... Yo, lo que le digo, é 
que lo padrones son buenos é son buenos. . . . ¿Qué 
no sun casados í \ Eh ! Hay tantos que sun casados e 
que no fan un servicio á un pobre .... 

LUIS 

Quello é vero. . . . 

ANTONIO 

¿ Non li pare ? Cun que y a vé ... . ( Transi- 
ción) ¿E cunue va 'la remulaehitai ? . . . . 

luis 

Mal, Antonio, mal .... La helada de la otras no- 
che. . . . (En este instante se oye la campanilla de la 
verja). 

ANTONIO 

II padrone .... 

ESCENA III 
Dichos, Andrés y Enrique 

ANDRÉS 

(Entrando con Enrique) Buenas noches, Anto- 
nio. . . . 



156 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ANTONIO 

Bona noche, padrón. . . . 

ANDRÉS 

Buenas noches, Luis .... & Qué se hace f . . , . 
luis 

Ahí estamos, pá servirlo, dun Andrés .... 

ANDRÉS 

¿Cómo va esa quintita? 

LUIS 

Cosí, cosí. ... II tiempo ha veñido mal. ... E ya se 

sabe En fin, ¿ qué le vamo á hacer, no é cierto 

Hay que tener paciencias.... (Un silencio) E 
bueno Yo me voy.... (Saludando): Dun An- 
drés é la cumpiañía .... Bona sera, Antonio .... 

ANTONIO 

Viva. . . . (Sale Luis). Duña Cuana me sun pre- 
guntado per el siñor. . . . 

ANDRÉS 

Está bien, Antonio .... Puedes retirarte 

(Sale Antonio). 



CLARO DE LUNA 



157 



ESCENA IV 
Andrés y Enrique 

(Al quedar solos, Andrés va á sentarse en el 
banco de hierro. Enrique mira hacia la casa, que 
permanece á obscuras, y luego vuelve hacia su 
amigo). 

ENRIQUE 

¿Y bien, que es eso, Andrés? ¿Te falta valor? 

ANDRÉS 

¿Qué quieres, Enrique? Pensar que dentro de un 
instante la pobre Juana va á saber. . . . 

ENRIQUE 

¿No eres tú mismo quien se ha bus dado todo este 
lío? 

ANDRÉS 

¿Yo? ¿Tú crees? 

ENRIQUE 

¡ Hombre ! Me parece .... Bastante te he aconse- 
jado. Recuerda lo que desde un principio te he di- 
cho : no frecuentes tanto á los Aguiirre ; mira que 
se empieza jugando y luego se acaba en casorio . . . . 



158 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ANDRÉS 

Pero, ¿tú te figuras que yo he deseado ese casa- 
miento? No dejo de comprender que María es encan- 
tadora, ni puedo negar que sería una esposa ideal; 
pero no soy yo el que ha buscado esto .... Com- 
prendo que mi situación con Juana es delicada. . . . 
Tenemos una hija.... No es cosa de decir: "me 
caso", y abandonar de pronto á esta pobre mucha- 
cha que durante diez años ha sido mi compañera y 
mi amliga. ... 

ENRIQUE 

Entonces .... 

ANDRÉS 

Entonces, ahí está .... A mi madre se le ocurrió 
que ya tenía yo edad para casarme y que nunca 
encontraría un mejor partido que la niña de los 
Aguirre 

ENRIQUE 

Tendrías que haberle conf esado tus relaciones con 
Juana. . . . 

ANDRÉS 

Lo sabe, Enrique, lo sabe. Se lo he dicho. Pero, 
¿qué quieres? No conoce á Juana; se figura que os 
una cualquiera. . . . Todas mis razones para conven- 
cerla de que es una muchacha buena, trabajadora y 
honesta, han sido inútiles. Tú conoces á mi madre. 
Es inflexible. No tiene más que una moral. Una mu- 
jer que vive con un hombre sin haber pasado por las 



CLARO DE LUNA 



159 



formalidades legales, es una mala mujer Y quí- 
tala tú de ahí En fin 

ENRIQUE 

En fin, que estás en el atolladero y tienes que 
salir de él ... . Mañana tu madre va á pedir para tí 
la mano de María ; y esta noche tienes que romper 
con Juana. Lo que yo no comprendo es para qué 
me traes aquí ; qué tengo que ver yo en este fandango 
enojoso .... 

ANDRÉS 

Enrique. . . . Ya sabes; somos viejos amigos. . . . 
Tu presencia me presta coraje . . , . Además .... 

ENRIQUE 

Pero 

ANDRÉS 

Además, tú puedes entretenerme á Lili cuando yo 
hable con Juana .... Uno no sabe lo que puede pasar 
en estos casos .... 

( En este instante la vidriera de la casa se ilumina 
súbitamente. Se ve entrar á Juana con una lámpara 
que coloca sobre el piano. Lili entra en seguida y 
parece hablar con su mamá. Durante toda esta es- 
cena, se verá á Juana, sentada en el sofá, hablar por 
instantes, con Lili; luego quedar pensativa, y demos- 
trar al fin impaciencia por la demora de Andrés. En 
el momento que oportunamente se indicará, Lili eje- 
cutará en el piano el vals "Quand Vamour meurt , \ 
de Cremieux). , 



160 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ENRIQUE 

(Volviéndose hacia la casa) Mira. . . . 

ANDRÉS 

(Contempla el cuadro un instante tristemente; 
luego con voz queda): ¡Pobre Juana! ¡Pobre Lili!.... 

ENRIQUE 

(Viniendo á Andrés) Pero, al fin, amigo mío. . . . 
¡ Esto es tonto ! . . . . ¿ No es ahora que vas á hacerte 
esas reflexiones ? ¿ Has decidido ó no tu matrimonio ? 

ANDRÉS 

Déjame, déjiame aún un instante Tengo que 

tomar mi coraje á dos manos. . . . (Mirando hacia la 
casa ) : ¡ Pobrecillas ! No sospechan que dentro de un 
momento el dolor va á entrar por esa puerta .... No 
se imaginan que á dos pasos de ellas está la desespe- 
ración, acechándolas, para turbar su porvenir .... 
Y así es la vida. . . . Los seres humanos pasan in- 
conscientes, tranquilos, junto á la felicidad ó al lado 
de la muerte, sin sospechar que un segundo después 
se abrirá un paraíso ante sus ojos ó se cerrará un 
infierno sobre su corazón .... ¿ Ves tú, Enrique ? 
Nosotros las estamos mirando á ellas, ¡y ellas lo ig- 
noran 

ENRIQUE 

( Gravemente ) Y alguien nos mira á nosotros en 
este instante, Andrés, no lo olvides Alguien que 



CLAEO DE LUNA 



161 



nos mira muy hondo, muy hondo ; que traspasa con su 
mirada nuestra carne; que examina nuestra con- 
ciencia. ... 

(Andrés baja la cabeza. Pausa. Enrique se le apro- 
xima, y, cambiando de tono, continúa) : 

Oye Andrés. . . . Dejémonos de filosofías. Seamos 
hombres, nada más ; hombres de honor y de entereza 
moral. ¿Quieres á Juana? ¿Te duele abandonarla? 
¿O, san amarla ya, tu conciencia te dice que tienes 
que mantener tu fe á la mujer á quien un día se la 
ofreciste con sinceridad de caballero ? . . . . Pues es 
muy sencillo lo que debes hacer. Vas á la casa, llamas, 
entras, y . . . . ¡ aquí estoy ! . . . . Abrazas á tu hija, le 
das un beso á tu compañera, y te dejas estar. . . . 
Mira, en el fondo, esta es la solución que á mí me 
agrada y la que me parece más moral, — pese á tu 
señora madre. . . . (Haciendo ademán de retirarse) : 
\ Ea, abur ! Yo me largo 

ANDRÉS 

(Deteniéndole) : Aguarda, Enrique No, no 

puede ser eso .... He prometido á mi madre que esta 
noche rompería. . . . 

ENRIQUE" 

(Exasperado) Entonces di, de una vez, que estás 
enamorado de la señorita María Aguirre, y conclu- 
yamos ¡ qué diablos ! 

ANDRÉS 

¡ Eso no ! 
u. -t. i. 



162 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ENRIQUE 

¡ Tanto peor ! . . . . Pues vé allá arriba, mándame á 
Lili y desenvuélvete. . . . 

ANDRÉS 

( Decidiéndose ) Tienes razón .... Hay que concluir 
de una vez .... 

(Va á dirigirse á la casa, cuando Lili, que ha ido 
á sentarse al piano, empieza á tocar el vals "Quand 
Vamour meurt". — Andrés se detiene, mira hacia la 
casa y vuelve pensativo). 

ENRIQUE 

Lili toca el piano. . . . 

ANDRÉS 

Sí ¿ Conoces ese vals ? 

ENRIQUE 

Le conozco. ¿ No es ? . . . . 

ANDRÉS 

''Quand Tamour meurt" Cuando muere el 

amor . . . . ¡ Pobre Lili ! . . . . 

ENRIQUE 

¡Pobre Juana! ¿Qué va á ser de ella cuando tu 
la abandones? 



CLARO DE LUNA 



163 



ANDRÉS 

(Sin oírle, sentándose en el banco) \ Cuando muere 
el amor ! . . . . ¡ Qué tristes reproches nos ofrece la 

casualidad ! ¡Y es Lili, mi hija, la que me lanza 

esa frase ! ¡ Cuando muere el amor ! . . . . 

(En la casa, se ve á Juana ir hasta el piano y ha- 
blar con su hija. Entonces Lili se levanta y pénese á 
hablar con Juana. Después salen ambas, dejando ilu- 
minada la habitación) . 

ENRIQUE 

(Sentándose en el banco junto á Andrés) — Va- 
mos á ver, amigo mío .... 

ANDRÉS 

(Poniéndose en pie) ¿Qué quieres? Es más difícil 
de lo que te imaginas comunicarle á Juana mi reso- 
luoión. Ya se vé. . . . Hace diez años que vivimos 
unidos, sin una disputa, sin un enojo .... Tú la cono- 
ces : ... . es buena, sencilla, trabajadora .... A pesar 
del bienestar que la he ofrecido, no ha querido nunca 

dejar de dar sus lecciones de piano ( Como si los 

recuerdos se agolparan á su mente) Fué, precisa- 
mente, durante una lección que la conocí .... Iba á 
casa de Matilde ¿recuerdas? — Una tarde, estaba en 
el escritorio, cuando oí que allá en el salón interpre- 
taban una sonata de Beethoven de un modo mara- 
villoso. .. . — ¿Quién toca? — le pregunté á Alvia- 
raido — ¿ es Matilde ? — No, es su profesora, Juana 



164 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Fuentes, me contestó,. . . . ¿Quieres oiría 1! — Y am- 
bos entramos al salón .... Vi entonces una ciabecita 
rubia inclinada sobre el piano, soñando. . . . ¡ Soñaba, 
sí l . . '. . El alma de Beethoven pasaba al través de su 
alma, y sus dedos corrían sobre el teclado como un 
revuelo de palomas. Me dejé caer sobre una silla, y 
escuché religiosamente aquella música divina, empa- 
pada de no sé que recónditas tristezas .... Mi corazón 
se iba lejos., á otros países de ensueño, ¡ qué sé yo ! Y, 
bruscamente, con la última nota del poema, mi alma 
despertó azorada, como un ave que habiendo remon- 
tado muy alto el vuelo, siente enrarecerse el aire, 
estallar su pecho, paralizarse sus alas y caer sobre la 
tierra, vencida y deshecha. ... Y entonces, al mismo 
tiempo, comprendí que yo amaría siempre á aquella 
mujer que me había procurado tan sublime sensa- 
ción; que no podría olvidarla. . . . 

ENRIQUE 

( Poniéndose en pie ) — Bueno, pues ; ahora .... 

ANDRÉS 

Y la amé\, la amé con todas las fuerzas de mi 
alma.... Ha sido un sueño, una locura.... No 

sé Después, un día, nació Lili; y sentí que 

desde entonces nuestras existencias quedaban más 

ligadas ¡ Piobrecita Lili! Es buena, es inteligente 

como isu mamá Tu la has oído tocar el piano: 

tiene su misma alma de artista. Interpreta á Beetho- 
ven de un modo maravilloso. Y es por esta pobrecita 



CLARO DE LUNA 



165 



niña que el paso que voy á dar se me hace más difí- 
cil. Ya vés tú, si el amor que yo tenía á Juana se ha 
convertido en un afecto amistoso, de todos modos 
no puedo ser un indiferente para mi hija. . . . ¿Qué 
hará Juana cuando conozca mi resolución? ¿Que- 
rrá lo mismo á su hija, á la hija del hombre que la 
ha engañado y olvidado ? 

ENRIQUE 

Es madre. 

ANDRÉS 

Es madre, sí ; pero también es mujer. Mi abandono 
dejará en el fondo de su corazón un dejo de amar- 
gura, y en este hogar que yo voy á romper, ya no 
habrá alegría, ya no habrán risas y cantos. Será un 
jardín sin sol y en él crecerá mi Lili como una pobre 
flor olvidada. . . . 

ENRIQUE 

Y bien, puesto que reconoces todo eso, me parece 
que sería muy fácil. . . . 

ANDRÉS 

¿Qué? 

ENRIQUE 

Que te convencieras á ti mismo que tienes un gran 
deber moral que cumplir; que no puedes aban- 
donar. . . . 



166 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ANDRÉS 

No, no. Imposible. Es la hora cruel de la ruptura, 
que tantas veces he previsto, que he alejado siempre, 

con miedo Pero hoy ya no puedo sustraerme á la 

voluntad de mi madre, ni á los mandatos de la so- 
ciedad en que vivo . . . . 

ENRIQUE 

¡Pues está bonita tu sociedad, amigo mío! ¿Es 
ella la que te aconseja que traiciones á una mujer, 
que desampares á una hija?. . . . 

ANDRÉS 

No sé; pero comprendo que el mundo está hecho 
así y que yo no puedo corregirlo. ¿Qué quieres? 
¿ Qué me ponga en pugna con las prácticas estable- 
cidas? ¿Qué me rebele contra los que piensan como 
mi madre ? 

ENRIQUE 

Mira, Andrés, ¿puedo hablarte francamente, no 
es cierto ? Pues esto que haces es una cobardía, ni más 
ni menas*. . . . 

ANDRÉS 

Pero .... 

ENRIQUE 

....una cobardía, hijo, y lo que es peor, una 
cobardía contra ti mismo. ¿Cómo? ¿Reconoces que 
haces mal, que arrojas al diablo á una mujer buena 



CLARO DE LUNA 



167 



y á una hija inocente ; reconoces que obras así, contra 
tu corazón, nada más que por satisfacer el "qué 
dirán" de las gentes, — y tienes el tupet de de- 
cirme .... ¡ Ah, no ! Quédate con tu moral de cir- 
cunstancias y no te hagas e;l caballero .... 

ANDRÉS 

i Enrique ! 

ENRIQUE 

Déjame en paz. ¡ 

ANDRÉS 

Sí, hay que concluir. . . . 

ENRIQUE 

Quiere decir que estás decidido .... 

ANDRÉS 

( Poniéndose en pie, con resolución ) : Sí, estoy de- 
cidido. El sueño ha terminado. Vamos, valor.... 
( Se dirige hacia la casa y llama. Enrique, haciendo 
un gran gesto vago, se sienta en el banco. Al través 
de los cristales, se vé entrar á Juana y Lili, cruzar 
la habitación y abrirle á Andrés. Éste abraza á su 
hija, besa en la frente á Juana, y en seguida, vol- 
viéndose otra vez hacia Lili, le indica que en el jar- 
dín la aguarda Enrique. Lili sale entonces de la 
casa). I 



168 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA V 

Lilí y Enrique, en el jardín; Andrés y Juana, 
en la casa 

(Mientras Enrique habla con Lilí, en la penumbra 
del jardín, de cien cosas triviales, allá, en la casa, 
empieza á desarrollarse el drama doloroso de la rup- 
tura. Así, en la vida, al lado de la felicidad, del en- 
sueño y de la esperanza, surge á veces la tragedia de 
las almas: Lilí habla con el amigo de su padre, de 
cosas baladis, de cosas de niña ingenua, de codas sen- 
cillas que revelan cuáles son sus alegrías, cuáles sus 
sueños infantiles; y entre tanto, allá, dentro de la 
casa, Andrés y Juana, dolor osamente, se destrozan el 
corazón y juegan el porvenir de la niña. Y como en 
la vida también, los más rudos, los más implacables 
contrastes surgen entre los gestos de los padres y las 
frases de la hija. Es un doble drama que enseña la 
fragilidad y miseria de la vida. — Durante toda esta 
escena, el espectador asiste, sin oir las palabras, á la 
ruptura de los amantes: Y ése primero á Andrés ha- 
blar serenamente á Juana y oiría sus reproches por 
su llegada tardía. Tésele también invitarla á sentarse 
para conversar con calma. Juana revela su extra- 
ñeza por la inusitada actitud de Andrés, pero le 
obedece, y se sienta en el sofá. Andrés acomódase á 
su lado y empieza á hablarle dulcemente. Recuérdale 
sus amores, los días de felicidad transcurridos, sin 
atreverse á abordar de lleno el asunto que allí le lleva. 



CLARO DE LUNA 



169 



Luego le habla de sí mismo, de su porvenir, de su fa- 
milia, de sus deberes sociales, de mil cosas , en fin, 
que certifiquen la necesidad de modificar su existen- 
cia. Juana, poco á poco empieza á comprender, y en- 
tonces dirige preguntas directas y rápidas á Andrés 
Éste, obligado á ser explícito, empieza á excusarse 
tras la voluntad de su anciana madre, y, de súbito, 
Juana no puede abrigar la más mínima duda: ño se 
trata de un viaje, no se trata de un abandono; es la 
ruptura por el casamiento de Andrés. Cuando esta 
confesión se escapa de los labios del amante, la des- 
dichada joven se pone rápidamente en pie para de- 
fender su amor, para defender á su hija. Ahora 
el rudo drama pasional va animándose poco á poco 
hasta el final. Andrés trata de dar razones más ó 
menos especiosas; pero la pobre mujer traicionada 
habla el lenguaje de su corazón sangrante. Sus re- 
proches flagelan el alma atribulada de Andrés, La 
discusión se hace más viva. Luego, el amante sólo 
sabe defenderse con gestos de dolor, de desalienta; 
mientras ella, al notar la irrevocabilidad de su fallo, 
con una postrer protesta, cae agobiada, vencida en 
el sofá, vertiendo en un torrente de lágrimas toda la 
amargura de su alma. Entonces Andrés se la apro- 
xima para prestarle un consuelo, para hablarle de la 
ayuda con que aún piensa socorrerla. Es en vano. 
Herida en el corazón, la joven llora siempre, llora 
silenciosamente. Y será en ese instante, cuando An- 
drés, triste y abatido se sienta en una silla, frente á 
J uaná; que Lili entrará del jardín pa,ra resolver con 
sus manecitas el destino de aquellos desdichados). 



170 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LILÍ 

(Bajando al jardín y escrutando la sombra): En- 
rique, ¿dónde estás? 

ENRIQUE 

Por aquí, Lili ; aquí estoy. 

(Lili baja al jardín y corre hacia Enrique). 

LILÍ 

¿ Cómo es eso ? ¿ Por qué no entras ? 

ENRIQUE 

¿No vés? No estoy «en traje aparente. . . . 

LILÍ 

¿Pero es de veras eso de que no se va á una casa 
sin vestirse de etiqueta ? Yo creí que sólo las mujeres 
tienen que ponerse la mejor ropa para salir. 

ENRIQUE 

Son leyes sociales que hay que respetar. 

LILÍ 

¿Y quién hace esas leyes? 

ENRIQUE 

¿ Quién hace esas leyes ? ¡ Hombre ! Mirándolo bien, 
no sé, Lili, quien puede hacerlas. . . . 



CLARO DE LUNA 



171 



LILÍ 

¿No vas á saber? Tú te burlas de mí, Enrique; 
y eso está feo entre amigos. Si yo sé que tú sabes 
todo .... ¿ Cómo nlo vas á saber quién trizo esas 
leyes ? Estoy segura que si yo pienso un poco, acierto. 

ENRIQUE 

A ver, piensa ; veamos qué se te ocurre .... 

LILÍ 

¿ Quieres que adivine ? Bueno ; déjame pensar .... 
Pero ¿no vas á reírte si digo una tontería? 

ENRIQUE 

¡Por Dios, Lili! Entre amigos como nosotros. . . . 

LILÍ 

Bueno, déjame pensar . . . . ( Pausa. Lili reflexiona 
gravemente. De pronto exclama con grande gozo): 
¡Ya sé! 

ENRIQUE 

¡ Qué pronto has encontrado ! 

LILÍ 

¡ Ah, <yo soy tremenda para eso ! ¡ Si vieras ! A ve- 
ces mamá me pone una adivinanza, y yo me quedo 
así, callada, pensando, y ¡zas!, la adivino. Eso sí; 
á veces tengo que sentarme, porque sentada se me 
ocurren mejor las cosas. ¿No es verdad que sentado 
se piensa mejor? ¿Tú puedes pensar caminando? 



172 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



ENRIQUE 

j Dios mío ! A veces no tengo más remedio .... 

LILÍ 

¡ Ah,, yo no ! ¡ Caminando, no ! Cuando uno camina 
tiene que ver lo que hay alrededor y mirar dónde 
pisa .... No se puede pensar .... 

ENRIQUE 

Y bien, ¿tu acertada? 

LILÍ 

¿ Qué acertada ? 

ENRIQUE 

¿ Cómo ? ¿ Ya te has olvidado ? ¿ No decías que ibas 
á pensar quién podría ser el que había inventado la 
ley de que debe irse bien vestido á una visita ? 

LILÍ 

¡ Ah, sí ! ¡ Es verdad ! ¡ Qué tonta soy! .... Pues 
sí ; ya lo sé ... . Pero, ¿ no lo sabes tú ? 

ENRIQUE 

No lo sé. 

LILÍ 

¿De verdad? 

ENRIQUE 

Formalmente. 



CLARO DE LUNA 



173 



LILÍ 

Bueno. Púas los que inventaron esas leyes son 
(con cierto temor de equivocarse) ¡los sastres! 

ENRIQUE 

(Riendo) ¿Sabes que has acertado, Lili? 

LILÍ 

¿ Por qué te ríes ? 

ENRIQUE 

No, si yo 

LILÍ 

Ya sabes que no me gusta que se burlen de mí ... . 

ENRIQUE 

Te juro que no me burlo. . . . 

LILÍ 

¿ De veras? ¿ Tengo tu palabra ? 

ENRIQUE 

Te idoy mi palabra de honor. 

LILÍ 

Dáme la mano. Así. Muy bien. ¡ Oh, no creas ! A 
mí me enfada que me tomen por una chiquiilina. 
i Qué te crees ? Yo soy así, un poco bajita, pero ya 
sé pensar como una persona mayor. Si tú supieras 
lo que imagino á veces para cuando sea grande .... 



174 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ENRIQUE 

¿ Qué me dices ? ¿ Ya piensas en eso?. . . ¡ Vaya ! 
¿A qué yo también adivino lo que te gustaría ser 
cuando seas como tu mamá ? 

LILÍ 

¿ A qué no ? 

ENRIQUE 

¿A qué sí? 

LILÍ 

¿ A qué no ? 

ENRIQUE 

¿Qué apostamos? 

LILÍ 

Un cartucho de bombones que tú me traerás si 
pierdes. 

ENRIQUE 

¿Y si pierdes tú? 

LILÍ 

Entonces del cartucho que me traigas te convido 
con tres ó cuatro. 

ENRIQUE 

Ya está. Pues bien; para cuando seas grande te 
gustaría ser maestra de piano. 



CLARO DE LUNA 



175 



LILÍ 

¡Perdiste! ¡ Perdiste ! ¡ Me debes los bombones l 

ENRIQUE 

¿ Cómo ? ¿ no te gustaría ser, como tu mamá, maes- 
tra de piano ? 

LILÍ 

¡Quita de ahí! Tener que enseñar á esas cabezas 
duras que no saben distinguir ia llave de sol de la 
llave de f a ... . ¡ Ah, no, no, no ! Si tu acompañaras- 
corno yo á mamá y vieras esas señoritas cabezudas.... 
¡ Hay cada una ! Los otros días no más vi una que 
daba rabia .... 

ENRIQUE 

& Sí, eh? 

LILÍ 

Figúrate que á cada rato estaba confundiendo los 
sostenidos con los bemoles y los bemoles con los sovs- 
tenidos .... ¡Y tener que enseñar á esa gente ! ¡ Mu- 
chas gracias, hijito! Yo no sirvo para eso 

ENRIQUE 

Sin embargo, tú tocas muy bien el piano .... 

LILÍ 

Estás muy cumplimentero. Pero una cosa es tocar 
y otra es enseñar. ¡Dios mío! Tener que aguantar 

media hora de posición fija ¡ Ah, no, no! Yo soy 

muy nerviosa 



176 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ENRIQUE 

¿De veras? 

LILI 

Palabra de honor. . . . 

ENRIQUE 

Vamos á ver, Lili. ¿A quién quieres tú más? ¿A 
papá ó á mamá? 

LILI 

A los dos igual. ¿No sabes que es feo decir que 
se quiere más al uno que al otro? 

ENRIQUE 

Sí, es feo decirlo. ... Pero aquí, entre los dos,. . . . 
¿ no somos de confianza ? . . . . 

LILI 

Bueno ; te düré .... Mamá es muy buena y me da 
muchos besos ; pero papá me trae regalos .... Des- 
pués, hay que considerar que á mamá la veo todo el 
día, mientras que á papá, de mañana y de tarde .... 

ENRIQUE 

Quiere decir, que quieres más á papá .... 

LILÍ 

Sí. Peno, á veces, también, papá es malo y hace 
llorar á mamá; y entonces quiero más á la pobre 
mamá. . . . 



CLARO DE LUNA 



177 



ENRIQUE 

Te parecerá á tí . . . . 

LILÍ 

( Burlonamente ) \ Por supuesto ! ¡ No vés que yo 
me chupo el dedo ! A veces papá no viene á comer 
ó llega tarde como hoy, y entonces mamá llora y se 
pone triste .... Pero yo tengo un remedio para eso ; 
un isianto remedio. . . . 

(En este instante se vé á Juana erguirse emocio- 
nada ante la revelación de Andrés. La escena muda 
y dolorosa entre ambos personajes se va acentuando 
por grados). 

ENRIQUE 

(Que de cuando en cuando mira para la casa) — 
Ya se lo ha dicho .... 

LILÍ 

( Tomando para sí la frase ) ¿ Qué ? ¿ qué dices ? 

ENRIQUE 

Nada, nada Hablaba solo 

LILÍ 

¿Hablabas solo? Hijito, ¿entonces estás de aquí? 
(hace el gesto para indicar que está loco). 

ENRIQUE 

¿Y qué remedio es ese? 
12. -t. i. 



178 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LILÍ 

¡Ah, no te lo digo! 

ENRIQUE 

¿Por qué? 

LILÍ 

Porque es sagrado. Si te lo dijera me parece que 
me perderías el respeto. (Transición). Bueno. Ya 
hemos hablado mucho. ¿Vamos? 

ENRIQUE 

Un momento, Lili. Me agrada mucho hablar con- 
tigo. 

LILÍ 

A mí también. Siquiera contigo se pueden tratar 
asuntos serios (Un silencio. Luego): ¡Ah! ¿Sabes 
una cosa ? Papá me ha prometido llevarme un día á 
ver el mercado. ¿Creerás que todavía no sé cómo es 1 ? 
¡ Si te digo que es una vergüenza ! Una niña como 
yo, que toca á Chopin y á Beethoven, no saber cómo 
es un mercado ! . . . . Pues sí ; papá me ha prometido. 
¡ Es tan bueno papá ! Todo lo que yt> quiero, me lo 
ofrece. Un día de estos me va á regalar una pulseira, 
— y de oro, no te creas. Me lo prometió los otros 
días. . . . ¡Voy á ser tan feliz!. . . . Mamá también 
está muy contenta. . . . Este verano, le va á pedir á 
papá que nos lleve á la playa. . . . Ya vés. Somos la 
gente más dichosa. 

(En este instante, se ve á Juana caer postrada, 
sollozando, en el sofá. Andrés llega á ella y le habla, 
apesadumbrado, cual si tratara de consolarla). 



CLARO DJÜ LUNA 



179 



ENRIQUE 

(Algo nervioso, á Lili) : Sí, sí, dichosos. . . . Sigue, 
Lili.... 

LILÍ 

Y papá no se lo negará, ¿ no es cierto ? ¡ Es tan 
bueno papá! Si por él fuera, nunca haría llorar á 
mamá. Pero, ¿ él cómo va á saber — ¡ pob recito ! — 
que viniendo tarde la aflige á mamá ? Si lo supiera, 
no lo haría. ¡Oh! Pero yo tengo pensado una cosa. 
Vas á ver. ... Un día de estos voy á agarrar á papá 
cuando esté silbando en su escritorio ¿ sabes ?«.... 

ENRIQUE 

( Agitado por el drama que adivina; casi maquinal- 
mente): ¿Por qué, silbando? 

LILÍ 

Porque cuando silba es porque está de buen hu- 
mor Bueno; pues lo agarro en ese momento y 

le cuento todo. Le digo que mamá llora cuando él no 
viene ; y hasta le voy á decir el remedio que tengo 
para vdlíverla contenta. ¡ No creas ! Cuando me haya 
oído, me hará caso. Papá tiene muy buen corazón. 
Y entonces no dejará sola nunca á mamá .... 

ENRIQUE 

(Conmovido) Sí, sí, hija mía 

LILÍ 

¿Qué tienes? ¡Qué Voz más rara! ¿Por qué 

me hablas así ? 



180 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ENRIQUE 

¿Yo? Nada, nada 

LILÍ 

Sí, tienes algo. ¿ Qué te pasa ? 

ENRIQUE 

Nada, querida mía . . . . ¿ Qué quieres que me pase ? 

LILÍ 

Entonces estás con chuchos de frío . . . . ¿ Ves ? Si 
me hubieras hecho caso, estarías allá adentro, calen- 
tito, riéndote ckm papá y mamá .... 

ENRIQUE 

(Atrayendo á Lili y besándola en la frente) — 
¡ Angel mío ! . . . . 

(Lili se le aparta y entonces Enrique da unos pa- 
sos en silencio. Lili le observa algo extrañada, y, 
con cierto temor, se vuelve hacia la casa. El asombro 
que le causa el cuadro que advierte, la deja clavada 
en su sitio. Luego, avanza unos pasos, mirando siem- 
pre á Juana que llora y á Andrés que la habla tris- 
temente. En seguida se vuelve á Enrique). 

LILÍ 

( Con voz agitada) ¡ Enrique ! ¡ Enrique ! Mira ; 

¿ qué hay ? ¿ qué sucede ? 

ENRIQUE 

(Volviéndose rápidamente) ¿ Dónde ?. . . . ¡ Ah ! . . . . 
( Pausa ) \ Pobre Lili ! 



CLARO DE LUNA 



181 



LILÍ 

(Sobrecogida, llegándose á Enrique que se ha sen- 
tado en el banco) : Tengo miedo, Enrique 

ENRIQUE 

(Reclinando la cabeza de Lili contra su pecho) 
No temas nada, Lili Yo estoy contigo 

LILÍ 

(Con voz entrecortada por los sollozos) Enrique.... 
Enrique. . . . 

ENRIQUE 

Vamos,, queridita míia, no llores así ... . No hay 
nada ; no pasa nada .... 

LILÍ 

(Alzando la cabeza) Sí, hay algo.... Yo no sé 

nada; pero sé que hay algo Tú estás triste y 

mamá está llorando . . . . ¿ Por qué es ? . . . . Tú lo sa- 
bes, Enrique. . . . dímelo. ¿Por qué llora mamá?. . . . 

ENRIQUE 

No lo sé, Lili; pero no debe ser nada. ... 

LILÍ 

No, no, no .... Mamá llora y esta vez papá está 
con ella.... Tengo miedo en esta obscuridad.... 
Vamos allá, Enrique. . . . 

ENRIQUE 

Aguarda un momento, Lili .... 



182 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LILI 

Pero ¿no vés que mamá está llorando? No seas 
malo, Enrique .... Díme lo que tiene mamá .... 
¿Papá se habrá enojado con ella? 

ENRIQUE 

¡ Oh, eso no ! 

LILI 

¿ Y entonces ? ¿ Tú crees que no la ha reñido ? 

ENRIQUE 

No, Lili ; reñido no ... . 

LILÍ 

¿Es que está triste? 

ENRIQUE 

Sí, eso es ; debe estar triste .... 

LILÍ 

¡Ah! ¿Será eso? ¿Y papá trata de consolarla? 
( Reanimándose ) ¡ Oh ! Pero entonces yo sé lo que 
tengo que hacer. ... (Se encamina á la casa). 

ENRIQUE 

Lili, ¿ dónde vas ? . . . . Ven aquí . . . 

LILÍ 

(Viniendo hacia Enrique) ¿No sabes? Mi reme- 
dio 



CLARO DE LUNA 



183 



ENRIQUE 

¿ Qué remedio ? 

LILÍ 

Déjame; verás. 

ENRIQUE 

No; no te dejaré ir, Lili, sin que me cuentes 
eso 

LILI 

¿No vés que mamá está llorando? ¿Por qué no 
quieres que vaya? Te aseguro que conforme me 
siente al piano y empiece á tocar se le pasa la tris- 
teza. . . . Siempre sucede así, porque la música que 
yo ejecuto dicen que le recuerda á mamá la alegría 
más grande de su vida. . . . 

ENRIQUE 

( Creyendo adivinar) ¡ Ah, Lili ! ¡ Eres divina ! . . . . 
Déjame, quiero abrazarte. (Le da un beso. Des- 
pués, empujándola suavemente por la espalda): 
Anda, hija mía, y permita el cielo que tus manos 
inocentes!. . . . 

LILÍ 

¿Qué? 

ENRIQUE 

Nada, nada. ... Yo me entiendo. . . . Yé, Lili, vé.... 

LILÍ 

( Con un resto de temor, volviéndose ) : ¿ Estás se- 
guro que papá no está enojado ? 



184 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ENRIQUE 

No, no ... . Vé, sin miedo, Lili .... 

LILÍ 

Entonces voy á entrar despacito, sin que me oi- 
gan .... verás. 

(Lili sube la escalinata lentamente, mientras Enri- 
que la ^observa en silencio. Entonces vése á la niña 
entrar muy quedo á la habitación, observando á sus 
padres, sin ser vista por ellos, y dirigirse al piano 
en puntillas de pie). 

ENRIQUE 

¡ Pobre Lili ! Tus débiles manecitas van á resolver 
el destino die dos desdichados. (Un gran silencio. En 
la casa, Andrés se Ka sentado en la silla, frente al 
sofá donde llora inconsolablemente la pobre Juana. 
De pronto, en el silencio de la noche, rueda dulce- 
mente la sublime melodia de Beethoven. Desde las 
primeras notas, Andrés se ha puesto en pie y Juana 
ha alzado sorprendida su rostro iluminado por el 
llanto. Y la sonata melancólica sigue latiendo en el 
misterio de la noche, como el alma de un lirio nostál- 
gico del amor de las estrellas. Las notas ruedan leví- 
simas, como un rosario de perlas, oomo un rosa- 
rio de lágrimas que se desgrana sobre una pálida 
muerte .... La N'oche se constela de vírgulas de 
plata: él Misterio se empapa de sollozos. Una ter- 
nura infinita puebla el silencio para adormecer las 
tristezas de la vida, para acallar las solitarias penas 



CLARO DE LUNA 



185 



del alma. Y entonces se ve á Andrés dar un paso ha- 
cia el piano y detenerse, cohibido. La música des- 
pierta en tropel la* miríada de sus recuerdos: cada 
nota es un latigazo de acero para su corazón. El 
pasado se abre en su mente como una azucena de 
luz. La harmonía taciturna habla á su alma con más 
fuerza que todos los razonamientos humanos. Y 
Juana, que á su vez experimenta la nostalgia dolo^- 
rosa de los recuerdos, le contempla angustiada, pre- 
sintiendo la batalla cruel que se libra en el alma de 
Andrés. Lili sigue tocando aún. Entonces, durante 
un segundo eterno, las miradas de Andrés y de 
Juana se cruzan; y, de pronto, el uno corre hacia el 
otro, para confundir su llanto, para mezclar los la- 
ndos del corazón. Y así permanecen abrazados, mien- 
tras el "Claro de Luna" de Beethoven continúa des- 
granando sus notas en el silencio de la noche). 

ENRIQUE 

(Con voz queda): "El CÍaro die Luna", de 
Beethoven Estoy demás aquí Puedo mar- 
charme (Sale por la izquierda). 



TELÓN 



YORICK 

TRAGEDIA DE ALMAS EN CUATRO ACTOS 

Estrenada en el Teatro Nacional, de Buenos Aires, 
la noche del 31 de Mayo de 1907 
en el Politeama, de Montevideo, la del 4 de Junio de 1907 



A la memoria de Pablo Gianetto 
y á todos los buenos amigos 
que, como aquél, lian sabido 
hacer un culto de la amistad 
y con los cuales aún puedo re- 
memorar, en una edad en que 
comienzan las desilusiones, los 
años de la juventud y la espe- 
ranza. 



El autor. 



REPARTO 





En el Teatro Nacional 


En el Politeama 




de Buenos Aires 


de Montevideo 


Clara Lazló 


Sta. B. Podestá. 


Sra. P estalar do 


Adelina Bergh 


Sra. A. Cornaro. 


> Pérez. 


Gabriela Carriére. 


¡Sta. A. Tesada . . 


» Zamora. 


Carmen Petitjean . . 


Sra. A. Podestá. 


» García. 


Matea Cazín 


» J. Lanaro . . 


» Viera. 


Sra. de Torregrosa 


ota. V. Bernabé. 


» González. 


Luisa 


» N. N. 


Sta. Guerrero. 


Dora 


AT ~\T 


» Núñez. 


Corina 


» L. (Jornaro . 


» Martínez. 


Isolina 


» H. Valenti . 


» Ríos. 


Edmundo Bergh 


Sr. J , Escarcela . 


Sr. Cordero . 


Augusto Lazlo 


» G. Battaglia. 


» Guerrero . 


Yorick. 


» A. Podestá . . 


» Lluch. 


Nicanor Petitjean . 


» J. Podestá . . . 


» Boneu. 


Fuentes 


» E. Alippi . . . 


» Rosich. 


Montes 


* C. Ratain 


» Martínez. 


Fabricio 


» F. Aranaz 


» Otero . 


El Ministro Trelles 


» F. López 


» Pons. 


Larraya 


» N. N. 


» Cardinal. 


SOTOMAYOR 


» N. N. 


» Sepúlveda. 


E.EINOSO 


» S. Casal 


» Izquierdo. 


Un Notario 


» S. Casal 


» Boneu. 


Un Médico 


» F. López 


» Pons. 



La acción en nuestros días 



YORICK 



ACTO PRIMERO 



En casa del banquero Edmundo Bergh. Saloncillo elegan- 
tísimo, separado de la sala de juego (que ocupará todo el 
foro) por altas pilastras y arcadas suntuosas, Arquitectura 
decorativa y soberbia: grandes panneaux, ricos artesonados, 
molduras elegantes. Todo ha de revelar que se está en una 
casa rica y de buen gusto. A la izquierda, primer término, 
puerta cubierta con un lujoso portier, que dá acceso á las 
habitaciones particulares, En segundo término, contra la 
pared, consola con espejo, entre palmas y plantas exóticas. 
Delante de esta consola con ligera inclinación hacia el espec- 
tador, habrá un sofá y sillas Luis XV, y, delante del sofá, 
un puff dorado. Entre las dobles columnas que separan el 
saloncillo de la sala de juego — hacia el foro — una estatua 
de mármol sobre su pedestal, una vitrina, jarrones, plantas 
y banquetas de fantasía. A la derecha, último plano, un 
piano en el rincón y detrás del cual se advierten hojas 
de palmas. Junto al piano, en el suelo, un jarrón japonés 
de gran valor; y delante de aquel una mesita de laca con 
estatuillas, dijes, etc. y una silla dorada. De este mismo 
lado, viniendo hacia el espectador, amplia y espléndida 
portada que se supone comunica al gran salón de recepcio- 
nes. Tapiz rojo, y, sobre éste, otros pequeños delante del 
sofá y frente á la gran portada del foro, colocados asimétri- 
camente. Techos lujosos con ricas arañas. Profusión de luces. 

La sala de juego que se ve claramente por las dos gran- 
des portadas que le separan del saloncillo, ocupa todo el 
foro. Sus paredes tienen lujosas colgaduras y panneaux de- 



192 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



corativos. Araña eléctrica en el centro, mesas y sillas para 
los jugadores. A los lados y fondo, puertas con galerías 
haciendo juego con el tapizado de las mesas. Sillas, mesas 
de estilo, adornos. 

Es noche de baile. Todos los personajes vestidos de rigu- 
rosa etiqueta. 

ESCENA PRIMERA 

Señoras Adelina Bergh, de Torregrosa, de Cazin, 
Puentes, Reinoso, Corina, Luisa, Larra ya, Car- 
men y Montes. 

(Al levantarse el telón, la señora de Torregrosa y 
Adélfoia estarán sentadas en el sofá, Matea Cazin, 
en una silla al lado de éstas, Fuentes en el puff 
dando la espalda al público, y Reinoso en pie: todos 
ellos conversan formando grupo. En pie, entre el 
sofá y la consola, Sotomayor habla con Corina. A 
la derecha, sentada junto á la mesa, estará Carmen, 
y á su lado, en pie, Montes le habla animadamente. 
Luisa y Larraya entran, cogidos del brazo, por la 
puerta de la derecha y van hasta la sala de juego, 
donde se detiene un momento. En esta sala hay 
seis ú ocho jugadores rodeando las mesas, sentados 
los unos, los otros en pie. Durante el acto, hasta que 
se exprese, entran y salen á este saloncülo diversas 
personas que no hablan. Desde el salón de baile, 
debilitados por los tapices y la distancia, llegan sua- 
vemente — de manera que no cubran la conversa- 
ción — los acordes de un vals elegante). 



YORICK 



193 



FUENTE3 

(Concluyendo una frase) y por tal modo re- 
sultan incalculables los beneficios que reporta la 
mentira en las relaciones sociales. 

(La señora de Torregrosa, Adelina, Cazin y Bei- 
noso, ríen y hablan todos á un tiempo). 

TORREGROSA 

¡ Es absurdo sostener semejantes ideas ! 

ADELINA 

¡Graciosísima su paradoja sobre la mentira! 

REINOSO 

Chico, traduces admirablemente á Marc Twain.... 

CAZIN 

¡Muy bien! ¡Bravo! ¡bravo! Es muy razonable 
ese modo de ver! 

(Lanzan otra carcajada y prosiguen todos á la 
vez). 

TORREGROSA 

Yo protesto protesto 

PUENTES 

Pero permitan ustedes 

CAZIN 

¡Tiene usted razón! ¡Tiene usted razón! 

13. -T. i. 



194 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ADELINA 

¡Por favor, amigo Fuentes! 

REINOSO 

¡ Que pida excusas en el acto ! ( Siguen conver- 
sando animadamente ) . 

SOTOMAYOR 

(A C orina) ¿No cree usted entonces en el amor? 

CORINA 

En lo que no oreo es en la sinceridad que los 
hombres llevan á las relaciones amorosas. 

SOTOMAYOR 

Permítame usted, Corina 

CORINA 

Mire usted, Sotomayoir: la cuestión está ya harto 
debatida. Y usted sabe, amigo mío, que las senten- 
cias con autoridad de cosa juzgada. . . . 

SOTOMAYOR 

No puede usted negar que es hija de un abogado. 
Pero dígame: ¿quién ha formulado esa sentencia? 
¡ Las mujeres ! ¡ La mujer ! 

FUENTES 

( En el otro grupo, terminando una frase y ponién- 



Y0R1CK 195 



dose en pie) ... . que es mentira también, la más 
hermosa de las mentiras. 

SOTOMAYOR 

( A Corina ) ¿ Oye usted ? Sin quererlo, en ese otro 
grupo, una frase perdida, al azar, ha dicho. . . . 

CORINA 

Pero es un hombre quien la ha dicho. 

( Descienden y se confunden con el primer grupo ) . 

LUISA 

(A Larrayaj Tampoco está aquí papá. Víamos al 
salón. 

LARRAYA 

Créame usted, Luisa, su papá se ha retirado. 

LUISA 

Olvidándome así como quien olvida el bastón, 
¿no es eso? 

LARRAYA 

Comn quien sabe que su hija queda en manos de 
un respetuoso admirador. (Salen ¡os dos por la de- 
recha). 



196 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA II 
Dichos, menos Luisa y L arraya 
montes 

(A Carmen) ¿Y usted cree, sinceramente, que su 
esposo Petitjean sabe valorar el tesoro que tiene en 
su casa ? Si así fuera, ¿ la abandonaría á usted, como 
lo hace? 

CARMEN 

¿ Y querría usted decirme, amigo Montes, qué hom- 
bre no olvida el mejor tesoro después de tres años 
de matrimonio? 

montes 

¿ Qué hombre ? Pero mi querida señora, son innu- 
merables Yo, por ejemplo 

CARMEN 

Usted no cuenta. Yo soy casada, y no es á mí á 
quien podría usted demostrar su fidelidad 

montes 

¿Por qué no? 

CARMEN 

( Con fingido enojo ) ¡ Atrevido ! 

MONTES 

Hablamos dje fidelidad en el amor, y usted olvida, 
Carmen, que en el matrimonio no se conoce ese sen- 
timiento. 



YORICK 



197 



CARMEN 

Es usted admirable. Cuando se trata de mi es- 
poso, le censura usted el que me olvide, y cuando 
se refiere á usted mismo, que es soltero, advierte 
que dentro del matrimonio no existe el amor. 

montes 

Todo esto nos aleja de la cuestión. Yo le juraba 
á usted .... 

CARMEN 

He /ahí la prueba de que no decía usted verdad. 
Los hombres juran siempre cuando han dicho una 
mentira - 

MONTES 

Es usted cruel. Yo la amo, yo la amo 

TORREGROSA 

(En otro grupo) ¡Mentira! ¡Mentira! 

SOTOMAYOR 

¿Cómo es eso? 

ADELINA 

No sería usted capaz de repetir eso públicamente. 

CARMEN 

Usted olvida, Montes, que soy casada, que no 
puedo oirlo 



198 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SOTOMAYOR 

Vaya, déjame de melindres. 

reinoso 

Dilo, hombre, dilo. 

FUENTES 

¡A gritos 'lo diré! Yo soy 

(Sigue la conversación en voz baja). 

ESCENA III 
Dichos, Fabricio y Petitjean 

FABRICIO 

(Entrando del brazo de Petitjean, por la derecha) 
Un caballo, un caballo de ley, un buen caballo de 
carrera, al oir el grito. . . . 

petitjean 

( Sin atenderle j \ He aquí á mi mujer ! ( Salu- 
dando) No tengo que preguntarle á usted nada, 
amigo Montes. Carmen le está reprochando á usted 
su último artículo de ''El Globo". 

CARMEN 

Pues, no señor. Hablábamos de algo interesan- 
tísimo. 



YORICK 



199 



MONTES 

En efecto. Comentábamos la influencia de Wá- 
gner en la música italiana moderna. 

CORINA 

(A Adelina) Le engañan á usted, Adelina; no 
era eso .... 

PABRICIO 

(A Montes) ¡Música celestial, amigo mío! 

ADELINA 

¿Pues, que era, entonces? 

PUENTES 

Si lo digo, la desagradaré. 

TORREGROSA 

Convenga usted en que es mejor callarlo. 

FUENTES \ 

¡ Vé usted ! ¡ Vé usted ! Hay que mentir, mentir 
siempre, para guardar las conveniencias sociales. 
(Petitjean va á saludar á Adelina y permanece á 
su lado hablando. Fabricio queda con Montes y Car- 
men. Los demás , siempre en un grupo, discuten). 

ADELINA 

¡ Mi querido señor Petitjean ! . . . . 



200 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PETITJEAN 

Le presento mis parabienes, Adelina. Su fiesta 
está hermosísima. 

CAZIN 

¿Pues no ha de ser? Un cumplido, aunque no sea 
sincero, es agradecido 'siempre, La verdad, en cier- 
tas ocasiones, es ingrata 

FUENTES 

Por eso los profundos pensadores la tildan de 
amarga. 

TORREGROSA 

A ver, á ver un caso. 

FUENTES 

De mil amores. 

SOTOMAYOR 

Pero usted,, señora, ¿le ha concedido la palabra á 
Fuentes? No va á concluir en toda la noche. 

FUENTES 

Ya verás jque sí 

SOTOMAYOR 

Muchas gracias. (A C orina) ¿Bailamos este vals? 
(Cesa el vals). 

corina 

(Tomando su brazo) Creo que éste no lo bailare- 
mos. (Vanse por la derecha). 



YORICK 



201 



ESCENA IV 
Dichos, menos Corina y Sotomayor 

CAZIN 

Vamos, diga usted. 

FUENTES 

Pues bien: suponga usted, señora Torregrosa, que 
un día se presenta en su casa una amiguita de usted 
con un sombrero horrible, vamos, horrible de ver- 
dad, uno de esos carruajes descubiertos que llevan 
algunas niñas al teatro. . . . 

TORREGROSA 

Los hay muy hermosos .... 

FUENTES 

Ya ; piara la niña que los lleva. Pero, tómele usted 
el pulso al espectador que queda detrás. . . . En 
fin., no hace al caso. Suponga usted un sombrero 
horrible, bien horrible, con plumas, cintas, pájaros, 
bichos y caracoles .... 

REINOSO 

i Caracoles ! . 

FUENTES 

¿Qué dices? , 



202 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



REINOSO 

¿ Yo ? Nada. ¡ Caracoles con el sombrerito ! 

FUENTES 

Y suponga usted que dicha amiguita, muy pa- 
gada de sí misma, le pregunta á usted : "¿ qué tal me 
encuentras con este sombrero ? ' ' Pues bien, yo afirmo 
que usted al reparar en su contento, se guardará 
muy bien de decirle la verdad, y que le contestará 
sobre poco más ó menos : ' ' Estás adorable ; te sienta 
á las mil maravillas". ¿No es así? Pues bueno; con 
esa piadosa mentira, dejará usted contentísima á su 
amiguita y pasará usted por una dama discreta y 
sociable. — Pero en cambio, no mienta usted ; diga 
la pura verdad ó atrévase solamente á insinuar lo 
siguiente: ' 'Hija, es bonito tu sombrero; pero á tu 
género de belleza, sentaría mejor otro así ó dé este 
modo", — ¡vaya! ¡atrévase usted! y ya verá el día 
de difuntos en cualquier día d)el año. 

(Todos se ríen. En este instante Petitjean se di- 
rige hacia Carmen con quien habla, mientras Adé- 
lina sale al encuentro de su esposo que entra por el 
foro). 

ESCENA V 

Dichos y Edmundo Bergh 

ADELINA 

Edmundo, ¿has hablado con el redactor de "La 
Tarde"? 



YORICK 



203 



BERGH 

No lo he visto. 

ADELINA 

No lo he visto .... no lo he visto .... Hijo, vas á 
tener que comprarte antiparras. Cada día más torpe. 

BERGH 

Pero, querida mía. . . . 

ADELINA 

i No lo he visto ! Si no se vé otra cosa en mis salo- 
nes. Es que siempre serás un irresoluto. Aún perde- 
rás ese negocio y cuando le tengas perdido recién 
te acordarás de ir á visitar á los periodistas. 

BERGH 

Amiga mía. . . . 

ADELINA 

Déjame en paz con tus melosidades. Eres un ma- 
rido muy fino; mejor' sería que lo fueras con to- 
dos. . . . 

BERGH 

Pero. . . . 

ADELINA 

Así, por ejemplo, con el ministro inglés. ¿ A quién 
se le ocurre hablarle en castellano sabiendo que no 
posee bien el idioma? ¿No sabes tú el inglés? ¿No 
estás en tu casa? 

BERGH 

Basta, Adelina. No es el momento .... 



204 



VÍCTOR PÉREZ PLT1T 



ADELINA 

Basta, sí. Vé á saludar á Petitjean. . . . Y no 
olvides al redactor de "La Tarde". (Ambos se acer- 
can á Petitjean). 

BERGH 

Señor Petitjean 

PETITJEAN 

Mi querido señor Bergh. Por usted preguntaba á 
su señora. 

CARMEN 

(A Fabricio) ¿Cómo? ¿No sabe usted? Hoy es el 
cumpleaños de Adelina y es con tal motivo, precisa- 
miente, que se realiza esta fiesta. 

(Vuelven á oírse los acordes de otro vals). 

FABRICIO 

(Llegándose á Adelina) Señora Bergh, le ruego 
que me perdone. Ignoraba que fueran sus días. . . . 
El caso es que para usted no pasan los años .... 

MONTES 

( A Carmen ) ¡ Pf f ! Otra gaffe de Fabricio ! 

CARMEN 

¡Pobre Fabricio! Cada vez que pretende decir 
una galantería, mete la patita. 

(Fabricio ofrece su brazo á Adelina y ambos se 
van conversando al salón). 



YORICK 



205 



ESCENA VI 
Dichos, menos Adelina y Fabricio 
montes 

( A Carmen ) Es un joven tímido, como yo. 

CARMEN 

(Mirándole so carroñamente) ¿Usted? 

TORREGROSA 

Yo doy el punto por suficientemente discutido. 
(A Fuentes) ¿Me dá usted el brazo para volver al 
salón ? 

PUENTES 

Con muchísimo placer. 

TORREGROSA 

¿Es una piadosa mentira? 

PUENTES 

Es una confesión que se me ha escapado involun- 
tariamente. (Fuentes ofrece su brazo á la señora de 
Torregrosa y Reinoso á la señora Cazin. Ambas pa- 
rejas salen por la derecha). 



206 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA VII 
Bergh, Petitjean, Montes y Carmen 

(Bergh y Petitjean han ido á sentarse en el sofá; 
Carmen y Montes hablan, hacia la derecha, oon mu- 
cha naturalidad, á la vista del marido). 

PETITJEAN 

Justo. Cinco mil libras para fin de mes. 

BERGH 

¿Quién es el corredor? 

PETITJEAN 

Torres. 

BERGJJ 

¿ Ignacio ? 

PETITJEAN 

No ; Carlos. Carlos Torres, aquel alto, rubio .... 

BERGH 

¿Alto, rubio? 

PETITJEAN 

Si no conoce usted otra cosa. ¿No recuerda el 
incidente de las cédulas hipotecarias? 



YORICK 



207 



BERGH 

¡Ah, ya! ¿Y vendió para fin de mes? 

PETITJEAN 

Por cuenta de Farraz y C. a Dato seguro. 

BERGH 

Pero, si ayer todavía ¡ Oh ! No puede ser 

Debe estar usted equivocado 

PETITJEAN 

Perfectamente seguro. El judío tomó todo el lote. 

CARMEN 

Eso, en parte, es verdad; pero también la culpa 
es suya. . . . 

MONTES 

¿Lo cree usted, Carmen? ¿Usted llama engañar?.... 

CARMEN 

¿ Cómo ilo llamaría usted ? Pues es gracioso. Me está 
usted comprometiendo. 

montes 

Eso, en parte, es verdad ; pero también la culpa es 
suya 

CARMEN 

¿ Cómo se entiende ? 



208 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MONTES 

Es evidente. Si fuera usted más buena y acogiera 
seriamente mis súplicas, yo dejaría de perseguirla, 
de comprometerla, como usted dice. Porque, vamos 
á ver, ¿cuándo es que se compromete á una mujer? 
"Antes"; es evidente. Comprometerla "después" 
sería una imbecilidad. En los comienzos, las muje- 
res se creen obligadas á resistir, y de ahí que el 
hombre se vea ¡obligado á ponerse en evidencia, á lu- 
char, á cometer tonterías. Pero, "después", uno se 
entiende;, combina las entrevistas, se previene. Créa- 
me usted, si se suprimieran todas las escaramuzas 
del "antes" no habría tantos in-fraganti. 

PETIT JEAN 

(A Bergh) Así, muy bien. Hay que llevarle una 
carga en toda regla para conquistar la plaza. Ese 
judío es el amo de la Bolsa. 

(Vánse Carmen y Montes). 



ESCENA VIII 
Bergh y Petitjean 

BERGH 

Ya caerá. Pierda cuidado. Estos jugadores obsti- 
nados á la baja, concluyen por bajar ellos mismos. 



YORICK 



209 



FETITJEAN 

¡Jé! ¡jé! ¡jé! El amigo Bergh haciendo juegos 
de palabras. 

BERGH 

Son los juegos más baratos. ¿Y el negocio de las 
minas? 

PETITJEAN 

Pero, ¡por vida! me olvidaba lo mejor. El pobre 
Francois .... 

BERGH 

¿Francois Mortier? ¿Qué hay? ¿qué le pasa? 

PETITJEAN 

Ya lo conoce usted. — Un pusilánime 

BERGH 

Tanto como eso .... 

PETITJEAN 

Perdone usted; un pusilánime. 

BERGH 

No obstante, ha hecho muy buenas combinaciones. 
Su casa de banca 

PETITJEAN 

De eso iba á hablarle. (Poniéndose grave) Usted 
no tiene negocios con él, ¿verdad? 

14. — T. I. 



210 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



BERGH 

No, pero. . . . ( Cesa la música). 

PETIT JEAN 

¡ Oh, entonces puedo hablarle libremente .... 

BERGH 

(Con mucha atención) Veamos; ¿de qué se trata? 

PETIT JEAN 

( Concisamente ) ¡ Crack ! 

BERGH 

(Con vivísima emoción que trata de dominar) 
¿Cómo?. . . . ¿qué dice usted? 

PETIT JEAN 

Mañana suspende sus pagos. 

BERGH 

(Poniéndose en pie, muy excitado, dominándole 
apenas ) Pero .... no ... . no puede ser .... Sus ac- 
ciones, las minas, ya sabe usted, ayer estaban á. . . . 

PETIT JEAN 

El las hacía comprar bajo cuerda. 

BERGH 

Y su encaje. ... su encaje. ... ¡ Oh, no! Impo- 
sible ! 



YORICK 



211 



PETITJEAN 

No me extraña que usted no sepa nada. Nadie 
sabe nada aún. En la Bolsa no ha corrido aún la 
alarma. 

BERGH 

Pero usted, ¿ cómo sabe ? 

PETITJEAN 

Oiga usted, amigo Bergh. Supongo. ... en fin. . . . 
¿ Usted me ha dicho que no tiene negocios con la casa 
Mortier ? 

BERGH 

( Como quien despierta de un sueño) ¿Con la casa 
Mortier? En «efecto; no, no tengo ninguno. Pero dí- 
game usted, ¿por quién tiene ese dato? 

PETITJEAN 

Se lo diré bajo reserva, ¿eh? Es el cajero. . . . 

BERGH 

¿ Emilio ? ¿ Él le ha dicho ? 

PETITJEAN 

A mí, no. A Carmen. Son primos hermanos, y como 
yo tenía algunos negocitos con la casa, el buen hom- 
bre, que me debe serias atenciones, creyó bueno 
advertirme 

BERGH 

¿Doña Carmen? Estaba aquí hace un instante 



212 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PETITJEAN 

(Molestado) ¿Interrogar á mi esposa? No; no, 
señor Bergh .... Usted la conoce Es algo ner- 
viosa. ... No le agrada que -yo cuente. . . . En 
fin. . . . Toda vez que usted no tiene negocios con 
Francois . . . . 

BERGH 

Pero usted sabe, amigo mío, todos los negocios de 
banca.... (Súbitamente) ¡Ala., Trelles! No había 
pensado .... ¿ No le ha visto usted ? 

PETITJEAN 

Sí, en el salón tstaba. . . . 

BERGH 

¡ Ah! He aquí á mi hijo. ¿Yorick? 

ESCENA IX 
Bergh, Petitjean, Yorick y Clara 
yorick 

( Que entra por la derecha, dando el brazo á Clara) 
¿Papá? 

BERGH 

BueDas noches, Olara. . . . Mira, Yorick, tendría 
necesidad de saber si el ministro está en el salón. 



YORICK 



213 



YORICK 

¿Trelles? Está hablando con un periodista. 

BERGH 

Entonces, si la señorita fuera tan amable para 
excusarte un instante .... 

CLARA 

¡ Oh, señor Bergh ! ¡ No faltaba más ! Iremos los 
dos á buscar al señor ministro y en seguida se lo 
enviamos á usted. 

PETITJEAN 

Es inútil. Aquí viene. (Se retira por el foro). 

ESCENA X 
Dichos y Trelles 

(Yorick y Clara van á sentarse á la derecha, 
Bergh y Trelles en el sofá). 

TRELLES 

(Al entrar) ¿Y ese querido banquero? (Saludos). 

BERGH 

¿Cómo tan tarde, señor ministro? 



214 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TRELLES 

¡Bravo, Edmundo! Ese tratamiento entre ami- 
gos viejos, es el más vivo reproche para mi llegada 
tardía. 

BERGH 

No tan tarde, si en el bolsillo se trae una buena 
noticia. 

TRELLES 

¡Pchs! El traje de frac apenas si tiene bolsillo 
para el pañuelo .... ¿Y esos negocios ? 

BERGH 

¿Los negocios? Son de una monotonía desespe- 
rante. 

TRELLES 

Ya. Cuando se manejan millones, se habla de mo- 
notonía. No hablaría con ese despego un pobre 
hombre. 

BERGH 

(Tratando de indagar) ¿Acaso? 

TRELLES 

(Sin reparar en la intranquilidad de Bergh)< 
¿Acaso? 

BERGH 

(Dominándole) ¿Acaso conoce usted alguno que 
ande mal de negocios ? 



YORICK 



215 



TRELLES 

¿Yo?.... No. (Bergh respira) Es una idea así. 
¿Usted conoce algún ricachón que no se queje de la 
Vida? 

BERGH 

Es que la vida es tanto más complicada para un 
hombre cuanto más se eleva éste en la escala social. 
¿Cree usted que todo son rosas para los hermanos 
Pini, para Gootlob, para Francois .... 

TRELLES 

¡Hombre! (Mirando alrededor, mientras Bergh le 
escucha anhelante) ¿Sabe usted una cosa? 

BERGH 

(Vivamente) ¿Qué? 

TRELLES 

¿Tiene usted negocios con la banca Mortier? 

BERGH 

(Dominándose aún) Absolutamente. ¿Por qué? 

TRELLES 

Me alegro, me alegro, porque he de comunicarle 
una mala noticia. . . . 

BERGH 

Mortier suspende sus pagos, 



216 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TRELLES 

Justamente. ¿Lo sabía usted? 

BERGH 

He oído algo. Pero, ¿es segura la catástrofe? 

TRELLES 

Fatal, 'inevitable. 

BERGH 

(Después de un instante, recobrándose) ¿Un ci- 
garro ? . . . . Vamos al hall ; allí me dará usted deta- 
lles. (Vánse por el foro). 

ESCENA XI 
Yorick y Clara 

YORICK 

¿ De modo que el señor Lazló ? . . . . 

CLARA 

Papá quiere que me case con Trelles. 

YORICK 

¿Con el hijo de su excelencia? No está mal pen- 
sado eso. Su papá busca para usted algo digno de 
sus méritos; pero, si he de atender á ellos, hay que 
convenir en que aún no ha subido bastante. 



YORICK 



217 



CLARA 

¿Usted toma la cosa á broma, Yorick? 

YORICK 

Al contrario, Clara ; la tomo muy seriamente. Tan 
seriamente la tomo, que ahora estoy reflexionando 
que sá poco es para usted el hijo de su excelencia, 
menos ha de ser aún el hijo de un banquero. . . . 

CLARA 

No diga usted eso. 

YORICK 

¿ Por qué no decirlo ? ¿ Qué méritos poseo para 

aspirar á su mano? ¿Quién soy yo"? El hijo de Ed- 
mundo Bergh, un hombre excelente, un honrado 
banquero, lo cual ya es algo; pero no de bastante 
lustre para emparentar con Augusto Lazló, una 
eminencia médica y una de las fortunas más colosa- 
les del país .... 

CLARA 

Papá es el íntimo amigo, el mejor amigo del señor 
Bergh. 

YORICK 

En efecto. Lazló y Bergh son algo más que amigos, 
son das hermanos. La vieja amistad que los une no 
ha hecho más que acrecentarse con los años. Ambos 
son buenos, nobles, generosos; ambos tienen su for- 



218 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



tuna. Pero, su papá tiene ya, sin duda, ideas forma- 
das isobre su matrimonio. Ha de desear para su Clara 
un esposo de mejores condiciones que este pohre 
Yorick, que trata como á un chiquillo mal criado. 

CLARA 

Papá lo estima mucho á usted. 

YORICK 

Me estima, oso es ... . Pero me considera como un 
ser completamente inútil. 

CLARA 

¡ Yorick ! 

YORICK 

Y es la verdad, la purísima verdad. ¿Por qué no 
decirlo? Soy un hombre completamente inútil. 

CLARA 

¡ Qué malo es usted consigo mismo ! 

yorick 

Soy justo, nada más. Yo no sé trabajar; yo no sé 
hacer nada. Al lado de un padre constantemente 
preocupado con sus negocios financieros y de una 
madre adorable que disimula todas mis faltas, he 
crecido como una flor de invernáculo, muy elegante 
si se quiere, pero completamente inútil. 



YORICK 



219 



CLARA 

¡ Yorick ! Me hace usted daño .... 

YORICK 

(Tristemente) ¿Qué títulos podré aducir para 
captarme la consideración del señor Lazló? Ya lo 
vé usted. Me levanto á mediodía; salgo á pasear a 
caballo; almuerzo fuera de casa, en el club, en cual- 
quier hotel, fuera de casa, en fin ; me aburro lamen- 
tablemente toda la tarde ; leo, á veces, alguna novela 
que ni siquiera me ilustra, porque sólo sé leer novelas 
malas; vuelvo de noche al club á conversar insubs- 
tancialidades con otros elegantes como yo; una no- 
che al teatro ; otra, á un concierto ; «otra, á un baile ; 
jamás á una conferencia científica ; después, cansado, 
entontecido, abrumado por el aburrimiento de mi 
existencia sin fin y sin objeto, vuelvo á casa, me 
acuesto, duermo .... duermo .... duermo .... 

CLARA 

¿Por qué se hace usted más malo de lo que es? 
¿Acaso no es poseer un raro mérito saber hacerse 
las reflexiones que acaba de hacer? ¿Y no tiene 
usted voluntad para dominar el mal, ya que tan 
bien lo conoce ? ¡ Ah ! Pero, no, no, no es cierto todo 
eso que usted dice. Yo sé que usted es bueno ; yo sé 
que usted ha estudiado y que han sido sus padres, 
precisamente, los que por motivos de salud, le han 
obligado á suspender sus estudios. Y luego, también 
sé que su vida tiene un objeto ; que no transcurre así, 



220 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



sin un ideal, sin un pensamiento .... Vamos á ver, 
Yorick; míreme usted á la cara, y dígame que ja- 
más piensa en mí ... . 

YORICK 

(Dulcemente) ¡Qué grande alma tiene usted, 
Clara ! ¡ Qué bien me hacen sus palabras ! Pero, vea 
usted. . . . (Adelina corta la frase). 

ESCENA XII 
Dichos, Adelina, un momento 

ADELINA 

( Por la derecha, á Yorick ) Hijo mío, ¿ has Visto á 
tu padre? 

YORICK 

Debe estar en el hall, con el ministro Trelles. 
(Váse Adelina). 

CLARA 

Ha hecho usted bien, Yorick, en abrirme franca- 
mente su corazón. Sus tristezas me han apesadum- 
brado, y, al mismo tiempo, han acrecentado, si cabe, 
mi cariño. De hoy en adelante, me considero con un 
gran deber, con el deber de destruir ese escepti- 
cismo que le obsesiona. Esta será la última vez que 
hable usted de esa manera horrible. Yo quiero verle 



YORICK 



221 



dichoso ; yo quiero verle amar la vida ; y para lograr 
eso, yo le amaré á usted mucho, mucho — tanto que 
usted se avergonzará de las cosas feas que acaba de 
decirme. 

YORICK 

¡ Clara ! 

CLARA 

Y usted será bueno por mí; mi amor le regene- 
rará; mi cariño le hará comprender que la existen- 
cia valle la pena de ser vivida y que nadie, ni el 
más ínfimo ser, debe insultar á su Creador afir- 
mando que es un ser inútil en la sociedad 

YORICK 

¡ Clara ! Hable usted aún Tengo miedo .... 

CLARA 

¿Qué puede temer usted, Yorick? ¿Quién podrá 
contra nuestro amor? Con fe, con voluntad, con 
nobleza, salvaremos todos los obstáculos. Yo soy 
suya: tiene usted mi corazón y mi palabra. 

YORICK 

Sí ; mía, Clara, mía ; siempre, siempre mía. 

CLARA 

Nada, ni nadie borrará de mi pensamiento el amor 
que le juro; nadie ni nada nos separará. ¿No se 
siente usted con energías para luchar, Yorick? 



222 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



YORICK 

Sí, sí ; mía, mía. . . . á pesar de todo. 

CLARA 

Esa es la palabra, Yorick; siempre y á pesar de 
todo. 

ESCENA XIII 

Yorick, Clara, Gabriela, Corina, Sotomayor 
y Reinoso 

(Por la derecha, entran Gabriela del brazo de 
Reinoso y Corina del de Sotomayor). 

reinoso 

¡Hola! ¡hola! La encantadora Clara Lazló y el 

irresistible Yorick Bergh! Esto es grave muy 

grave. 

YORICK 

No es menos grave, entonces, ver la hermosa Ga- 
briela Carriére con José Reinoso. 

CLARA 

Por lo visto, estos jóvenes se quieren pagar nues- 
tras caras, ¿no le parece, señorita Carriére? 

YORICK 

Yo protesto 



YORICK 



223 



GABRIELA 

Por lo menos, la mía, señorita Lazló. Mi caballero 
no puede ver á usted» una sola vez sin significarme, 
con evidente justicia, su entusiasmo. 

CLARA 

Hace usted mal, Reinoso. Quien lleva, como us- 
ted, del brazo á una señorita tan hermosa como 
espiritual, no debiera ver otra hermosura en de- 
rredor. . . . 

YORICK 

Así, el brillo del sol nos impide advertir, durante 
el día, la presencia de las estrellas. (Se inclina y 
sale por la derecha con Clara). 



ESCENA XIV 

Gabriela, Corina, Sotomayor y Reinoso 
En seguida Dora y señora Torregrosa 

(La señora de Torregrosa entra con Dora al tiempo 
de salir Yorick y Clara. En la sala de juego quedan 
muy pocos jugadores. A lo lejos se oyen los acordes 
de una cuadrilla). 

SOTOMAYOR 

( A Gabriela) Y bien ; ¿ nos contará usted, al fin, 
esa nueva hazaña de Fabricio? 



224 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



GABRIELA 

¡Áh, ya! Vengan ustedes aquí. (Van al sofá) 
Es divinísimo. Señora de Torregrosa, Dora, no es un 
secreto; pueden ustedes oir. (Las aludidas se apro- 
ximan ) Se trata del ínclito Fabricio, — la tímida 
gacela, como dicen estos jóvenes. 

reinoso 

Yo no digo nada. 

SOTOMAYOR 

En mi vida he visto más que aves de corral. 

GABRIELA 

¡ Qué poco favor hace usted á sus amigos ! 

SOTOMAYOR 

Es usted terrible, Gabriela. Pero, vamos al caso. 

GABRIELA 

Quedamos, pues, en que Fabricio es un chico 
tímido. . . . 

DORA 

Falto de roce, tal vez. . . . 

GABRIELA 

¡Dora, por Dios! ¿No sabes que frecuenta todos 
los salones, todos los teatros, todos los paseos? Aquí 
mismo, á casa de Bergh, ¿cuántas veces no ha ve- 



YORICK 



225 



nido? Bueno, pues vean ustedes su entrada en el 
salón. 

corina 

El salón resplandeciente de luz y de concurren- 
cia 

EEINOSO 

La música desgranando sus notas 

GABRIELA 

Entra Fabricio: sin pestañear, rígido, como un 
autómata, endereza á una banqueta, se la lleva por 
delante, da media vuelta, con los ojos ya turbios por 
el espanto, písale el vestido á la señora Cazin, se 
excusa con el ministro inglés, y, rojo como una 
guinda, va á plantarse delante de la viudita dle 
Morín para preguntarle por la salud de su esposo. 
¿No es extraordinario este Fabricio? 

TORREGROSA 

Es algo nervioso, nio hay duda; pero, hay que 
reconocer también que es muy atento y muy fino. 
Mientras muchos jóvenes se incrustan en los marcos 
de las puertas, él entra por lo menos al salón á hacer 
un rato de sociedad y á dedicar á cada uno una aten- 
ción. (T relies que ha entrado por el foro, viene á 
saludar á la señora de Torregrosa y ambos pasan á 
la derecha). 



15.-T. i. 



226 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA XV 
Dichos, y e'l ministro Trelles 

TRELLES 

Mi querida señora, estoy disgustadísimo con usted. 

TORREGROSA 

¿Tanto como eso, señor Trelles? 

TRELLES 

Usted misma dirá. Yo ya no tengo familia. Mis ni- 
ñas viven en su casa; md esposa no sabe tomar té 
sino es en su casa. En fin, esto es intolerable. Es- 
toy sólo, desamparado. (Salen hablando por la de- 
recha). 

ESCENA XVI 
G-abriela, Corina, Dora, Sotomayor. y Reinoso 

SOTOMAYOR 

¿ Quién es esta señora de Torregrosa ? 

GABRIELA 

Una señora del gran mundo, que tiene el sentidlo 
de las conveniencias sociales. Aborrece las conver- 
saciones frivolas, que son el alma de una fiesta : ya 



YORICK 



227 



vió usted como desaprobaba nuestras bromas sobre 
Fabricio. ¿ Por qué ese horror ? Yo no me lo explico, 
á no ser que. . . . % 

REINOSO 

¿A no ser qué? 

GABRIELA 

Me tiran ustedes de la lengua En fin, según 

parece la señora de Torregrosa teme á las conver- 
saciones de salón porque.... 

SOTOMAYOR 

¿ Acaso ? . . . . 

GABRIELA 

No sea usted mal pensado. Como buena, lo es á 
carta cabal.' Isabel desciende de patricios; pero, en 
fin, la pobreza que ha asaltado á nuestra vieja 
aristocracia .... 

CORINA 

La ha herido también .... 

GABRIELA 

Justamente. Están arruinados. Y para seguir fi- 
gurando en sociedad 

REINOSO 

Aquí viene lo que á usted le aflige .... 



228 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



GABRIELA 

.... para poder presentarse con sus niñas en pa- 
seos y salones, correctamente vestidas, á la última 
moda. . . . 

dora 

¿Qué? 

GABRIELA 

Sirven de figurines. 

REINOSO 

¿Cómo? No entiendo. 

GABRIELA 

Pues está claro. Madame Várennos viste á la se- 
ñora de Torregrosa y á sus hijas gratuitamente, 
para que éstas le hagan el reclamo de su modistería 
en los salones de la alta sociedad. (Exclamaciones, 
risas. Dora y Corina salen, hablando, por el foro, 
mientras entran por la derecha Fuentes y Fabricio). 

(Cesa la música). 

ESCENA XVII 
Gabriela, Sotomayor, Reinoso, Fuentes y Fabricio 

FUENTES 

Ahí tiene usted, amigo Fabricio, á la encantadora 
Gabriela Car riere, cortándole un traje á alguna 
amiguita. 



YORICK 



229 



GABRIELA 

Acérquese, mi profesor. 

* PUENTES 

¿He acertado? ¿Criticaba usted á alguien? 

PABRICIO 

Usted sabrá, señorita, que Fuentes habla muy mal 
de usted. 

GABRIELA 

Por eso le idolatro. Hace lo imposible para des- 
acreditarme y nunca logra hacerme el daño que yo 
le hago á él. 

FUENTES 

Confieso que Gabriela es más mala lengua que 
yo 

GABRIELA 

Pero Fuentes es más grosero; ¿verdad, Sato- 
mayor ? 

SOTOMAYOR 

No puede haber comparación desde que usted no 
lo es de manera alguna. 

FUENTES 

¿De modo que no puedo saber á quién criticaba 
usted ? 



230 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



GABRIELA 

A nadie, amigo mío; pero ahora que está usted 1 , 
podemos empezar. 

pabricio 

Si hay que estar ausente para merecer ese honor, 
yo me retiro. 

GABRIELA 

Usted, Fcibrieio, ya tiene su sayo. 

PABRICIO 

¿ De veras ? Estoy encantado .... encantado .... 

SOTOMAYOR 

Y te garantizo que te sienta á las mil maravillas. 

(Cójele de un brazti y vánse lentamente por la de- 
recha). 

FABRICIO 

Pero, ¿es de veras? 

SOTOMAYOR 

¿ Qué quieres ? A las niñas que llegan á cierta edad, 
sin casarse, hay que tolerarles estas distracciones. 

PABRICIO 

Pero si no tiene que hacer la solterona esa, que 
se meta en la iglesia, ¡ córcholis ! que se meta en la 
iglesia y no ande por ahí arrancándole la piel 



YÜRICK 



231 



SOTOMAYOR 

No te enojes, chico, siempre es agradable estar en 
boca de una mujer. 

FABRICIO 

En los labios, en los labios; no entre los dientes. 
(Salen ambos por la derecha). 



ESCENA XVIII 
Dichos, menos Fabricio y Sotomayor 

GABRIELA 

No es tan grande la fortuna de nuestro banquero 
como se cree. Yo lo sé positivamente por alguien que 
está bien enterado. 

REINOSO 

Pero el lujo de estos salones ; el tren que lleva la 
señora Adelina ; el esplendor de esta fiesta .... 

GABRIELA 

¡Divino Reinoso! Debía usted ensayar la poesía 
pastoril. 

FUENTES 



Pero, ¿ en qué se funda usted ? 



GABRIELA 



En que los negocios de Bergh no andan bien de 
un tiempo á esta parte. Yo sé lo que me digo .... 



232 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



REINOSO 

Esta Gabriela sabe todo .... 

PUENTES 

Todo, amigo Reimoso, absolutamente todo. No tiene 
nada que aprender. . . . 

GABRIELA 

(Riendo) ¡Insolente! 

PUENTES 

Es favor, únicamente favor. 

GABRIELA 

¿Qué quiere usted, Reinoso? Este rodar de rique- 
zas, este trueno continuo del oro saltando por las 
puertas y ventanas, ésta aparatosa ostentación de 
lujo, tienen que traer el derrumbe. No hay capital 
que resista estas arremetidas. Una toilette, aquí, m¡- 
presenta todo el presupuesto de una familia pobre, 
durante un año. 

REINOSO 

¿ Y usted cree que Adelina es ? . . . . 

GABRIELA 

La causante de todo, sí, señor .... ¿De qué sirve 
ser honradla), — como dicen que lo es, y lo creo — 
si no se ayuda al esposo, si se malgasta el dinero, si 
se le conduce á la ruina? 



YORICK 



233 



FUENTES 

Con todo, habría que ver. . . . 

* GABRIELA 

Nada, hijo. Esta Adelina es (Viendo á Ade- 
lina que aparece en el foro) esta Adelina es una 
mujer encantadora. 



ESCENA XIX 
Dichos y Adelina. Luego Lazló 



ADELINA 

¿Hablan ustedes de mí? 

GABRIELA 

Decíamos perrerías, querida. (Entra Lazló). 

ADELINA 

¡Cuidadito! (Dirigiéndose á Lazló) Señor Lazló.... 

LAZLÓ 

En su bondad confío para que me perdone la hora 
en que me presento. . . ¿Y ese quericta Edmundo? 

ADELINA 

Quedó en el hall. 



234 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LAZLÓ 

(Saludando) Señorita Gabriela.... Mis parabie- 
nes. Oí esta tarde á una dama criticarle á usted su 
vestido, cuando nos cruzamos en el Parque .... Es 
la mejor prueba de que estaba usted encantadora. 

GABRIELA 

Es usted el único médico galante que he cono- 
cido. . . . 

LAZLÓ 

No me asombra. Ha vivido usted poco. Cuando 
tenga mis años, conocerá otros tal vez. 

GABRIELA 

E¡s una nueva fineza. No me lleva usted tantos 
años. 

LAZLÓ 

¿ De veras ? ¿ Parezco tan joven ? (A Adelina mien- 
tras Gabriela, Fuentes y Reinoso van á salir por la 
derecha) Pues verá usted. Un contratiempo de úl- 
tima hora .... 

ADELINA 

Usted siempre tan ocupado, amigo mío. Se va us- 
ted á matar. Es necesario dar un poco de reposo al 
cuerpo. Siempre lo digo á mi esposo : nuestro amigo 
Lazló trabaja demasiado; no hay energía humana 
que resista esa actividad enorme. Hoy, cuando llegó 
su hija Clara, esta tarde. . . . 



YORICK 



235 



LAZLÓ 

Clara les habrá explicado. . . . 

ADELINA 

Sí; que un enfermo le reclamaba á usted urgen- 
temente .... Una delicada operación . . . . ¡ qué sé yo ! 

LAZLÓ 

De otra suerte, hubiera venido con mi hija. . . . 
( Gabriela, Fuentes y Beinoso, desaparecen en este 
momento, hablando). 

ADELINA 

Creíamos tenerlo á nuestra mesa; pero, por lo 
visto. . . . (Vuelve el rostro, ve que los jóvenes se han 
marchado, y con otra voz, breve y nerviosa, prosi- 
gue): Augusto, tengo que hablarte. 

ESCENA XX 
Adelina y Lazló 

LAZLÓ 

¿Qué hay? ¿qué pasa? 

ADELINA 

No te aproximes. Desde el salón pueden vernos .... 



236 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LAZLÓ 

Pero, ¿qué es ello? ¿Por qué estás así tan ner- 
viosa? Habla. 

ADELINA 

Espera Ven acá, al sofá Siéntate en esa 

silla. . . . (Adelina se sienta en el sofá; Lazló en la 
silla) Verás. ... es espantoso. 

LAZLÓ 

Vamos, Adelina; cálmate. Habla tranquilamente, 
¿ qué sucede ? ¿ Acaso tu marido ha descubierto .... 

ADELINA 

¿Nuestras relaciones?. ... No no Es otra 

cosa. . . . Me lo acaba de confesar él mismo en el 
hall .... ¡ Horrible ! ¡ horrible ! 

LAZLÓ 

Pero, en fin. . . . Si no se trata de nuestro amor.... 

ADELINA 

(Secamente, con rabia) Estamos arruinados. 

LAZLÓ 

¿Eh? 

ADELINA 



Arruinados, arruinados, ¿lo oyes? La casa Fran- 
cois suspende sus pagos y arrastra á Bergh. . . . Un 



TORICK 



237 



golpe inesperado .... no sé ... . yo no entiendo de 

estas cosas es natural Pero, parece que 

Bergh tenía importantes negocios con él ... . 

LAZLÓ 

De manera que 

ADELINA 

Aguarda .... no es eso todo .... Hace algún tiempo 

notaba yo á Bergh preocupado A pesar de ser 

hoy mi cumpleaños, se negaba á dar esta fiesta .... 
Tuve que insistir .... Yo no sabía nada .... que quie- 
res, no conozco sus negocios. . . . Parece que hace 
tiempo viene sufriendo quebrantos .... Ya vés : no 
podrá resistir este último golpe. 

LAZLÓ 

¿ Cuánto ? 

ADELINA 

¿Cuánto, qué? 

LAZLÓ 

¿El déficit? 

ADELINA 

¡ Qué sé yo ! Alrededor de medio millón de pe- 
sos 

LAZLÓ 

¡Diablo! ¡Pobre Edmundo! 



238 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ADELINA 

¿ Le compadeces ? Es un inepto .... No ha sabido 
parar el golpe .... No ha hecho jamás una operación 
hábil.... Su único talento ha sido hacerme una 
vida desgraciada. . . . 

LAZLÓ 

¿Y tu fortuna particular? 

ADELINA 

Es lo único que ha respetado. Por lo demás es una 
bicoca .... No alcanza para nada ; hoy ó mañana 
será lo único que quede á Yorick .... 

LAZLÓ 

¡Pobre Edmundo! Y en este trance ¿no 

tiene á quien? 

ADELINA 

¿Pedir? (Sonríe amargamente). 

LAZLÓ 

(Pónese en pie, pasea meditabundo y de pronto 
se detiene frente á Adelina). Aun puede hacerse 
algo. Yo tengo una regular fortuna. . . . (Transición) 
¿Por qué me miras así? 

ADELINA v 

Nada. Habla. 



YORICK 



239 



LAZLÓ 

aíís campos solamente de Entre Ríos valen un par 
de millones .... Yo no necesito eso .... Las fincas 
que tengo en la ciudad. ... (Al advertir la mirada 
dura de Adelina, insistentemente clavada en él) ¿Qué 
tienes? 

ADELINA 

Sigue. 

LAZLÓ 

y mis papeles de Bolsa, me dan bastantes que- 
braderos de cabeza Una parte, pues, de mi for- 
tuna, puede salvar á Bergh .... Es evidente .... 
(Molestado por la fijeza con que lo mira Adelina) 
l Qué tienes ? ¿ Por qué me miras así ? 

ADELINA 

Hace un instante, en el hall, me habló de tí. . . . 
(Bajando la voz sombríamente) Eres su última espe- 
ranza. (Más bajo aún) Si se lo niegas. . . . 

LAZLÓ 

Es natural No puede presentarse un caso más 

terrible para un banquero .... Y en un caso así, se 
busca al amigo que tiene medios sobradlos. 

ADELINA 

. (Lentamente) Y si el amigo no puede ó se niega.... 



240 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LAZLÓ 

(Noblemente) Pero yo puedo. ... yo debo. . . . 

ADELINA 

( Insistiendo, como quien trata de sugerir un pensa- 
miento) ¿Y si el amigo se niega? 

LAZLÓ 

Es que yo no me niego . . . . ¡ qué diablos ! . . . . Algo 
más que eso debo á quien. . . . (Deteniéndose brusca- 
mente ante la mirada fija y dura de su amante, con 
pavor) : \ Adelina ! ¿ Tú ? 

ADELINA 

¡ Calla, Lazló ! 

LAZLÓ 

(Permanece en silencio un instante; ha compren- 
dido. Luego, sombrío, se aproxima á Adelina). Es.... 
es un hombre de honor .... No sobre viría á eso .... 

no podría no:, no podría ¿Comprendes? 

(Ambos se miran. Pausa. Suplicante): ¡Adelina! 
(Adelina va hasta la consola, dándole la espalda. 
Lazló guarda silencio un instante, luego se aproxima 

al sofá) Sí; es claro No habría otra resolución.... 

Escucha.... ven.... aproxímate.... (Adelina no 
le hace caso ) Contéstame claro .... Adelina .... si 
yo (Bajando la voz) sd yo no le facili- 
tara ese dinero (Cogiéndose al respaldo del 

sofá y echando el cuerpo hacia adelante para ha- 



YORICK 



241 



blarle más cerca, con voz sorda y rápida) ¿se ma- 
taría ? 

ADELINA 

(Volviéndose rápidamente) ¡Augusto! 

(Lazló se vuelve lentamente y desciende al pros- 
cenio, meditabundo. Adelina baja también y se 
apoya en el respaldo de una silla, los ojos fijos en el 
suelo. Pausa larga). 

LAZLÓ 

Adelina. . . . oye. . . . hace tiempo, ¿no es cierto? 
que no vienes allá . . . . ¿ Quieres, mañana ? 

ADELINA 

Ya lo sabes. ... no puedo 

LAZLÓ 

Hace tres meses que me dás siempre esa contes- 
tación. 

ADELINA 

¿Es culpa mía? Tengo miedo. 

LAZLÓ 

Es tonto, eso. . . . Bergh no sospecha 

ADELINA 

¿Qué sabes tú? 
16.— t. i. 



242 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



LAZLÓ 

¡Ah! (Lentamente va á sentarse en el sofá. AIM, 
con la cabeza cogida entre las manos, permanece 
abstraído. Luego murmura) ¡Es horrible! 

ADELINA 

(Se sienta á su lado; brevemente) Di, di, di lo 

que piensas. ¿No oyes? Di, habla ¿por qué 

tiemblas ? 

LAZLÓ 

¡ Es horrible ! 

ADELINA 

(Con voz sorda) Es el silencio. . . . Después. . . . 

LAZLÓ 

¡ Adelina ! 

ADELINA 

( Más bajo ) .... los dos .... lejos .... 

LAZLÓ 

( Irguiéndose ) \ Adelina ! 

ADELINA 

(Precipitadamente, en voz muy baja) Y sin em- 
bargo, le odias. 

LAZLÓ 

¡No, no, no! 



YORICK 



243 



ADELINA 

Le odias; tienes celos de él. 

LAZLÓ 

¡No, no, no! 

ADELINA 

Le odias, le odias.... ¿por qué lo niegas? Él tam- 
bién míe ama, á su modo; por eso le odias, le odias. 

LAZLÓ 

¡ Silencio ! 

ADELINA 

¿Vés? Tienes miedo. 

(Ambos están en pie, mirándose fijamente. Lazló 
baja la cabeza. Adelina sonríe levemente y va á pasar 
á la derecha, cuando un gesto de su amante la de- 
tiene). 

LAZLÓ 

(Mirando hacia el foro) Alguien viene 

ADELINA 

(Cogiéndole la mano) ¿Augusto? 

LAZLÓ 

¡Calla! 

ADELINA 

¿Tú le?.... 



244 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LAZLÓ 

i Calla! 

ADELINA 

¡ Lazló ! 

LAZLÓ 

(Con voz terrible y contenida) ¡Calla! 

ADELINA 

(Brevemente) Bien. (Lentamente, sin volverse, 
entra en sus habitaciones. Lazló, con un gesto vago, 
va á salir por la derecha en el instante en que entra 
Bergh por el foro). 

ESCENA XXI 
Lazló y Bergh 



bergh 

¡ Augusto ! 

LAZLÓ 

(Deteniéndose sobresaltado. Bergh desciende len- 
tamente) \ Ah! ¿eres tú? 

bergh 

Tenía que hablarte ¿ Qué tienes ? 



YORICK 



245 



LAZLÓ 

Perdóname, Edmundo. Estoy algo. ... en fin 

no será nada Voy á buscar á mi hija Clara. 

BESGH 

Un momento, ¿quieres? 

LAZLÓ 

Mañana mañana 

BERGH 

No puede ser oye. . . . escucha. . . . (Acercán- 
dose á su amigo y cogiéndole de un brazo, con voz 
ronca y precipitada) Lazló, estoy arruinado. ¿Pue- 
des salvarme? 

LAZLÓ 

¡ Bergh ! ¿ Qué has dicho ? 

BERGH 

(Sordamente) Necesito. . . . 

LAZLÓ 

Pero 

BERGH 

quinientos mil pesos .... ¿ Los tienes ? 

LAZLÓ 

Amigo mío. . . . 



246 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



BERGH 

¿Los tienesi? 

LAZLÓ 

(Oon voz quebrada) No. 

BERGH 

¡Ah! 

(Pausa horrible. Bergh mira fijamente á hazlo. 
Éste desvía la mirada. Entonces Edmundo que ha 
hecho ademán de hablarle nuevamente, sacude la ca- 
beza y se aleja hacia las habitaciones interiores'. 
Cuando hazlo alza la cabeza para hablarle, advierte 
recién entonces que se ha ido, y el espanto se clava 
en sus pupilas). 

LAZLÓ 

( Dejándose caer en una silla ) \ Le hemos muerto ! 



TELÓN 



ACTO SEGUNDO 



Salón de biblioteca en la casa de Lazló. A la derecha 
gran ventana de cristales, que da sobre la calle, con galería 
y cortinado. A continuación, hasta la pared del fondo, una 
biblioteca llena de libros. Sobre la pared del fondo, dos puer- 
tas con sus correspondientes colgaduras: la primera conduce al 
vestíbulo y á la calle; la segunda, al salón. Entre ambas puer- 
tas biblioteca con libros y legajos. A la izquierda, una puerta 
con portiére, que conduce á las habitaciones interiores. En- 
tre esta puerta y el foro, diversos adornos, trofeos de armas 
en la pared, una palma en el rincón. En el centro de la 
habitación, una mesa con libros, periódicos, bibelots y una 
lámpara. A la izquierda, primer plano, un canapé y una 
mesita redonda. A la derecha, primer término, otra mesa 
con tintero, reloj, papeles y una poltrona. Alfombra, araña. 
Todo de gusto rico y severo. 

ESCENA PRIMERA 
Isolina, luego Gabriela y la señora Cazin 

(holina estará quitando el polvo á los muebles y 
poniendo orden en la habitación. De pronto suena 
el timbre. Sale un instante, y vuelve en seguida á 
entrar con Gabriela y la señora Cazin). 

GABRIELA 

¿Con qué está de paseo nuestra querida Adelina? 



248 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ISOLINA 

Salió temprano; pero no ha de demorar. Si de- 
sean esperarla. . . . 

CAZIN 

¿ Qué dice usted, Gabriela ? Para tener que volver 
más tarde .... 

ISOLINA 

Si quieren ustedes tomar asiento 

GABRIELA 

(A Isolina) ¿Y Yorick? 

(Gabriela y la señora Cazin se sientan). 

ISOLINA 

Debe dormir aún. Se levanta siempre muy tarde. 
(Pausa) Si ustedes no tienen que mandar.... (Váse 
por la izquierda). 

ESCENA II 
Gabriela y señora Cazin 

CAZIN 

¿Aceptará las localidades para el beneficio de 

nuestra Congregación ? 

GABRIELA 

¿Por qué no? Ya no lleva luto. Hace cuatro años 
que el señor Bergh se suicidó .... 



YORICK 



249 



CAZIN 

Claro. No es cosa de amargarse toda la vida, 

v GABRIELA 

Amargarse es usted adorable, señora Cazin. 

¿Cree usted que aquí se lia llorado mucho al pobre 
señor Bergh? 

CAZIN 

Pero, querida Gabriela 

GABRIELA 

j Bah ! No soy yo una tonta de las que se engañan 
con confites, ¿no es eso? Pues bueno; le digo á usted 
que el dolor en esta casa fué pour la galerie; y que 
entre telones, don Augusto y Adelina se entendieron 
muy pronto .... Acuérdese usted. Al poco tiempo de 
la catástrofe, el señor Lazló se hizo cargo de todo. 
Tríajo á la viuda junto á Clara, y él fuese á isu 
quinta. ¿Bien combinado, verdad? Luego, en segui- 
dita no más, empaquetó á Yorick para Europa. . . „ 
A estudiar.... á estudiar.... Así queda todo el 
mundo más tranquilo .... 

CAZIN 

No obstante, lo ha hecho volver .... 

GABRIELA 

Ahora, después de cuatro años. . . . 

CAZIN 

Doña Adelina recordaba siempre á su hijo ; siem- 
pre anhelaba la vuelta de tsu Yorick. 



250 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



GABRIELA 

Yo no niego que quiera á Yorick. Lo adora, esta- 
mos de acuerdo. Tal vez lo adora hoy más que 
nunca, después que se fastidió de su amante. 

CAZIN 

Y bien ; eso le demuestra .... 

GABRIELA 

Eso me demuestra que Lazló fué el último en abu- 
rrirse de los dos. 

CAZIN 

El señor Lazló siempre es deferente y amable con 
Adelina. (Suena el timbre). 

GABRIELA 

En público. ¿Pero qué pasará en la intimidad? Si 
éstas paredes hablaran. . . . 

ESCENA III 
Dichos, Isolina, luego Adelina y Clara 

(Isolina cruza la biblioteca y va hacia la puerta 
de la calle). 

CAZIN 

Debe ser Adelina, No vaya á olvidar el encargo 
de Trelles. 



YORICK 



251 



GABRIELA 

Es verdad. Pero me parece que es tiempo perdido. 
Clara no quiere á ese pobrecillo. (Entran Adelina y 
Clara). 

ADELINA 

Cuanto bueno por aquí! (Saludos) ¿Hace mucho 
tiempo que esperaban? ¿Cómo está, señora Cazin? 

CAZIN 

Venimos á molestarla un segundo y alzamos el 
vuelto en seguida. 

ADELINA 

¿Molestar? ¡Quiere usted callarse! (Siguen 

hablando). 

GABRIELA 

(A Clara) ¿Puedo contar contigo, Clarita, para 
un pic-nic? Una reunión de amigos íntimos, nada 
más. Irán las de Torregrosa, las de Petitjean, las de 
Lairr&ya, las de Sotomayor. ... y en materia de jó- 
venes, todos amigos también .... Fuentes, Montes, 
Rocca, Reinoso. . . . 

CLARA 

¿Trelles? 

GABRIELA 



¡ Dios mío ! . . . . no sé. . . . Tal vez. . . 
que el señor Trelles invitará á tu papá . 
¿contamos contigo? 



sí ... . Creo 
. . Con que, 



252 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CLARA 

¿ Qué quieres que yo te conteste ? He de consultar 
á papá. . . . 

GABRIELA 

No digas eso, Clara. ... El señor Lazló accede á 
todo lo que su encantadora hija le pide. 

CLARA 

¿Lo crees así? 

GABRIELA 

¿Te niega algo, acaso? (Pausa) Ya lo vés.... 
De tí depende todo. ... A míenos, á menos que. . . . 

CLARA 

A veces, también, no tengo quien me acompañe. 
Adelina no siempre puede hacerlo .... 

GABRIELA 

¡ QuJita de ahí ! Es que de un tiempo á esta parte 
estás muy casera. Antes siempre salías, . antes se te 
encontraba, en todos lados con alguna amiguita. . . . 
Ahora. . . . 

CLARA 

Ahora,, como antes. Pero se presentan circunstan- 
cias á veces .... 

GABRIELA 

¿Y ai invitáramos á Yoriek? ¿Qué te parece? 



YORICK 



253 



CLARA 

Eres tú la que debe resolver el punto, no yo. 
Puedes invitarlo, si tienes ese cometido. 

GABRIELA 

¿Ni aún así vendrías? 

CLARA 

Gabriela, nio sé lo que quieres decirme. Si no 
tengo quien me acompañe á esa fiesta, es evidente 
que vaya ó no Yorick, yo no podré ir á ella. Pero 
todo eso no quita que Yorick deje de ser invitado. 
Oreo que de hacerlo, le proporcionarán una viva 
satisfacción. El pobrecillo, desde que ha llegado, está 
tan triste .... 

GABRIELA 

¿Qué me cuentas? Vuelve á ver á las personas 
que más ama en el mundo y está triste? Es muy 
raro. 

CLARA 

Es así. 

GABRIELA 

¿Y no conoces la causa de su pesar? 

CLARA 

No me ha hecho confidencia alguna. 

GABRIELA 

¿Acaso algún amor contrariado? 



254 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



CLARA 

No sé nada. 

GABRIELA 

¿Alguna enfermedad? 

CLARA 

No creo .... no sé. 

GABRIELA 

¿Algún disgusto con su familia? 

CLARA 

¿Disgusto? ¿A propósito de qué? 

GABRIELA 

No sé, es un decir. ¿ Don Augusto quiere mucho á 
Yorick ? 

CLARA 

Muchísimo. 

GABRIELA 

¿Y Yorick? ¿Estima al señor Lazló? 

CLARA 

Pero, Gabriela, pareces un juez de instrucción.... 

GABRIELA 

(Riendo) ¿Has visto? Soy intolerable. En fin, 
excúsame. 



YORICK 



255 



CLARA 

No tienes poir qué pedirme excusas. Fué una 
tonta observación niía. 

cazin 

(A Adelina) Querida amiga, muchas y muchas 
gracias; y hasta muy pronto.... Esta no es una 
visita (Saludos). 

GABRIELA 

Recuerdos á Yoirick. . . . Díganle que se deje ver 
un poco más á menudo. . . . Ha venido muy huraño. 

ADELINA 

Está aún algo fatigado del viaje. Excúsenle uste- 
des. (En el momento que van á salir entra hazlo). 

ESCENA IV 
Dichas y Lazló 

lazló 

j Qué agradable sorpresa ! 

GABRIELA 

Aunque tarde, llega usted á tiempo, señor Lazló. 
Tenía que pedirle á usted algo 



256 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LAZLÓ 

Concedido concedido 

GABRIELA 

Aguarde usted, un momento. Organizamos un pic- 
nic, ¡y deseábamos realzar la fiesta con la presencia 
d(e Clara 

LAZLÓ 

Entonces es á ella, mi querida señorita, á quien 
debe usted dirigirse .... 

GABRIELA 

El caso es que Clara no hace nada sin el consen- 
timiento de su papá 

CLARA 

Me parece 

GABRIELA 

Por otra parte, Trelles me había suplicado quisiera 
trasmitirle á usted su invitación. 

LAZLÓ 

Pero, cómo no, señorita Gabriela. . . . Con el mayor 
placer. ¿No es así, Clara? 

CLARA 

Como tu ordenes, papá. 

( Despídeme Gabriela y la señora Cazin y salen 
por el foro). 



YORICK 



257 



ESCENA V 
Adelina, Clara, Lazló 

lazló 

| Qué es ello, niña ? ¿ Te 'disgusta ese paseo ? 

CLARA 

¿Por qué negarte, papá, que no me causa gran 
alegría? (Adelina se quita el sombrero y toca el 
timbre). 

LAZLÓ 

¿ Acaso la presencia de Trelles ó de su hijo ? 

CLARA 

(Quitándose el sombrero) ¿Trelles? Me es perfec- 
tamente indiferente .... 

LAZLÓ 

¿Cómo es eso? (Entra Isolina). 

ESCENA VI 
Dichos, Isolina 

ADELINA 

(A Isolina) Lleva esto. (Isolina tómalos sombre- 
ros de Adelina y Clara). 



7.-T 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ISOLINA 

Está bien, señora. (Sale). 

ADELINA 

Si eso te contraría, querida mía. . . . 

LAZLÓ 

¿Cómo, contraría? Pero, señora Adelina, perdone 
usted, no veo bien en que una fiesta de tal naturaleza 
pueda contrariar á esta niña. . . 

ADELINA 

Usted sabe, don Augusto, que no siempre se tiene 
el espíritu para fiestas .... 

LAZLÓ 

Es verdad, querida amiga .... Pero, en este caso 
hay otra cosa, tal vez. . . . 

CLARA 

Te jurío, papá 

LAZLÓ 

Vaya, no jures, niña.... ven aquí; vamos, ven 
aquí. . . . Diríase que ya no quieres á tu papá. . . . 
Me tratas, así, con una brusquedad .... 



¡Oh! 



CLARA 



YORICK 



259 



LAZLÓ 

No protestes 

CLARA 

No jures. ... no protestes. ... No me dejas hacer 
nada, papá. 

LAZLÓ 

Eso, repréndeme ahora. . . . ¿Ha visto usted, se- 
ñora Adelina, como esta picaruela se me sube á las 
barbas ? ¡ Olaro ! Como tiene un papá que la idola- 
tra, que se mira en sus ojos, que la quiere mucho, 
y la mima, sin segundo, la muy bribona, abusa, 
y se enoja, y no le hace caso á su papá. 

CLARA 

Eso no, papá. 

LAZLÓ 

i Eso no ! ¿ Cómo, eso no ? ¿No me niegas todo lo 
que te pido ? 

CLARA 

Papá 

LAZLÓ 

Sí, señor; todo lo que te pido A ver, re- 
cuerda Hace ahora algún tiempo, cuando se me 

ocurrió que el hijo de Trelles podría ser. . . . 



260 



VÍCTOE PÉREZ PETIT 



CLARA 

¡Vaya una ocurrencia! 

LAZLÓ 

¿No es un disparate, por lo menos? ¿Por qué no 
sería un buen partido para tí, el joven Trelles? Es 
un chico de porvenir, inteligente, culto, muy amable, 
bastante bien parecido .... 

CLARA 

Cualquiera diría, papá, que estás enamorado del 
joven Rodolfo. 

LAZLÓ 

Eso es ; tómalo á chacota .... Y bien, no quisiste 
atender razones .... Y contra todo mi pesar, no lo 
Diego, contrariándome muy á lo vivo, te negastes á 
aceptar sus homenajes .... Ya vés tú si me niegas 
todo lo que te pido. 

ADELINA 

Hay que ser condescendiente, don Augusto, con 
nuestros hijos. .. . 

LAZLÓ 

¿Y no lo soy, mi querida señora? ¿En qué contra- 
río yo á esta chicuela caprichosa? Vea usted, ahora 
se ofrece un paseo .... 

CLARA 

Al que vá el joven Trelles. . . . 



YORICK 



261 



LAZLÓ 

Perfectamente. ¿ Quién puede impedirle que vaya ? 

CLARA 

¡ Oh, impedirle, no ! Al contrario, lo llevan á ti- 
rones. . . . 

LAZLÓ 

¡ Si puedes decir semejante cosa ! Trelles vá de mil 
amores, como que aún te quiere con toda su alma y 
espera encontrarte alguna vez menos esquiva . . . . 

CLARA 

Pero, yo no le quiero, no le quiero, no le quiero .... 

LAZLÓ 

Bien está. Ya he entendido. Esa frase no merece 
los honores del bis ... . Anda, vete .... Tengo que 
hablar con doña Adelina, si es que ella me lo per- 
mite .... 

ADELINA 

Con placer, don Augusto. 

LAZLÓ 

(A Clara) Anda, hija Ya hablaremos otra 

fez. (Váse Clara). 



262 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA VII 
Lazló y Adelina 

(Una pausa. Adelina lentamente va á sentarse á 
la derecha, junto á la mesa. Lazló que la ha obser- 
vado atentamente, sin desplegar los labios, desciende 
á su vez al proscenio, y cuando al fin Adelina se 
vuelve y sus miradas se encuentran, inicia el diá- 
logo secamente) . 

LAZLÓ 

Estoy mny desagradado, muy desagradado .... 

ADELINA 

( Sencillamente ) ¡ Ah ! 

LAZLÓ 

¿Te sorprende? 

ADELINA 

No. 

LAZLÓ 

Ya se vé. ¿ Cómo habían de sorprenderte los resul- 
tados de tu obra? 

ADELINA 

¿De mi obra, dices? 



YORICK 



263 



LAZLÓ 

De tu obra, repito. Haoe ya tiempo que vengo ob- 
servando tu juego. Yaliéndote del halago, de la insi- 
dia, de la compasión. . . . ¡ qué sé yo ! te has captado 
todas las simpatías de Clara y la has despegado de 
mí. (Pausa. Adelina juega tranquilamente con un 
libro que hay sobre la mesa). Sí; la has despegado 
de mí. Esa niña que antes era toda mi alegría, es 
ahora una indiferente. Esa criatura que antes se mi- 
raba en mí, que no hacía nada sin consultarme, que 
me quería ardientemente, que me respetaba, hoy 
se aleja de mí, me observa con desconfianza, me 
abandona: (Sordamente) es casi mi enemiga. Esa 
es tu obra ; eso has hecho tú ... . ( Adelina guarda 
obstinado silencio. Después de una pausa, Lazló ex- 
clama irritado): ¡Habla! ¡contesta! ¿qué dices? 

ADELINA 

( Fríamente ) ¿ Yo f Nada. ¿ Qué quieres que 

conteste á tales desatónos? (Se pone en pie y va á 
retirarse por la izquierda). 

LAZLÓ 

( Deteniéndola úon un gesto ) Ya se vé ... . Pre- 
fieres guardar silencio porque es más cómodo y más 
hiriente fingir desprecio que contestar noblemente 
á los cargos que .se nos dirigen .... Y así, con tu 
silencio y con tu desprecio, me vas aplastando, me 
vas aniquilando, me vas reduciendo á esta miserable 



264 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



cosa que soy ahora, — un montón de carne, que anda, 
que se mueve, pero sin vida, sin luz, sin pensamien- 
tos, sin una alegría, sin un afecto .... Has cumplido 
tu voluntad. . . . Siempre has hecho tu voluntad, 
siempre .... Yo no soy nada ; tú eres la dominadora, 
yo el -esclavo . . . . ¡ Claro ! . . . . me desprecias . . . . ¡ He 
sido tan vil ! Yo ya no tengo nada ; no soy nada : ni 
honor, ni vergüenza; ni valor para arrojarte á la 
calle, ni conciencia para separarme de tí. . . . 

ADELINA 

¿ Has concluido ? ¿ puedo retirarme ¿ó pre- 
fieres que me vaya de esta casa ? 

LAZLÓ 

(Yendo hacia ella y cogiéndola por un brazo) 
Pero, habla, di. ... ¿no comprendes que esto es into- 
lerable, no comprendes que yo no puedo más? No 
sabes que una misma mancha .... 

ADELINA 

( Con voz terrible ) \ Lazló ! 

LAZLÓ 

(Doblegándose como un perro castigado) No, no; 
no resucitemos el pasado .... Pero arreglemos nues- 
tras cosas presentes. . . . Que yo eepa> por lo menos, 
lo que tú te propones.... Mira, hablemos con 
calma. . . . (Adelina se sienta en el canapé, Lazló en 
una silla ) Nosotros podemos decirnos todo .... 



YORICK 



265 



ADELINA 

(Otra vez calma y fría) Habla. Di todo lo que 
gustes. 

LAZLÓ 

Yio quiero saber, yo tengo el derecho de saber qué 
fin persigues al separar á mi hija de Trelles. Yo 
quiero saber, por qué siempre que se trata ese punto 
le das la razón en contra mía. Yo quiero también 
saber lo que piensa mi hija ; — porque es ridículo, 
que yo, que soy su padre, no sepa lo que pasa en esa 
cabecita, y tú, que no eres nada . . . . ( Adelina sonríe ) 
no, no sonrías.... tú, no eres nada para ella, 
nada absolutamente ; es ridículo que tú lo sepas todo. 
¿ Qué quieres ? ¿ qué deseas ? ¿ No tienes bastante con 
una víctima? ¿No me tienes á mí? ¿Qué quieres 
con mi hija? 

ADELINA 

No quiero nada con tu hija; guárdatela. . . . Ella 
sola es la que decide y manda. ... El déspota eres 
tú, que pretendes imponerle un hombre que su cora- 
zón rechaza. ¿Crees tú que una mujer, por joven 
que sea, admite consejos de extraños en asuntos del 
corazón ? No, hijo, no ; á su corazón lo manda ella ; y 
ni tú, ni yo, nada podemos con él. ¿Entiendes? 

LAZLÓ 

Entiendo que eludes una respuesta franca. Tú sa- 
bes lo que Clara piensa, porque tal vez tú misma eres 



266 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



la que le has sugerido su modo de pensar ; pero Clara 
es mía, es mi criatura, es mi último consuelo, mi 
última esperanza, y no quiero que tú te mezcles á 
su existencia, no quiero que envenenes su porvenir. 

ADELINA 

(Poniéndose en pie) Bueno; basta, basta de inju- 
rias. Ya comprenderás que al cabo concluiré por 
fastidiarme. Hace tiempo que estas escenas vienen 
repitiéndose con harta frecuencia, y tocia paciencia 
tiene un límite. La mía también tiene uno. ¿Que no 
nos amamos? Eso es muy viejo, amigo mío, y no de- 
bería sorprenderte. ¿Qué estamos hartos el uno del 
otro? Yo no sé como estarás tú; pero yo, puedes 
creerlo sin que te lo jure, no puedo más. Has hecho 
lo imposible para tronchar mis ilusiones, y para lo- 
gran mi odio. ... me separaste de mi hijo. . . . 

LAZLÓ 

(Vivamente) Etn beneficio común. . . . 

ADELINA 

(Sardónicamente) ¡En beneficio común! (Con 
fuerza) ¡En beneficio tuyo! Querías tenerme para 
tí, para tí sólo ; y sobre todo, queirías tenerme tran- 
quilamente, sin molestias .... No te hagas el tonto : 
el muchacho te estorbaba. . . . Por eso te mostraste 
generoso, por eiso le enviaste á estudiar á Europa. . . . 
¿Qué me has dado tu fortuna? ¿Y para qué quiero 
yo tu fortuna ? Yo aún conservo algo de la mía .... 



YORICK 



267 



LAZLO 

Que yo te he salvado. 

ADELINA 

Mi marido no había tocado á ella : estaba salva. 
Tú la has administrado solamente, y si algo debo 
agradecerte, es que no me hayas robado .... 

lazló 

¡ Adelina ! 

ADELINA 

¿Y yo, en cambio, qué te he dado? Te he dado 
toda mi juventud, mi honor, mi tranquilidad ; te he 
sacrificado el cariño de mi hijo; todo, todo te lo he 
dado yo ... . Pero, cuando he deseado algo, no he 
encontrado en tí ni un amante, ni un amigo, ni si- 
quiera un aliadlo. ¿ Qué no he tenido que llorar y su- 
plicarte para lograr que volviera mi hijo? 

LAZLÓ 

Tú no me amabas ya ; yo sí, aún. Por eso no que- 
ría que volviera Yotrick. . . . Pero, deja todo eso; no 
nos hagamos más reproches ; no nos convenceremos 
jamás. . . . Ahora se trata de otra cosa. . . . 

ADELINA 

Ya; de tu hija. Temes que te la robe. Pues bien, 
es muy fácil la solución. Guárdatela. Llévatela ; ó 
no, mejor dicho, quédate aquí con ella, puesto que 
esta es tu casa ; yo me marcharé de aquí .... 



268 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LAZLÓ 

Perfectamente. Es lo más cuerdo. Aún sabré re- 
conquistar el cariño de Clara y quitarle esas ideas 
absurdas, esos propósitos infames con que la has .... 

ADELINA 

¿ Qué ideas, qué propósitos ? 

LAZLÓ 

Pero, ¿tú te imaginas que no he adivinado tu 
juego? ¿Crees que no veo que le estás metiendo por 
los ojos á tu hijo ? 

ADELINA 

¿A Yorick? 

LAZLÓ 

¡ Y eso es infame, es infame, es infame ! 

ADELINA 

¿Que yo? 

LAZLÓ 

Tú, sí ... . ¿No vés el efecto que te causa ? 

ADELINA 

Pero estás loco, estás loco. 

LAZLÓ 

(Hablando al mismo tiempo que Adelina) Es ho- 



YORICK 



269 



rrible eso que haces; es abominable; es mons- 
truoso. . . . Unir nuestros hijos después de io que 
hemos hecho .... 

ADELINA 

( Al mismo tiempo que Lazló) ¡ Cállate, cállate ! 
Eres un insensato ! ¡ No sabes, lo que dices ! Sólo en 
tu cerebro puede caber una sospecha tan absurda, 
tan absurda. 

LAZLÓ 

Absurda, sí ; como si yo no viera también el juego 
de Yorick. 

ADELINA 

Te prohibo que toques á mi hijo. . . . 

LAZLÓ 

Pero yo pondré orden en esto; yo tengo que po- 
ner orden en todo eso.... (Al concluir su frase, 
ábrese la puerta y entra Yorick por la izquierda, 
Lazló tiene un gesto de temor rapidísimo, pero luego, 
con brusca transición, esforzándose por reir, prosi- 
gue):.... y ahí tiene usted, mi querida señora, el 
final del cuento. (Haciendo que vé recién á Yorick) 
Buenos días, Yorick. 



270 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA VIII 
Adelina, Lazló y Yorick 

yorick 

( Que ha entrado lentamente, con gesto sombrío ) 
Creí oir una voz irritada .... 

LAZLÓ 

¿Irritada? ¡Ah, ya! Es que al contarle un caso á 
tu mamá, remedaba yo la voz de Petitjean, ¿sabes? 
Petitjean .... 

YORICK 

¡ Ah! (Taciturno é indiferente dá unos pasos por 
la habitación y se detiene frente á la biblioteca, ob- 
servando los libros). 

LAZLÓ 

Sí, Petitjean que ha tenido un grave disgusto con 
su esposa doña Carmen. . . . Ya vé usted, querida 
amiga, que será necesario espaciar las visitas. Usted 
tiene mucho tacto para ello. (Yorick desciende hacia 
el proscenio y acercándose á la mesa de la derecha, 
mira distraídamente un objeto cualquiera) Seme- 
jante relación ha dejado de convenirle á usted. ¿No 
te parece, Yorick? 

YORICK 

(Fríamente) ¿Qué ha pasado? 



YORICK 



271 



LAZLÓ 

Parece que Petitjean se ha enterado de las rela- 
ciones de doña Carmen con Montes, y. . . . 

YORICK 

(Sentándose en una poltrona, con calma): Segura- 
mente: una persona honesta no puede alternar con 
una mujer que tiene un amante. (Se absorbe en la 
contemplación de un cortapapel) . 

ADELINA 

( Aparte ) \ Dios mío ! 

LAZLÓ 

Con que, concluido mi cuento, la dejo á usted, 
señora. ¿Clara estará en su habitación? 

ADELINA 

Sí; vaya usted don Augusto. 

(Y ase Lazló). , 

ESCENA IX 
Adelina y Yorick 

ADELINA 



(Acercándose suavemente á su hijo) ¿Qué tienes, 
Yorick? ¿Estás triste? 



272 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



YORICK 

( Con un sobresalto) ¿Quién?.... ¿yo? No; no 
tengo nada .... ( Mirando á Adelina ) ¿ Es muy ve- 
hemente don Augusto ? 

ADELINA 

¿Vehemente? ¿Por qué? 

YORICK 

No, nada .... Oí sus voces .... 

ADELINA 

¡ Ah, sí! Me refería ese caso. . . . Imitaba el enojo 
de Petitjean. 

YORICK 

¡ Ah ! ( Pausa larga ) . 

ADELINA 

¿Pero, qué tienes, hijo mío? Háblame. ... Tú es- 
tás triste ; no eres mi Yorick de antes .... ¿ Por qué 
no te confías á mí? ¿No quieres ya á tu mamá? 

YORICK 

( Lentamente ) Te quiero sí, madre mía . . . . ¿ Qué ? 
¿lio dudas? 

ADELINA 

Es necesario que me digas. ... Yo quiero saber, 
Yorick, por qué .... 



YORICK 



273 



YORICK 

(Se vuelve y baja lentamente) ¿Qué quieres sa- 
ber, madre? 

ADELINA 

Yo quiero que me abras tu corazón, hijo mío .... 
Yo quiero que me confieses la pena que te embarga.... 
Ya lo vés ; esto no puede seguir así. Es necesario que 
yo sepa. . . . (Aproximándosele cariñosamente) ¿Tu 
mamá no tiene derecho á conocer la causa de tu tris- 
teza ? ¿ No merezco yo tu confianza ? 

YORICK 

No, no digas eso, madre .... Mira, sí, tienes ra- 
zón. . . . Vén, siéntate. (Van á sentarse en el canapé. 
Pansa. Mira alrededor con desconfianza. Adelina 
aguarda ansiosamente las palabras de su hijo. Des- 
pués de pronto, con acento brusco) Madre, amo á 
Clara. 

ADELINA 

( Con el espanto retratado en los ojos ) ¡ Yoriek ! 

YORICK 

¿ Qué ? ¿ qué tienes ? ¿ qué te asombra ? 

ADELINA 

(Turbada) No es decir sí No me es- 
peraba .... no sabía .... 

YORICK 

¿Por qué? ¿está mal eso? ¿No habías repa- 
rado? 

18. — t. i. 



274 



VÍCTOE PÉREZ PETIT 



ADELINA 

¿Y eillla. . . . ella te corresponde? 

YORICK 

Sí, ella también me ama. Hace mucho tiempo que 
nos hemos jurado amor. 

ADELINA 

Perto, Yorick . . . . ¡ Dios mío ! 

YORICK 

(Mirándola fijamente) ¿Qué hay? ¿qué tienes? 
Habla. ¿ Qué tienes ? ¿ Está mal hecho eso ? 

ADELINA 

No, no.... Peno.'... Me tomas de sorpresa.... 
No sé qué decirte .... 

YORICK 

¿ Te aflige que ame á Clara ? ¿ No es digna de mí ? 

ADELINA 

No, no, no ... . No es eso. 

YORICK 

Entonces.... (Recobrando su calma) Escucha, 
madre míia. Al volver á esta casa, después de cuatro 
años ele ausencia, todo el pasado ha revivido en mi 
corazón. Me he acordado de mi infancia!, de mis ale- 



YORICK 



275 



grías, de tus cuidados y cariños para conmigo, de mii 
padre.... (Se interrumpe y contempla á Adelina 
que tiene la vista baja) De mi pobre padre, que, 
aunque alejado siempre de mí por la fiebre de sus 
malditos negocios, yo adoraba con toda el alma. 
( Pausa. Sin dejar de mirarla ) ¿ Tú querías mucho á 
nú* padre? (Pausa). 

ADELINA 

¡ Oh, sí ! Mucho, mucho, Yorick ! 

YORICK 

Ya lo sé. ¿ Cómo no habías de quererlo tú que eres 
un ángel ? ¿ Cómo no había de querer al hombre más 
bueno, al hombre más leal, la más santa de las mu- 
jeres? Y ese hombre bueno, hizo, sin embargo, una 
cosa horrible. Abandonó un día á su compañera y á 
su hijo.... ¿Recuerdais, madre? (Lentamente, pre- 
cisando los detalles con una calma horrible) Era el 
día de tu cumpleaños 

ADELINA 

i Yorick ! ¡ Hijo mío ! . . . . 

yorick 

Era la madrugada .... Los invitados acababan de 
maircharse. ... tú te habías retirado á tus habitacio- 
nes .... yo me había quedado en el hall fumando, 
soñando. . . . cuando de pronto sentí voces y gritos.... 



276 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ADELINA 

¡ Hijo mío ! . . . . ¡ Biasta^ basta ! 

YORICK 

Padre estaba tendido en su escritorio, entre un 
charco de sangre, la cabeza. . . . 

ADELINA 

i Basta, Yorick ! 

(Ante el acento terrible de su madre, Yorick se 
detiene. Hay un prolongado silencio. Yorick que se 
ha exaltado con su propia narración, queda de pronto 
con la mirada fija en el suelo cual si contemplara 
aún la sangrienta escena. Después, vuelve en sí, y 
contempla durante un instante á Adelina. Al empe- 
zar nuevamente á hablar, su rostro se vuelve frío y 
su mirada dura). 

YORICK 

Ya vés, madre, porque estoy triste Todo, 

aquí, me 'recuerda á mi padre; en todas partes 'le 
veo .... ¿ Tú le has olvidado ? 

ADELINA 

( Deshecha, casi inconsciente ) No, no ... . 

YORICK 

Pero, oye ; díme .... Quisiera hacerte una pre- 
gunta (Pausa) Oye. . . . Madre, ¿me oyes? 



YORICK 



277 



ADELINA 

Sí, SÍ 

' YORICK 

Mírame. . . . Contéstame. ... Yo quisiera saber . . . . 
Dime, madre: ¿el señor Lazló no era muy amigo de 
mi padre? 

ADELINA 

(Irguiéñdosv espantada) ¿Por qué me pregan- 
tas es?o? 

YORICK 

(Después de una pausa terrible, durante la cuál 
contempla obstinadamente á Adelina) Responde.... 
¿no era su mejor amigo? 

ADELINA 

(Balbuciente) Era sí creo. . . . 

YORICK 

¿No era rico? ¿No tenía una gran fortuna? 

ADELINA 

Sí, sí, una gran fortuna. . . . 

YORICK 

¿Cómo es que mi padre no se dirigió á él? 

ADELINA 

(Poniéndose en pie, descompuesta) No sé yo 

no sé ¡Basta, por piedad! 



278 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



YORICK 

¿Qué hay? ¿qué tienes? ¿qué te pasa? 

ADELINA 

Nada, nada. ... Yo no sé nada. . . . ¿Cómo quie- 
res que te diga ? . . . . No sé nada, nada, nada .... 
Déjame, Yorick. . . . ¡Por piedad, déjame! 

YORICK 

( Contemplándola con sombría expectación, vi- 
brante de temor, deja transcurrir un tiempo; luego 
se le aproxima con voz sorda) ¿El señor Lazló no lo 
hubiera socorrido? ¿Lo que ha hecho por nosotros, 
no lo hubiera hecho por su amigo? 

(Adelina se desprende de su hijo y va á sentarse 
en la poltrona, apoyando los codos en la mesa y 
ocultando el rostro). 

YORICK 

( Otra vez con calma) En fin, ya vés. . . . Todo eso 
vive en mis recuerdos .... No puedo menos que estar 
triste .... Y he pensado también, que si tú me ayu- 
daras. . . . 

ADELINA 

( Anhelante ) ¿ Qué quieres decir ? 

YORICK 

Si tú me ayudaras podría lograr. . . . 



YORICK 



279 



ADELINA 

¿Qué pretendes, Yorick? 

YORICK 

Pedir al señor Lazló la mano de su hija. 

ADELINA 

(Poniéndose en pie) ¡No, Yorick, no! ¡No es po- 
sible ! 

YORICK 

(Con una calma espantosa) ¿Por qué, madre, no 
es posible? 

ADELINA 

( Desesperada ) Porque .... porque .... No, no ... . 
¡No es posible! 

YORICK 

(Con voz reconcentrada, cogiéndola de un brazo) 
¿Por qué no es posible, madre? 

(Se abre la puerta y entra Lazló). 

ESCENA X 
Yorick, Adelina y Lazló 

ADELINA 

¡Dios mío! ¡Dios mío! 

( Cae sentada, vencida y doblegada por el dolor y 



280 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



los sollozos. Yorick se vuelve hacia Lazló, domi- 
nándose). 

LAZLÓ 

¿Qué hay? ¿qué sucede? 

yorick 

Llega usted á tiempo, señor Lazló, para. . . . 

LAZLÓ 

¿Para qué, hijo mío? 

YORICK 

(Con sooresalto, dominándose) Para darme una 
respuesta que no quiere darme mi madre. 

LAZLÓ 

¿ Una respuesta ? . . . . pero .... la verdad .... no 
entiendo .... 

YORICK 

Va á entender usted .... Hace un momento le con- 
fesaba á mi madre que yo amo á su hija de usted. . . . 

LAZLÓ 

j Míe lo figuraba ! 

YORICK 

¡ Ah ! ¿Se lo figuraba usted ? 



YORICK 



281 



LAZLÓ 

Sí, lo sospechaba Tanto, que he hablado de 

ello con la señora Adelina. . . . 

YORICK 

Está bien. El caso es que al hacerle esta confiden- 
cia á mi madre, elki me ha replicado con una turba- 
ción que no me explico. . . . (Mirando fijamente á 
hazlo) ¿me entiende usted? con una turbación que 
aio me explico, me ha contestado que ese amor es im- 
posible. 

LAZLÓ 

¿ La señora ha dicho ? . . . . 

YORICK 

Que es imposible. Y bien; entonces yo le he pre- 
guntado el por qué ; le he preguntado por qué es im- 
posible. 

ADELINA 

Pero, Yorick. . . . hijo mío. . . , 

YORICK 

Un instante (Pausa) Voy á dirigir mi de- 
manda al propio señor Lazló* .... Si él se niega á 
concederme la mano de su hija, no podrá negarme 
la explicación que usted no me ha dado. 



282 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LAZLÓ 

( Que se ha recobrado de su sorpresa y afronta la 
situación) Perfectamente; podemos hablar. Pero, 
ante todo: ¿es necesaria la presencia de la señora 
Adelina en este instante? 

YORICK 

(Después de vacilar) Sí. . . . Mirándolo bien. . . . 
no, no es necesaria. 

LAZLÓ 

Entonces, mi buena señora; si fuera usted tan 
amable. . . . 

ADELINA 

Pero, yo quisiera .... 

YORICK 

Vaya usted, madre. 

ADELINA 

Oye, hijo 

LAZLÓ 

Yo también se lo ruego, señora 

ADELINA 

(Retirándose por la derecha) ¡Dios mío! ¡Dios 
mío! 



YORICK 



283 



ESCENA XI 
Yorick y Lazló 

(Pausa. Lazló indica un asiento á Yorick. Luego 
él también se sienta junto á la mesa de la izquierda). 

LAZLÓ 

De manera que .... 

YORICK 

Señor Lazló, amo á Clara; ella me corresponde. 
Deseamos unir nuestros destinos. ¿Vé usted algún 
inconveniente á este matrimonio? 

LAZLÓ 

Mi querido Yorick : Yo tengo una grande y sincera 
estima por tí. Te he conocido desde pequeño y te he 
visto crecer. Sé que hoy eres un joven formal, serio, 
inteligente, en fin, una persona que puede labrar la 
felicidad de una niña. Pero, aparte de los méritos 
y virtudes que adornan á una persona, hay circuns- 
tancias dle otro orden que nos obligan imperiosa- 
mente á oponernos á sus déselos. 

YORICK 

Quiere decir, si mal no entiendo, que usted se 
opone á nuestro casamiento. 



284 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LAZLÓ 

J listamente. Repito .... 

YORICK 

Está bien; dejemos los elogios á un lado. Usted, 
lo mismo que mi madre hace un instante, me mani- 
fiesta que mi enlace con 'Clara es imposible. Cuando 
solicité de mi madre una explicación, ¡se turbó sobre- 
manera y no pudio dármela. Usted, pues, tiene la 
obligación de presentarme una contestación categó- 
rica. 

LAZLÓ 

No me sorprende la actitud de la señora Adelina. 
Como te dije hace un instante, sospechaba de tu amor 
hacia mi hija, y tanto sospechaba que tuve una expli- 
cación con tu mamá algo penosa. 

YORICK 

Pues iai usted se ha franqueado con la madre, bien 
puede hacerlo con el hijo, que está directamente in- 
teresado. . . . 

LAZLÓ 

Ahí está, precisamente. Por ser tú el interesado, 
es más difícil explicarte el motivo .... 

YORICK 

(Cada vez más excitado) ¿Por qué más difícil? 
¿Puede usted tener más. . . . ¿cómo diré?. . . . más 



YORICK 



285 



confianza con una mujer que con un hombre ? ¿ Qué 
razón es esa que todos tenían decirme? ¿Es, pues, 
una razón inconfesable? 

LAZLÓ 

Cálmate, Yorick. Cree que es muy penosa para 
mí esta explicación ; cree .... 

yorick 

(Poniéndose en pie) Por penosa que sea, yo la 
exijo. Usted me la debe y tendrá que dármela de 
buen ó mal grado .... 

LAZLÓ 

Esa es una amenaza de la cual no tomo nota por- 
que considero tu. . . . 

YORICK 

Yo le digo á usted, señor Lazló, que tome ó no 
en cuenta mis palabras), usted me dará una acabada 
y categórica respuesta, piorque de lo contrario me 
autorizará usted á creer .... 

LAZLÓ 

¿A creer? Veamos. 

YORICK 

(Cada vez más nervioso) A creer lo que vengu 
sospechando, lo que poco á poco, con un dolor ho- 
rrible, he venido arrancándole á mi madre, palabra 
por palabra. . . . 



286 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LAZLO 

(Poniéndose á su vez en pie) ¿Qué sospechas? 
¿ Qué quieres decir ? 

YORICK 

(Violentamente) ¡Que es usted el amante de Ade- 
lina! 

LAZLÓ 

¡ Insultas á tu madre ! 

YORICK 

Antes la insultó usted al poner sus ojos en ella; 
al manchar á la que fué la mujer de su amigo. . . . 

LAZLÓ 

¡ Silencio, desgraciado ! 

YORICK 

No, no, no. ¡ No me callaré ! . . . . Ahora que lo sé 
todo, miserable .... 

LAZLÓ 

¿Se quiere usted callar? ¿Está usted loco? 

YORICK 

(Cada vez más descompuesto) ¿Loco? ¿Loco yo? 
¡ Ah, sí ; soy un loco ! Soy un loco porque he venido 
á turbar el idilio vergonzoso de dos seres que olvi- 
dando .... 



YORICK 



287 



LAZLÓ 

( Interrumpiéndole ) \ Basta ! No toleraré ni un mo- 
mento mác que usted me injurie é injurie al mismo 
tiempo á la santa mujer. . . . 

YORICK 

(Interrumpiéndole á su vez) ¿Usted no tolerará? 
Quisiera saber cómo. . . . 

LAZLÓ 

( Como vacilando, después de una ruda lucha con- 
sigo mismo) Y bien, sea. Ya que usted ha tenido la 
osadía de sospechar de su madre, yo no puedo ha- 
cerme cómplice suyo, guardando por más tiempo 
silencio. Le diré á usted., puesto que me obliga á 
ello, lo que le dije hoy mismo á su señora madre : 
yo no puedo darle la mano de mi hija al hijo de un 
hombre que ha hecho bancarrota. (Sale rápida- 
mente). 

YORICK 

¡ Ah! (Bajo el rudo mazazo de la afrenta, el joven 
vacila, y deshecho, avergonzado, hirviente la gar- 
ganta de sollozos, se deja caer en una silla completa- 
tamente vencido). 



TELÓN 



ACTO TERCERO 



La misma decoración del acto anterior 



ESCENA PRIMERA 

YORICK (solo) 

(Al levantarse el telón, Yorick estará sentado en 
la silla en que cayó deshecho y vencido al final del 
acto anterior. La cabeza entre las manos, inmóvil, si- 
lencioso, abstraído en horribles y encontradas refle- 
xiones, permanece así durante un largo rato aún. Por 
fin se yergue, y en la contracción de los músculos 
de su rostro y en la mirada de sus ojos profundos 
se vé el horrar y la desesperación. Entonces de sus 
labios apretados, se escapa una frase, sorda y agoni- 
zante) ¡Quebrado fraudulento I 

( Ahora está en pie. El extravío y confusión de sus 
ideas se traducen en sais movimientos desordenados. 
Inconscienie, va hacia la ventana de la derecha y la 
abre. Durante un instante queda contemplando la 
■¡¡ñarusa naturaleza, reverberante de luz y de perfu- 



2§0 



VÍCTOR PÉREZ PETIÍ 



mes. Luego, con un gesto vago, desciende al prosce- 
nio, junto al escritorio y queda pensativo. Pasándose 
la mano por la frente, parece querer ahuyentar los 
negros pensamientos que le embargan, y es en ese 
momento que sus miradas descubren en un cajón del 
escritorio, un revólver. Su mirada queda fija, hipno- 
tizada. Poco á poco, sin desviar los ojos, se acerca al 
escritorio y con una lenta sucesión de gestos coge el 
revólver. Durante algunos instantes aún contempla 
detenidamente el arma. Ábrese la puerta d,e la iz- 
quierda y aparece Adelina. . . .) 



ESCENA II 
Yorick y Adelina 

adllina 

(Entra sigilosamente. De pronto ve el arma en 
manos de su hijo y se precipita lanzando ún grito). 

¡ Yorick ! ¿ Qué vas á hacer, hijo mío ? 

YORICK 

( Volviéndose sorprendido ) Ah ! . . . . tú ! . . . . 
(Pausa. Deja el arma sobre el escritorio y pasa a la 
izquierda). 

ADELINA 

( Guardando rápidamente el revólver en el cajón 
y viniendo hacia el joven) ¡Hijo mío!. . . . ¿Qué in- 



YORICK 291 



tentas? Di. . . . ¿qué hacías?. . . . ¿por qué tenías esa 
arma en las manos ? . . . . Habla 

YORICK 

Nada, nada. . . . No hablemos de eso. ... no vale la 
pena. ... 

ADELINA 

¿Querías matarte, hijo mío? Habla, di?.... 

¿Tú no harás eso, verdad? Contesta ¿ver- 
dad que no harás esa cosa horrible?. . . . 

YORICK 

No ... . no ... . no ... . 

ADELINA 

Habla, hijo mío; dime, cuéntame ¿qué ha . 

pasado aquí?.... ¿qué te han dicho? ¡Habla 

en nombre del cielo ! . . . . 

YORICK 

¡ Que el hijo de un ladrón no podía unirse á la 
hija de un hombre honrado! 

ADELINA 

j Hijo mío ! ¡Ese hombre te ha dicho ? 

YORICK 

¿ No es la misma razón que te dió á tí cuando se 
oponía á otorgarme la mano de Clara ? . . . . 



292 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ADELINA 

¡Ahí..., 

YORICK 

Responde ¿no es la misma? 

ADELINA 

Es verdad 

YORICK 

¿Y tú, madre, has oído eso? ¿Tú has oído eso y 
no te has marchado de esta casa? ¿Tú no me has 
quitado, no me has arrancado de aquí cuando oíste 
tamaña afrenta en labios de ese hombre? 

ADELINA 

i Hijo mío ■!. . . . 

YORICK 

¿Por qué no lo has hecho? ¿Por qué no me has 
confesado la verdad? ¿Por qué me has obligado á 
recibir en el rostro esa vergüenza ? ¿ Por qué me has 
dejado dudar de tí?. . . . 

ADELINA 

(Dejándose caer en una silla y ocultando el rostro 
entre las manos ) \ Hijo mío ! . . . . 

YORICK 

(Yendo hacia ella) Porque yo he hecho eso, yo he 
hecho esa cosa horrible, yo he dudado de tí ... . Te 
he creído la amante de ese hombre, ¿lo oyes? 



YORICK 



293 



ADELINA 

¡Dios mío! ¡Dios mío! 

' YORICK 

H°, sido necesario que ese hombre me insultara 
para que yo volviera de mi error .... Sí ; porque si 
ese hombre hubiera sido tu. . . . tu. . . . si ese hombre 
hubiera sido lo que yo me imaginaba, no me hubiera 
arrojado tal afrenta al rostro .... 

ADELINA 

(Poniéndose en pie) ¡Ese hombre es un misera- 
ble!.... 

YORICK 

¿Por qué? Ha hecho justicia nada más. . . . 

ADELINA 

No .... no .... no ... . 

YORICK 

Te ha devuelto tu honor y me ha convencido de 
que era indigno de unirme á su hija. . . . 

ADELINA 

i Mentira ! ¡ Mentira ! 

YORICK 

¿ Qué ? ¿ Qué es lo qué es mentira ? 



294 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ADELINA 

(Reponiéndose ele su excitación) Eso, eso.... 
yorick 

¿Qué? Habla. 

ADELINA 

No, no, hijo mío.... No eres indigno, no.... 
¿ Qué culpa tienes tú de las faltas .... de las faltas 
de tu ... . de tu ... . 

yorick 

Las faltas de los padres siempre recaen en los 
hijos 

ADELINA 

( Galvanizada) \ Ah ! 

yorick 

Ya ves tú 

ADELINA 

(Con desesperación) No^ no; eso es horrible; eso 
es abominable.... No puede ser.... Déjame.... 
yo voy á arreglar esto .... 

YORICK 

Escucha. No tenemos más que una cosía que ha- 
cer. . . . Ese hombre nos ha recogido caritativamente, 



YOBICK 



295 



por compasión; nos ha sostenido, nos ha prestado 
su amparo .... Nada podemos inculparle .... Somos 
sus deudores. . . . 'Pero si nos ha tendido su mano 
en la desgracia, no tiene la obligación de unirnos á 
su familia .... Es justo. 

ADELINA 

j Pobre hijo mío ! 

YORICK 

Mirándolo bien, el ofendido es él. . . . Yo he abu- 
sado de su bondad, de su confianza .... 

ADELINA 

¡ Calla ! ¡ No digas eso ! 

YORICK 

¿ Por qué no ? Lia verdad debe decirse siempre. Un 
hombre puede conceder su hospitalidad, por una no- 
che, á un miserable desamparado, pero es muy justo 
que se indigne si ese miserable trata de robarle el 
cariño de su hija .... 

ADELINA 

i Basta ! ¡ Ni una palabra más ! Yo tomaré una re- 
solución (Entra Isolina). 



296 



VÍCTOR PÉREZ FETIT 



ESCENA III 
Dichos é Isolina 

ISOLINA 

Con permiso. Señora, está el señor escribano. Pre- 
gunta por él señor Lazló. ¿Lo hago pasar al salón ó 
aquí 

ADELINA 

Aquí, aquí. . . . Ven hijo mío. . . . Déjame á mí. . . . 
yo tomaré. . . . 

(Salen por la izquierda. Isolina por el foro). 

ESCENA IV 
Isolina (un momento), el Notario, luego Lazló 

isolina 

Sírvase usted pasar. . . . Voy á dar aviso al señor 
Lazló (Váse Isolina por la izquierda. El notario da 
algunos pasos por la habitación y luego se sienta. Por 
fin entra Lazló). 

NOTARIO 

Señor Lazló, usted excusará la molestia que le 
causo. Piero necesitaba un dato urgentísimo. Para 
firmar la escritura es necesaria la venia judicial. . . . 



YORICK 297 



LAZLÓ • 

Está obtenida. Dentro die media hora yo mismo se 
la llevaré á la oficina, 

NOTARIO 

Perfectamente. Quise tan sólo prevenirle para que 
á último momento. . . . 

LAZLÓ 

Muchas gracias. Dentro de media hora á lo sumo r ... 
notario 

Otra vez mál perdones, señor Lazló . . . . ¡ Ah ! ¿ Y 
el legado, en su testamento, á favor de Yorick ?...'. 

LAZLÓ 

De toda la porción disponible .... Como hemos ha- 
blado .... También firmaremos eso en seguida .... 

notario 

Señor Laz^tj. ... (Se despide y sale). 

( Cuando el notario se ha marchado, Lazló des- 
ciende al proscenio pensativo. Luego se dirige á su 
escritorio y toca el timbre. Pausa. La puerta se 
abre y entra Clara). 



298 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA V 
Lazló y Clara 

clara 

¿Has llamado, papá? La muchacha ha salido, 
ahora volverá. 

LAZLÓ 

Tengo que salir. . . . Oye, hija mía. . . . 

CLARA 

¿ Qué hay, papá ? 

LAZLÓ 

Esta tarde nos vamos para la estancia, tú y yo.... 
(Asombro de Clara) Por pocos días .... Prepárate, 
pues 

CLARA 

¿Y Adelina?.... (No atreviéndose á nombrar á 
Yorick, permanece cohibida). 

LAZLÓ 

La señara Adelina y Yorick se quedan aquí. 

CLARA 

¡Ah! (Pausa larga. Lazló revuelve unos papeles 
en el escritorio. Su hija se le aproxima tímidamente). 
¿Papá? 



YORICK 299 



LAZLÓ 

¿Qué ocurre? 

CLARA 

Entonces 

LAZLÓ 

¿ Entonces, qué ? 

CLARA 

Entonces ellos saben que .... 

LAZLÓ 

¿Que se quedan? No. Se lo he de comunicar á la 
señora Adelina. . . . 

clara 

¿ No considerarán un desaire ? . . . . 

LAZLÓ 

( Contempla á su hija un instante y luego la lleva 
hasta el canapé). Vén acá, hija mía. . . . Siéntate. . . . 

CLARA 

¡Jesús, papá! ¡Qué ceremonioso estás! 

LAZLÓ 

Hija mía; hoy he venido á explicarme la razón 
que tenías para desechar á Trelles. 

CLARA 

j Tú sabes la razón ? . . . , 



300 



VICTOR PÉREZ PETIT 



LAZLÓ 

Yorick me ha dicho .... 

CLARA 

(Con transporte) ¡Ah! ¿Yorick te ha hablado?. 

(Se interrumpe al ver la frialdad de su padre). 

LAZLÓ 

De que te quiere y de que tú le correspondes. . , 
¿Es cierto eso? 

CLARA 

(Bajando la vista) Sí, papá. . . . 

LAZLÓ 

Pues lo siento de veras .... 

CLARA 

i Cómo ! ¿ Te opondrías ? 

LAZLÓ 

Me opongo .... 

CLARA 

¿ Acaso Yorick no es bueno ? 

LAZLÓ 

Es bueno, es ... . 

CLARA 

Entonces es una broma. . . . 



YORICK 



301 



LAZLÓ 

No, hija mía,./. Te hablo seriamente. Te hablo 
también con pena. Me duele contrariarte; y tú bien 
sabes que por no hacerlo.... ( Clara inclina la cabeza 
sintiendo que las lágrimas se agolpan á sus ojos) 
¿Qué tienes? ¡Vamos, niña! ¿Lloras ahora? 

CLARA 

No, no ... . 

LAZLÓ 

Sí, sí ... . Te estoy haciendo daño .... Pero hay 
que hacerse una razón .... Hay circunstancias en la 
vida. . . . En fin, no puedo decirte. ... es muy de- 
licado. . . . pero tú debes considerar, hija mía, que 
cuando tu papá que te quiere tanto, no te concede 
esto. ... es. . . . vamos, es porque es imposible. . . . 
¿ Comprendes ? ( Clara solloza. Lazló la atrae ha- 
cia sí y le reclina la cabeza contra su pecho. Tierna- 
mente) Pobre querida mía.... Hay que tener un 
poco de ánimo .... La vida es así, amarga, cruel .... 
Tú eres joven ; tienes muchos años por delante .... 
El tiempo todo lo borra .... La misma bondad de tu 
alma cicatrizará tus heridas. Y entonces renacerás á 
la vida y encontrarás aún días felices. . . . 

CLARA 

(Separándose de su padre tristemente) No, no, 
no. . . . Para mí ha concluido la vida. . . . para mí 
concluyó la alegría. . . . ¿Cómo quieres que yo sea 



302 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



feliz si has muerto en un momento mi felicidad ¥ . . . . 
¡ Y eres til el que me has hecho ese daño, papá ! . . . . 
No, no te enojes .... Mira ; si tú supieras . . . . ¡ Todo 
lo que yo había isoñado ! . . . . Y ver, así, de pronto, 
perdida toda esperanza .... ¡ Ah, es horrible, es ho- 
rrible!. . . . (Por la puerta del foro que comunica al 
salón entra Yorick y se detiene al oír la voz de 
Clara). 

ESCENA VI 
Clara, Lazló y Yorick 

lazló 

¡ Hija mía ! ¡ Hija querida ! 

CLARA 

¡ No amar á Yorick ! . . . . ¡ Pero, es imposible, 
papá ! . . . . Ya vés ; tú mismo reconoces que es bueno, 
que es noble, que es generoso.... Tú vés que es digno 
de mi iamor . . . . ¿ Por qué no lo puedo querer, enton- 
ces ? . . . . ¿ Por qué me das esa gran pena ? ¿No 

tienes ya compasión de mí ? ... . ¿ Eres malo ? . . . . 
No, tú no eres malo. . . . Siempre me has mimado 
mucho ; siempre me has querido mucho .... ¿Te 
acuerdas cuando estuve enferma? Entonces me que- 
rías más que ahora .... Yo me acuerdo muy bien, 
sí ... . Era en la otra casa .... Una tarde, yo no sé, 
el médico te había dicho que yo estaba muy mala, 



YORICK 



303 



y no era cierto, porque en un momento en que te 
sentí andar á mi ' lado, abrí los ojos y te vi llo- 
rando.... ¿Te acuerdas?.... (Alza la cabeza y 
ve llorar á Lazló) ¡Papá! ¿Qué tienes? ¿lloras? 
(Lazló se pone bruscamente en pie y al volverse 
ve á Yorick que se adelanta silenciosamente) . 

LAZLÓ 

( Con voz grave) Yorick, amigo mío; usted encon- 
trará las palabras que yo no he encontrado para 
darle valor á esta niña. (Toma su sombrero y sale 
por el foro). 

ESCENA VII 
Clara y Yoktck 

(Yorick alanza silenciosamente) . 

CLARA 

i Cómo ? ¿ qué dice papá ? ¿ Tú te resignas á aban- 
donarme ? ¿ Tú apruebas su resolución ? 

YORICK 

( Tristemente ) Es necesario, Clara 

clara 

¡ Tú dices eso ! ¡ Tú, tú, tú ! 

YORICK 

Yo, sí, yo 



3Ó4 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CLARA 

Ya no me quieres, pues .... 

yorick 

Te quiero lo mismo que antes, y sufro en este ins- 
tante lo que tú sufres. . . . Pero no puede ser de 
otro modo. . . . 

CLARA 

(Desesperada ) Pero tú estás loco .... todos es- 
tán locos aquí. ... Yo no entiendo, yo no entiendo.... 

YORICK 

Sí, tienes razón, estoy loco. ... ó mejor dicho, he 
estado loco . ... Te he brindado mi amor, te he ro- 
bado tu alma, te he hecho concebir esperanzas sin 
meditar antes si era digno de tí ... . 

CLARA 

Pero, ¿qué dices? ¿qué quiere decir todo esto? 
yorick 

( Gravemente ) Clara, yo no puedo ofrecerte un 
nombre honrado. . . . 

CLARA 

(Sin comprender) ¿Tú no puedes?. . . . ¿cómo?.... 

¿qué has hecho? ¿Qué has hecho, Yorick? 

Dime, dime. . . . á ver. . . . ¿qué fea acción has co- 
metido? Yo -quiero saber tengo derecho 



YORICK 



305 



YORICK 

El nombre de mi padre .... 

CLARA 

¿ De tu padre ? ¿ qué tiene que ver ? ( Compren- 
diendo súbitamente, con un grito de asombro) ¡Ah! 
¡ era eso ! . . . . El nombre de. . . . ( Con frenética ale- 
gría, en un desbordamiento de palabras) Pero, en- 
tonces no es por tí. . . . no eres tú. . . . ¡es claro ! . . . . 
¡ pero si es claro ! . . . . Ya lo decía yo ... . no podía 

ser. ... Tu padre. ... es natural ¿Cómo ibas tú 

á cometer una mala acción ? Y entonces ¿ qué ? 

¿ qué ? . . . . ¡ Y era por eso ! . . . . De modo que por 
otro, tú ... . ¿ Y no lo has dicho á mi padre ? . . . . 
j Papá ! ¡ papá ! . . . . ¡ Jesús ! y yo que creía .... Pero 
si es claro ! . . . . ¡ es claro ! . . . . 

YORICK 

Escúchame, Clara, escú 

CLARA 

¡ Oh, mi Yorick ! ¡ Qué susto me has dado ! Y yo 
que creía, no sé, me figuraba unas cosas ! Pero ¿ qué 
me importa á mí tu padre ? ¿ Qué tiene que ver con 
nosotros? ¿Qué tienes que ver tú con él?. . . . ¿Y us- 
tedes han creído ? . . . . ¿ han creído que yo ? ¡ Qué 

tontería! Pero, de veras, que tontos son todos us- 
tedes 

YORICK 

Cálmate, alma mía, escúchame. ... . 

20. — T. I. 



306 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CLARA 

( Precipitadamente, nerviosa, como quien se resigna 
á oir una razón que sabe que no le va á convencer) 
Escucho. 

YORICK 

No somos nosotros solos. La sociedad. . . . 

CLARA 

(Estallando) ¡La sociedad! ¡Me río yo de la so- 
ciedad! ¿Qué me importa la sociedad? ¿Te importa 
á tí? 

YORICK 

Por ti, sí me importa .... 

CLARA 

(Gravemente) Tú no me quieres ya.... Dilo, 
confiésalo .... 

YORICK 

No digas eso 

CLARA 

¿Y entonces, entonces, entonces? ¿Qué tiene que 
meterse la sociedad en lo que no le importa ? Me im- 
porta á mí, á mí, á mí sola, y es ridículo, es absurdo 
que se pretenda hacerme desgraciada porque la 
sociedad se empeñe en decir que no debo quererte! 
¿ Por qué no puedo quererte ? ¿ Por qué no podemos 
unir nuestros destinos? ¿Por qué? ¿Porque tu papá 
hizo esto ó lo otro ? ¿ Y qué tenemos que ver nosotros 
con eso, vamos á ver? 



YORICK 



307 



YORICK 

Hay sanciones morales .... 

CLARA 

Estúpidas, ya lo sé ... . Los hombres malos y estú- 
pidos son los que suelen hacer esas leyes; por eso 
¡ así salen ellas ! ¡ Claro ! ¡ Leyes estúpidas y malas ! 
¡Pues está bueno! ¿Entonces el hijo d!e un loco, de 
un criminal, de un. . . . no sé qué, tiene que ser un 
desdichado forzosamente, * (1) y ser repudiado por 
la sociedad? ¿Y el hijo de un hombre honrado, de 
un hombre de talento, de un hombre trabajador, no 
puede ser un pillo, un ignorante, un holgazán? ¿No 
le valen de nada los méritos del padre ? ¿ Se hereda la 
afrenta, no se hereda el honor? ** Y m los hijos car- 
gan con las culpas de los padres, ¿por qué éstos no 
cargan con las de sus hijos? * ¡Están buenas tus 
leyes morales ! Más cuerdo me parecería que se cen- 
surará á un padre si el hijo resultara un granuja, 
porque eso tal vez dependiera de la educación que 
aquél le había dado. Pero ¿ qué tiene que ver un hijo 
con la conducta dé su padre ? ** Mira ; no hablemos 
más. . . . Me harías decir desatinos. ... ¡La sanción 
moral! La sanción moral la lleva cada uno en su 
conciencia; y el que la tenga limpia y tranquila, 
puede marchar sereno por la vida sin miedo que le 
salpiquen con bu lodo los tontos y los perversos. 

(*) En la representación se suprimen los trozos señala- 
dos entre uno y dos asteriscos.— ^ autor. 



308 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



YORICK 

Alma mía. . . . ¡ Qué bien me hacen tus palabras !.... 
¡ Qué dulce bálsamo derramas en mi corazón ! . . . . 
Pero tu padre 

CLARA 

¿ Otro pero ? . . . . ¡ Ah, Yorick ! No, no. No es ese 
el modo de cumplir la fe que me has jurado. . . . 
¿Qué podrá argüir mli padre ahora que conozco la 
causa de su oposición?. ... Yo te acepto por tí, por 
tí mismo, porque te quiero, porque no quiero sufrir, 
ni dudar más, porque nadie tiene el derecho de es- 
trujarme así el corazón. ... ¿ O es que tú no me quie- 
res ya?. . . . Recuerda lo que una vez me dijiste, lo 
que me dijiste aquélla noche que para tí debe ser 
inolvidable : 1 ' Siempre y á pesar de todo" A pe- 
sar de todo, ¿recuerdas? Eso dijiste.... Y desde 
entonces fué tuya mi alma, mi vida, mi porvenir .... 
Ese juramento enlazó nuestros destinos . . . . ¿ serías 
ahora perjuro?.... Contesta, contéstame mirándome 
á la earla 

yorick 

(Débilmente) Te amo, sí, siempre; como antes. . . . 
tal vez más que nunca .... 

CLARA 

¡ Ah, al fin encuentro á mi Yorick ! . . . . (Al ver. 
entrar á Adelina corre hacia ella) ¡Adelina!.... 
j Dios mío ! ¡Si supieras ! ¡ Qué momento he 



YORICK 



309 



pasado! Pero ahora soy feliz, soy feliz ¿Tú no 

sabes ? . . . . Amo á Yor ick y él también me ama .... 

(Contemplando el frío continente de Adelina) 
¿Cómo? ¿No te regocijas? 

ESCENA VIII 
Clara, Yorick, Adelina 

ADELINA 

Sí, querida mía, me rogoeijo. . . . Pero tú igno- 
ráis Yorick, ¿no le has dicho? 

YORICK 

Todo lo sabe, pero no ha querido entender .... 
clara 

¿ Qué podía importarme á mí eso ? Parecen ustedes 
tontos 

ADELINA 

Tu padre, sin embargo 

CLARA 

Mi padre pudo imponerme cuando no me expresó 
sus razones .... Yo entonces me figuraba .... no 

sé algo horrible .... Pero ahora que todo se ha 

explicado, dedlaro que convenceré á mi padre .... 
¿Yo soy la interesada, no es así? Bueno, pues yo 



310 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



digo que Yorick es digno de mí, y que nadie, nadie, 
ni aún mi propio padre tiene derecho á arrebatár- 
melo porque el de él. . . . 

ADELINA 

Escucha 

CLARA 

Nada, no escucho nada. . . . ¿Qué? ¿Acaso te opon- 
drías tú? ¿Qué tienen que decir tú y mi padre de 
esta unión? ¿El hijo de la mujer más santa y más 
buena. . . . (Adelina inclina la cabeza) ¿no puede ca- 
sarse con la hija de un hombre noble y generoso ? . . . . 
¡ Oh, madre mía ! . . . . déjame, ¿ quieres que te llame 
así? Escucha tu corazón. . . . escucha tu conciencia.... 
¿No encuentras divina, providencial, esta unión? 
¿No crees que desde allá, del cielo, mi madre, mi 
pobre madre muerta y tu esposo, (Adelina se yergue 
espantada) el pobre don Edmundo, sonríen y. . . . 

ADELINA 

(Con un grito sofocado) ¡Clara! ¡Calla! ¡no di- 
gas! 

YORICK 

(Asombrado, nervioso, asaltado otra vez por la 
duda, con voz r\onca) ¡Madre! ¿Qué quieres decir?.... 

ADELINA 

(Sofocada, conteniéndose) Sí, sí.... Pero, basta.... 
No podría. . . . Vé, vé á tu habitación. . . . Están tus 
amigos .... 



YORICK 



311 



YORICK 

Yo quiero saber. , . . 

ADELINA 

Vé, vé ... . Vine á decirte eso pr ecisamente .... 
Te aguardan Fabricio y Fuentes .... Llegaron hace 
un instante .... No les hagas esperar .... 

YORICK 

( Contempla á su madre obstinadamente; luego 
sale en silencio, volviéndose una vez más, hosco y hu- 
raño, al trasponer la puerta del salón). 

ESCENA IX 
Clara y Adelina 

clara 

¿ Qué es eso ? ¿ Qué hay ? 

ADELINA 

(Dejándose caer en una silla, agobiada) Nada, no 
es nada. ... no hay nada. . . . (Pausa). 

CLARA 

(Sin comprender, la mira cohibida). 

ADELINA 

Clara, ¿ quién ha abierto esa ventana ? 



312 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CLARA 

No sé ¿ Quieres que la cierre ? 

ADELINA 

Sí, házme ese favor. ... 

CLARA 

(Va á cerrar la ventana de la izquierda y queda un 
momento mirando hacia afuera) ¡Ah! (Saludando 
con la mano) ¡Adiós.... adiós!.... (Como si ha- 
blara con gestos con alguno que pasa fuera) ¿Qué? 
¿ No entiendo ? ¿ Yo ? 

ADELINA 

¿ Qué es eso ? 

CLARA 

(A Adelina) Gabriela y Corina que pasan. . . . (ha- 
ciendo telégrafos nuevamente ) ¿ Qué ? . . . . ¿ Yo ? . . . , 
¡ Qué torpe soy ! . . . . ¡ Ah, sí, sí ! . . . . Bueno .... 

ADELINA 

¿Qué dicen? 

CLARA 

No he entendido bien. . . . Creo que preguntaban 
por tí . . . . Les he dicho que estabas. . . . 

ADELINA 

Pero yo no quiero .... ahora .... 

CLARA 

Ya suben .... ya vienen .... ya están aquí .... 
(Entran Gabriela y Corina). 



YORICK 



313 



ESCENA X 
Adelina, Clara, Corina y Gabriela 

GABRIELA 

Aquí estoy otra vez .... No pueden ustedes que- 
jarse que no las visito . . . . ¿ Qué hacías picarona en 
la ventana? 

corina 

( A Adelina que se ha recompuesto vivamente ) Ex- 
cúseme, señora .... Yo no quería subir .... Es esta 
Gabriela. . . . 

CLARA 

¿Dónde iban ustedes? 

GABRIELA 

A casa de la de Torregrosa, aquí cerca. ... Se ha 
mudado, ¿sabían ustedes? El chalet de ahí arriba.... 
Parece que la vida es muy cara en la ciudad y cuando 
no se tiene una gran fortuna, ¿ no es cierto ? . . . . Di- 
cen que han suprimido la criada. ... Yo no sé, así 
me han dicho 

ADELINA 

Sí, creo que la pobre Isabel ha recibido un duro 
golpe. Su apoderado 



314 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



GABRIELA 

¡ Quiá ! Esas son historias. ... Si no tenía nadla la 
señora de Torregrosa . . . . Ya vé usted. Este invierno 
no asistió á fiesta ninguna por no tener ropa ade- 
cuada .... ¡ Pobrecilla ! . . . . Me dá una pena .... 
Dicen también que es ella la que hace ahora la cocina 
y que se pone guantes, para no estropearse las ma- 
nos .... Ha de ser mentira, seguramente .... 

ADELINA 

(A C orina) ¿Y usted, querida mía? ¿Cómo van 
esos amores con Sotomayor? 

CORINA 

Todo concluido . . . t ¿No sabía usted ? Era un ena- 
morado perdido Tenía cinco ó seis novias .... 

GABRIELA 

¿Ven ustedes? Así son todos los hombres. Es una 
tonta la que se fía de ellos. El mejor, no vale la suela 
de un zapato roto. 

CLARA 

Sin embargo, no todos .... 

GABRIELA 

¡ Ah, perdona!. ... No quise. . . . Ya sé, tú tienes 
también tu enamorado .... 

CLARA 

¿ Yo ? ¡ Quita de ahí ! 



YORICK 



315 



CORINA 

¿ Y Yorick ? Más Vale tarde .... 

ADELINA 

Bueno. Está con Fuentes y Fabricio. 

GABRIELA 

j Fabricio ! ¡ El divino Fabricio ! . . . . ¿A qué no co- 
nocen ustedes la última obra de arte del ínclito Fa- 
bricio ? . . . . ¡ Qué van á saber ! . . . . Ustedes no saben 
nada. . . . 

CLARA 

Pues entéranos .... 

GABRIELA 

¡ Ah, es digno de un almanaque ! El gobierno de- 
bería subvencionar la conversación á ese chico .... 

CORINA 

Al grano, al grano .... 

GABRIELA 

(A Adelina) ¿Vé usted? Después dicen que soy 
conversadora.... si me tiran la lengua! Bueno, pues, 
he aquí el caso .... Las otras noches había concierto 
en el Instituto Ver di. Ya saben ustedes, la lata pia- 
nística de Merceditas. . . . Un opio, hijas, un opio. 



316 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CLARA 

¿Y el cuento? 

GABRIELA 

¡ Ah, sí ! Fabricio estaba allí. ¿ Cómo no iba á eisitar 
en una fiesta gratis? Concluida la primera parte, y 
deseando dejar comprobado una vez más que no sólo 
sabe admirar música clásica, sino que es un joven so- 
ciable, se levanta, estira los puños de la camisa y lán- 
zase á saludar á sus relaciones. De pronto, topa con 
las de Peñaf lor .... Topa, es la palabra. — ¿ Cómo 
están ustedes ? — Bien, muchas gracias. — ¡ Qué linda 
está doña Concepción, esta noche! (Por lo visto 
acostumbra la señora á estar fea otras noches). — 
¿ Qué les ha parecido Merceditas ? — Ay, déjeme, 
divina, divina. — Si toca como un ángel ; no se le 
ven las manos. — ¿Y aquella fuga, qué me dice Fa- 
bricio de aquella fuga ? — ¿ Qué fuga ? — La de Bee- 
thoven — ¡ Ah, sí, creo que he oído hablar algo .... 

¿ fué con una criada, verdad ? — Concepción se 

pone tiesa, hace esfuerzos para no reir; entonces 
Fabricio remacha el clavo : — Parece mentira, un 
hombre de genio .... Porque tenía mucho genio .... 
Componía muy bien las escalas acrobáticas .... 
(Pansa) ¿Qué me dicen ustedes? 

CORINA 

Esas escalas se las has agregado tú. 



YORICK 



317 



GABRIELA 

Entonces no conoces á Fabricio. ¿ Sabes tú que 
siempre fuma habanos marca Murías? Bueno ¿pues 
sabes cómo llama á esos cigarros? Miuras, hija, Miu- 
ras, — como si fueran toros de la ganadería del Mar- 
qués. ¡Fumarse un Miura! Es el colmo de un fuma- 
dor ! . . . . 

CLARA 

¡A propósito, Gabriela! ¿Tú querías ver un catá- 
logo de joyería para buscar alguna petaca artística? 

GABRIELA 

Sí ; no sé qué regalarle á papá 

CLARA 

Vén á mi habitación .... De paso, te haré ver mi 
nuevo sombrero. 



CORINA 

Entonces también voy yo ... . 

ADELINA 

Pasen, pasen ustedes .... (En el instante que salen 
por la derecha Clara, Gabriela y Corina, entra Lazló 
de la calle por el foro ) . 



318 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA XI 
Adelina y LazlÓ; al final, Yorick 

(Lazló deja el sombrero y el bastón sobre una silla 
y dirigiéndose á la mesa del centro empieza á buscar 
linos papeles). 

LAZLÓ 

(Advirtiendo la presencia de Adelina) ¡ Ah! ¿Es- 
tabas ahí? 

ADELINA 

¿No tenías que ir á ver al escribano? 

LAZLÓ 

Iba para ¡allá, cuando advertí en el camino que ha- 
bía olvidado las escrituras. 

ADELINA 

¿ Entonces vuelves á salir ? 

LAZLÓ 

En seguida. 

ADELINA 

¿Tienes mucho apuro? ¿No puedes oir dos pala- 
bras ? 



YORICK 



319 



LAZLÓ 

(Encontrando las escrituras y guardándolas en el 
bolsillo) Eisto aquí. (A Adelina) Vamos, ¿de qué 
se trata? 

ADELINA 

Me he enterado de la conversación que has tenido 
hoy con Yorick y de la excusa que has buscado para 
negarle la mano de Clara. 

LAZLÓ 

Bueno, ¿y qué? 

ADELINA 

Que eso es infame, que eso es cobarde, que eso es 
bajo 

LAZLÓ 

¿ Hubieras preferido que se la negara confesándole 
la verdad, declarándole que juzgo criminal que el 
amante de su madre .... 

ADELINA 

(Interrumpiéndole decididamente) Sí, preferiría 
mil veces que mi hijo supiera la verdad; preferiría 
mil veces perder su respeto y su cariño á afrentarle, 
como lo has hecho, con un insulto soez, con un in- 
sulto cobarde 

LAZLÓ 

(Enojado) No creía que fueras capaz de tal sa- 
crificio .... 



320 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ADELINA 

¿O será porque tú has tenido miedo de compro- 
meterte ? 

lazló 

Ahora me 'insultas. No importa. Ya me voy acos- 
tumbrando á tus desplantes. ¿Qué quieres? Poco á 

poco me vas venciendo No está lejano el día en 

que yo sea un completo miserable 

ADELINA 

( Con ira) Ya. . . . (Se detiene). 

LAZLÓ 

Eso es. Dilo, no más. No te violentes. Ya lo soy, 
¿verdad? (Riendo con amargura) ¡Ah, sí, lo soy! 
Y no de ahora .... Soy un miserable desde el día en 
que te amé por vez primera ; desde el día en que, por 
hacerte mía, cometí .... 

ADELINA 

¡ Lazló ! . . . . 

LAZLÓ 

(Pasándose la mano por la frente) Sí; guarde- 
mos calma. (Pausa) El caso es éste: tu hijo, al oir 
que tú declarabas que su matrimonio con Clara era 
imposible, sintió acrecentarse las sospechas que ya 
tenía sobre lia índole de nuestras relaciones. * Por lo 
demás, desde que ha vuelto de Europa, no ha hecho 



YORICK 



321 



otra cosa que vigilarnos, que observarnos .... Era 
necesario, una vez por todas, tomar una seria deter- 
minación. ** Y entonces, con profundo dolor, te lo 
.aseguro, y solamente con ánimo de destruir su® sos- 
pechas y salvar tu honor amenazado, le dije .... 

ADELINA 

(Exasperada) ¡Dale con mi honor! ¿No es más 
bien por instinto de propia conservación? ¿Desde 
cuándo te cuidas tanto de mi honor ? 

LAZLÓ 

(Irritado) Eres una desagradecida 

ADELINA 

Y tú un insultador. . . . 

LAZLÓ 

Eres una desagradecida. Es otra virtud que te re- 
conozco y que agregaré á las muchas otras que te he 
descubierto en estos últimos años .... ( Adelina va 
á sentarse en una silla, volviéndole la espalda) ¡Ah! 
¡ cuan distinta eres en la realidad de aquella Ade- 
lina que yo soñaba ! Y sin embargo, siempre has sido 
así: hoy no me cabe duda. Mi imaginación, te enga- 
lanaba en aquellos días. Por lo demás, desempeñabas 
á las mil maravillas tu papel de víctima, tu rol de 
mujer maltratada, relegada al olvido, engañada, es- 
carnecida, por un esposo que no te comprendía .... 
(Adelina hace ademán algunas veces de interrum- 

21. -t. i. 



322 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



pirle) Muy bien hacías tu papel de desdichada. ¡Y 
era mentira! ¡era mentira! La víctima en aquel ho- 
gar, no eras tú ... . 

ADELINA 

Te prohibo 

LAZLÓ 

(Sin oiría) el que imponía su voluntad no 

era él. . . . Y así fuiste, también, siempre conmigo.... 
Hoy ya me injurias como á un ser abyecto y vil. Y yo, 
en cambio, ¿ qué he hecho ? ¿ qué hago ? — Preocuparme 
de tu suerte, cuidar de tu buen nombre y forjar una 
mentira infame — infame, lo reconozco — para que 
el hijo que adoras y que te considera como la más 
santa de días mujeres, no se avergüence de tí, no te 
rechace con odio, no te mire con desprecio. Eso he 
hecho yo. Ahora, dime que soy el culpable, el in- 
fame^ el .... 

ADELINA 

Sí, todo eso puedo decirte porque has arreglado 
el cuadro á tu placer, mintiendo. . . . 

LAZLÓ 

¡ Mintiendo, no ! 

ADELINA 

Déjame hablar ; yo te he oído sin interrumpirte.... 
Has mentido, sí, has mentido. Te has presentado 
como una víctima cuando la víctima he sido yo ... . 



YORICK 



323 



Sí, yo, yo ; sólo yo ... . ¿ Qué no has hecho tú para 
matar mis ilusiones í Cada deseo mío ocasionaba una 
negativa tuya. Disputaste por mis trajes, por mis re- 
laciones, por mis paseos. Despediste mis criados, y si 
toleraste á Isoliaa, bien sabe Dios por qué. . . . 

lazló 

Tú sospechas .... ¡ Eso faltaba, señor ! . . . . 

ADELINA 

Después, cuando quería volver á ver á mi hijo, 
empezaste á despedazarme e>l corazón. Te opusiste á 
su regreso. Me maltrataste .... 

LAZLÓ 

¡ Mientes ! 

ADELINA 

Me viste enfermar, indiferente; alegrándote, tal 
vez con la idea de un desenlace .... 

LAZLÓ 

¡Oh!.... 

ADELINA 

¿ Y á eso le llamas tú ser bueno, ser complaciente ? 
¿ Para eso se seduce á una mujer que hasta entonces 
había sido honrada; para eso se le hace olvidar sus 
deberes, agraviar á su esposo. . . . ? 



324 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LAZLÓ 

j Por lo que querías tú á tu marido ! . . . . 

ADELINA 

¿Y tú? ¿Tú querías mucho á tu amigo? Por eso 
sin eluda ahora infamas su memoria .... 

LAZLÓ 

Por salvarte 

ADELINA 

j Cobarde !, ¡ cobarde !, ¡ cobarde ! . . . . 

LAZLÓ 

j Adelina ! 

ADELINA 

Insultas su memoria delante de su hijo después de 
haberle asesinado 

LAZLÓ 

(Saltando como impelido por un resorte) ¿Qué 
has dicho? (Amenazador) Bepite eso, repítelo.... 

ADELINA 

Sí, sí ... . asesinado, asesinado .... 

LAZLÓ 

(Precipitándose sobre ella) ¡Miserable! ¿Quieres 
callarte ? 



YORICK 



325 



ADELINA 

No me callaré, no me callaré .... Suéltame .... 

( En este instante aparece Yorick en la puerta del 
salón. Al oir la disputa, detiénese asombrado. Y el 
rudo tuteo de los amantes, las injurias que se lanzan, 
el crimen que se enrostran, le dejan clavado de ho- 
rror junto á la puerta. Su rostro se contrae espanto- 
samente, y mientras con una mano, que parece un 
garfio, se afirma á la pared, con la otra parece querer 
detener la razón que huye de su cabeza). 

LAZLÓ 

¡ Vas á decir que has mentido ! 

ADELINA 

i Suéltame, te digo ! 

LAZLÓ 

Di que has mentido, di 

ADELINA 

¡No, no y no!.... Por ser mi amante, le 
asesinaste .... 

LAZLÓ 

Tú me obligaste á negarle el dinero . ... Tú sabías 
que se iba á matar 



326 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ADELINA 

¡ Asesino, asesino ! . . . . 

(Lazló hace ademán de golpearla y s>e detiene. En 
seguida, velozmente, para sustraerse á la tentación, 
coge su sombrero y sale disparado por la puerta que 
conduce á la calle, sin ver á Yorick. Entre tanto 
YoricJc, al oir la última frase de Adelina, entra 
vacilante como un ebrio, á la habitación. Y de 
pronto, bajo el rudo mazazo de la sangre que le gol- 
pea el cráneo, se desploma inerte, llevándose las ma- 
nos al cuello, mientras de su garganta se escapa un 
inmenso alarido de ira y desesperación. Al oir el grito 
de su hijo, Adelina se vuelve rápidamente y el es- 
panto la deja clavada en su sitfo. Luego, mientras 
baja el telón, se arroja enloquecida sobre el cuerpo 
de YoricJc). 



TELÓN 



ACTO CUARTO 



Saloncillo en casa de Lazló. A la izquierda, dos puertas, 
que comunican la primera con el escritorio de Lazló y la 
segunda con el corredor. Sobre el foro, otra puerta por la 
cual se vá á la calle. A la derecha, dos puertas más, la 
primera da acceso á la habitación de Clara y la segunda 
á las demás habitaciones de Adelina, Yorick, etc, Sobré la 
pared del foro, habrá una consola, plantas, pedestales con 
estatuas, vitrina con bibelots, sillas, etc. A la derecha un 
sofá, un sillón y sillas. A la izquierda, casi frente á la se- 
gunda puerta, un biombo. Del mismo lado, hacia el pros- 
cenio, una mesa con un reloj de sala, tarjetero, estatuillas, 
etc. y dos sillones. Sobre una de las sillas volantes que 
habrá en la pieza, una palangana con agua y vinagre. Una 
toalla en el respaldo de otra silla. Sobre uno de los sillo- 
nes, el sombrero de Corina; sobre la mesa el de Gabriela. 

ESCENA PRIMERA 
Yorick, Fuentes, Gabriela, Fabricio 

(Yorick estará sentado, muy abatido, mientras** 
Fabricio, en pie á su lado, le habla cariñosamente. 
Separados de éstos, en pie, Gabriela habla confiden- 
cialmente con Fuentes). 

fabricio 

¿Qué tal Yorick? ¿Cómo sigues? 



328 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



YORICK 

Bien, Fabricio, bien 

GABRIELA 

¿Y qué me dice usted de esto, Fuentes? 

FUENTES 

¿Qué quiere usted que le diga, Gabriela? Estoy 
aturdido. . . . 

GABRIELA 

Aquí ha sucedido algo gordo, amigo mío. No se 
desmaya uno así, sin otro motivo, por el gusto de 
darse contra el suelo. ¿Qué habrá sucedido? 

PUENTES 

Yo nada sé ... . Estábamos, Fabricio y yo, en su 
habitación hablando de la manera como anoche in- 
terpretó Sarah Bernhardt el "Hamlet", cuando Yo- 
rick, con motivo de una duda, dijo que iba á buscar 
el libro á la biblioteca .... Y ahí está .... No sé 
nada más. . . . 

GABRIELA 

Nosotras estábamos con Clara, cuando de pronto 
sentimos gritos. . . . 

FUENTES 

Pues ya estamos enterados .... 



YORICK 



329 



GABRIELA 

¿Lazló no estaba en casa? 

FUENTES 

Me figuro que no. Yo no le he visto. 

GABRIELA 

El diablo ha tirado de la manta, créame usted .... 
Yorick ha descubierto algo grave .... Y eso tenía 
que suceder, tarde ó temprano .... Cuando se anda 
en estos jueguitos .... j Pero qué cosas, hijo, qué 
cosas ! ¡ Y dar la casualidad de encontrarnos nos- 
otros aquí ! ¡ Tenemos una suerte ! ¡ Jesús ! ¿ qué 
digo? ¡Dios me perdone! 

YORICK 

(A Fabricio) No, si estoy bien No es nada; 

ya ves 

GABRIELA 

¿Cómo se siente usted, Yorick? 

yorick 

Bien, bien Muchas gracias 

GABRIELA 

Entonces con permiso. (Sale por la derecha). 



330 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA II 
Yorick, Fuentes y Fabricio 

FUENTES 

Tal vez te convenga descansar, Yorick? 

YORICK 

( Siempre con lentitud) ¿ Para qué ? No es- 
toy cansado (\Pausa ) ¿ Han visto ustedes .... 

que poca cosa soy? 

fabricio 
Pero, ¿cómo ha sido? 

YORICK 

(Meditabundo) ¿Cómo ha sido? (Pausa) No sé 

Iba á buscar el libro . . . . ( estremeciéndose ) entraba 
allí. . . . allí (recobrándose) y nada un va- 
hído 

FABRICIO 

Es el cigarro, no hay duda, es el cigarro. . . . Fu- 
mas mucho, y, naturalmente .... 

YORICK 

¿ Te parece ? . . . . Sí, es nervioso .... ¿ Quien no 
es un poco nervioso ? . . . . ¿Tú eres nervioso, Fa- 
bricio ? 



YORICK 



331 



FABRICIO 

¿ Yo ? No. Yo no me enveneno con nicotina .... 

Fumo habanos, habanos, nada más El cigarro 

es muy malo .... Trae transtornos nerviosos. ¿ Ver- 
dad, Fuentes? 

FUENTES 

Como tú quieres. 

FABRICIO 

¿Cómo, como yo quiera? ¿Te figuras que eso de- 
pende de mí? 

FUENTES 

Estamos molestando á Yordck 

YORICK 

No, al contrario .... Me hace bien .... me hace 
bien oírlos .... oirlos hablar .... ( Bajando la voz ) 
Así, no se piensa, no se 

FABRICIO 

Demora el médico .... 

yorick 

¿Qué hay?.... ¡Ah, es verdad!.... Entró ahí.... 
¿Hay algún enfermo? 

FUENTES 

No; Clara se ha asustado con tu accidente 

y es claro, está un poco nerviosilla 



332 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



YORICK 

¡ Ah ! . . . . creía Es ella ¡ pobrecita ! 

FUENTES 

¿No deseas algo? 

YORICK 

Nada, nada Hablen ustedes.... Me dis- 
traen .... De qué hablábamos .... 

FABRICIO 

Del cigarro. . . . 

YORICK 

No; antes, antes Allá, en mi habitación 

FABRICIO 

¡ Ah, sí ! de Hamlet .... 

FUENTES 

Mira, lo mejor es que descanses La conver- 
sación puede hacerte daño .... 

YORICK 

Pero, si no tengo .... no tengo nada .... Estoy 

bien ¿Qué decías tú Fabricio? ¿Qué Hamlet 

era un irresoluto? — ¿Qué el argumento es falso? 

FABRICIO 

Pues es claro ! . . . . 



YORICK 



333 



FUENTES 

El médico se va á enojar contigo, Yorick. 

YORICK 

Te he dicho que estoy bien.... (A Fabricio) 
¿Un irresoluto?.... No, Fabricio.... Hamlet no 
es eso ... . Es ... . es .... es la Duda .... ¿ Entien- 
des ? — La Duda ¡ qué horrible es la Duda ! No 

saber. ... no tener pruebas. . . . Buscar, buscar 
siempre, y siempre, siempre estrellarse contra un 
muro de sombras. . . . Tener en el alma una de- 
nuncia .... 

FABRICIO 

¡Bah! ¡Por unos fantasmas hacerse mala sangre! 

YORICK 

¿ Qué sabes tú ? . . . . Los fantasmas están dentro 
de nosotros mismos. . . . Nos asaltan, nos persi- 
guen .... Y entonces, entonces empezamos á pen- 
sar, á buscar, á observar .... Y nada .... Siempre la 
Duda .... ¡La Duda horrible que seca el corazón y 
• destruye el cerebro ! . . . . 

FUENTES 

Me parece que podían buscar otro tema más ale- 
gre 

FABRICIO 

Lo que tú quisieras es que habláramos de caba- 
llos... 



334 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



FUENTES 

De caballos podrías hablar tú mejor que nadie 

FABRICIO 

Podría, pero no quiero. ¿O te figuras que yo no 
entiendo de literatura ? Bueno, pero eso es en los pri- 
meros actos ¿Y cuando descubre Hamlet que su 

madre y su tío mataron al rey ? 

yorick 

( Con voz ronca, las manos crispadas en su asiento). 

¿ Cuándo descubre ? ¡ Ah ! cuándo descubre ! 

cuándo descubre ! . . . . Sabes tú lo que pasa en un 
corazón cuando. ... (Su acento se ha hecho terrible. 
Súbitamente se detiene, vuelve los ojos espantados en 
derredor, y por un instante guarda silencio. Luego 
haciendo un esfuerzo para sonreir). Tienes razón, 
Fuentes .... Hablemos de algo más alegre .... (Se 
sumerge en tristes reflexiones mientras sus amigos 
hablan). 

FABRICIO 

A mí Sarah Bernhardt no me hace feliz 

FUENTES 

Es el mejor elogio que puedes hacer de ella. 

FABRICIO 

¿ Un elogio ? Decir que no me gusta, es un elogio ? 

Tú andas mal de la cabeza, chico Hazte ver por 

un alienista .... (Se interrumpe al ver entrar al mé- 
dico con Adelina y Gabriela). 



YORICK 



335 



E'SCENA III 

Yorick, Fuentes, Fabricio, 
Adelina, Gabriela y El médico 

el MÉDICO 

Ya ven ustedes. ... No es nada. . . . Dentro de un 
instante estará como si tal cosa. . . . (Yendo á Yo- 
rick ) ¿ Y por aquí ? ¿ Qué tal vamos 1 ¡ Ah, ah ! . . . . 
Muy bien .... Muy bien .... Tampoco aquí tendre - 
mos mucho que hacer. . . . Más vale así. . . . (A Ade- 
lina) Señora. (Se despide y sale por el foro). 

ESCENA IV 
Dichos, menos El médico 

(Fuentes y Gabriela que estarán junto á Yorick 
se separarán de su lado citando Adelina vaya á darle 
la poción. Fabricio quedará á su lado). 

ADELINA 

¿Dónde puse la cuchara? ¡Ah, aquí está! 

FABRICIO 

Ya ves ; parece que vendes salud .... 



336 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



GABRIELA 

Así son los jóvenes : están muriéndose y de pronto 
se paran para bailar unas seguidillas .... 

FUENTES 

Y los viejos miran esa energía con envidia. . . . 

GABRIELA 

¿Por quién dice usted eso de los viejos?. . . . 

FUENTES 

Por los viejos, ¡toma! ¿Por quién he de decirlo? 
(Se ríe socarronamente mirando á Gabriela). 

ADELINA 

(Acercándose á Yorick con un frasquito y una 
cuchara). ¿Estás mejor Yorick? Vamos á ver como 
tomas esto .... 

yorick 

(Con espanto, repentinamente) . ¡Tú! tú! Ah!.. . . 

ADELINA 

¡ Hijo ! ¿ qué hay ? 

YORICK 

¡ Ah, no, no,, no ! ¡Tú no ! ¡ tú no ! Déjame 

véte .... véte .... 

GABRIELA 

(Acercándose). ¿Qué sucede? ¿No quiere la 

pócima? 



YORICK 



337 



ADELINA 

(Que ha retrocedido asustada), ¡Hijo! ¡Hijo! 
( Turbada se deja quitar el frasquito de las manos por 
Gabriela y queda inmóvil á la derecha). 

GABRIELA 

Déme usted á mí . . . . Yo se la daré á la fuerza. . . . 



YORICK 

( Que se ha serenado ) Es inútil .... No necesito 
remedios. . . . (Mirando á Adelina por sobre el hom- 
bro de Gabriela que se lia arrodillado ante él) re- 
medios para el cuerpo. ... (A Gabriela) ¿qué quiere 
usted que me haga esa droga?.... Es algún veneno.... 
(Mirando otra vez á su madre) ¿No será algún ve- 
neno, madre? (Adelina se estremece; le mira espan- 
tada y baja la cabeza) Por lo demás, estoy bien; me 
siento bien .... ¿El médico no lo ha dicho ? 

GABRIELA 

¿Entonces no quiere usted? (Va á dejar el fras- 
quito sobre la mesa). 

YORICK 

No ; gracias .... 

FUENTES 

¿No sería mejor que fueras á descansar á tu ha- 
bitación ? 



22.— T. I. 



338 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



YORICK 

Dices bien.... Voy (Mirando á Fabricio) 

j Qué Fabricio este ! ¿ Conque absurdo el argumento 
del Hamlet, eh? 

FABRICIO 

¿Qué quieres? Encuentro exagerado eso de que 
una esposa haya asesinado á su esposo 

YORICK 

¡ Óyelo, madre ! ¡ óyelo ! . . . . ¡ Qué inocencia tan di- 
vina, verdad ? (A Fabricio, en el cual se apoya para 
encaminarse á su habitación) Pues las hay, querido, 
las hay .... Di tú que nosotros no las conocemos, 
porque nuestras madres son unas santas; pero ahí, 
por el mundo, debe haber muchas .... muchas .... 
¡ Qué Fabricio este ! . . . . Pero, ¡ qué ocurrencias tie- 
ne!. .. . (Sale riendo, mientras sus miradas se cla- 
van tenazmente en [Adelina. Gabriela habla con Fuen- 
tes sin observar este cuadro. Cuando Yorick traspone 
la puerta, Fabricio se vuelve hacia Gabriela). 

ESCENA V 
Adelina, Gabriela, Fuentes y Fabricio 

ADELINA 

(Sintiendo que las fuerzas le abandonan; ate- 
rrada) ¡Dios mío! ¡Dios mío! 



YORICK 



339 



FUENTES 



(Acercándose á Adelina) Vamos, mi buena seño- 
ra Ya ve Usted que yo tenía razón No ha 

sido nada grave .... 



ADELINA 

Sí, sí. . . . Discúlpenme ustedes La emoción. . . . 

el disgusto. . . . Verlo caer así, sin sentido, delante, 
mío .... ustedes comprenderán .... 

GABRIELA 

¡ Por Dios, señora ! Somos nosotros los que tal vez 
molestamos .... 

ESCENA VI 
Dichos, Clara y Corina 



corina 

(Entrando con Clara) Aquí está nuestra enf er- 
mita (A Gabriela) ¿No te parece que es hora 

de retirarnos ? 

GABRIELA 

Sí, vamos. . . . (Gabriela y Corina van á ponerse 
los sombreros frente al espejo de la consola) Sin em- 
bargo, si en algo podemos ser útiles á usted, Ade- 
lina 

ADELINA 

Gracias, gracias 



340 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



FUENTES 

(A Fabricio) ¿Y nosotros, qué hacemos? 

FABRICIO 

Vamos, vamos (Se despiden y salen Fuentes 

y Fabricio. Entre tanto Corina y Gabriela saludan á 
Adelina que queda en el sofá y se dirigen hacia la 
puerta con Clara). 

CORINA 

Hasta muy pronto, señora y que no se aflija 
usted .... 

GABRIELA 

( A Clara ) Adiós, adiós. No te molestes .... Dile 
á tu papá que reprenda á Yorick. . . . Esos desma- 
yos están bien para las señoritas. (Salen Gabriela y 
Corina). 

ESCENA VII 
Adelina y Clara 

(Apenas han salido todos, Clara corre ansiosa- 
mente hacia Adelina y empieza á interrogarla). 

CLARA 

Pero, en fin, ¿qué ha sucedido? ¿Qué le ha pa- 
sado á Yorick? ¿Cómo ha sido? ¿Algún disgusto 
con papá? Contéstame, vamos, pronto 



YORICK 



341 



ADELINA 

No sé nada, no sé nada .... Entró de pronto .... 
yo estaba de espaldas .... lanzó un grito .... y no 
sé estaba .... allí tendido 

CLARA 

Pero, ¿por qué? ¿por qué? ¿Tiene que haber una 
causa? Eso no pasa así. . . . 

ADELINA 

El médico dice que es nervioso .... 

CLARA 

Nervioso .... nervioso .... Nunca ha sido nervioso 
Yorick .... Y después, eso es tonto .... Se necesita 
algo .... ¡ qué sé yo ! . . . . para .... (al entrar á 
Yorick). ¡ Ah ! . . . . ¡Al fin ! . . . . (Yorick entra silen- 
ciosamente, pensativo, sin reparar en las dos mu- 
jeres ) . 

ESCENA VIII 
Adelina, Clara y Yorick 

clara 

Díme. ... (se interrumpe al ver la mirada glacial 
del joven. Este avanza lentamente aun hasta llegar á 
la izquierda. Se detiene un momento para mirar á 
Adelina que está sentada en el sofá con los ojos cla- 
vados en el suelo). Pero, Yorick, ¿qué es ello?. . . . 



342 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



YORICK 

Nada ¿ No ha vuelto el señor Lazló ? ( Adelina 

se estremece). 

CLARA 

No, no ha vuelto. . . . (Acercándosele) Habla. . . . 
¿Cómo ha sido? ¿Por qué. ... (La mirada sombría 
del joven, hace enmudecer la pregunta en sus labios. 
Yorick desciende con calma, de manera de quedar 
á la misma altura de Adelina, y recién entonces con- 
testa con sencillez). 

YORICK 

¿No te lo ha dicho mi madre? 

CLARA 

Nada sé ; nada me ha dicho .... Y yo quiero sa- 
ber, tengo el derecho de saber. . . . 

yorick 

(Mirándola fijamente). ¡Ah, ¿tienes el derecho? 

CLARA 

(Turbada). No sé.... me parece.... creía.... 
¿No te amo? ¿no nos amamos? 

YORICK 

(Pasando á la derecha y sentándose en un sillón) 

He ahí á la mujer Yo quiero. ... yo debo 

tengo el derecho .... El instinto autoritario .... 



YORICK 



343 



CLARA 

¡Por piedad, Adelina!.... Mírale.... ¿Qué le 
pasa? 

YORICK 

(Poniéndose en pie) ¿Tú crees que estoy loco, 
Clara? 

CLARA 

¿Entonces por qué razonas de esa manera? ¿Por 
qué no contestas á lo que te pregunto ? ¿ No me amas 
tú ya? 

YORICK 

¿Para qué? ¿Para que me engañes un día, para 
que me hagas traición, para que arrastres mi nom- 
bre. . . . (Clara se arroja llorando hacia Adelina). 

ADELINA 

(Poniéndose en pie súbitamente) \ Silencio, Yorick ! 
¡ No tienes el derecho de injuriar á esta niña ! . . . . 

YORICK 

¿ Cómo, tú ? . . . . 

ADELINA 

Yo, sí ... . yo te digo que tú debes respetar á esta 
inocente que sufre y que te ama .... 

YORICK 

La vida me ha enseñado que la mujer más buena, 
la más santa .... 



344 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ADELINA 

(Con fuerza) Castiga á la que ha pecado; pero 
respeta á la inocente.... Mientras una mujer no 
atente á las leyes de la moral y de la justicia, merece 
todo el respeto de un hombre .... (Yorick se sienta 
en un sillón otra vez taciturno). 

CLARA 

(Suavemente) No lo reprendas así 

ADELINA 

(Dirigiéndose á Yorick en voz baja) ¡Pobre hijo 
mío ! No es tu fría razón la que te ha dictado esas 
palabras ; es el dolor, la amargura, la desesperación, 
quien desorienta tus ideas .... Tú eres bueno ; tú 
eres noble, tú eres justo .... j Yorick ! . . . . te lo 
ruego, pídele excusas á Clara, y. . . . (bajando la 
voz ) conmigo .... la única culpable .... haz lo que 
quieras .... 

YORICK 

(Se pone en pie, gravemente). Yo no puedo ser 
tu juez. . . . eres mi madre. . . . (Pausa larga. Luego, 
lentamente va hacia Clara que, llorosa, ha quedado 
en el sofá). Clara. . . . he estado loco. ... no sé lo 
que he dicho .... Perdóneme usted .... 

CLARA 

(Alzándose y tendiendo sus manos á Yorick) \ Oh, 
Yorick ! 

(Adelina se aleja silenciosa y sale por la derecha). 



YORICK 



345 



ESCENA IX 
Yorick y Clara 

yorick 

Y ahora Clara, déjame tú también.... Necesito 
estar solo. . . . 

CLARA 

Pero .... 

YORICK 

Después te diré .... Necesito tomar una determi- 
nación .... Véte .... véte .... 

CLARA 

Antes quiero .... 

yorick 

Más tarde, más tarde .... Mira ; ¿ no es hoy que 

te aguarda la señora de Torregrosa ? Pues ve 

allá .... ¿ Quieres ? 

CLARA- 

Te obedeceré, Yorick. . . . (Va á alejarse y se 
vuelve ) Di : ¿me amas, siempre, como antes ? . . . . 

YORICK 

Te amo, sí, con toda mi alma. . . . 

CLARA 

(Se dirige hacia la derecha. Antes de salir, se 
vuelve y dirige un saludo con la mano á Yorick). 



346 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA X 
Yorick, luego Lazló 

(Al quedar solo, Yorick, permanece pensativo. 
Luego, sin un gesto, se dirige hacia el sofá y se 
sienta. Allí se está durante largo rato profunda- 
mente abstraido. De pronto, alza la cabeza y mira 
en derredor. De su 'pecho se escapa un profundo 
suspiro. Después vuelve á quedar inmóvil y pen- 
sativo. Por la puerta del foro entra Lazló. Coloca 
en una silla su bastón y sombrero y siempre sin 
reparar en Yorick, llégase á la mesa y deja unos 
papeles que traía en la mano. Yorick advierte en- 
tonces su presencia y en su rostro y en sus manos 
crispadas sobre sus muslos, se advierte la impre- 
sión que la vista de Lazló le produce. Tjazló sigue 
observando los papeles sin reparar en el joven). 

yorick 

(Poniéndose en pie y avanzando hacia Lazló, con 
voz tranquila ) Señor Lazló ? . . . . 

LAZLÓ 

(Volviéndose de pronto) ¿Eh?. . . . ¡ Ah! ¿estabas 
ahí?.... 

YORICK 

¿Me permite usted un momento? 



YORICK 



347 



LAZLÓ 

¿Por qué no? ¿Tienes que hablarme? 

YORICK 

Sí. . . . 

LAZLÓ 

Ya te escucho 

YORICK 

(Resueltamente) Señor Lazló: hoy me ha dicho 
usted que no puedo aspirar á la mano de la hija de 
un hombre honrado. Sí, estoy convencido .... Debe 
ser muy duro para un padre entregar su hija .... 

LAZLÓ 

Permíteme, hijo mío, una palabra tan sólo. ¿Para 
qué remover estas dolorosas .... 

YORICK 

Porque es necesario que usted me conteste leal- 
mente á una pregunta que yo deseo hacerle. 

LAZLÓ 

Como tú quieras. Habla. 

YORICK 

Decíamos, pues, que un hombre honrado no puede 
entregar la mano de su hija á un joven cuyo ape- 
llido lleva una mácula. Perfectamente. Ahora, señor 



348 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Lazló, yo desearía saber si sucedería lo mismo en el 
caso de que el padre de la señorita no fuera un hom- 
bre honrado. 

LAZLÓ 

(Asombrado, sin entender aún acabadamente) 
¿ Cómo ? ¿ cómo es eso ? 

YORICK . 

(Con tranquilidad) Le pregunto á usted si un jo- 
ven, cuyo apellido tiene una mancha, puede aspirar 
á la mano de una niña,, cuyo padre no es un hombre 
honrado .... ( Gesto de Lazló ) En una palabra, si 
pueden unirse los hijos de dos pillos .... 

LAZLÓ 

(Disimulando su agitación) Pero, no compren- 
do... . No sé á que viene esto. . . . 

YORICK 

Va usted á comprender. ... Es muy fácil. Un buen 

hombre adoraba á su esposa y vivía feliz con ella 

Su única alegría en la existencia era volver por la 
tarde á su casa, después de haber trabajado todo el 
día, para encontrar un poco de afecto y de cariño 
en los brazos de su esposa .... ¡ Ah ! olvidaba decir 
á usted, y es muy importante, que ese excelente señor 
tenía un amigo íntimo .... en el que depositaba toda 
su confianza. Un día, ese amigo, cometió la vileza 
de seducir á la mujer. . . . 



YORICK 



349 



LAZLÓ 

(Cada vez más nervioso) Pero, me parece. . . . 

YORICK 

¿ Que es una canallada, no es cierto ? Pienso como 
usted .... 

LAZLÓ 

(Muy molestado) En resumen. . . . 

YORICK 

( Con fuerza, sin disimular ) En resumen .... Yo 
quisiera saber si ese hombre, después de haber co- 
metido tal villanía, tendría derecho de llamarse á sí 
mismo hombre honrado para negar la mano de su 
hija al propio hijo del hombre que había deshon- 
rado 

LAZLÓ 

(¡Poniéndose en pie, agitadísimo) ¡Eso es falso! 
I Es falso ! 

YORICK 

(Parándose también, duramente) ¿Qué cosa es 
falsa? 

LAZLÓ 

(Violentamente ) Es una infamia .... Es una ba- 
jeza . . . . ¿ Quién puede afirmar ? . . . . 

YORICK 

( Firmemente ) Yo. 



350 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LAZLÓ 

¿Tú? Pero tú estás loco Tú no sabes lo que 

dices 

YORICK 

¿ Le parece '? .... 

LAZLÓ 

(Sin oírle, tratando de aturdirle) Y yo no puedo 
consentir .... No, de ninguna manera .... Yo no 
puedo consentir que repitas. . . . 

YORICK 

(Mirándole á los ojos ) ¡ Ah ! ¿no consiente usted ? 

LAZLÓ 

(Con fuerza) No lo consentiré, no. . . . Antes que 
así me vejes, antes qué así me infames, no sólo á mí. 
sino á tu misma madre 

YORICK 

¿ Qué ? ¿ Qué hará usted ? 

LAZLÓ 

Te arrojaré por esa puerta, como se arroja á un 
desagradecido, como se arroja á un insolente 

YORICK 

¿Usted haría eso? ¿Usted pondría las manos en- 
cima del hijo de la mujer que ha seducido? 



YORICK 



351 



LAZLÓ 

(Gritando) ¡Calla, calla, desgraciado! 

YORICK 

¿Usted pondría las manos encima del hijo del 
amigo que ha traicionado ? . . . . 

LAZLÓ 

Pero, ¿te quieres callar? 

YORICK 

. . . . ¿ que ha deshonrado ? . . . . 

LAZLÓ 

¡Fuera de aquí! ¡fuera de aquí! 

YORICK 

. . . . ¡ que has asesinado ! ( Cuando Yorick pro- 
nuncia la frase "que has asesinado", Lazló lamza un 
¡ahí de terror y retrocede, enloquecido, ante el joven 
que sigue avanzando sobre el, demudado el rostro y 
escupiéndole sus palabras con odio reconcentrado), 
¡ Ah ! ¡ Confiesas, miserable, confiesas ! . . . . ¿ No te 
atreves á negarlo ? . . . . ¿Y para qué lo negarías si lo 
sé todo ? . . . . ¿ Acaso no sé que tu amigo Edmundo 
Bergh, mi padre, te pidió prestado el dinero que ne- 
cesitaba para salvar de la ruina y áe la vergüenza ? 
¿Acaso no sé que tú, Augusto Lazló, su mejor amigo, 
un hombre de inmensa fortuna, pudiendo salvarle, le 



352 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



negaste la suma que te pedía ? ¿ Acaso no sé, Augusto 
Lazló, que tú con tu amante, para gozar de la impu- 
nidad, para estar más tranquilos en las citas in- 
fame®, convinieron, discutieron y trataron, con la 
mayor sangre fría, la muerte de mi padre, condu- 
ciéndole al suicidio ? 

LAZLÓ 

(Derrumbándose en el sofá y ocultando el rostro 
entre las manos ) . Fué ella, fué ella .... 

YORICK 

¡ Silencio ! Un caballero no denuncia á la mujer 
que ha deshonrado, que ha enloquecido.... (Con 
rabia) Pero, ¿qué digo? ¿Un caballero? ¿un caba- 
llero, tú ? . . . . Un cobarde asesino, un vulgar ase- 
sino 

LAZLÓ 

Basta! basta! 

YORICK 

Ah! di ahora que vas á arrojarme á la calle; di 
que me niegas la mano de tu hija; di que soy el hijo 

de un fallido (Con ira creciente) ¡Y tú, tú, tú, 

Augusto Lazló, tú has tenido el valor de arrojarme 
ese lodo al rostro, .... tú, el ladrón de la honra de 
mi madre ; tú el asesino de mi padre ! . . . . (Yorich 
tiene, en este instante, el impulso de abalanzarse so- 
bre Lazló; pero éste le contiene con un gesto al po- 
nerse en pie resueltamente). 



YORICK 



353 



LAZLÓ 

( Con energía, brevemente y en frases secas ) Está 
bien. Tienes razón. Todo eso soy yo. Todo eso he he- 
cho yo. Ya veo que lo sabes todo. No sé como, ni me 
importa. Lo sabes;' debías saberlo más tarde ó más 
temprano. Era fatal. Por lo demás, yo ya no podía 
más .... Eso me pesaba demasiado, aquí en el cora- 
zón. . . . (Viendo sonreír sar cársticamente á Yorick) 
No, no te rías.... Tú no sabes que días horribles trans- 
curren cuando la conciencia despierta (1) *para recor- 
darnos nuestro crimen. . . . cuando á todas horas, en 
todo instante, hay alguien al lado que abre la llaga, 
y la hurga, y la revuelve con ensañamiento cruel .... 
¿ Qué sabes tú ? ¿ qué sabes lo que he sufrido, lo que 
he llorado ? ¿ qué sabes tú ? ¿ Qué puedes saber de mis 
insomnios, de mis inacabables noches de insomnio, 
perseguido * por el recuerdo maldito que se levanta 
aquí, aquí, como una abominación? ¡ Ah, no! ¡Basta! 
¡No puedo más! ¿Qué quieres de mí? Habla. ¿Qué 
quieres? ¿Mi vida? Tómala: es justo. Vida por 
vida. Es justo. (Se deja caer en el sofá). 

YORICK 

(Brevemente) Tú lo has dicho. (Larga pausa. Yo- 
rick permanece en pie sombrío, hazlo, volviendo de 
su postración tiene un gesto vago de inmenso descon- 
suelo. Los dos hombres se miran en silencio). 

(l) En la representación queda suprimido el trozo señalado 
entre uno y otro asterisco.— El autor. 

23.— T. I. 



354 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



YORICK 

(Extendiendo el trazo para indicar el escritorio de 
Lazló) Por tu propia mano, como mi padre. ... 

LAZLÓ 

(Con un sobresalto) ¿Cómo? ¿tú quieres?.... 

YORICK 

(Implacable) Como mi padre. . . . 

LAZLÓ 

(Vacilando) Es justo, es justo.... Pero.... 
bien .... No pretenderás que .... 

YORICK 

( Con crueldad) ¿ Tienes miedo ? 

LAZLÓ 

(Ir guiándose) ¿Miedo? (Sonriendo tristemente) 
¿ Crees que temo á la muerte ? ¿ No te he dicho* que 
cien veces he querido dejar esta vida miserable, este 
infierno de remordimientos y de martirios en que 
me agito . . . . ? 

YORICK 

(Interrumpiéndole) Entonces vé. . . . 

LAZLÓ 

Pero,, á todo condenado, hasta al más miserable, 
se le otorga un plazo .... 



YORICK 



355 



YORICK 

(Con ira) ¿Se lo diste tú á mi padre? (Breve- 
mente) Oye, Lazló: si antes de una hora no te has 
hecho justicia por tu mano, todo, todo lo revelaré á 
tu hija .... 

LAZLÓ 

(Con espanto) ¡No! ¡Ella no! ¡Que lo ignore 
siempre ! 

YORICK 

Y te mataré yo mismo, como á un perro ; y luego 
denunciaré tu infamia al mundo, arrastraré tu nom- 
bre .... 

LAZLÓ 

( Enérgicamente ) ¡ Basta ! 

YORICK 

(Extendiendo el brazo) Vé. . . . (Lazló sale por la 
primera puerta de la izquierda. Yorick cada vez más 
sombrío, se arroja en un sillón. Allí permanece abs- 
traído, silencioso, hasta que entra Clara cautelosa- 
mente por la derecha). 

ESCENA XI 
Yorick y Clara 

clara 

(Llegando despacio por detrás de Yorick) ¿To- 
davía ? 



356 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



YORICK 

(Trguiéndose espantado) ¡ Tú ! ¡ tú ! ¡ aquí ! 

CLARA 

¡Yo sí! ¿que te asombra? 

YORICK 

(Nerviosamente) ¿No habías ido á casa de la se- 
ñora de Torregrosia ? ¿ Qué haces aquí ? 

CLARA 

¿ Qué tienes ? ¿ qué hay de extraordinario ? Fui, es 
cierto; pero estaban allá Gabriela y Corina, y me 
volví. ¿Te pesa que haya vuelto? 

YORICK 

( Cada vez más agitado ) No, no, al contrario .... 
Pero ahora véte .... véte .... 

CLARA 

(Tristemente) ¿Me echas? ¿Por qué? 

YORICK 

No, no, no te echo .... pero, en fin ... . es pre- 
ciso. ... es necesario. . . . que te vayas. . . . pronto .... 
Ven por aquí. . . . 

CLARA 

¿Qué te pasa? ¿por qué esa turbación? 



YORICK 



357 



YORICK 

(Excitadísimo) Después te diré.... Ahora, vé- 
monos .... Vamonos los dos .... 

CLARA 

¿Por qué no podemos hablar aquí? ¡Yoriek! 
¡ Tengo miedo ! ( Br uscamente ) ¿ Dónde está papá ? 
Quiero verlo. . . . 

YORICK 

(Aterrado) ¿Verlo? ¿para qué? 

CLARA 

Para obtener su consentimiento. No nos negará 
eso. Mira, vamos los dos. Hay que concluir. . . . 

YORICK 

( Con un principio de extravio) ¿Los dos? ¿Verlo? 
¿ Dónde ? . . . . ¡ Ah no, no ! . . . . 

CLARA 

¿Cómo? ¿te niegas? (Dolor o sámente) ¡Yoriek! 
¡Me estás matando! 

YORICK 

(Exaltadísimo, incoherente ) ¡ Yo ! ¡Te estoy ma- 
tando ! . . . . ¡ Ah, sí ! Dices bien .... ¡Te estoy ma- 
tando! ¡Clara! ¡Mi Clara! ¡Pobrecilla! 

¿ qué culpa tiene ella ? Pero .... ¡ es horrible ! ¡ es 



358 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



horrible!.... ¡Ah, no, no puedo hacer eso!.... 
¡ Clara ! oye .... tu padre está allí .... llámale .... 
¿ comprendes ? . . . . Llámale ; díle que le llamo yo ... . 
que olvido todo .... Anda, ve pronto, corre .... que 
yo le llamo .... ¡ pronto ! . . . . ¿no has oído 
(Clara asustada sin comprender se dirige al escri- 
torio de Lazló, mas no ha dado dos pasos cuamdó 
suena dentro una detonación) . 

CLARA 

(Espantada, volviéndose hacia el joven que se ha 
erguido horrorizado, con una angustiada^ interroga^ 
ción ) ¿ Yorick ? . . . . 

(Ante la mirada terrible de Clara, Yorick se des- 
ploma sobre el sillón, junto á la mesa, cogiéndose 
desesperadamente la. cabeza, y entonces estalla en 
sollozos, mientras Clara, enloquecida, con un alarido 
de pavura se abalanza al escritorio de Lazló). 



FIN DE LA TRAGEDIA 



ALGUNOS JUICIOS 



OPINIONES DE LA PRENSA 

sobre «COBARDE» 



Cobarde. — Una apuesta fué el origen de la obra 
que acaba de estrenarse con éxito en el Pabellón Po- 
destá Scotti, bajo el atrayente título de ¡Cobarde! 
Su autor es un joven conocido y muy apreciable, 
Víctor Pérez Petit, que tiene una buena colección de 
cuentos realistas y una infinidad de estudios críticos 
sobre obras y autores nacionales y extranjero®. La 
apuesta debe conocerse, porque explica la rapidez 
con que fué escrito ¡Cobarde! Varios, amigos repro- 
chaban á su autor que se mostrase tan severo en sus 
juicios contra los dramas criollos, y uno de ellos, en 
el calor de la discusión, formuló, quizá sin pensarlo, 
esta pregunta: 

— ¿ Eres capaz tú de escribir un drama criollo ? 

— ¿ Te apuestas algo ? — dijo por toda contestación 
Pérez Petit. 

— Un almuerzo para todos, — respondió el amigo, 
y quedó aceptado el desafío. 

Be convino que el futuro dramaturgo podría dis- 
poner de una semana para realizar su empresa ; pero 
aquél no necesitó tantos días, porque al tercero anun- 
ciaba, con toda tranquilidad, como si se tratase de 
la mayor sencillez, que su drama estaba terminado 
y se leería cuando sus compañeros lo quisiesen. El 
asombro fué general. Se sabía que Pérez Petit era 
una especie de locomotora marchando á todo vapor 



362 



OPINIONES DE LA PRENSA 



cuando escribía, pero no se creyó nunca que hiciese 
semejante esfuerzo. Al leerse la obra, hubo quien 
dudó de su frescura, considerándola como fruto de 
un trabajo detenido y llevado á cabo antes de la 
apuesta. Esto no era cierto: los hechos lo demostra- 
ron de manera evidente. Se aplaudió con verdadero 
entusiasmo el drama, y el teatro criollo tuvo desde 
aquel instante un adepto más, y éste. ... un al- 
muerzo menos, puesto que todavía no ha cobrado 
el de la famosa apuesta. 

Algo se ha dicho ya de ¡Cobarde!, no mucho, pero 
sí bueno. Para losi entendidos en arte, su represen- 
tación ha sido un triunfo. Yo voy más allá: la con- 
sidero un verdadero éxito, aun cuando el público 
no entre por algunas escenas, que todavía no ha 
comprendido en toda su belleza. Esto no es de extra- 
ñar, sin embargo, porque hay que tener muy en 
cuenta que se trata de una obra realista, de un es- 
tudio psicológico, que no está al alcance de todas 
las inteligencias y mucho menos de la masa de gente 
que concurre al pabellón, sedienta de efectos falsos y 
de cuadros sangrientos y ridículos como los de Juan 
Mor eirá, los de Juan Cuello, ó los de cualquiera otra 
producción donde la pólvora y el acero suplen á 
cada momento la falta absoluta de talento del autor. 

He observado durante las dos representaciones de 
la obra de Pérez Petit, un hecho que confirma lo 
que antes digo ; los pasajes que más impresión pro- 
ducen en el público, son precisamente aquellos que 
encuentro yo más inferiores. Cuando el viejo Anas- 
tasio Gordillo mata de una puñalada á Gil Grajales, 
por haber éste ofendido á su hijo, resuena un aplauso 
nutrido, extemporáneo, que da una triste idea del 
gusto de los espectadores, y en cambio pasa en silen- 
cio, sin alterar un solo músculo de la muchedumbre, 
la escena anterior, una de las más resaltantes del 
drama todo, en que Pedro, el hijo de Grordillo, lucha 



SOBRE "COBARDE" 



363 



desesperadamente entre su honor ultrajado y la mu- 
jer que idolatra, aquella pobre muchacha que le su- 
plica de rodillas, ahogándose en sollozos, gracia para 
su padre, para el mismo que acaba de señalarle el 
rostro con el puño de su látigo. No existe una obra 
del género criollo que tenga una escena tan real, tan 
perfectamente hecha como esa. Ahí solamente hay 
un drama humano. 

Cuando Pedro, vencido por el amor, deja caer el 
puñal, se siente pasar á flor de piel, el lijero estre- 
mecimiento de la verdad, de que habla un crítico 
francés. Lo mismo sucede en el acto segundo, en 
aquel encuentro rápido del padre y del hijo, donde 
el primero rechaza con un gesto á quien no considera 
digno de él, y donde el último, confuso y abatido, 
siente asomársele al rostro toda su vergüenza y quiere 
justificarla con el juramento hecho á su amada de 
no tocar jamás al hombre que le dió la vida. Esto es 
sencillamente hermoso, sencillamente real. Sin em- 
bargo, no lo comprende así el público, que guarda 
con avaricia sus aplausos para el viejo que en su 
obsesión del honor llega á cometer un crimen y á 
cambiar su existencia tranquila por la agitada del 
matrero. 

Es todo un análisis el que Pérez Petit ha hecho 
de ese temperamento curioso; un análisis completo, 
encuadrado en las amplias reglas de la escuela rea- 
lista. Se vé al observador en todos los detalles, hasta 
en aquellos más insignificantes, que contribuyen á 
la mejor comprensión de los hechos que se desarro- 
llan lógicamente. Por esto me agrada ¡Cobarde! y 
por esto también creo que su aparición en escena 
constituye un verdadero éxito. No importa que no 
se hayan desencadenado tempestades de aplausos, ni 
que algunos borroneadores de cuartillas hayan dicho 
algunas tonterías; el triunfo estriba en que se escu- 
che la obra con atención, porque el talento se impone 



364 



OPINIONES DE LA PRENSA 



pronto y la justicia se haoe. Poco á poco, el mismo 
público, seducido por la verdad, se irá acostum- 
brando á las escenas sencillas, de un naturalismo en- 
cantador, que abundan en ¡Cobarde! y que son las 
únicas que agradarán forzosamente, por la vida que 
palpita en ellas. Se necesita únicamente que el es- 
fuerzo de Pérez Petit tenga imitadores y pronto ve- 
remos desaparecer toda esa comparsa de dramas hue- 
cos, que están condenados por sí solos á morir de 
fastidio. 

Alguien lia creído ver falsedad en el lenguaje que 
emplea Pérez Petit en su obra. Quien tal supone 
está en lamentable equivocación. Literariamente, la 
factura está muy por encima de la mayoría de los 
dramas criollos, y en cuanto á exactitud, no hay 
ninguno que se ciña más á la verdad. Todo cuanto 
dicen los personajes, es propio de nuestros paisanos, 
y esa misma palabra recomba (ya que la verdadera, 
muy española, sería imposible hacerla decir en la 
escena), que pone el autor en labios de Gil Grajales. 
es un detalle que prueba el empeño que aquél ha 
tenido en saturar su drama de realismo legítimo. Lo 
que hay es que se ha acostumbrado al público á una 
jerga que no es criollo ni cosa que se le parezca, y 
de ahí que cuando un escritor presenta tipos del 
campo, de carne y hueso, que hablan como allá se 
habla y no como se les antoja á ciertos autores, se 
produzca un asombro general y caigan críticas que 
no tienen consistencia alguna. 

Lo que sí reprocho yo á Pérez Petit, es el no haber 
escapado á la manía de hacer figurar un italiano en 
su drama. ¿Hasta cuando vivirá ese personaje gro- 
tesco, que tiene, á lo que parece, más importancia 
que los mismos protagonistas de las obras? Com- 
prendo que se eche mano de ese recurso, por demás 
gastado, cuando una obra no se sostiene por falta de 
solidez, pero no concibo que en producciones de ver- 



SOBRE "COBARDE" 



365 



dadero valar, se malgaste tiempo y se descompongan 
algunas situaciones, para dar cabida á una figura 
que sólo causa gracia al público grueso. ¡Cobarde! 
no perdería nada sin el novio de Natividad. Tam- 
bién podría censurarse el abuso de los cuadros, pues 
la unidad de la obra es perfecta y no es indispen- 
sable que á cada instante se cambien decoraciones; 
pero creo que esto no es culpa del autor, sino de los 
mismos artistas, que miran más al público que á los 
dramas que representan. (1) 

Estas minucias no son, empero, defectos de mayor 
cuantía. El drama vale mucho y el público lo ha 
aceptado. El mejor aplauso que puede tributarse á 
su autor es alentarle á seguir adelante, siempre ade- 
lante, que el camino que ha escogido es el que pro- 
porciona los verdaderos triunfos. 
Montevideo, 1894. 

Teógenes Aldegundis. 



Verificóse anoche, con buen éxito, en el Pabellón 
de la calle Queguay, el estreno del drama criollo en 
dos actos, titulado Cobarde!, original del señor Víc- 
tor Pérez Petit. El autor fué repetidamente llamado 
á la escena, al final de cada acto. El nuevo drama 
permanecerá muchos días en el cartel. 
Montevideo, 1894. 

(La Razón). 



(l) Cobarde, en efecto, se representó divididos sus actos en 
varios cuadros, por la razón que apunta el crítico; pero actual- 
mente se representa tal como fué escrito y aparece en el texto. 
Y decimos que actualmente aún se representa no sin legítima sa- 
tisfacción al recordar que esta obra fué escrita hace diez y siete 
años. 



366 



OPINIONES DE LA PRENSA 



Ante una concurrencia numerosa y distinguida 
estrenóse el sábado el drama criollo ¡Cobarde! de 
Víctor Pérez Petit. 

A la conclusión del primer acto, el público, entu- 
siasmado, reclamaba la presencia del autor en la 
escena, y éste, con una modestia digna del mayor 
elogio, hizo decir que no saldría hasta después de 
concluida la representación del drama. 

El segundo acto continuó en medio de prolongados 
aplausos, y al final volvió el público á pedir con in- 
sistencia la presencia del autor. Apareció éste, y los 
aplausos continuaron, teniendo que salir á la escena 
dos ó tres veces más. 

Pocas veces hemosi visto al público tan entusias- 
mado como en el estreno de ¡Cobarde! y estamos se- 
guros que por las novedades que introduce en el 
género de dramas criollos, ha gustado más, pero mu- 
cho más, que todos esos dramones tan aplaudidos 
hasta ahora y que se han representado cientos de 
veces. Por eso el drama criollo ¡Cobarde! aparecerá 
en los carteles durante una buena temporada. 

Felicitamos al señor Pérez Petit por el brillante 
éxito obtenido y le deseamos la conquista de muchos 
laureles en el nuevo género literario que ha aco- 
metido, para el que demuestra tan buenas disposi- 
ciones. ' 

Montevideo, 1894. 

(La España). 



La segunda parte del programa de anoche anun- 
ciaba el estreno de la nueva obra de Pérez Petit que 
lleva por título ¡Cobarde! Empezó su representación 
y al final de cada cuadro la concurrencia aplaudía 
frenéticamente. Estaba convencida del mérito de esta 
linda obra y los aplausos eran merecidos. Todos los 



SOBRE " COBARDE' 



367 



artistas estuvieron notables en los roles que desempe- 
ñaron, pero merecen nuestra felicitación los que ha- 
cían de padre de Natividad, de Anastasio Gordillo, 
del pueblero, de Pedro Grordillo y de Nativiad. 

Montevideo, 1894./ 

(El Nacional). 



El sábado se estrenó en el Pabellón de la calle 
Mercedes, el drama criollo original de Pérez Petit, 
¡Cobarde! 

Había ansiedad por conocer esta producción y 
los aficionados concurrieron en gran número al Pa- 
bellón Podestá-Scotti. 

¡Cobarde! obtuvo éxito. El primer acto fué muy 
aplaudido y agradó completamente, y el segundo 
coronó el triunfo del joven autor, que fué llamado 
á la escena repetidas veces, recibiendo una espontá- 
nea ovación. 

Como dijimos al anunciar este drama, ¡Cobarde! 
se aparta por completo de los demási que se vienen 
representando. No tiene efectos ni cuadros de relum- 
brón. Es una obra de estudio, un verdadero drama 
humano, donde entran en juego las pasiones y donde 
se analizan los caracteres. 

Para la mayoría del público, algunas! escenas, las 
mejores, han pasado inadvertidas, y esto se debe á 
la mala inclinación que aquél ha adquirido hacia 
las obras de efecto y de falseamiento de la lógica y 
del sentido común. 

Uno de los buenos méritos de ¡Cobarde! es que 
es esencialmente criolla. 

El lenguaje es genuinamente nacional y no tiene 
los añadidos que afean muchos dramas que repre- 
sentan los hermanos Podestá. En esto, como en la 



368 



OPINIONES DE LA PRENSA. 



elección del asunto, Pérez Petit ha sido serenísimo 
y no se ha apartado una línea de la verdad. 

Con muchas obras como ¡Cobarde! se echarían 
verdaderamente las bases del teatro nacional. 

Nos ocuparemos con más detención de este drama, 
que bien lo merece por su importancia. 
Montevideo, 1894. 

(La Tribuna Popular). 



¡Cobarde! no puede ser juzgado por el público de 
las gradas sino con varias audiciones. Es tiempo, por 
otra parte, de que se destierren de la escena esos dra- 
mones de trama más intrincada que tela de araña 
y en los que el compadrazgo y la inverosimilitud co- 
rren parejas. El teatro nacional necesita crearse 
aún; y Pérez Petit ha dado el primer paso. 

No queremos decir que el drama criollo destierre 
las escenas fuertes y dramáticas, á veces trágicas: 
no. No hay que confundir la comedia con el drama. 
A la primera pertenece los Guachitos, al segundo 
¡Cobarde! Tanto el drama criollo, como el de alta 
escuela, pueden retratarnos las escenas más apaci- 
bles como las más violentas: lo único que se exige 
es talento en el autor. 

Esto es lo que no le falta al señor Pérez Petit, 
quien en numerosos artículos de crítica, tan llenos 
de erudición como brillantes por su estilo, aparte de 
sus cuentos y novelas naturalistas, se ha revelado 
uno de nuestros primeros escritores nacionales. 

Unimos nuestro sincero aplauso al que hoy se tri- 
buta al joven literato por toda la prensa de la capital 
con motivo del brillante éxito de ¡Cobarde! 

Montevideo, 1894. 



(El Día). 



SOBRE "COBARDE" 



369 



Después de la "réprise". — Ya sabemos todos que 
el drama ¡Cobarde! es lo mejor que se conoce en su 
género, hasta la fecha. — Lo han dicho ya autorida- 
des literarias, con motivo de su aparición en la es- 
cena del mismo Pabellón Podestá-Scotti, allá en el 
año 1894. — También dan fe de ello, los aplausos 
del público en todas sus representaciones, desde su 
estreno hasta el presente. 

Su sabor local, nos hace vivir en plena campaña: 
nos empapa, por decirlo así, en el ambiente puro de 
nuestras cuchillas, nos presenta de relieve las gra- 
ciosas figuras de nuestras criollitas y nos dibuja con 
toda exactitud los tipos verdaderos del gaucho, con 
sus costumbres sencillas y originales, sus pasiones, 
su amor á la familia, su pundonor. 

Esto está perfectamente encarnado en todos los 
tipos y resalta á cada momento en los cuadros. 

Sobre todo, el autor ha logrado demostrar, con 
un tacto y exactitud singular, el alto concepto que 
tienen nuestros paisanos de su honra, prefiriendo 
la muerte antes que verla mancillada. 

(Refiere aquí el articulista el argumento de la 
obra, y á continuación agrega:) 

Este es el asunto del drama. — Puede haber algo 
más lógico y natural ? — Y así, toda la acción se 
desarrolla admirablemente, sin situaciones forzadas, 
ni efectismos. — ¡Cobarde!, pues, es un drama que 
nos hace sentir, que nos encanta por la sencillez, la 
naturalidad, lo verdadero que hay en él. — Todas 
sus escenas son reales y sus tipos acabados docu- 
mentos humanos. 

En cuanto á la interpretación, repetimos, ha sido 
notabilísima, y no podemos menos que aplaudir á 
artistas que con tanto talento interpretan á un 
autor. 

Montevideo, 1896. 

(La Prensa). 

24. -t. i. 



370 



OPINIONES DE LA PRENSA 



Después de la " réprise" . — No son los primeros 
aplausos ni los primeros triunfos que ha oído el 
autor de "Cobarde", los que anoche estallaban es- 
pontáneos y entusiastas en la sala de Cibils. 

El hermoso drama criollo del doctor Víctor Pérez 
Petit, uno de los mejor acabados del repertorio de 
dramas nacionales, recibió del numeroso público que 
asistió al elegante teatro de la calle Ituzaingó una 
ovación, — merecida en verdad, — y como pocas ve- 
ces se ha ofrecido á obras del género que con tanto 
talento abordó el inteligente literato y que con tanta 
corrección lanzó á la escena para enseñar que el 
alma de nuestros paisanos es pura, que está preñada 
de nobles sentimientos y rebosa de inmaculada gran- 
deza. 

El doctor Pérez Petit, con su "Cobarde", se re- 
veló un dramaturgo de poderoso talento y un maes- 
tro sin igual para presentar con tan sencillo argu- 
mento, un soberbio cuadro de nuestras costumbres 
campesinas, cuadro en el que no se nota, por más que 
se trate de .encontrar,, un defecto. Es una obra per- 
fecta; rarísimo ejemplo en el arte dramático. 

La compañía de los hermanos Podestá que actúa 
en Cibils y noche á noche recibe justicieros aplau- 
sos, llevando á este teatro un público inteligente en 
el que se notan distinguidas familias de la sociedad 
montevideana, ha puesto el drama del doctor Pérez 
Petit, irreprochablemente, siendo llamado el autor 
y artistas por repetidas veces á la escena. 
Montevideo, 1896. 

(La Tribuna Popular). 



OPINIONES DE LA PRENSA 



sobee * CLARO DE LUNA» 



Claro de Luna. — Del doctor Víctor Pérez Petit. — 
Esta obra del concurso del teatro Nacional ha sido 
recibida con grandes aplausos por el público. Es 
una comedia delicadísima, que trae á la memoria 
esos cuadros admirables que presentan los hermanos 
Quinteros y que dejan en el espíritu una sensación 
de arte puro que conquista francamente. El doctor 
Pérez Petit ha hecho con Claro de Lana su mejor 
trabajo teatral, á nuestro juicio, y de las obras que 
hasta ahora se han presentado al concurso organizado 
por el teatro Nacional, es la que ha dado mayor im- 
presión artística, dada su factura llena de sutilezas, 
su intensidad y la habilidad con que han sido pre- 
sentadas las escenas. 

Al asistir á la representación de Claro de Luna, 
no hemos podido evitar el recuerdo de La Pena, de 
los hermanos Quinteros. Porque si bien es cierto que 
las dos obras son diferentes y no suponen natural- 
mente igualdad de concepciones 1 , tienen un final que 
trae á la imaginación las niñas que tanto en La ¡Pena 
como en Claro de Luna consiguen, la una con la 
muerte, la otra con su inteligencia, atraer la paz 
de un hogar próximo á quebrarse en tristezas y 
llanto. 

Claro de Luna se desarrolla en una quinta en 
donde viven Andrés, su amante Juana y Lili, hija 
ésta última de ambos y que forma con sus candores 



372 



OPINIONES DE LA PRENSA 



de niña, el encanto de aquel hogar, cimentado en 
el cariño. 

Andrés ha prometido á la madre romper sus re- 
laciones con Juana y casarse con una niña que ama 
ó cree amar. Y llega una tarde al oscurecer á la 
quinta, acompañado de Enrique, un amigo, á quien 
ha confiado el sentimiento doloroso que le embarga 
y le quita la energía necesaria para romper aquel 
lazo que formara su dicha durante diez años : diez 
largos años de amor en compañía de esa mujer her- 
mosa y buena, sencilla y trabajadora que le había 
conquistado con su pasión ! 

Y mientras va oscureciendo sensiblemente, Andrés 
y Enrique, entablan una conversación en que se re- 
cuerdan las escenas felices ide la vida pasada. Trae 
á su memoria, Andrés, aquel momento en que co- 
noció á Juana, interpretando un trozo de Beethoven 
con una delicadeza que le trastornó : en ese momento, 
al sentir la poesía infinita del gran músico, le pa- 
reció que el alma de Beethoven se había fundido en 
la* de aquella adorable criatura de cabecita rubia 
que, inclinada sobre el teclado, sentía su ser poseído 
de dulzura ante las notas suaves que se desprendían 
bajo sus manos. Y Andrés recuerda todos los pasajes 
de su vida en comunidad con aquella adorable cria- 
tura que iba á abandonar. Ahora, es preciso. Había 
dado su palabra de romper con ella y lo haría, llo- 
rando, pero lo haría. Y mientras conversan los dos 
amigos — diálogo llevado con delicadeza é intensidad 
— se ilumina una pieza que da al jardín y cuyas vi- 
drieras permiten observar desde afuera lo que en ella 
pasa. Y aparece Juana y Lili, las cuales se entregan á 
los trasportes delicados del cariño; la madre con- 
versa con la hija y sobre aquellos dos seres parece 
flotar el poema delicado del amor que llena ese ho- 
gar feliz. Después, mientras Andrés y Enrique con- 
tinúan conversando, tristemente impresionados por 



SOBRE ' ' CLARO DE LUNA 7 ' 



373 



el cuadro, Lili toca en el piano el vals Quand 
l'amour meurt. Se siente la intensidad de la escena 
porque el autor ha estudiado la forma de impre- 
sionar honradamente, sin apartarse de la naturali- 
dad y es esa delicadeza la que hace triunfar la obra. 

L,ilí termina el vals y entonces Andrés se decide 
á abordar la situación. Penetra en la habitación, 
besa á Juana y después de estrechar amorosamente 
entre sus brazos á Lili la manda al jardín para que 
converse con Enrique. 

La chica tiene con el amigo de su padre una con- 
versación llena de encantos en que demuestra su 
precocidad é inteligencia. Y, mientras tanto, allá, en 
el fondo, se desarrolla una escena muda, cuya inten- 
sidad adivina el espectador, conquistado por la ex- 
quisita sencillez con que está pintada. No escucha 
las palabras de los amantes, pero ve sus gestos y 
lentamente va comprendiendo las gradaciones de ese 
diálogo, que arranca las lágrimas de los ojos de 
Juana. Y cuando ya el amante, decidido, parece cor- 
tar con un gesto doloroso las protestas de Juana, el 
espectador siente, sin poderlo evitar, una emoción 
poderosa que le estremece y le conquista. Cada uno 
adivina la escena de acuerdo con su temperamento, 
pero todos sienten, todos parecen vibrar ante la in- 
tensidad conmovedora del cuadro. 

Luego Lili, al observar por la vidriera que su 
madre llora desesperada, quiere ir á consolarla. En- 
rique la detiene. Pero ella tiene el remedio para cal- 
mar el llanto de su mamá. Nunca ha fallado. Y 
corre, va derecho al piano y delicadamente rompe 
con las primeras notas de la sonata de Beethoven: 
Claro de Lima. Los amantes, de espaldas al piano, 
se levantan estremecidos. Se miran luego intensa- 
mente y en aquellos segundos de angustia, rememo- 
ran en los acordes admirables del músico alemán, 
todo el poema de sus cariños. Y se lanzan uno hacia 



374 



OPINIONES DE LA PRENSA 



el otro para fundir sus destinos en un abrazo. 
Telón. 

Creemos sinceramente que el doctor Pérez Petit 
ha hecho una obra que figurará, dignamente en el 
concurso á que ha sido presentada. 

La interpretación de Claro de Luna estuvo acer- 
tada. Se distinguió el actor Guillermo Battaglia. 
Buenos Aires, 1906. 

(La Prensa). 



Claro de Luna. — Este que nosotros llamaríamos 
efecto poemático en un acto, habla muy en favor del 
gusto artístico del doctor Víctor Pérez Petit. 

Con una placidez quimérica, saturada acaso de 
un vago romanticismo que acaricia y seduce, desdí- 
zanse las escenas de Claro de Luna, conquistando 
desde el primer momento la disposición sensitiva de 
los espectadores. 

Hay gracia, hay estética, hay soltura, en la bonita 
y soñadora vaguedad de este poema del doctor Pérez 
Petit. 

A la caída del telón parécenos despertar de algo 
así como un encantamiento, durante el cual — breves 
instantes — el alma ardiente y florida de Beetho- 
ven, hecha mujer, nos cantara su amor al claro de 
luna de una noche primaveral y perfumada. 

(Narra en seguida el articulista el argumento de la 
obra y termina:) 

La obra fué saludada con nutridos aplausos. 

Battaglia acertadísimo. Encantadora la niña María 
Esther Podestá. Discreta la señora Cornaro. Muy 
bien el simpático Escarcela. 
Buenos Aires, 1900. 

(El Tiempo). 



SOBRE "CLARO DE LUNA ' 7 



375 



Nacional. — Anoche se estrenaron aquí las come- 
dias en un acto tituladas En la pendiente, de don 
Lorenzo Fernández Duque, y Claró de Luna, del 
doctor Víctor Pérez Petit. Ambas obras, cada una 
en su género, parecen desvirtuar la desconfianza 
que suscitan generalmente las improvisaciones. 

La comedia en un acto del doctor Víctor Pérez 
Petit desarrolla un argumento pasional. 

Andrés se enamoró de Juana oyéndole interpretar 
en el piano el Claro de luna de Beethoven. Viven 
juntos desde hace diez años. Fruto de esa unión es 
Lili, encantadoria chácuela que ha Heredado de la 
madre un fino talento musical. Andrés, Juana y 
Lili habitan un poético chalet apartado de la ciudad. 

Tras breves escenas, advertimos que Andrés se 
halla firmemente resuelto á separarse de Juana. El 
obstáculo de esa ruptura es Lili. Pero viene re- 
suelto : ama ó cree que ama á otra mujer con la cual 
va á casarse. 

Y mientras Andrés resuelve comunicárselo todo 
á Juana, ve á Lili dirigirse al piano. La contempla 
desde el jardín, á través, de los cristales. Luego se 
oyen las notas del valse Cuando el amor muere. Por 
fin Andrés se sobrepone á su emoción y entra en la 
sala. Hace que Lili vaya al jardín junto á Enrique. 

El espectador asiste á la escena de la ruptura sin 
oir el diálogo de los dos amantes. A través de los 
cristales se ven las siluetas de Juana y Andrés, mien- 
tras Lili asombra con sus gracias á Enrique. 

Cuando Juana cae desfalleciente en una butaca, 
Lili pregunta qué ocurre. En su inocencia, cree en- 
fadado á Andrés, y se dispone á quitarle el mal hu- 
mor. Ella conoce el remedio. Corre hacia la sala y 
se sienta al piano cautelosa. Sus manecillas van á 
resolver el destino de esos dos corazones. Llegan al 
público, suaves y como una caricia, las notas del 
Claro de luna de Beethoven. Los amantes se incor- 
poran, se miran ; y después de una vacilación fugaz, 
se abrazan. Y cae el telón. 



376 



OPINIONES DE LA PRENSA 



Hay en esta obra del doctor Víctor Pérez Petit 
una delicadeza poemática. La emoción artística se 
exterioriza poco á poco hasta apoderarse de los es- 
pectadores sin la menor brusquedad. Acaso resulta 
un poco diluidla la e&cena entre Enrique y Lili, 
mientras Andrés revela á Juana su determinación. 
Pero considerada en conjunto, sólo corresponden 
aplausos á Claro de luna. 

Anoche obtuvo un éxito muy significativo, y su 
autor fué llamado al proscenio insistentemente. 
Buenos Aires, 1906. 

(La Nación). 



El concurso dramático. — A pesar de las generales 
desconfianzas, el concurso dramático parece triunfar 
al punto de que pueda reputarse ya mismo, apenas 
presentadas en escena unas seis ú ocho obras, ase- 
gurado su éxito. Las de anoche le dieron las más 
lisonjeras perspectivas, ratificando en forma, acaso 
inesperada por lo plenamente grata, las esperan- 
záis concebidas. Hay desde luego, pues, con Claro 
de luna, del doctor Pérez Petit, y En la pendiente, 
del señor Fernández Duque, un núcleo ya muy pon- 
derable de producciones mucho más que discretas, 
cuya noble factura las hace sin desmerecimientos 
presentables en cualquier escena. 

Confesamos que no lo creíamos, siendo fácil per- 
cibir ahora los halagüeños efectos del buen estímulo 
cuando ésta opera en un ambiente regularmente pre- 
dispuesto como es el de nuestros círculos intelec- 
tuales, acaso más amplio, hondo y rico de lo que 
generalmente se estima. La adhesión á esta buena 
obra de intelectual edificación es un alto deber de 
genuino patriotismo. 

Claro de luna, del señor Pérez Petit, fué el gran 



SOBRE " CLARO DE LUNA" 



377 



triunfo de la noche, sin embargo de ser su obra de 
una factura casi simplista. Y anticipémonos á decir 
que fué triunfo de la mejor ley. Se trata de una 
pieza sin mayor trabazón, apenas articulada, casi 
monologal en su primera mitad larga ; un drama en 
dos escenas, nada más, porque habrá de convenirse 
que la inicial de matiz pintoresco es innecesaria así 
á la acción como al argumento. No obstante tocó y 
tocó hondamente. Es que, aparte de los prestigios 
emocionales del caso, genuina y delicadamente dra- 
mático ( quizás un poco reminiseenbe — lo que está 
lejos de todo motivo de crítica) — supo el autor con 
singular maestría provocar y sostener la expectativa 
y desenlazar con plena destreza, en un solo rasgo 
firme y hondo, el conflicto de las tres grandes pa- 
siones de su drama. A pesar de las deficiencias de 
pormenor que al hermoso conjunto diluye casi hasta 
el olvido, pensamos que Claro de luna es la pieza de 
más simpática é intensa impresión de todas las re- 
presentadas. 

La interpretación en general muy satisfactoria. La 
sala, en un lleno desbordante. 
Buenos Aires, 1906. 

(El Diario). 



Claro de luna. — Por primera vez vi anoche Claro 
de luna, comedia en un acto de Víctor Pérez Petit. 
Me produjo una impresión de encantadora poesía, 
la impresión que se r eco je en la lectura de un bello 
poema sentimental y sentido .... Hondamente sen- 
tido por el que lo escribiera. No es una obra para, 
todos los paladares: no provoca entusiasmos estre- 
pitosos; no posee efectismos de esos que se entran 
de rondón por los ojos y sacuden el ánimo de los 
espectadores .... Se desenvuelve con una apacible y 
dulce cadencia que ritma con los giros lentos y acá- 



378 



OPINIONES DE LA PRENSA 



rieiadores de aquel vals que se escucha en cierto 
instante del desarrollo como una voz preñada de 
recuerdos, de evocaciones y de reconvenciones. . . . 
Quand Vamour meurt!,... Es de una sencilla y 
conmovedora teatralidad. Una teatralidad dirigida 
á los resortes del enternecimiento, grata á la ternura 
íntima de las almas capaces de sangrar una lágrima 
ante el candor y la tristeza de los niños y la tortura 
de los corazones que el otoño deshoja. ... El amor 
reflorece al final de la comedia, y los destinos in- 
ciertos una hora vuelven á continuar unidos la tran- 
quila ventura de su marcha hacia el porvenir; pero 
el acontecimiento es también de los que arrancan 
lágrimas á los más sensibles, si bien esta vez son de 
alegría, una ingenua alegría toda hecha de inefable 
ternura .... Literario el diálogo, poético el am- 
biente, artísticas las situaciones, delicada la factura 
— la obra esparce un encanto suave como un per- 
fume. ... Es un encanto de ingenuidad y melan- 
colía que envuelve el espíritu en una onda de emo- 
ciones indecibles, sin agitarlo más que la sutil brisa 
de la tarde — esa que se diría el suspiro de los cre- 
púsculos — á los árboles silenciosos.... El crepús- 
culo pasa, y es un rayo de luna — la melodía de 
Beethoven agitando sus alas bajo unas diminutas 
manos infantiles — la varilla mágica que ha de ras- 
gar las sombras y disipar las nubes prontas á oscu- 
recer la estrella de un hogar. Esa melodía reanima 
dormidos sentimientos; y el abrazo de la reconci- 
liación vuelve á reintegrar la dicha en los corazo- 
nes, mientras conjura el peligro que se cierne un 
momento sobre la adorable cabecita de aquella cria- 
tura que invocando el alma de Beethoven realiza, 
sin saberlo, el milagro de la resurrección. . . . 
Montevideo, 1907. 



(El Día). 



OPINIONES DE LA PRENSA 



sobre «YORICK» 



Politeama. — El estreno de "Yorick". — Víctor 
Pérez Petit, el galano escritor de Yorick, tragedia 
de almas, que se estrenó anoche en el teatro Poli- 
teama por la compañía Cordero, puede estar con- 
tento de la -entusiasta acogida que le ha hecho nues- 
tro público. 

El argumento de la obra no es nuevo, pero el 
autor ha sabido con mano maestra, darnos cuatro 
actos, llenos de interés y de efectos escénicos, escritos 
con propiedad y conocimientos técnicos que nos re- 
velan en el doctor Pérez Petit al autor que conoce 
muy á fondo el teatro y que ha estudiado en su 
tragedia de almas los sentimientos y los caracteres 
de los personajes. He aquí el argumento de la obra : 

Edmundo, rico banquero, está casado con Adelina. 
De ese matrimonio ha nacido un hijo, Yorick. Ade- 
lina es la amante de un íntimo amigo de la casa, 
Augusto. Debido á negocios mal combinados, Ed- 
mundo pierde todo y se declara en quiebra. Augusto, 
que es rico, puede salvar á Edmundo prestándole 
dinero. Está por hacerlo, pero Adelina no quiere, 
haciéndole entrever la felicidad que le espera si 
Edmundo desaparece del escenario de la vida. Así 
sucede. Rechazado por su amigo, Edmundo prefiere 
la muerte á la vergüenza y se mata. 

La viuda y el hijo son acogidos en casa de Au- 
gusto. El mundo aplaude el acto generoso, pero no 



380 



OPINIONES DE LA PRENSA 



hay nada de tal generosidad: es el egoísmo del 
amante que desea cerca de sí á Adelina. Han pa- 
sado algunos años. Yorick vuelve de un viaje á Eu- 
ropa. En el corazón del joven ya ha empezado la 
duda. Sospecha que en la familia existe un drama 
secreto. Yorick ama, siendo correspondido, á la hija 
de Augusto, Clara, y la pide en matrimonio. El pa- 
dre se niega á esa unión, con el pretexto de que no 
puede dar su hija al hijo de un fallido fraudulento. 
El pretexto no satisface á Yorick, que al fin descu- 
bre la verdad y obliga al amante de su madre á 
matarse. Es la pena del talión. 

Esta es, á grandes rasgos, la trama de la nueva 
obra de Pérez Petit. 

Yorick es un trabajo que impresiona, que llega 
al alma y hace latir las fibras más sensibles del co- 
razón humano. Escrito con sencillez y galanura por 
quien conoce al dedillo los resortes escénicos, puede 
declararse francamente la obra maestra del distin- 
guido escritor. 

Ese es nuestro franco parecer escrito al correr 
de lia pluma, sobre la tragedia de almas, dlel doc- 
tor Víctor Pérez Petit. Yorick vale mucho. Salvo 
pequeños defectos que no desmerecen para nada, ni 
quitan el brillo al valor artístico del drama, Yorick 
da á conocer la intelectualidad y galanura de estilo 
de uno de nuestros más aplaudidos autores nacio- 
nales. 

Díganlo, sino, los aplausos justicieros que el se- 
lecto y numeroso público, que asistía anoche al es- 
pectáculo, le tributó. Esta noche se repite Yorick. 
Montevideo, 1907. 

(La Democracia). 



SOBRE " YORICK' 7 



381 



Yorick. — El Politeama estaba anoche completo, 
con motivo del estreno de Yorick del doctor Pérez 
Petit, qne había sido estrenada en Buenos Aires la 
semana pasada con gran éxito. 

Yorick era esperado con ansias, y la expectativa 
no fué defraudada, pues se trata de una obra que 
despierta interés á pesar de que su argumento no 
es nuevo. 

Pérez Petit subtitula su drama tragedia de al- 
mas, trayendo una innovación al teatro que come 
ensayo es muy de tenerse en cuenta por lo que él 
importa. Es un paso gigantesco en nuestro incipiente 
teatro. 

Como dije, el argumento de Yorick no es una no- 
vedad, pero su autor no trata de ocultarlo, antes 
por lo contrario, lo declara francamente en el final 
de la obra, en el diálogo que sostiene Yorick y Fa- 
bricio sobre la posibilidad real del Hamlet. 

El tema ya tratado por Shakespeare, Pérez Petit 
lo ha modernizado, lo ha transportado á nuestros 
días con verdadero acierto. 

Existen en Yorick algunos puntos sobre los que 
cabría discusión, pero la obra se desarrolla bien, des- 
tacándose en primer lugar el acto primero, en el 
que está muy bien definida la exposición. Los otros 
tres actos corren menos, sin perder, por eso, el in- 
terés. La escena final está admirablemente encon- 
trada y es de gran efecto, aunque no estuvo muy 
bien interpretada, con lo que perdió parte de su 
fuerza. 

Yorick está bien escrito, sus diálogos son fluidos, 
y en sus parlamentos campea la sátira fina y la 
frase galana, sin recurrir á la declamación pomposa 
y grandilocuente. 

Con todas estas condiciones, es natural que Yorick 
triunfase como triunfó anoche, habiéndose llamado 
á su autor á la escena, por repetidas veces. 



382 



OPINIONES DE LA PRENSA 



La interpretación no fué muy buena, pero, en fin, 
pasó. 

El decorado bueno. 
Montevideo, 1907. 

(La Razón). 



Yorich. — Con franco éxito se estrenó anoche en 
el Politeama, la tragedia de almas del doctor Víctor 
Pérez Petit, Yorich. 

Su argumento no es nuevo, pero tampoco su autor 
trata de ocultarlo, antes por el contrario hace re- 
saltar eso que algunos pudieron llamar reminiscen- 
cias, en la conversación que mantienen Yorick y Fa- 
bricio, sobre si es ó no humana la figura de Hamlet. 

La obra tiene momentos dramáticos que el autor 
aprovecha con acierto. Se desarrolla con rapidez y 
sin monotonía, aparte de estar escrita en lenguaje 
correcto y elegante. 

Tiene algunos detalles que serán discutibles, pero, 
tiene también cualidades que justifican su triunfo 
de anoche. 

La interpretación no fué nada parecido á exce- 
lente, pero con todo la obra fué muy aplaudida, 
teniendo el autor que presentarse en escena varias 
veces, en compañía de los intérpretes. 
Montevideo, 1907. 

(El Siglo). 



Politeama. — Ante todo : Víctor Pérez Petit ha 
triunfado dignamente con su drama Yorich, estre- 
nado anoche en el Politeama por la Compañía Cor- 
dero. Y ha conquistado con gallarda valentía, ese 



SOBRE " YORICK' 



333 



triunfo — cuyos ecos aún lo estarán acariciando — 
gracias á la riqueza de colorido y á la verdad que 
se respira en la mayor parte de las situaciones escé- 
nicas y dramáticas de su tragedia de almas. Es ver- 
dad que el autor de ¿Yorick ha sido quizás un poco 
inconsecuente en la presentación de la moral de 
sus personajes, descuidándose un tanto en el estudio 
de los caracteres de esos mismos; pero Yorick — no 
obstante este detalle — luce una trama dramática 
admirablemente definida, tiene su fondo filosófico 
exteriorizado por una forma brillante, de cuando en 
cuando la ocurrente pluma de su feliz autor se ha 
proporcionado el placer de ridicularizar las debilida- 
des de los pseudos elegantes de la llamada sociedad 
nuestra y sintetizando, representa un paso saliente 
en nuestro incipiente teatro nacional. El doctor Pé- 
rez Petit puede estar satisfecho del éxito artístico 
de su nueva obra, que así como le ha proporcionado 
ya muchas satisfacciones, le ofrecerá aún muchas 
más en sus futuras representaciones. Esto, siempre 
que Yorick sea puesto en escena por una compañía 
más discreta que la de anoche, cuyos elementos hi- 
cieron todo lo humanamente posible por cumplir con 
su deber, no consiguiéndolo en perjuicio evidente de 
la obra estrenada. 
Montevideo, 1907. 

(El Telégrafo Marítimo). 



Yorick. — Anoche se estrenó en el Nacional con 
éxito halagador una nueva producción dramática 
del escritor uruguayo doctor Víctor Pérez Petit. 

Yorick se titula la obra y el nombre del célebre 
comediante que trae á la memoria la escena del ce- 
menterio de Hamlet, manifiesta á las claras que su 



384 



OPINIONES DE LA PRENSA 



autor ha querido recordar la tragedia del padre de 
Talía, poniendo ante los ojos del público el mismo 
conflicto del príncipe danés, modernizando, neuro- 
tizando (si se permite el vocablo), al protagonista. 

Drama de honda psicología,, Yorick hace llori- 
quear de veras en más de una situación, por la in- 
tensidad trágica de las conflagraciones morales en 
que se ven envueltos los personajes. 

No repetiremos el argumento de la obra, pues los 
diarios matutinos han dado ya extensa cuenta de él 
en sus crónicas teatrales ; pero nos permitimos ob- 
servar que es injustificada la crítica de que los ca- 
racteres están mal dibujados. 

Por el contrario, en la tragedia de almas, como la 
llama el autor, tanto la madre culpable como el 
amante débil, irresoluto y de un fondo honesto in- 
negable, son personas de carne y huesos con sus co- 
rrespondientes fallas morales y sus ansias de rege- 
neración imposible, dado el crimen que los une. 

Ella es una mujer, bien mujer, amorosa, pérfida, 
ingrata, buena madre, mala esposa, débil para el 
remordimiento y de mentalidad inferior. Él es un 
tipo como muchos, de corazón sensible pero carácter 
blanduzco, en el que hacen presa las voluntades aje- 
nas, pues tan pronto obedece á la querida para de- 
jar que se suicide su amigo, como á Yorick para sui- 
cidarse á su vez. 

Y este último, el personaje central de la obra es 
un Hamlet modernizado, con lo que queda expre- 
sado su mayor elogio. Las dudas y las certidumbres 
pasan por su espíritu inquieto como carámbanos de 
nieve, hasta que en el momento final, después de 
sentenciar á muerte al hombre que le ha desespe- 
rado, un sentimiento de bella humanidad viene 
como flor de perdón á enternecer su inflexibilidad. 
Pero ya es tarde y la tragedia está consumada. 



SOBRE " YORICK" 



385 



Aplaudimos sin reservas la vigorosa obra del dis- 
tinguido literato uruguayo. 

Ha pisado firme en un terreno peligroso y ha 
creado un ambiente nuevo en el teatro nacional: el 
ambiente que ensayó Pagano en Almas que luchan 
y que él ha fortificado en la tragedia de esas almas. 

Decorado, bueno; interpretación, floja; público, 
selecto; aplausos, prolongados. 

Buenos Aires, 1907. 

(Sarmiento). 



Yorick. — Una especie de Hamlet modernizado, 
parece que ha querido hacer el doctor Víctor Pérez 
Petit, al escribir su tragedia de almas, Yorick, estre- 
nada anoche en el Nacional por la compañía G. Po- 
destá. Aspiraría el autor, si no hemos comprendido 
mal, á renovar en cierta medida la tragedia antigua 
con el presente ensayo, pintando sobre todo catás- 
trofes interiores determinadas por el choque de sen- 
timientos y pasiones, en vez de las catástrofes mate- 
riales en que tan fecunda suele ser la tragedia clá- 
sica. De ahí el subtítulo : tragedia de almas. 

No podemos detenernos ahora á discutir esta inno- 
vación. Ello nos llevara lejos y el tiempo nos falta. 
Nos limitaremos, pues, á una crónica sumaria de la 
representación de anoche, sin otras observaciones que 
las que al correr de la pluma vaya sugiriéndonos 
nuestro relato. 

El argumento de Yorick es antiquísimo. La trage- 
dia lo ha explotado copiosamente. Es la historia 
del hijo que descubre el asesinato de su padre, per- 
petrado por su propia madre en complicidad con un 
amante. Es la leyenda de aquel Orestes que inmo- 
lara á Clitemnestra, su madre, y al cómplice de 



25. — T. I. 



385 



OPINIONES DE LA PRENSA 



ésta. Egisto, para vengar á su padre. Agamenón. 
Sófocles, Eurípides, Raeine, Voltaire y Goethe, se 
han inspirado en esta fábula de las tradiciones áticas 
y de las narraciones indias; sin contar á Shakes- 
peare, que trata, como es sabido, el mismo asunto 
en su inmortal Hamlet. 

El Hamlet de la obra del señor Pérez Petit, viene 
á ser Yorick, joven hijo de un banquero, Edmundo, 
el cual de pronto hace bancarrota. La esposa de 
Edmundo, madre de Yorick, Adelina, mantiene re- 
laciones amorosas con un íntimo amigo de la casa, 
Augusto. Augusto es rico y podría salvar del des- 
honor y de la ruina á Edmundo, prestándole una 
fuerte suma. Va á hacerlo, pero su amante, Adelina, 
le sugiere pérfidamente la idea de abandonar á su 
suerte á Edmundo, negándole el dinero. Si Edmundo 
se mata, mejor. Habrá desaparecido así el obstáculo 
que entre los dos amantes se interpone. Tal sucede, 
Edmundo recurre á Augusto, y éste le rehusa su 
auxilio en tan supremo trance. Aquél se mata en- 
tonces. 

Augusto acoge en .su casa á la viuda y al hijo de 
su muerto amigo. Para el mundo comete una noble 
acción, protegiéndoles en su desamparo, pero él no 
ha buscado sino tener cerca á Adelina. Pasan algunos 
años. Yorick, vuelto de un viaje á Eiiropa, comienza 
á sospechar el drama secreto que llevó á la tumba 
á su padre. Como el Hamlet shakesperiano, la tra- 
gedia de almas, viene á ser aquí la duda que muerde 
el alma del protagonista. Yorick está enamorado de 
Clara, la hija de Augusto, y Clara le corresponde. 
Cuando la pide en matrimonio á su padre, éste niega 
su consentimiento. ¿Por qué? Augusto dice que no 
puede dar su criatura al hijo de un fallido fraudu- 
lento. Es sólo un pretexto. En el fondo no consiente 
en tal matrimonio, porque le repugna alianza seme- 
jante, dadas sus relaciones clandestinas con la madre 
de Yorick. Yorick descubre por fin la verdad y 
obliga á Augusto á suicidarse. 



SOBRE "YORICK" 



387 



Este resumen brevísimo de la obra del señor Pérez 
Petit, la perjudica un poco ante el concepto del 
lector, pues no hemos podido mencionar numerosas 
situaciones que le prestan vivacidad y van marcando 
certeramente su desenvolvimiento. Dichas situaciones 
revelan la mano "de un hombre de teatro que sabe 
manejar los resortes escénicos. El drama se desarro- 
lla, no muy sobrio ni directo, pero sí seguro. El pri- 
mer acto es excelente como exposición. En los sub- 
siguientes la acción marcha poco. Lo que ocurre en 
tres actos hubiera podido bien condensarse en dos, 
con ventaja para su intensidad. Con todo, cada uno 
de ellos está trazado con rotundez y firmeza. 

Cualesquiera que sean los defectos de Yorick, el 
brillante escritor uruguayo ha realizado un esfuerzo 
de arte superior, que habla muy alto en favor de 
sus ideales estéticos. Yorick está escrito en un estilo 
elegante y preciso, sin exceso de inflada retórica. 
Aquí y allá relampaguean á lo largo de los diálogos, 
pensamientos sutiles, aceradas ironías, observaciones 
agudas, y, en fin, toda la obra lleva el sello de un 
talento nutrido y vigoroso. 

La interpretación fué encomiable. La mise en 
scéne lujosa y propia. Las damas vistieron con ele- 
gancia y buen gusto, no común en la escena nacional, 
y se nota que los caballeros van aprendiendo (¡oh, 
no demasiado á prisa!) á llevar el frac. El señor 
Arturo Podestá tuvo momentos sobresalientes. A él, 
á la señora Cornaro y al señor Battaglia les corres- 
ponden los laureles de la noche. Estas primeras par- 
tes, estuvieron bien secundadas por la señora Tesada 
y los señores Escarcela, Alippi y Linares. 
Buenos Aires, 1907. 



(El País). 



388 



OPINIONES DE LA PRENSA 



Yorick. — Como lo anunciáramos, verificóse ayer 
el estreno de Yorick, obra en cuatro actos del doctor 
Víctor Pérez Petit. El autor la denomina tragedm 
de almas y, isiegún se advierte ha intentado renovar 
en ella la fábula que, desde el Orestes griego de Las 
Coéforas, va hasta L'Invincibile de Alfredo Oriani, 
pasando por el Hamlet de Shakespeare y el André 
Cornélis de Paul Bourget. 

Desde luego cabe una afirmación: el señor Pérez 
Petit no ha logrado mejorar el argumento de Só- 
focles, ni el de Shakespeare, aunque Yorick repita 
situaciones trágicas ó dramáticas de ambos. Pero, en 
cambio, el señor Pérez Petit ha realizado una tra- 
gedia estimable por más de un concepto. Si algo 
entorpece el desarrollo de sus cuatro actos, es pre- 
cisamente todo aquello que le obliga á someterse á 
un plan forzado para hacer de Yorick un trasunto, 
ya que no una renovación con vida propia. 

El argumento desarrollado en la obra estrenada 
anoche puede resumirse brevemente. 

Edmundo está casado con Adelina y tiene un 
hijo: Yorick. Desde hace algún tiempo su mujer le 
engaña con el doctor Lazló, padre de Clara. 

La quiebra de una gran casa comercial arrolla en 
su catástrofe á Edmundo, comprometido en sus ope- 
raciones. Sólo le queda un recurso para salvarse: 
acudir al doctor Lazló, hombre de gran fortuna. 
Sin este apoyo el desanlace es fatal é irreparable. 
Cuando Lazló conoce la situación de Edmundo se 
dispone á socorrerlo, mas Adelina se lo impide, im- 
pulsando á su marido al suicidio. El amante con- 
siente en ello, y ambos estrechan así sus vínculos ya 
delictuosos. 

La tragedia de almas surge, ó mejor, se complica, 
merced á los amores de Yorick y Clara. El amor ha 
brotado en ellos con todos los ardores de la juventud 
y la pureza que les atrae forma el contraste más 



SOBRE " YORICK" 



389 



cruel, allí donde sólo alientan las pasiones enarde- 
cidas por el homicidio. 

Al cabo de cuatro años, Yorick vuelve de Europa, 
donde le enviara el doctor Lazló pretextando com- 
pletar su educación. Ni el tiempo ni la distancia 
valieron á entibiar los amantes corazones. Yorick y 
Clara se quieren con la fe de los primeros días. Hay, 
sin embargo, una tristeza invencible en el alma de 
Yorick. Adivina, conoce, mejor dicho, todo el horror 
que une á los que decretaron la muerte de su padre. 
Sin embargo, quiere comprobar una verdad y lo con- 
sigue. Primero por el rechazo que opone Lazló á 
sus bodas con Clara, después, porque él mismo ve 
y oye á los culpables. E impone la ley del talión: 
Lazló debe acabar como Edmundo, por su propia 
mano. Y así ocurre. 

Como puede verse, hay en esta obra elementos 
dramáticos de primer orden, que el señor Pérez Petit 
aprovecha con verdadero acierto. La acción es rá- 
pida, sostenida, apenas interceptada á veces por al- 
gunas repeticiones. Los actos concurren al desarrollo 
progresivo del asunto y logran cautivar la atención 
del espectador, sin distraerle y fatiga-rle. 

El público aplaudió al final de cada acto y los 
aplausos eran de esos que acreditan un triunfo de 
veras: nutridos, espontáneos, sostenidos. El autor 
hubo de presentarse varias veces en el proscenio en 
compañía de sus intérpretes. 

Hoy se repite Yorick y seguramente se repetirá 
muchas noches más. 
Buenos Aires, 1907. 

(La Nación). 



ÍNDICE 



Pág. 



Cobarde, drama de costumbres nacionales, en tres actos. 11 

Claro de Luna, comedia en un acto 149 

Yorick, tragedia de almas, en cuatro actos 191 

Opiniones de la prensa sobre Cobarde 361 

Opiniones de la prensa sobre Claro de Luna 371 

Opiniones de la prensa sobre Yorick 379 



ADVERTENCIA 



Habiéndose deslizado algunos leves errores en la com 
posición de este volumen (tales como: «verdad», en vez de 
«verdá»; «usted», en vez de «usté», en el drama Cobarde), 
dejamos librado al buen sentido del amigo lector el sub- 
sanarlos. 



TEATRO 
n 



OBRAS DEL MISMO AUTOE 



PUBLICADAS : 

La libertad de testar y la legítima (agotada).. 1 volumen 

Zola ( agotada ) 1 » 

Los Modernistas ( k 2. a edición) 1 » 

Cervantes ( agotada ) 1 » 

Gil ( novelas y cuentos ) 1 » 

Joyeles bárbaros (sonetos) 1 » 

Teatro: I — Cobarde — Claro de luna — Yorick 1 » 
Teatro : II — El esclavo - rey — La Rondalla — 

El baile de Misia Goya 1 » 

PRÓXIMAS Á APARECER 

El Parque de los Ciervos 1 volumen 

Cuentos crueles 1 » 

Hipomnemo J 4 » 

La Ciudad del Espíritu 1 » 

Almas inquietas. 1 » 

en preparación: 

La joven América 1 volumen 

Los Genios 1 » 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TEATRO 

II 

El Esclavo - rey- 
La Rondalla 
El baile de Misia Goya 



MONTEVIDEO 



A. BARREIRO Y RAMOS, Editor 
Librería Nacional 
1912 



TALLERES GRÁFICOS A. BARREIRO Y RAMOS 
CALLE BARTOLOMÉ MITRE, NÚMERO 61 



EL ESCLAVO -REY 



COMEDIA DRAMÁTICA EN TRES ACTOS 



Estrenada en el Teatro Nacional, de Buenos Aires, 
la noche del 3 de Julio de 1907 
y en el Teatro Solís, de Montevideo, la del 12 de Julio de 1908 



A los señores Juan Pablo Eclia- 
güe y José León Pagano, exi- 
mios críticos argentinos, que 
lian contribuido con viril es- 
fuerzo y no pocos sinsabores á 
encauzar el teatro nacional en 
el rumbo del verdadero Arte. 



El autor. 



REPARTO 





En el Teatro Nacional 


En el Teatro Solís 




Uv UUCUUa /AlICS 


de Montevideo 




Sra. A. Cornaro. 


Sra. A. Blanca. 




» A. Tesada . . 


» hiña Estévez 


Manon 


Sta. L. Cornaro. 


» L. Berney. 


Isabel 


» M.E.Podestá 


» J. Rodríguez 


Doña Fermina 


Sra. Orfilia Rico 


» J. Lanaro. 


Clotilde 


» J. Lanaro . . 


» L. Gómez. 




Sr. G. Battaglia. 


Sr. E. Arellano. 


Larrea 


» F. Aranaz. . . 


» V. Gómez. 




» E. AUppi . . 


» G. Amodeo. 


Pepito 


» C. Ratti 


» I. Pandro. 


Don 'Julio 


» S. Casal .... 


» E. Ceballos. 




» F. López .... 


» G. Quesada. 


Don Luis 


» A. Lanai o. . . 


» S. García. 


Morales 


» J. Podestá. . . 


» A. Pezzi. 


Matías 


Niño A. Podestá. 


Niño Costa. 


Una chica, modista. 


Sra. H. Valenti . 


N. N. 



La acción en nuestros días 



EL ESCLAVO- REY 



ACTO PRIMERO 



Comedor en casa de Reyes, Una habitación sencilla, lim- 
pia, en la cual se advierte la garra de la miseria, pero una 
miseria llevada con dignidad, merced á una diligente madre 
de familia. Mesa de comedor, con todo el servicio puesto. Un 
viejo aparador. En un rincón, una mesa-costurero. Sobre la 
mesa, una lámpara encendida. 

Al levantarse el telón, la familia, sentada alrededor de la 
mesa, concluye de comer. ^ 



ESCENA PRIMERA 
Reyes, Camila, Isabel y Matías 

CAMILA 

( Terminando una frase ) .... de modo que si el 
tren no sufre algún retraso, los viejos estarán aquí 
antes de una hora. (Reyes sin responder, coge otra 
fruta de la frutera y la monda lentamente). 

MATÍAS 

Más, mamita; quero más 



12 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CAMILA 

(Al niño) Aguárdese usted. Tanta fruta de noche 
le va á hacer daño. (A Reyes) ¿Te parece que le ar- 
memos la cama á los viejos en el cuarto de Isabel? 
(Beyes no contesta). 

ISABEL 

Y entonces yo, ¿dónde voy á dormir, mamá? 

CAMILA 

Tú podrás dormir aquí, en el comedor. Se pone 
un colchón en el suelo .... 

MATÍAS 

Quero más, mamita. . . . 

; CAMILA 

Que se espere, le he dicho. (A Beyes) Reyes, 
amigo mío, ¿vas á comer más fruta? 

REYES 

(Malhumorado) ¿Tengo que darte cuenta de lo 
que voy á comer ? ¡ Está bueno ! ¡ Es lo que fal- 
taba! 

CAMILA 



No, hijo Es que Matías me está pidiendo, y 

como queda tan poca, ¿comprendes? 



EL ESCLAVO - REY 



13 



MATÍAS 

Quero más, mamita .... 

REYES 

(Con voz de trueno, á su lujo) ¡Basta! ¡No hay 
más ! 

CAMILA 

(Dulcemente, al niño) Ya lo has oído; no hay 

más (Beyes ha dejado de comer. Camila se pone 

en pie; á Isabel) Puedes quitar la mesa. (Isabeh 
empieza á retirar el servicio, colocando algunas pie- 
zas sobre el aparador y llevándose los platos para 
la cocina. Beyes hace bolillas con el pan. Un silen- 
cio) ¿Vas á tomar café? 

reyes 

(De mal modo) ¡Claro, que voy á tomar café! 
¿Todos los días la misma pregunta? 

CAMILA 

(Humildemente) Gomo á veces prefieres el te. . . . 

REYES 

Que quiero café, he dicho . . . . , y basta ! 

CAMILA 

Isabel^ sirve café á tu padre. (Mientras Isabel 
sale, Camila pénese á retirar el servicio. Beyes per- 
manece pensativo, un codo sobre la mesa, haciendo 
bolillas de pan). 



14 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA II 
Dichos, menos Isabel 

MATÍAS 

(Jugando con una cucharita, inconscientemente) 
El aljueler del coco El aljueler del coco 

CAMILA 

Oye, Reyes, me había olvidado de decírtelo .... 
Estuvo Larrea. . . . 

REYES 

¿Cómo? ¿Estuvo Larreai ? Estuvo Larrea y no me 
has dicho nada 

CAMILA 

Se me pasó de la memoria .... 

REYES 

¡ Ah, muy bien ! ¡ Se te pasó de la memoria ! Ya se 
vé ... . No tienes cabeza más que para contarme 
estupideces. . . . 

CAMILA 

Pero, Reyes 

REYES 

(Sin interrumpirse).... que vienen los viejos; 
que van á llegar esta noche .... ¡ cómo si á mí me 
importara un bledo tu sacra familia ! 



EL ESCLAVO - REY 



15 



CAMILA 

Es que, . . . verás. ... 

BEYES 

(Prosiguiendo sin escucharla) Y entre tanto, viene 
Larrea y no te acuerdas: de decírmelo. ... Si es lo 
que yo digo: eres una inútil, una boquiabierta. . . . 

MATÍAS 

(Repitiendo su estribillo, á media voz, mientras 
hablan sus padres) El aljueler del coco. ... El al- 
jueler del coco .... 

CAMILA 

Me dijo que se ha ocupado del asunto que le en- 
cargaste ; pero que no había podido hacer nada .... 

REYES 

¡ Claro ! ¡ Claro ! ¡ Si es un estúpido, un papa- 
nata ! . . . . 

MATÍAS 

El aljueler del coco .... El aljueler del coco .... 

CAMILA 

Después me dijo que iba á ver al francés, al que 
tú conoces .... 

MATÍAS 

El aljueler del coco .... 



16 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CAMILA 

... .y que vendría á traerte la contestación. 

BEYES 

¿ Cuándo ? ¿ Esta noche ? 

MATÍAS 

El aljueler del coco. ... El aljueler. . . . 

REYES 

( A quien la persistencia del estribillo ha concluido 
por irritar) Pero, ¿te callarás, condenado? ¿Hasta 
cuándo nos vas á fastidiar con tu alfiler del coco í 

CAMILA 

Cállate, Matías. 

REYES 

Francamente, esta criatura es idiota. ... (A Ma- 
tías ) ¿ Qué quieres decir con tu condenado alfiler ? 

MATÍAS 

( Cohibido) No sé, papá. . . . 

REYES 

(Furioso) No sé, papá (A Camila) ¿No lo 

vés? Es idiota, te digo. Pero, mírale esa cara; mí- 
rasela .... Es un verdadero idiota . . . . ( Camila baja 
de su silla al nene, que se ha puesto á llorar asus- 
tado) ¿Y ahora? ¿por qué llora?.... ¡Cállese la 
boca! 



EL ESCLAVO - REY 



17 



CAMILA 

¡ Chist ! ¡ Chist ! Matías, que papá se enoja. 

REYES 

(Levantándose) ¡ Ah, no quieres callarte!. ... (La 
madre trata de llevarse al niño; pero Reyes se lo 
quita y lo zurra bravamente ) ¡ Toma ! ¡ Toma ! Así 
llorarás por algo. . . . 

CAMILA 

(Quitándoselo) Déjalo, Reyes. ... Lo vas á lasti- 
mar (Sale con Matías). 

ESCENA III 
Reyes, solo; luego, Camila; al fin, Isabel 

reyes 

(Paseando nerviosamente) ¡Esto es un infierno, 
esta casa es un infierno! El muchacho, idiota; la 
madre, una papan-ata. ... (Un silencio) ¡Y ese ani- 
mal dle Larrea!. ... ¿A que tampoco consigue nada 
del francés? ¡Claro! ¡Como si lo viera! (Sentándose 
pensativo) ¿Cómo hacer? ¿cómo conseguir?.... 
(Otra pausa) ¡Porquería de vida!' 

CAMILA 

(Entra y se pone á concluir de despejar la mesa. 
Después de un instante de silencio, con timidez) 

2.-T. II. 



18 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



¿Qué tienes, Reyes? ¿Estás contrariado? (Reyes 
guarda hosco silencio. Camila concluye de arreglar 
la mesa. Después de una pausa, dulcemente) Haces 
mal en hacerte mala sangre. . . . 

REYES 

¿ Y á tí qué te importa ? ¿ Te importa algo ? 

CAMILA 

Yo ... . yo creí .... es decir .... me parece .... 
Como te veo en ese estado .... 

reyes 

Estoy como estoy. . . . cada uno sabe sus cosas. 

CAMILA 

Ya lo sé, (amigo mío .... Pero, yo, soy tu mujer ; 
te quiero .... no puedo verte contrariado así ; y en- 
tonces, naturalmente .... si y o supiera .... si yo 
pudiera. . . . 

reyes 

(Irónicamente) ¡Ah, ah, ah! ¿Si tú pudieras? 
No digas disparates, Camila . . . . 

CAMILA 

Es que, ¿ vés, Reyes ? Me aflige verte así 

¿No soy tu compañera? ¿No debo compartir tus 
cuidados ? . . . . Entonces .... 



EL ESCLAVO - REY 



19 



REYES 

¡ Basta ! ¡ Basta ! ¡ Basta ! Yo sé lo que tengo .... 
No necesito consuelos ni mairieonadas .... ( Brusca- 
mente) ¿Y ese café? ¿lo traen ó no lo traen? ¿qué 
aguardan ? 

CAMILA 

No sé ... . Isabel fué á prepararlo .... Voy á 
ver. . . . (Sale). 

REYES 

¡ Isabel ! ¡ Otra que bien baila ! Cualquier día le 
rompo una/ pata á la haragana esa .... ( Paseándose 
agitado) No, si está visto. ... No se puede vivir 
aquí. ... Es un bochinche, un manicomio. . . . ¡Mal- 
idita sea la hora en que míe casé ! . . . . Un día cojo 
el sombrero. . . . (Entra Isabel con el café, y en pos 
de ella, Camila). 

^ ISABEL 

El café, papá. 

REYES 

¿Dónde lo fuiste á buscar? ¿Al Brasil, no? 

ISABEL 

No pasaba por el colador. . . . 

REYES 

Por el colador te voy á pasar yo un día de estos, 
para enseñairte á hacer prontito las cosas ¡ Hara- 
gana, más que haragana! 



20 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CAMILA 

(Interviniendo) Es que, verás, amigo mío. ... La 
ma quiñi li a cliel café está vieja y. . . . 



REYES 

Se compra otra. 

CAMILA 

Eres injusto, Reyes. Tú sabes que no tengo. . . . 



REYES 

No tengo, no tengo. ... Lo que tú y tu hija no 
tienen es vergüenza . . . . ¿ Ya te has gastado el dinero 
que te di el sábado? 

CAMILA 

Pero, Reyes .... Treinta pesos .... Tuve que darle 
algo á cuenta al panadero. . . . no nos quiere fiar 
más. ... El carnicero, lo mismo. ... A don Juan, el 
a'lmaeenetpo, se le deben como trescientos pesos. . . . 
Ya vés tú ; tengo que entenderme con toda esa gente ; 
y con lo que tú me dlás 

REYES 

Yo doy lo que tengo ; no puedo robar .... 

CAMILA 



Comprendo, comprendo. Pero, en fin, es un de- 
cir. .. . así no podemos ir adelante. ... Tú ganas 



EL ESCLAVO - REY 



21 



REYES 

(Mirándola fijamente) ¿Qué? ¿qué gano yo? 
(Volviéndose, á Isabel) ¿Qué haces ahí? ¿Ya estás 
escuchando? ¡A la cocina, prontito! (Sale Isabel). 

ESCENA IV 
Reyes y Camila 

reyes 

¿Con que yo gano, no? ¿Un dineral, gano un di- 
neral, no es eso? 

CAMILA 

Yo no quise decir, Beyes.... Pero, en fin, sé 
justo. ... no te enfades. . . . Con lo que tú ganas en 
la oficina .... 

REYES 

Sí, ni para vestirme decentemente alcanza 

CAMILA 

Sin embargo .... 

REYES 

Y en esta casa ya no se puede vivir .... Estoy 
harto, estoy harto, te dligo .... La comida es imposi- 
ble. Cuando se precisa a'lgo no se encuentra. Los otros 



22 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



días, no más: quise lustrarme las botas y no había 
cepillo .... 

CAMILA 

Está usado . . . . Todo está usado. Desde que nos 
casamos, no hemos repuesto nada. ... 

REYES 

j Es insufrible, insufrible ! 

CAMILA 

Yo no salgo, no paseo, no me hago ropa. Los chi- 
cos, ya los vés, están casi desnudos. Por más econo- 
mías que hago, no puedo juntar las dos puntas. De- 
bemos á todo el mundo; nadie nos quiere fiar ya. 
Cuando llaman á la puerta de la calle, tengo ver- 
güenza de salir, por si es algún cobrador. . . . 

reyes 

¿Y con eso? 

CAMILA 

Niaida, amigo mío. Quiero decir, no más, que no es 
culpa mía. Yo me mato trabajando, hago la cocina, 
friego los pisos, coso toda la noche, limpio .... 

reyes 

¿Y yo? ¿no hago nada? ¿Soy un haragán? 

CAMILA 

No digo eso, Reyes. Pero, en fin, si tú me ayudaras 



EL ESCLAVO - REY 



23 



un poco más. ... De tu sueldo no me dás más que 
la tercera parte .... 

reyes 

(Violento) ¿Y qué? ¿y qué? ¿y qué? ¿Con eso, 
qué te figuras? ¿qué te crees? 

CAMILA 

(Temerosa) Yo, nada, nada. 

REYES 

¿Que me gasto la plata? ¿que me la comp? ¿Y si 
así fuera? ¿No es mía? ¿No me la gano yo? ¿No la 
gano trabajando como un animal ? ( Cogiéndola por 
un brazo y sacudiéndola) Pero, tú, ¿qué te figuras? 
¿ qué tengo queridas por ahí ? ¿ Y si las tuviera ? ¿ y si 
las tuviera? ¿No liaría bien? ¿Qué encantos tiene 
para mí esta casa? ¡Ahí ¡Pues está bueno! ¡Está 
muy bueno ! ¿ Tengo que rendir cuentas ahora ? ( Cal- 
mándose) Mira, hija mía. . . . Estoy hasta los pelos 
de estas miserias. ... Si no estás contenta, ya sabes, 
hoy llegan tus padres: empaquetas tus trapos, y 
abur .... te marchas con ellos .... ¡ Uf ! ¡ No puedo 
más ! . . . . ( Camila se ha dejado caer en una silla, 
llorando. Reyes la mira un momento y con un gesto 
de hastío, va á sentarse para tomar el café. Después 
de beber un sorbo) ¡Frío! ¡Está frío! No, si es lo 
que yo digo. . . . (Entra Isabel). 



24 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA V 
Dichos é Isabel 

ISABEL 

Papá. . . . 

REYES 

(Interrumpiéndola) \ Frío ! ¡ Está frío ! ( Coge plato 
y taza y los tira á los pies de Isabel) ¡Es una por- 
quería!. . . . (Viendo que Isabel no se vá) ¿Qué ha- 
ces ahí, como una estatua ? . . . . Espera un poco .... 
(Va á ella con la mano alzada). 

CAMILA 

¡ Reyes, por Dios ! . . . . 

ISABEL 

(Alzando el brazo para parar el golpe) Es que 
está el señor Morales. 

REYES 

¿Quién has dicho? 

ISABEL 

El señor Morales. Dice que quiere .... 

REYES 

¡ Que se vaya al demonio ! No estoy en casa. 



EL ESCLAVO - REY 



25 



ISABEL 

Preguntó abajo y le -dijeron que estabas .... Dice 
que son dos palabras. . 

REYES 

Bueno, que entre. . . . (Paseándose, á Camila) No 
se puede tener un minuto de descanso. Seguro que 
viene por asuntos de oficina. Como si yo no tuviera 
bastante con todo el día. . . . En fin. . . . 

CAMILA 

¿ Quieres que te prepare un poco de café ? 

REYES 

No, no quiero nada .... Márchate .... ( Sale Ca- 
mila en el instante en que entra Morales). 

ESCENA V] 
Reyes y Morales 

morales 

¡Hola, amigo Beyes! ¿Qué tal? ¿Esa salud? 
reyes 

Así, así ... . Cansado, aburrido, cxm esos asuntos 
del Banco .... 



26 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MORALES 

¡Qué se vá á hacer! Es la vida. . . . Precisamente 
por algo del Banco venía á molestarle á usted .... 

REYES 

¡ Ah!. . . . (Pausa). 

MORALES 

¿No le molesto? 

REYES 

No, no señor . . . . ¿ En qué puedo servirlo ? 

MORALES 

Verá usted, amigo Reyes. Tengo que retirar del 
Banco unía letra. La casa Tullier,, del Rosario, con 
quien tengo negocios, me ha pedido este servicio. 

REYES 

Pues es muy fácil: mañana se presenta usted en 
el Banco. . . . 

MORALES 

Es que me es imposible. Como la letra no vence 
hasta dentro de ocho días, no me había apresurado 
á hacerlo. Ya sabe usted, se va dejando para hoy, 
para mañana .... 

REYES 

Pues si faltan ocho días, no veo. . . . 



EL ESCLAVO - REY 



27 



MORALES 

Aguarde usted un momento. Esta noche, concluía 
de comer, cuando recibí un telegrama urgente de 
Pernambuco. Ya sabe usted que allá tengo mi casa 
matriz. Se trata de un asunto delicado, que debo 
atender personalmente. . . . 

REYES 

Bien, bien Pero 

MORALES 

Así, pues, mañana por la mañana, pienso embar- 
carme para Montevideo . . . . 

REYES 

¿Die mañana? 

MORALES 

Sí, ahora hay un servicio diurno de vapores. A 
primera hora, pues, me embarco para Montevideo, 
donde debo formalizar un contrato, y en aquel 
puerto, aprovecho la salida del ' ' Atlantique " para 
largarme á Pernambuco. Ya vé usted, tengo las 
horas contadas 

REYES 

De manera que usted desea. . . . 

MORALES 

Justamente. Deseo que usted me preste ese ser- 
vicio. Usted puede retirarme la letra mañana, pa- 



28 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



sado, cuando le venga bien: ya sabe, tenemos ocho 
días. Pero, como usted es empleado del Banco, en 
cualquier momento .... ¿ puede usted hacerme ese 
favor ? 

REYES 

Cómo no, señor Morales. Con mucho gusto ; si no 
es nada más que eso. . . . 

morales 

Nada más. Le quedaré muy grato de su atención.... 

REYES 

Pues vaya usted sin cuidado. Mañana mismo le 
retiraré la letra. ¿ Se la enviaré á usted ? 

MORALES 

No, no señor. La recogeré á mi vuelta, á menos que 
usted no tenga inconveniente en expedirla á la casa 
Tullier y Compañía, del Rosario .... 

REYES 

Como usted disponga. . . . 

MORALES 

Bien, ya que es usted tan amable, le agradeceré 
doblemente que se la envíe á aquellos señores. . . . 
(Cuenta billetes de Banco). 

REYES 

No hay más que hablar (Recibiendo los büle- 



EL ESCLAVO - REY 



29 



tes que le entrega Morales) Voy á darle un reci- 
bito provisorio. . . . (Llamando) ¡ Camila! 

morales 

No sabe usted como le agradezco esta molestia que 
se toma. . . . 

REYES 

No vale la pena .... entre amigos .... (A Ca- 
mila, que entra) Pluma, tinta. 

ESCENA VII 
Dichos, Camila, un momento ; al fin Isabel 

( Camila toma en el aparador recado de escribir y 
lo coloca sobre la mesa). 

REYES 

Camila, guarda este dinero en tu armario. Mañana 
me lo darás cuando vaya al Banco. (Le entrega el 
dinero y pénese á escribir. Sale Camila. Después de 
haber escrito, entrega el recibo á Morales). Aquí 
tiene usted el recibito. Mañana, sin falta, quedará 
retirada la letra de los señores Tullier. . . . 

MORALES 

Unía vez más, no sé como darle á usted las gra- 
cias (Saludos. Morales váse). 



30 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



REYES 



Bueno, creí qué la "lata" fuera más larga. . 
Vamos á trabajar. (Sale). 



ISABEL 



(Entrando casi en seguida) Mamá, mamá ; los abue- 
litos ! 



ESCENA VIII 
Isabel, Don Luis, Doña Fermina y Camila 

(Entran por el foro don Luis y doña Fermina; y 
casi simultáneamente por la casa, Camila). 

don luis 

¡Hola! ¡Hola! ¿Cómo está la gente? Chiquilla.... 

DOÑA FERMINA 

Hijos míos .... 

ISABEL 

Abuelita querida. . . . (Saludos; abrazos). 

CAMILA 

Mamá, querida mamá. . . . 

DON LUIS 

Vaya, vaya ¿Y cómo están por acá? ¿Reyes? 
i Matías 1 



EL ESCLAVO - REY 



31 



CAMILA 

El nene duerme ; hace poco lo acostó Isabel. Re- 
yes trabaja. ¿ Cómo les ha ido de viaje ? 

DOÑA FERMINA 

Así, así. Algo derrengados con el vapor. . . . Ya 
se vé; los viajes no son para los viejos. Pero éste 
( por su marido ) va tan mal de sus ríñones .... 

CAMILA 

¿Siempre esos ataques? 

DON LUIS 

Siempre. ¡ Qué ! le vamos á hacer ! La máquina 
vie jia, y a se sabe 

DOÑA FERMINA 

¿El nene debe estar muy crecido? 

ISABEL 

M|uy crecido y muy picaro. Ya verá que gracias 
hace. 

DON LUIS 

De Reyes no hay que hablar. ¿Siempre en el 
Banco ? 

CAMILA 

Sí, papá. Trabajando, luchando. . . . 



32 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



DOÑA FERMINA 

Pero, en fin, ¿se vive? ¿no falta, el pan? 

CAMILA 

(Sonriendo forzadamente) ¡Oh, eso no! No es la 
riqueza ; pero como usted dice, se vive .... 

DON luis 

Si tu marido me hubiera hecho caso. ... Te acor- 
darás: le ofrecí un buen puesto en mi estableci- 
miento de Paysandú .... 

CAMILA 

No puede dejar la capital. Dice que el campo lo 
entristece, lo enferma. 

DON LUIS 

¡ Tonterías, Camila ! Nada hay como el campo. Allí 
se vive, se trabaja, se crían fuerzas, se tienen bue- 
nos colores. ... Tú estás muy desmejorada, hija 
mía. . . . 

CAMILA 

¿Le parece, papá? Sin embargo, me encuentro 
bien 1 ! 

DOÑA FERMINA 

Allá todos estarían mejor, hasta el mismo Reyes. 
Respecto al sueldo, ya sabes, ganaría el doble de lo 
que aquí gana.... tendría su habilitación.... 



EL ESCLAVO - REY 



33 



CAMILA 

j Tantas veces le he hablado ! Pero, es inútil ; no 
quiere salir de aquí. Ahora anda preocupado con 
un negocio de cautelas, ¡ qué sé yo ! ... . quebraderos 
de cabeza. . . . 



ESCENA IX 
Dichos, Larrea 

LARREA 

(Por el fork)) Como Perico por su.... (Advir- 
tiendo á los abuelos) ¡Oh, perdonen ustedes.... 
(Reconociéndolos) ¡Pero, si es don Luis! 

DON LUIS 

Señor Larrea. . . . (Saludos). 

LARREA 

(A doña Fermina) Señora.... Buenas noches, 
Camila.... ¿Cómo están ustedes? ¿Cuándo han 
llegado ? 

DON luis 

Hace un momento apenas. 

LARREA 

Vaya, vaya ¿Siempre allá, por el diablo, en 

Río Negro? 

3.-T. II. 



34 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



DON LUIS 

(Corrigiendo) En Paysandú, en Paysandú 

LARREA 

Eso es, estaba confundido. ¿Y esa fábrica de con- 
servas? ¿Produce? 

DON luis 

Se hace lo que se puede .... nos defendemos 

DOÑA FERMINA 

(Que habla con Camila) Ya sé, por tus cartas, 
que Isabelita ha suspendido las lecciones de piano.... 

CAMILA 

i Qué quiere, mamá ! Es un presupuesto .... no 
ganamos para esos lujos. .. . 

DOÑA FERMINA 

Es una lástima. Yo que me hacía la idea de que 
mi nieta iba á saber tocar, cuando yo viniera, aquella 
melodía que tanto me gusta 

CAMILA 

¡ Ah, sí! "La plegaria de una Virgen". ... Ya la 
tocaba casi .... Pero, en fin, más adelante .... 
cuando Reyes consiga. . . . 

DOÑA FERMINA 

¡ Chist, chist ! . . . . No digas eso ; más adelante 
puedo morirme .... 



EL ESCLAVO - REY 



35 



CAMILA 

¡ Mamá, por Dios ! . . . . 

DOÑA FERMINA 

Ya vamos para viejos, hija mía. . . . Así es que 
no puedo esperar tanto. Pensando en esto, le traigo 
á Isabelita un regalo .... 

ISABEL 

¡ Oh, abuelita ! 

DOÑA FERMINA 

Sí, le he escamoteado á Luis un buen puñadito de 
libras esterlinas .... Las tengo en mi cartera .... 

CAMILA 

Pero, mamá 

DOÑA FERMINA 

.Cállate, es un regalo para mi nieta, para que b 
compren un buen piano .... Luego te daré esa pla- 
tita .... 

ISABEL 

(Abrazando á la abuela) ¡Querida abuelita! 

DOÑA FERMINA 

Pero, ¡ya sabes.... "La plegaria de una Vir- 
gen ' ' . . . . que no se te olvide .... 



36 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LARREA 



(A don Luis) Tendría que retirarse á cuarteles 
de invierno .... 



DON LUIS 



¿Qué quiere usted, amigo Larrea? Es mi ley, el 
trabajo. Si no tuviera en qué ocuparme, me moriría. 



CAMILA 



(A Isabel) Isabel, avisa á papá que están los vie- 
jos. (Sale Isabel). 



ESCENA X 
Dichos, menos Isabel; luego, Reyes 

don luis 

(A Larrea) Si Reyes quisiera ponerse al frente 
de mi establecimiento, entonces no digo que no ... . 

larrea 

¿ Y Reyes no quiere aceptar ? Pues me parece que 
su oferta es tentadora. Lo que es aquí, nunca dejará 
de ser un pobre empleado de Banco. 

DON LUIS 

¿No es cierto? Yo no sé que apego puede tenerle 
á esta capital, donde la vida es más cara, más. . . . 
(Viendo entrar á Reyes) Aquí le tenemos. 



EL ESCLAVO - REY 



37 



REYES 

¡ Hola, hola ! . . . . ¿ Cómo vamos í ¿ Qué tal ese 
viaje? (Saludos). 

LARREA 

Hablaba ele tí con don Luis. Parece que tiene 
intenciones de llevarte como administrador de su 
establecimiento, en Paysandú .... 

DON luis 
Sí, isería mi mayor gusto. 

REYES 

¿Todavía piensa usted en eso, clon Luis? 
DON luis 

Hijo mío, yo ya voy haciéndome viejo .... y en- 
tonces, naturalmente, me agradaría descansar un 
poco .... Dejando la fábrica en buenas manos, que- 
daría contento y tranquilo. . . . 

REYES 

Pero, es que yo ... . 

don luis 

¡ Qué diablos ! Al fin y al cabo, ¿ á quién ha de 
quedar todo eso, cuando yo me muera?. . . . 

larrea 

¡ Oh, don Luis ! No hay que pensar .... 



38 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



DOÑA FERMINA 

(A Camila) No te preocupes, muchacha. Los es- 
tudios son por mi cuenta. Yo pagaré los estudios. 
Todos los meses te pasaré una rentita. . . . Pero, el 
piano, el piano quiero que se lo compres á Isabel.... 

REYES 

Tendría, mucho gusto; pero por el momento, no 
puedo aceptar .... 

CAMILA 

¿Quieren pasar á ver al nene? (Se pone en pie). 

LARREA 

Allí está quizás tu porvenir .... 

REYES 

Bueno, bueno Ya hablaremos otra vez. . . . 

DOÑA FERMINA 

(A don Luis) ¿Vienes, Luis?.... (A Larrea) 
Con permiso. . . . 

LARREA 

Es usted dueña, señora. . . . (Salen Camila, do ha 
Fermina y don Luis). 



EL ESCLAVO - REY 



39 



ESCENA XI 
Reyes y Larrea 

reyes 

¡ Uf ! ¡Al fin ! ¡ Qué matraca ! . . . . Y tú, dándole 
cuerda. . . . Creí que no íbamos á concluir nunca,... 

LARREA 

Con todo, insisto 

REYES 

Hablemos de otra cosa .... ¿ INXi negocio ? . , 

LARREA 

A eso vine. González no tiene por el momento. . . . 

REYES 

¿Y aquellos cinco mil pesos? 

LARREA 

Colocados ya. No hay que pensar. Vi también al 
corredor de la calle San Martín .... Tendría cuatro 
mil pesos al diez por ciento .... 

REYES 

El interés no me importa; pero necesito cinco 
iil.... 



40 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LARREA 

Aguarda. Al diez por ciento, pero la operación no 
podría realizarla hasta fin de mes. 

REYES 

No, no ; los preciso mañana mismo. 

LARREA 

Imposible ese negocio. Calculándolo así, me fui á 
ver al francés, ya sabes. . . . 

REYES 

Ya, ya.... ¿Y? 

LARREA 

Con ese podríamos arreglarnos. Es un judío .... 

REYES 

No importa; necesito los cinco mil pesos. . . . 

LARREA 

La dificultad estriba en que exige una garantía.... 

REYES 

¡ Ladrón ! ¿ Cómo quiere .... 

LARREA 

Sobre vale, ya sabes, es difícil .... 



EL ESCLAVO - REY 



41 



REYES 

Pero yo no tengo bienes; no tengo quien me faci- 
lite su firma. . . . 

LARREA 

Tu suegro. 

REYES 

¡Jamás! Y oye, que nadie se entere aquí de este 
negocio. 

LARREA 

¿Quieres que te diga una cosa, Reyes? Mejor es 
que no te presten más dinero. 

REYES 

¿ Tú dices .... 

LARREA 

Que es mejor. ... Sí, Reyes, es mejor. . . . Estás 
acribillado de deudas ; has firmado no sé cuántos 
vales.... Debes lo que no podrás pagar nunca. 
¿Dónde en tierras tanto dinero? 

REYES 

¿ Cómo, dónde entierro ? Me parece .... 

LARREA 

No te sulfures. Ya lo sé : eres dueño de hacer tu 
real gana. Pero yo que te estimo, tengo también el 
derecho de hacerte algunas reflexiones. . . . 



42 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



REYES 

Agradezco tus reflexiones; pero ahora necesito di- 
nero y no consejos. 

LARREA 

(Grave, en voz más ha ja) Ese dinero, esos cinco 
mil pesos, vamos, di, ¿son para aquí, para tu fa- 
milia? 

REYES 

¿ Si son paira ? ¡ Pues está claro ! ¿ Para quién 

han de ser? 

LARREA 

Entonces lo más breve y más seguro, es pedirlos 
á tu suegro. 

REYES 

¡Cuerno! Antes que pedirle á él un centavo, pre 
fiero cortarme la lengua. 

LARREA 

No es por eso. 

REYES 

¿Eh? 

LARREA 

Que no es por eso. 

REYES 

¿Y por qué es, entonces? 



EL ESCLAVO - REY 



43 



LARREA 

Porque esos cinco mil pesos, como los tres mil de 
los otros días, como los muchos otros con que de un 
tiempo á esta parte te estás ahorcando, no son para 
cubrir los gastos de esta casa. 

REYES 

Querrás decirme á mí . . . . 

LARREA 

Que tratas de engañarme, justamente. 

REYES 

Ea, basta de zonceras .... 

LARREA 

Eso digo yo. ¡ Basta de zonceras, Reyes, basta de 
gastar lo que no tienes con una mujerzuebw 

REYES 

¡ Larrea ! 

LARREA 

Pero, ¿qué te figuras? ¿Crees que vivimos en la 
luna? (Bajando la voz) Lisetta, la cantante gom- 

meuse del Casino Ya vés, estamos enterados 

(Un silencio) ¿Y es por esa mujer que sacrificas á 
tu familia ? . . . . 



44 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



REYES 

Y bien,, sí, es cierto; estoy loco, estoy loco por 
esa mujer.... ¿Qué quieres? En esta casa no he 
encontrado nada, sino disgustos, contrariedades, mi- 
serias. . . . Me casé estúpidamente, porque sí. Y ya 
vés : Camila es la vulgaridad misma, es de una 
ehatura espantosa, fea, tonta .... 

LARREA 

Es buena, sencilla, trabajadora; es la madre de 
tus hijos; la compañera de tus sufrimientos. . . . 

REYES 

¡Déjate de romanticismo! Esto es la prosa ele la 
vida,, el aburrimiento, el tran-tran, la hartura, la 
muerte .... Rutina, peleas, lágrimas, ¡ uf ! Y yo 
necesito Vivir, moverme, reir, gozar; yo preciso lo 
nuevo, lo imprevisto, ¿comprendes? Y allá, allá he 
encontrado un paraíso. 

LARREA 

No te olvides que en ese paraíso debes entrar con 
cinco mil pesos. . . . 

REYES 

¿Eh? 

LARREA 

Lo cual te procura algunos dolores de cabeza. 



EL ESCLAVO - REY 



45 



REYES 

¡ Déjame en paz ! Tú tienes una moral de gabinete 
que no comprende la vida .... 

' LARREA 

¡PerOi, con mil demonios 1 , si lo comprendo todo! 
El que no me comprende eres tú. Yo no te censuro 
que tengas una querida, porque, ¡qué diablos! eso 
de la fidelidad de los hombres es una cosa por el 
estilo del fin del mundo, todos lo esperan y nadie 
cree en él; lo que te censuro es que dés el paso 
más largo de lo que te permiten tus piernas; que 
hagas pasiar hambre y miseria á tu familia. . . . 

REYES 

Eso es cosa mía y á nadie le importa . . . . 

LARREA 

(Sin oirle, sin interrumpirse) . . . .por una canzo- 
netista de casino, por una mujerzuela. . . . 

REYES 

¿Te qufrere/si callar, infeliz? 

LARREA 

¿Qué? ¿Te figuras que tu Lisetta se ha escapado 
de un altar? 

REYES 

No me figuro nada. Sé lo que ha sido; me ha 
contado toda su historia. . . . 



46 



VÍCTOR, PÉRE2 PETIT 



LARREA 

Ya. Que es hija de buena familia. Que tenía un 
novio, que la engañó. Que sus padres la echaron. 
Que sus parientes nadan en el oro .... 

REYES 

No seas papanata. Lisetta fué lo que fué. Pero 
hoy es una buena muchacha. Ha roto con todo su 
pasado. Me quiere, ¿entiendes? me quiere, y por mí 
ha dejado las tablas, ha roto con sus antiguas rela- 
ciones, con Manon, con el granuja aquel de la pu- 
ñalada, con todos .... Mira, ¿ conoces á Ladislao, 
ese Ladislao no sé cuantos, en fin, Ladislao, no? Un 
viejo imbécil, lleno de plata, asiduo del Casino. . . . 
le pasaba una renta magnífica .... Bueno, pues lo 
ha puesto á la puerta; lo ha echado como á un 
perro 

LARREA 

Por tí, naturalmente .... 

reyes 

¡ Claro, que por mí ! ¿ Y eso qué prueba ? ¿ No es 
amor eso? Se ha venido á vivir conmigo, sencilla- 
mente. . . . 

LARREA 

A razón de cinco mil pesos cada cuatro ó cinco 
días .... 



EL ESCLAVO - BEY 



4/ 



REYES 

En fin, ¿puedes conseguirme ese dinero? 

LARREA 

Ya lo vés. He caminado todo el día inútilmente. 
¿Tienes la garantía? 

REYES 

Pero, ¿de dónde quieres que la saque? Estoy 
hundido, agotado .... ( Estallando ) Pero, ese judío 
del diablo, ¿qué quiere? Cobra el interés que se le 
dá la gana, y todavía exige 

LARREA 

Entonces, Reyes, tiempo perdido .... 

REYES 

(Con un gesto de desaliento) Está bueno. . . . 

LARREA 

Oye, Reyes. Hace un instante, tu suegro te ofrecí: 
un empleo. . . . 

REYES 

No puedo, no puedo .... 

LARREA 

Porque no te atreves á romper con Lisetta ; por- 
que enes un desdichado, un desdichado suicida que 
corre enceguecido á un precipicio sin saber dete- 
nerse, sin tener voluntad para detenerse .... 



48 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



REYES 

Larrea, amigo mío, necesito ese dinero .... 

LARREA 

¿De dónde quieres que lo saque? ¿Tienes la ga- 
rantía ? 

REYES 

Está bien ; está bien .... 

LARREA 

(Cogiendo su sombrero) Rompe con Lisetta, amigo 
mío. Búscate algo más barato .... 

REYES 

Está bien ; está bien .... 

LARREA 

(Tendiéndole la mano) Me voy Sin rencor, 

¿eh? 

REYES 

¡Bah! Entre amigos. ... (Va á salir Larrea y se 
encuentra con Tiriot que entra). 

LARREA 

Aquí tienes al ínclito Tiriot. (Saludándolo al 
irse) Adiós, bribón. 

TIRIOT 

Adiós, Paul Bourget. 



EL ESCLAVO - REY 



49 



ESCENA XII 
Reyes y Tiriot 

reyes 

Entra Tiráot. Llegas á pelo. ¿ Qué hay de nuevo ? 

TIRIOT 

Vengo de paso. Abajo me espera don Julio. 
reyes 

¿El protector de Manon? 

TIRIOT 

El mismo. Está furioso contigo. Dice que es por 
tu consejo que Lisetta ha roto con Manon. 

REYES 

¡ Claro que es por mi consejo ! Lisetta no puede 
tener amigas así .... 

TIRIOT 

Bueno, bueno. He entrado de paso para decirte 
que vi á Lisetta. Está bramando 

reyes 

Le habrás dicho. . . . 

4.--T.II. 



50 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TIRIOT 

Que no podías ir porque estabas enfermo. No 
quiso entender nada. Me replicó que s(i estabas in- 
dispuesto, hubieras podido enviarle bajo sobre lo que 
te pidió ; — que así no se hace esperar á una mujer.... 

REYE3 

Pero .... 

TIRIOT 

Aguarda. Que no es¡ una tonta; que son evasivas 
tuyas ; que ya no la quieres como al principio .... 
¿á ver, aué más?. . . . 

REYES 

Entonces, muy enojada? 

TIRIOT 

¡Figúrate! (Recordando) ¡Ah! Lo principal: y 
que si mañana á mediodía no le has enviado el 
dinero que te pidió, se verá en la necesidad de re- 
currir á Ladislao, ya sabes. . . . 

reyes 

j Basta ! Dile que mañana tendrá ese dinero. ¿ Oyes ? 
Se lo vas á decir ahora mismo .... 

TIRIOT 

¿Ahora? Muchas gracias. Ahora me voy con don 
Julio á oir una sección. . . . 



EL ESCLAVO - REY 



51 



REYES 

Bueno, pues; iré yo mismo. Gracias, Tiriot. 

TIRIOT 

Hasta mañana. (Y ase). 

ESCENA XIII 
Reyes, solo; luego Camila 

REYES 

(Paseándose muy agitado) ¡Todo, todo sale como 
el demonio ! . . . . Ese papanata de Larrea y ese judío 
del infierno ! . . . . No, y es claro, si no le mando ese 
dinero, es capaz . . . . ¡ Ah, no, no, no ! ¡ Ladislao, no ! 
¡ Ladislao, no ! . . . . Hay que concluir. . . . Eso es ... . 
En seguida, es lo mejor. . . . (Llamando) ¡Camila! 
¡ Camila ! ( Nerviosamente) Lo repondré dentro de 
unos días .... lo más pronto posible .... ¡ Camila ! 

CAMILA 

¿ Llamabas ? 

reyes 

Hace una hora que llamo. Pareces sorda. ¿ Qué 
diablos hacías? 

CAMILA 

Estaba buscando mi anillo de brillantes, aquel 



52 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



con una perla, que me regaló papá cuando nos ca- 
samos .... 

REYES 

Bueno, bueno ; tráeme el sombrero. 

CAMILA 

¿Cómo? ¿vas á salir? 

REYES 

Voy á salir, ¿qué hay con eso? 

CAMILA 

Está bien, está bien .... Pues, ¿ sabes que no lo 
encuentro ? 

REYES 

¿Qué cosa? 

CAMILA 

Mi anillo. Lo tenía en una cajita, en el cajón de 
La cómoda .... 

REYES 

Por ahí andará. Déjame en paz. 

CAMILA 

Lo he buscado por todas partes. Quería mostrár- 
selo á mamá. Y no lo encuentro, no lo encuentro 
por ningún lado .... 



EL ESCLAVO - REY 



53 



REYES 

Porque esta casa es un bochinche ; porque no ha> 
orden .... Todo anda aquí manga por hombro .... 
De fijo ha ido á la basura. . . . 

CAMILA 

No. Yo lo tenía siempre en el mismo sitio. Ayer 
todavía lo limpié con aguardiente. Deben habérmelo 
robado. 

beyes 

¿Robado? ¿Quién? 

CAMILA 

No sé. Aquí no entra nadie. ¡ Qué pena ! Un anillo 
que era un recuerdo de papá .... 

REYES 

¿Acabaras de traerme el sombrero, con mil demo- 
nios? Estoy yo para oir zonceras ahora. . . . ( Camila 
obedientemente va á salir, cuando la voz de su ma- 
rido la detiene) Camila,, oye. . . . ( Con voz más baja, 
cual si tuviera miedo de su propio acento) Escu- 
cha. . . . es¡e dinero, el que trajo Morales. . . . tráelo. 

CAMILA 

¿Lo vas á llevar ahora? 

REYES 



Sí, voy á llevarlo. (Con ira, para darse ánimos) 
Pero, ¡Cristo! ¿lo traerás de una vez? (Camila sale 



54 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



precipitadamente. Al quedar solo, Reyes se sienta 
pensativo. Después de una pausa, poniéndose en pie) 
Ocho días .... ¡ Bah ! Entre tanto, buscaré sobre 
vale . . . . 

CAMILA 

(Entrando con el fajo de billetes, un abrigo y el 
sombrero) Aquí tienes. Lleva también el sobretodo; 
puede refrescar. . . . 

REYES 

No seas estúpida. Hace calor. 

CAMILA 

(Tratando de darle el sobretodo) Con todo, mejor 
sería. . . . 

REYES 

(Cogiendo el sobretodo y arrojándolo lejos) ¿No 
te he dicho que no? ¡Qué embromar! (Sale rápida- 
mente. Camila, con tristeza, le vé partir). 



TELÓN 



ACTO SEGUNDO 



Saloncillo muy elegante del chalet que Lisetta posee 
en los alrededores de la ciudad. Sobre el foro, una gran 
portada con amplias vidrieras á los lados que permiten 
ver una gran terraza que dá sobre un jardín : en la te- 
rraza, palmas, heléchos, etc. En el saloncillo, de estilo 
art-nouveau, habrá, á la derecha, segundo plano, un 
piano casi disimulado por adornos de sala y algunas 
plantas de invernáculo ; y á la izquierda, dos puertas con 
portiers, un sofá, sillones, un puff ; etc. Del otro lado, pri- 
mer plano, una mesa con álbums, bibelots, fotografías, 
jarrones con flores, etc. El lujo de esta habitación con- 
trasta con la miseria de la del acto anterior. 

ESCENA PRIMERA 
Lisetta, Clotilde y Manon 

(Al levantarse la tela, Lisetta, tendida negligen- 
temente en el sofá, fuma un cigarrillo mientras ob- 
serva á Clotilde que, sentada en el suelo y utilizando 
el puff como mesa, echa las cartas haciendo un soli- 
tario. Manon, junto á la mesa que está en el otro ex- 
tremo de la habitación, hojea un álbum). 

CLOTILDE 

Una mujer rubia: esta es la señora. Ahora, el ca- 
ballo de oros . . . . ¡ Oh, qué cosa más rara ! ¿ Vé usted, 



\ 



56 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



señara ? ¡ El caballo de oros ! Un hombre que hace 
un viaje. . . . 

LISETTA 

Lie tue carte non sanno quello che si d'ieono, Clo- 
tilde. 

CLOTILDE 

¡ Oh, señora Lisetta ! ¡ No puede ser ! Las cartas 
no mienten nunca. Siempre me ha salido cierto lo 
que me han dicho. 

LISETTA 

¿ Davvero ? ¿ Sei propio cosi sicura ¥ Seguita, dun- 
que. 

CLOTILDE 

¿Cómo no? ¿Se acuerda aquella vez que.... 
(Viendo la nueva baraja que ha echado) ¡ Ah! ¡ Otro 
hombre ! Mire, señora Lisetta : el rey de oros ha- 
ciendo vis con la reina. . . . 

LISETTA 

(Jugando con su chinela y fumando negligente- 
mente) ¿Vuol diré? 

CLOTILDE 

Quiere decir que un hombre rico reemplaza al ca- 
ballero que se marcha. . . . 

LISETTA 

i Ja ! ¡ Ja ! ¡ Ja ! 



EL ESCLAVO - REY 



57 



MANON 

(Dejando el álbum y viniendo hacia ella) ¿Ebbene? 
¿Sei contenta, Lisetta? ¿Cosa ti dice la sorte? 

LISETTA 

Delle sciochezze, Manon. ... 

CLOTILDE 

( Ofendida ) Si la señora no cree en las cartas .... 

LISETTA 

Non importa, Clotilde. Fa un solitario, é piú si- 
curo. 

MANON 

Aliona, io me ne vado. Ho da cercare il mió Giulio. 

LISETTA 

Di 'un pó tu, ¿a quest'ora? 

MANON 

Giá. Lo prendero al suo circolo. Andiamo oggi a 
Pakirmo. 

LISETTA 

¿ Ti fa la buona vita il tuo Giulio, neh ? 

MANON 

Mi anoia, cara. Ma non ho altra cosa da fare. 
¿Tu resti? 



58 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LISETTA 

Aspetto Reyes. 

MANON 

¡ Eceo un altro seccatore ! ¡ Benedetto Iddio ! 

LISETTA 

leri li ho domar, dato qualche cosa.... (Timbre) 
Eccolo (A Clotilde) Lascia il tuo solitario. Apri. Fa 
presto. (Clotilde sale). 



ESCENA II 

Lisetta, Manon ; luego Clotilde y la Chica 
de la modista 

MANÓN 

¡Reyes! Scusa, cara. lo me ne vado. 

LISETTA 

Ma no, resta. Non ti dirá milla. 

MANON 

M'attacca i nervi, il tuo Reyes. Non posso sof- 
frirlo. . . . 



LISETTA 

Per questa volta, Manon . . . 



EL ESCLAVO - REY 



59 



CLOTILDE 

( Guiando á la chica de la modista que trae una 
gran caja) Señora Lisetta, es el vestido nuevo. 

LISETTA 

¡ Ah, benissimo ! Vediamo. ( Atropelladamente abre 
la caja. Extiende, mientras habla, el vestido sobre el 
¡ sofá. Manon y Clotilde se extasían) É un semplice 
vestiito da casa, Manon. Ne avvevo propio bisogno .... 
Guarda. ¿ Ti piace ? ¿ É bello í 

MANON 

Meraviglioso .... charmant .... 

CLOTILDE 

i Qué bien le va á quedar á la señora ! Este color 
siempre la viste muy bien á la señora. 

LISETTA 

¿Ti pare, Clotilde? Si, é molto bello. (A la chica) 
¿Hai portato lia fattura? 

LA CHICA 

(Presentando la nota) Aquí está, señora 

LISETTA 

Va bene. Lasciala. lo passeró di la. (Sale la 
chica). 

MANON 

Charmant É veramente charmant 



60 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CLOTILDE 

Es mucho más bonito quie el traje azul que se hizo 
la señora el mes pasado. 

LISETTA 

Giá. E piú bello. 

CLOTILDE 

¿Por qué no se lo prueba, señora Lisetta? Tengo 
ganas de vérselo puesto. 

LISETTA 

¿ Ti piacerebbe ? Aspetta a domani. Domani lo ve- 
drai.... (Al ver entrar á Reyes) ¡Oh! Ecco Re- 
yes 

, ESCENA III 

Dichos y Reyes 

reyes 

Mi querida Lisettiai. . . . (Advirtiendo á Manon) 
¡Ah! ! 

MANON 

(Saludando) Signor Reyes. . . . Vod éntrate eid io 
stavo per uscire .... Dunque, scusate .... (A Li- 
setta) Carina, un baccio. ... me ne vado. 



EL ESCLAVO - REY 61 
LISETTA 

Nient'affatto. Puoi restare. 

MANON 

No, no; ho da laseijarti. Giulio m'aiípetta (Salu- 
dando) Signor Reyes.... Ciao, Clotilde. (A Li- 
mita) Non disturbarti (Sale acompañada por Clo- 
tilde ) . 

ESCENA IV 
Lisetta y Reyes 

REYES 

(Gravemente) ¿Cómo está Manon aquí? ¿No te 
había advertido que no la recibieras más? ¿Por qué 
no me obedeces, Lisetta? 

LISETTA 

( Como si no le hubiera oido; alegremente ) Guarda, 
caro,, il mió nuovo vestito. ¿Ti piace? 

reyes 

Sí, muy bonito En fin, Lisetta, ¿quieres de- 
cirme ? . . . . 

LISETTA 

É un vestito di casa, ¿capisci? Ne avvevo propio 
bisogno. Prendí il contó. É cosa da poco. 



62 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



REYES 

(Guardando la nota) Bien, bien.... Ahora vas 
á decirme .... 

LISETTA 

(Sentándose en un sillón) Reyes.... amico 
mió.... Sei gentile, suona Clotilde. (Beyes toca 
el timbre) Sonó stanca. . . . ¡Dio, che sonó stanca! 

reyes 

Pero, en fin, ¿me dirás? (Entra Clotilde). 

ESCENA V 
Dichos. Clotilde 

CLOTILDE 

¿Ha llamado la señora? 

LISETTA 

Si, porta quella roba nella mia stanza. Bada, non 
sciuparla. 

CLOTILDE 

Pierda cuidado, la señora, no lo estropiaré. ( Co- 
giendo el vestido) \Q,ué preciosura ! Es el más lindo 
que tiene la señora. 

LISETTA 

Via, via .... 



EL ESCLAVO - REY 



63 



CLOTILDE 

¡ Oh ! Y ahora que tiene éste, seguramente no se 
pondrá más el azul. . . . 

LISETTA 

¿Quale? ¡Ah, giá! II celeste. Ma, é bruto que! lo 
1L... 

CLOTILDE 

¿Es f eo ? ¡A mí que me gusta tanto ! 

LISETTA 

¿ Ti piace ? Allora, va bene. Ti lo regalo, Clotilde. 

CLOTILDE 

¿ Me lo regala ? ¡ Oh, qué buena es la señora .... 
Gracias. (Sale). 



ESCENA VI 
Lisetta y Reyes 

REYES 

¿Cómo? ¿Le regalas tu vestidlo azul? Pero si no 
te lo has puesto más que dos veces 

LISETTA 

Lascia stare. ¿Hai veduto Tiriot? ¿Mi ha com- 
perato il cavallo? 



64 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



REYES 

¿Vías á comprar un caballo? ¿Y qué harás de la 
yegua? 

LISETTA 

Non so ... . Cercheró un compratore. 

REYES 

No te darán nada. 

LISETTA 

¡Diiamine! Allora la regalo á Manon. 

REYES 

( Enojado ) \ Oh, al fin ! Esto no puede seguir así, 
Lisetta. 

LISETTA 

(Indiferente) ¿Che cosa, caro? 

REYES 

Yo te había pedido que cesaras tus relaciones con 
Manon. Ya vés: tú no me obedeces, Lisetta. La si- 
gues recibiendo lo mismo, sin fijarte en que me 
disgustas 

LISETTA 

(Con ingenuidad) ¿Dawero? ¿ti displace?. 
reyes 

Estoy disgustado, sí. No me agrada que no atien- 
das lo que te pido. Manon es una amiga que no te 



EL ESCLAVO - REY 



65 



conviene. Sus locurasi y fantasías llaman la aten- 
ción de todo el mundo. Así, ya vés, es natural : an- 
clando tú. con eKa, recibiéndola en tu casa, todos 
creerán que eires como ella. . . . 

LISETTA 

(Canturreando á media voz) "Viens, poupoule, 
viens".... 

REYES 

¡Oh! ¡Basta, Lisetta! Yo no soportaré más. . . . 

LISETTA 

(Repentinamente seria) ¿Cosa? ¿Cosa hai detto? 

REYES 

(Acobardado por la mirada de su amante) Yo.... 
en fin ya vés ... 

LISETTA 

(Después de una pausa, con calma otra vez, recli- 
nándose en su asiento) ¿Mi porti ció che ti ho do- 
mandato ieri? 

REYES 

¿Los dos mil pesos? La verdad, no he tenido 
tiempo 

LISETTA 

(Con desprecio) Benissimo. Sei gentile. 

5. — T. II. 



66 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



REYES 

(Humildemente) Escucha, Lisetta. Hace ocho días 
te traje cinco mil pesos. Luego, dos días después, tres 
mil quinientos. Ya vés, es mucho.... en poco 
tiempo*. . . . 

LISETTA 

lio capito. Non vuoi darmeli. 

REYES 

¿Te has enojado? Lisetta, hay que ser razonable. 
Un día, compras un caballo, y al día siguiente quie- 
res deshacerte de él, para comprar otro. Los som- 
breros no te los pones más que una vez. Tus vestidos 
nuevos se los regalas á Clotilde. Yo, ya vés, quisiera 
satisfacer todos tus gustos. . . . 

LISETTA 

(Swd únicamente) ¡Ah, ah! Lo vedo bene 

REYES 

Yo te quiero, Lisetta, te quiero bien .... Quisiera 
tener una fortuna para ponerla á tus pies. Pero, íi 
veces, no se puede .... 

LISETTA 

¿ Nient 'altro ? Ya benone. Cercheró. 

REYES 

¡ Lisetta ! ¿ Qué quieres decir ? 



EL ESCLAVO - REY 



67 



LISETTA 

¡ Oh ! ¡ alia f inie ! ¡ sonó stanca ! ¿ capisci ? ¡ sonó 
stanca! ¿Credi che io sia avvezzata alia miseria? 
¿credi che io posso andaré avanti cosi? No, caro 
mió. Ne ho per di sopra alia testa de'tuoi gemiti, di 
queste privazioni. Se non puoi affidare una donna, 
resta a casa tua. 

REYES 

Lisetta querida. . . . 

LISETTA 

¿O credi che ti debbano amare per la tua bella 
stampa? ¡Ah, povero Beyes! Ma guardati nello 
specchío 

REYES 

No digas eso, Lisetta . , . . me haces daño 

LISETTA 

¿E che ne ho da vedere io? Lisetta non domanda 
due volte la stessa cosa. ¿ Hai capito ? Io posso otte- 
nere tutto ció che desidero senza perderé il mió 
tempo come una stupida con questo mascalzone ro- 
vinato 

REYES 

Yo te ruego .... 

LISETTA 

E sappilo una buona volta. Te ne puoi andaré via 



68 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



e non ritornare piú. Ne ho delle tue miserie al diso- 
pra del capo. . . . (Yéndose á su habitación) \ Auff ! 
¡ Che razza d 'uomini ! 

REYES 

Escucha, Lisetta. . . . (Lisetta ha salido dándole 
con la puerta en las narices^. Beyes, doblegado, ven- 
cido, va á sentarse en el sofá, cogiéndose la cabeza 
con las manos. Una pausa. Luego entra Tiriot). 



ESCENA VII 
Reyes y Tiriot 
tiriot 

(Después de mirar un breve espacio á Beyes) 
Bueno. He aquí un hombre que está pensando para 
qué se habrán inventado las mujeres. 

reyes 

(Volviéndose) Amigo Tiriot, esto vía mal. . . . 

TIRIOT 

¿Mal, eh? ¿Qué te ha hecho Lisetta? 

REYES 

Acaba de enojarse conmigo, ¿ entiendes ? Se ha eno- 
jado porque. ... en fin. . . . porque no le he traído 
lo que me ha pedido. 



EL ESCLAVO - REY 



69 



TIRIOT 

¡Ah, si es así! A Lisetta hay que complacerla 
siempre. 

REYES 

Es que ya estoy exhausto, Tiriot. Ya no sé de 
donde sacar dinero. Estoy exhausto, te digo. Esos 
dos mil pesos que me ha pedido ayer, es todo lo que 
me queda. Y yo ya le he dado .... ( Exaltándose ) 

Pero, mira, mira Todo esto que vés aquí, todo 

lo he pagado yo. Le he pagado sus trajes, sus di- 
versiones, su carruaje, ¡ qué sé yo ! Nada le he ne- 
gado. Y ahora, ya vés. . . . (Con desaliento) no me 
quiere ; me desprecia ; se ríe de mí ... . ¡ 

TIRIOT 

Entonces, amigo mío, lo mejor es cortar por lo 
sano y romper ! . . . . 

reyes 

¿Con Lisetta? ¡Estás loco! Pero, ¿no comprendes 
que f la quiero, que la quiero con toda el alma ? ¡ Ol- 
vidarla ! Pero tendría que vaciarme el cerebro, rom- 
perme el corazón .... 

TIRIOT 

Todo se olvida en la vida, Reyes. Vuelve á 
casa .... 



70 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



REYES 

(Violentamente) ¿A mi casa? ¡Ah! ¡La odio, la 
odio mi casa! ¿Vés tú? Allí he enterrado estúpida- 
mente mi vida, perdiendo mi juventud, matando mi 
porvenir, condenándome á ser siempre un oficinista, 
siempre, siempre .... Sin mi familia, yo hubiera te- 
nido otras ambiciones ; me hubiera lanzado á los ne- 
gocios; tendría hoy, ¿quién sabe?, una fortuna. . . . 
Y ahora, que nada puedo, que nada tengo .... ahora, 
mi vida está aquí, al lado de esta mujer. . . . (Con 
desaliento) Y ya vés, Tiriot; sufro, sufro horrible- 
mente .... No puedo decirle nada. Hace un mo- 
mento, encontré aquí á Manon. Ya sabes. Le había 
prohibido que la recibiera. Pues bueno ; no he dicho 
nada. He tenido miedo que se enojara, que gritara 
más que yo ... . Porque á eso hemos llegado : ahora 
Lisetta me grita á veces; me aplasta con veladas 
amenazas.... (Dejándose caer en una silla) Soy 
muy desgraciado. 

(Larga pausa. Tiriot coge un cigarrillo en la ban- 
deja, lo enciende y va á sentarse en el sofá). 

TIRIOT 

Y bien ; por teso mismo tienes que tomar una reso- 
lución. ¿ Qué piensas hacer ? 

REYES 

(Se levanta y pasea silenciosamente; después de 
un instante, con amargura) No puedo no pue- 



EL ESCLAVO - REY 



71 



do. . . . (Un silencio. Dirigiéndose luego á su 
amigo) Oye, Tiriot. Tú vas á ver á Lisetta. Mira, 
hazme un favor: dile que volveré, que volveré á 
traerle lo que me ha pedido. . . . (Va á coger su 
sombrero. De pronto, recordando algo, se vuelve) 
¡Ah! toma.... (Dándole un pequeño estuche que 
saca del bolsillo) Dale esto, de mi parte. Se lo 
traía de regalo. Es un anillo. . . . pero, con la dis- 
cusión, me olvidé 

TIRIOT 

(Abriendo el estuche y mirando la joya) Muy bo- 
nito. Una perla con brillantes . . . . ¿ Sal'adito, eh 1 

reyes 

(Evasivamente) Así, así. . . . Hasta luego. No te 
olvides. (Sale). 

ESCENA VIII 
Tiriot, solo ; Pepito, luego ; y Clotilde, un instante 

TIRIOT 

¡ Pobre Reyes! Esto va mal. . . . (Pausa) En fin.... 
(Mirando la joya otra vez) Muy bonito el anillo, 
muy bonito. . . . (Pausa. Lo guarda en el bolsillo) 
Lo mejor que le podría pasar á Reyes, es que ella 
lo soltara por un canuto. . . . Sería mejor. ... (Un 
silencio) ¿Pero me va á tener todo el día aquí? 



72 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



¿A que se ha olvidado Clotilde de anunciarme? 
(Va hacia el timbre para llamar, cuando advierte 
que entra Clotilde con Pepito que trae un ramo de 
flores). 

CLOTILDE 

Pase usted. En seguida advierto á la señora. . . . 
(Váse). 

PEPITO 

Muy bien ; muy bien .... ( Deja sobre la mesa las 
flores). 

TIRIOT 

Adelante, Pepito. ¿Qué hacemos por acá? 

PEPITO 

¡Hola! ¿Es el amigo Tiriot? (8 alúdanse) Aquí 
estamos para saludar á Lisetta. . . . 

TIRIOT 

¿Y traerle, de paso, unas flores? 

PEPITO 

¡Je! ¡Je! Un pequeño, un pequeño homenaje. 

TIRIOT 

Anda usted con ganas de deshancar á un amigo 
mío . . . . 

PEPITO 

¿Dice usted eso por Reyes? No, no señor, 

no.... Es un homenaje nada más.... ¡Hombre! 



EL ESCLAVO - REY 



73 



A propósito de su amigo Reyes, ¿ qué me cuenta 
usted? 

TIRIOT 

¿Que qué le cuento? 

PEPITO 

Sí, la historia de la letra de la casa Tullier, del 
Rosario .... ¿ Surgen complicaciones, no ? 

TIRIOT 

( Asombrado ) No sé nada. 

PEPITO 

¡ No va usted á saber ! 

TIRIOT 

Le doy á usted mi palabra. ¿Qué es ello? 

PEPITO 

¿De veras? ¡Vaya, tiene usted ganas de hacerme 
hablar! ¿No sabe usted que el Banco donde está 
empleado Reyes pasó aviso á la casa Tullier que 
se le vencía una letra hace unois días 1 ? 

TIRIOT 

¿ Y qué tiene que ver ? 

PEPITO 

¿Y no sabe usted que dicha casa comunicó que 



74 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Morales, ya sabe usted, el brasilero Morales, aquel de 
Pernambuco, me parece .... 

TIRIOT 

Ya, ya sé quién .... Adelante 

PEPITO 

Parece que tenía el dinero para retirar la letra 
y que no lo hizo 

TIRIOT 

Pero, en todo esto, no veo que tiene que ver 
Reyes .... 

PEPITO 

Aquí está la encantadora Lisetta .... ( Entra Li- 
setta). 

ESCENA IX 
Dichos, Lisetta; luego Don Julio y Manon 

lisetta 

Miei cari í mici .... ¿Mi sonó f atto aspettare ? 
( Cogiendo ¡as flores que le presenta Pepito ) Delle 
camelie .... Gentilissimo, il mío Pepito .... Buon 
giorno, Tiriot (Le dá la mano izquierda). 

TIRIOT 

Encantado de estrechar esta mano divinísima .... 



EL ESCLAVO - REY 



75 



LISETTA 

( Riendo ) \ Ja ! ¡ Ja ! Abraciatemela, dunque, cat- 
tivo sogetto 

TIRIOT 

(Besándole la mano) Como á una reina. 

PEPITO 

¿Y yo? 

LISETTA 

(Tendiéndosela) Fate puré. (A Tiriot) ¿II mió 
cavallo? (A Pepito) Scusate, gli affari 

PEPITO 

Está usted en su casa, Lisetta. ( Se retira discreta- 
mente y hojea un álbum-panorama). 

TIRIOT 

El alazán es suyo. Negocio concluido. 

LISETTA 

¿II prezzo? 

TIRIOT 

El que usted ha fijado en definitiva. Mañana el 
caballo estará en la cochería. 

LISETTA 

Benissimo. (Volviéndose hacia Pepito) Dunque.... 



76 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TIRIOT 

(Reteniéndola) Un momento. Cuando entré aquí, 
encontré á Reyes . . . . 

LISETTA 

( Con fastidio ) ¡ Oh, la, la ! 

TIRIOT 

Óigame usted, Lisetta. Reyes la quiere á usted; 
pero el pobre no puede .... 

LISETTA 

Permetette .... Permetette, Tiriot. Ella non sa 
che sonó stanca del suo amico .... 

TIRIOT 

Es un buen hombre. Mire ; vea lo que Reyes tenía 
pia/ra 'ofrecerle á usted ( Le dá el anillo ) Hay que ser 
buena, Lisetta. . . . 

LISETTA 

¡ Ah ! Questo é assai gentile da parte sua. . . . ( Co- 
locándose el anillo en el dedo ) Non é cattivo, no ... . 
Guárdate un pó, Pepito .... 

PEPITO 

(Aproximándose) ¡Oh, muy bonito! ¿Es una ga- 
lantería de Tiriot? 

lisetta 

Sicuro ¡Questo bravo Tiriot! 



EL ESCLAVO - REY 



77 



MANON 

(Entrando como un torbellino, seguida por don 
Julio) ¡La buona nuova! ¡La buona. . . . (Se inte- 
rrumpe al ver á los otros) ¡Oh, scusate!. . . . Buon 
giorno, Tiriot. Buon giorno, Pepito. (Saludos). 

lisetta 

( A don Julio ) Ben 'lieta di vedervi 

DON julio 
Mi querida amiga. ... 

TIRIOT 

(A Manon) ¿Y bien? ¿Esa buena noticia? 

MANON 

¡ Ah, no ! Voi non ci éntrate per nulla .... Lisetta, 
ascolta. . . . (Tiriot, Pepito y don Julio forman un 
grupo á la derecha; Lisetta y Manon se sientan en 
el sofá y hablan aparte) Ecco tutto di che si tratta.... 
Mía prima, baciami .... 

lisetta 

(Abrazándola) Ecco fatto Sentiamo la tua no- 

tizia. . . . 

MANÓN 

Benone. ¿ Ma é buona, sai ? 

LISETTA 

¿Dawero? Parla dunque 



78 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MANÓN 

Un momento. Questo si paga- avanti .... 

LISETTA 

(Pasándole una bandejilla con cigarros) ¿Una si- 
garetta ? 

MANÓN 

¡ Ti domando un pó io se questa é ur a paga! 

LISETTA 

Allora ti la debo. Parla. 

MANÓN 

Va bene. Ma tóenti soda per non cascare rovescione 
per térra .... 

LISETTA 

¡Dio, mi fai paura! Parla dunque 

MANÓN 

Ladislao vuol parlarti. 

LISETTA 

¿Cosa dici? ¿Ladislao? 

MANÓN 

Vuol parlarti. É di ritorno e dimentica tutto. 

LISETTA 

¡Ah, Dio, Dio! Ma ¿come si fa? 



EL ESCLAVO - REY 



79 



MANON 

Ecco. Giulio lo ha trovato per via poco anzi. Egli 
ti contera. Te l'ho portato súbito. 

v , LISETTA 

(Volviéndose) Sdgnor Giulio; f ate-mi il piacere 

(Don Julio se aproxima). 

MANÓN 

(A Lisetta, poniéndose en pie) Senti. Rammeiita 
che fui la prima .... 

LISETTA 

Tó, tó . . . . ¡ Oh, mió Dio ! . . . . Venite cui, signor 
Giulio. . . . (Manon va á hablar con los jóvenes; don 
Julio se sienta al lado de Lisetta). 

TIRIOT 

¿Con que, Manon, nosotros no podemos conocer 
esa buena nueva ? 

MANON 

¡Ah, no, caro! Gli uomiini non sanno guardare i 
segretti. 

PEPITO 

Señorita Manon; yo le guardaría uno de mil 
amores. 

MANÓN 

¿Credete? E puré, non sapete guardare il vostro 
segretto ? 



80 



VÍCTOR PÉREZ PÉTIT 



PEPITO 

¿El mío? ¿Qué secreto? 

TIRIOT 

¡ Diablo ! Es fácil dar con él. Que está usted loco 
por Lisetta .... 

PEPITO 

¿ Quién dice eso> ? ¿ Yo he dicho eso ? 

MANON 

Appunto. Non lo di te, ma lo gridate per gli occhi, 
per le gambe, per il naso tutto il giorno cosi in 
aria. . . . 

TIRIOT 

¡Touché! (Todos ríen). 

LISETTA 

Dunque, Ladislao 

DON JULIO 

Usted comprende, Lisetta, hablamos poco porque 
yo estaba apurado. Pero, ese buen amigo desea verla 
á usted, hablarla un momento. Ya vé : no puede usted 
negarle esa pequenez .... 

LISETTA 

¡ Ma che cosa ! ¡ Dio, Dio ! Mi gira la testa. 



EL ESCLAVO - REY 



81 



DON JULIO 

El pobre está enamorado de veras. Olvida lo que 
usted le ha hecho y desea pedirle perdón por las pala- 
bras que pronunció. Vaya, ¿ le recibe usted ? 

LISETTA 

¡Ah! si, certo; che venga. . . . (Se pone en pie) 
¡Dio, come sonó contenta!. . . . (Don Julio se une á 
los jóvenes) Vorrei bailare, gridare.... (Súbita- 
mente se dirige al piano, se sienta y empieza á tocar, 
cantando ) : 1 1 Viens poupoule, viens ' ' 

TIRIOT 

(A don Julio, mientras canta Lisetta) ¿Es tan 
buena la noticia que provoca esta tempestad ? 

DON JULIO 

Seguramente ha de creerlo así Lisetta 

MANON 

(A don Julio) Tu, guarda; non racontare milla.... 

PEPITO 

Yo lo voy á saber por la misma Lisetta 

MANON 

¿Voi da Lisetta? ¡Que razza de idee hanno 

questi uominli! (Lanza una carcajada y va hacia Li- 
setta que deja el piano). 

6.-T. II. 



82 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LISETTA 

Ebbene. . . . bisogna far festa; bisogna bere qual- 
che cosa . . . . 

MANON 

¡ Bravísimo ! Un sor so di whyski .... 

TIRIOT 

¡ No, no ! ¡ Champagne ! ¡ Champagne ! . . . . 

TODOS 

¡ Bravo ! ¡ Bravo ! ¡ Champagne ! 

LISETTA 

¡ Clotilde ! ¡ Clotilde ! ¡ Champagne ! ¡ Fa presto ! 

PEPITO 

(A Lisetta) Vamos á ver, Lisetta. Una confidencia 
entre amigos. ¿Qué nueva es esa? ¿Se puede saber? 

LISETTA 

Certo, si puó sapere. Ecco il caso. II signor Gíulio 
compra la mia cavalla per regalarla a Manon. 

DON JULIO 

¿Eh? ¿Qué dice usted, Lisetta? 

MANON 

¡ Ah, caro ! ¡ Come sei buono ! 



EL ESCLAVO - REY 



83 



DON JULIO 

Pero .... 

MANON 

Quanto ti amo, vecchietto mió .... 

PEPITO 

No, no es eso ; no es eso ... . 

TIRIOT 

¡ Bravo don Julio ! ¡ Muy bien ! ¡ Muy bien ! 

DON julio 
¡ Me he sacado la lotería ! 



ESCENA X 
Dichos y Clotilde 

(En medio de las risas y de la charla, entra Clo- 
tilde y mi criado con copas y botellas de champagne. 
Clotilde destapa una botella y sirve. Pepito descor- 
cha otra. Bromas, risas. El criado sale en seguida). 

pepito 
Aquí está el champagne. 

TIRIOT 

(Cantando) "Viva il vino spumeggiante " 



84 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MANON 

¡ Ecoo 1 'artiglieria ! 

PEPITO 

Yo isoy una especialidad para destapar el cham- 
pagne .... ! • ¡ • 

MANON 

¿Avete fatto dá garcon d 'hotel? 

DON JULIO 

Por favor, Manon 

TIRIOT 

(Con una copa en alto) Hay que hacer un brindis 
por Lisetta. . . . 

LISETTA 

Aspettate. Qui non si parla senza montare alia tri- 
buna 

MANON 

Bravo ; sopra una sedia, Tiriot .... 

TIRIOT 

( Subiéndose á una silla) Señoras y señores .... 
(Protesta general). 

TODOS 

(A un tiempo) ¡No, no! ¡Nada de señores y seño- 
ras! — ¡ Parece un orador de café ! — ¡ Basta, no sabe 



EL ESCLAVO - REY 



85 



hablar! — Es muy cursi, eso, Tiriot. — ¡Abajo Ti- 
riot ! ¡ A la calle, Tiriot ! 

TIRIOT 

(Descendiendo de la silla) En vista de eistas mues- 
tras de simpatía, abandono la tribuna 

TODOS 

¡Bravo, Tiriot! ¡Muy bien, Tiriot! 

PEPITO 

Yo bebo á la generosidad de don Julio . . . 
todos 

¡Muy bien! ¡Bravo! ¡A la salud del caballo de 
Manon ! 

LISETTA 

É una cavalla, signori .... 

TIRIOT 

¡Y á la salud de Lisetta que se deshace de un 
clavo ! 

LISETTA 

( Arrojándole á las piernas el contenido de su copa ) 
¡Préndete, ciarlatano! 

TIRIOT 

¡ Oh! (Todos ríen, aplauden y hablan á un mismo 
tiempo). 



86 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MANON 

É meritato ! é meritato ! 

PEPITO 

¡ A la calle, Tiriot ! ¡ A la calle, Tiriot ! 

don julio 
¡ Ja ! j Ja ! ¡ Ja ! Muy bien hecho ! 

LISETTA 

E adesso, basta. Se mi fa perderé la vendita, dovrá 
comperare lui stesso il cavallo. (Timbre. Clotilde 
sale ) . 

PEPITO 

¡Ha estado notable, notable! 

DON JULIO 

Es encantadora esta Lisetta. 

LISETTA 

(A Tiriot) Ed ora dovete domandarmi scusa. 

PEPITO 

¡ Bravísimo ! ¡ Que pida perdón ! 

LISETTA 

In ginocehio. (Tiriot se arrodilla á sus plantas) 
Cosí. Baciatemi l'orla del manto. (Tiriot besa su 
vestido.) 



EL ESCLAVO - REY 



87 



DON JULIO 

¡ Es un reina ! 

PEPITO 

¡Notable! ¡Notable! 

MANÓN 

¡Povero Tiriot! 

TIRIOT 

¿Quedo perdonado? ¿No hay más castigos? 

LISETTA 

Si. Abracciatemi. (Tiriot la abraza) Ecco il per- 
dono. (Todos aplauden). 

MANON 

(A don Julio) ¿Allora mi fai dono della cavalla? 

DON JULIO 

¡ Qué le vamos á hacer ! Si la yegua es tan mala 
como dice Tiriot, no puedo menos que comprarla. 

TODOS 

¡ Bravo, don Julio ! ¡ Viva don Julio ! 

CLOTILDE 

(Que ha entrado y habla aparte con Lisetta) Se- 
ñora, está el señor Ladislao. 

LISETTA 

¿ Cosa hai detto ? 



38 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CLOTILDE 

Está el señor Ladislao. Pide permiso para ver á la 
señora. 

LISETTA 

¡ Ladislao ! ¡ Cosi presto ! Ma si, che entri .... 
Guarda, Clotilde, ascolta ¡ Oh, mió Dio ! 

CLOTILDE 

¿Lo hago entrar aquí? 

LISETTA 

No, no É meglio nell'altra stanza Passi 

nella mia camera (Sale Clotilde. A los demás): 

Scusate .... Non li scaccio, pero ho bisogno di res- 
tare sola. . . . 

PEPITO 

¡C'est trop fort! (Todos protestan). 

LISETTA 

(A Manon, bajo) C'é Ladislao. Portami via tutta 
questa gente. 

MANON 

¡ Oh, allora ! Senti, Giulio. Andiamo á Palermo. 

E voi altri ¡ zut ! préndete il voló. . . . (Protestas 

de Pepito y Tiriot). 



EL ESCLAVO - REY 



89 



LISETTA y MANON 

(Al mismo Uempo, empujándoles por las espaldas, 
colocándoles los sombreros, entre risas y bromas) 
¡Via! ¡Via! ¡Non disturbarvi! ¡a un altro giorno! 
¡ In marcia e súbito ! ¡ Hop, la ! ¡ A rivederci ! ( Salen 
en un torbellino de risas y protestas). 

LISETTA 

¡Auff! ¡Finalmente! (Llamando nerviosamente) 
Clotilde, Clotilde Fate entrare 

ESCENA XI 
Lisetta y Ladislao 

LADISLAO 

¡ Qué buena es usted, Lisetta ! 

LISETTA 

¡ Oh, Ladislao ! ( Asi, durante unos segundos, cogi- 
das las manos, permanecen mirándose). 

LADISLAO 

Mi querida Lisetta, no se figura usted lo que he 
sufrido allá, lejos, pensando siempre 

lisetta 

Sieda (Se sientan) ¿Quando é arrivato? 



90 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LADISLAO 

Ayer ; he llegado ayer. No podía más. Hubiera que- 
rido venir ayer mismo; pero no me animaba. Des- 
pués encontré á don Julio .... me dió ánimos .... 
me prometió hablarle á usted. . . . 

LISETTA 

Ma dami del tu. . . . Sei eosi cerimonioso. . . . 

LADISLAO 

¿Y entonces? ¿Es cierto? ¿Se olvida todo? 

LISETTA 

Non parliamo del passato. Tutto é finito. 

LADISLAO 

¿ Es el perdón ? ¿ La paz ? 

LISETTA 

Ecco il sugello. (Inclina la cabeza hacia él. Delica 
damente, Ladislao la besa en los ojos). 

LADISLAO 

(D»rpués de una pausa) ¿Y ese otro. . . . Reyes! 

LISETTA 

Sctaceiato. 

LADISLAO 

¿ De veras ? ¿ Todo ha concluido ? 



EL ESCLAVO - REY 



91 



LISETTA 

Tutto. Non voglio piú vederlo. E poi .... voi 
siete .... tu sei ritornato .... Ho f atto una pazzia, 
lo confesso, e me ne sonó pentita. Soltanto, dopo che 
sei partito compressi quanto ti amavo 

LADISLAO 

Mi Lisetta 

LISETTA 

j Oh, tu non mi crederai, ma é vero come c 'é un 
Dio! Ho sofferto, ho molto sofferto della tua par- 
tenza. Pensavo: l'ho offeso, non tornera piú. . . . 

LADISLAO 

Y heme aquí ; he vuelto á mi Ldsetta ; á mi querida 
Lisetta. . . . 

LISETTA 

Caro. . . . (Reclina felinamente su cabeza sobre el 
hombro de Ladislao. Así, como en éxtasis, perma- 
necen unos segundos. De pronto, por el foro, entra 
Reyes). 

ESCENA XII 
Dichos y Reyes 

reyes 

(Se detiene estupefacto; luego avanza, violenta- 
mente) ¡Miserables! 



92 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



(Lisetta y Ladislao se vuelven sorprendidos. Li- 
setta es la primera en dominarse). 

LISETTA 

( Avanzando un paso ) ¿ Cosa cerca cui il signore ? 

REYES 

Soy yo quien pregunta qué quiere ese hombre en 
esta casa .... 

LADISLAO 

¡ Caballero ! 

LISETTA 

( Conteniendo con un gesto á Ladislao ) Perme- 
tette. . . . (A Beyes) Signor Reyes, mi stupisci 
molto .... 

REYES 

(Siempre airado) Yo quiero saber qué hace ese 
hombre en esta casa 

LADISLAO 

(A Lisetta) Permítame usted; este asunto se arre- 
gla entre hombres, 

LISETTA 

Scusate .... lo sonó in casa mia .... 

REYES 

Yo tengo que entenderme con el señor .... Yo 
tengo que 



EL ESCLAVO - REY 



93 



LISETTA 

(Imperativamente) ¡Basta! (Volviéndose á Ladis- 
lao) La prego, signore, passi in quella camera. 

LADISLAO 

Pero ! ' 1 

LISETTA 

La prego un momento. Voglio una spiega- 

zione da Reyes. 

REYES 

Ese hombre no debe salir de aquí .... 

LISETTA 

( Conteniendo á Ladislao é indicándole su cámara ) 
Vi suplico 

LADISLAO 

Pero, Lisetta 

LISETTA 

( Conteniendo su enojo, con forzada amabilidad ) 
Vi suplico, davvero .... ( Ladislao se inclina ) . 

REYES 

¡ Esto no puede quedar así, caballero ! 

LISETTA 

(A Reyes) ¡Signore! (Con un gesto ha impuesto 
silencio á Beyes. Después se vuelve á Ladislao y, sin 



94 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



una palabra, lo invita á pasar á m habitación. Ladis- 
lao sale lentamente. Reyes avanza un paso, crispa- 
dos los puños; pero Lisetta se le interpone y lo 
domina con la mirada). 



ESCENA XIII 
Lisetta y Reyes 

REYES 

( Con ira reconcentrada) \ Es una infamia ! ¡ Es una 
canallada ! 

LISETTA 

¿ E con quale dritto viene llei a gradare in casa 
mia? 

REYES 

(Violentamente) Con el derecho de ser el amo, de 
ser el dueño de esta casa. Aquí todo es mío; todo 
esto es mío ; todo lo he pagado yo ... . Y ése, es un 
ladrón, un cobarde, un canalla que viene á ro- 
barme .... 

LISETTA 

¿Voi? ¿Voi? ¿Voi il padrone di casa? M'a la pa- 
cí roña sonó io, i o, io ; e voi non ci éntrate per nulla 
qui .... voi non siete nulla .... 



EL ESCLAVO - REY 



95 



REYES 

¡Miserable! ¿No soy yo quien te pago 

LISETTA 

Ho cancellato. T'ho dato il mió favore, ecco. Non 
ne parliamo piú. 

reyes 

No, al contrario; hablemos. Tenemos que hablar. 
La ... . la ... . la infamia que has hecho conmigo .... 

LISETTA 

¡ Oh, f iniamola ! lo non vi amo piú .... lo non 

voglio saperne nulla con voi E poi, sentitelo, io 

amo Ladislao. . . . 

REYES 

¡Ah, mala mujer! (Al alzar sobre ella la mano, se 
contiene, y queda así, durante un segundo, vibrante 
de cólera). 

LISETTA 

(Ante la amenaza, se ha erguido como una ví- 
bora) ¡ Nel nome di Dio ! 

REYES 

Pero tú Pero tú 

LISETTA 

¡Basta! ¡Uscite, signore! (Reyes la contempla es- 
tupefacto. Su cólera parece convertirse en un inmenso 
asombro). 



96 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



REYES 

( Tartamudeando ) ¡Tú tú me echas ! ¡ Tú me 

arrojas de aquí?. . . . Pero, miserable mujer, ¿crees 
que yo me iba á quedar aquí ? ¿ Crees que no voy á 
marcharme? ¿No comprendes! que en este instante 
me repugnas y que te odio, sí, que te odio con toda el 
alma, que te odio? (Riendo forzadamente) ¡Ah! sí, 
me voy, me voy; pero ya nos veremos las caras. . . . 
Ya nos 

LISETTA 

Benissimo. Quella é la porta. 

REYES 

(Una pausa. Reyes, mirando á su querida con pro- 
fundo rencor, va á coger su sombrero. Sin decir una 
palabra ni dejar de mirarla dá dos ó tres pasos hacia 
la puerta de salida; pero, de pronto, vuelve hacia 
ella, y en voz baja, con reconcentrada ira, habién- 
dola cara á cara ) : Sí, nos veremos las caras .... 
y me las pagarás todas juntas .... Todas, todas 
me las pagarás .... ( Lisetta ríe bajo, despreciati- 
vamente ) ¡ No, no te rías ! ¡ Me las pagarás ! . . . . 
Porque es infame esto que has hecho conmigo; es 
bajo, es vil, es cobarde 

LISETTA 

(Nerviosa) Ma, alia finé ¿Volete uscire, si 

o no? 



EL ESCLAVO - REY 



REYES 

( Resueltamente, de pronto ) No, no salgo .... no 
quiero .... Tienes que oirme ; tienes que contes- 
tarme ¿Por qué has hecho esto? 

LISETTA 

Perché non ti amo, non ti amo, non ti amo, ¿é 
chiaro? (Con fastidio) ¡Oh, santo Dio! 

reyes 

( Cada vez más cobardemente, á medida que decae 
su cólera) No, no. . . . Eso no es así. . . . Yo no te he 
hecho nada para que dejaras de quererme. . . . 

LISETTA 

Ma io non ti ho amato mai, ¿ capisci ? Mai .... 
mai .... 

reyes 

No¡, no ; no es cierto .... Hay otra cosa .... Tú no 
puedes decirme eso ... . Eso no es así Mira, ha- 
blemos francamente. . . . 

LISETTA 

¡Oh, Dio! 

REYES 

No, no ; te digo que no es así, Lisetta .... Es que 
ese hombre te ha engañado ; te ha dicho .... 

7. — t. n. 



98 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LISETTA 

Nulla. Sonó io che non voglio piú saperne di te. 
Sonó stanea, sonó sazia; mi dai sulle nervi. 

beyes 

(Más humildemente) No, no. Escucha, Lisetta.... 
Hay que hablar. . . . (Lisetta, hastiada, se sienta en 
el 8¡pfá. Beyes guarda silencio, pasándose la mano 
por la frente, cual si quisiera ahuyentar una horrible 
pesadilla. Después de una larga pausa, empieza á ha- 
blar con voz baja, temerosa) Entonces, ¿es de veras? 
¿Me echas? (Lisetta permanece indiferente. Pausa. 
Reyes se le aproxima. Con voz más débil) Lisetta, 
mira, escucha .... Yo no sé no puedo expli- 
carte .... He tenido un momento .... En fin, he 
creído . . . . ( Advirtiendo un gesto de ella ) No, no te 

vayas .... Debes oirme Después, después yo me 

iré. . . . 

LISETTA 

Pero, ¿cosa cerchi? ¿che vuoi? 

REYES 

(En voz más baja, cobardemente, casi postrándose 
á sus pies) Quiero, quiero que no me eches, Lisetta,... 

LISETTA 

(Poniéndose otra vez en pie) É inutile. 

REYES 

No, no óyeme. He estado loco, lo confieso. 



EL ESCLAVO - REY 



99 



Pero, todo puede olvidarse .... Despide á ese hom- 
bre, y yo seré tu esclavo .... 

LISETTA 

Ma, ¿ sai quello che dici ? 

REYES 

Sí, sí ; te amo, Lisetta. No puedo vivir sin tí. 
¿Comprendes? Y isufro, sufro ¿Ves? Estoy arre- 
pentido. Te juro que no volverá á suceder esto. Per- 
dóname. Tú eres buena. Perdóname, Lisetta 

lisetta 

¿ Ma, non hai vergogna ? ¡ Un uomo ! 

REYES 

(Suplicante) No, no tengo nada, Lisetta. Perdó- 
name. Soy tuyo. Haz de mí lo que quieras, pero no 
me eches, Lisetta. . . . 

LISETTA 

(Rechazándole) ¡Oh, alia fine, mi fai ribrezzo! 
( Con ira) Fuori, fuori di qui. . . . 

REYES 

(Casi sollozando) No, no. . . . No me voy. ... tú 
me vas á perdonar, Lisetta. ... ¿no es verdad? (De- 
teniéndola ) No te vayas .... Yo te adoro .... Per- 
dóname. .. . (Viendo que ella le huye) ¡Lisetta! 
¡ Lisetta ! Sé buenitia. . . . Perdóname. . . . Mira. . . . 
oye ¿cómo quieres que te lo pida? ¿de rodi- 



100 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



lias?.... Y bien, Lisetta^ aquí me tienes (Se 

arroja á sus pies sollozando). 

LISETTA 

(Esquivándose, dirigiéndose poco á poco á su ha- 
bitación, mientras Beyes, aferrado á sus faldas, be- 
sándoselas, sollozando, barre el suelo con sus rodillas, 
arrastrándose cobardemente; — con voz dura y sibi- 
lante) ¡Ma, lasciami dunque, corpo d'un cañe! ¡Pa- 
rola d 'onore, mi f ai ribrezzo ! Lasciami, lasciami .... 

reyes 

( Siguiéndola de rodillas, gimiendo ) No .... no ... . 
no Lisetta 

LISETTA 

( Con ira ) ¡ Per la Madonna ! . . . . ¿ Ma non lo sai ? 
Amo Ladislao, sonó la sua amante .... lo adoro .... 
Ed a te, t'odio, non voglio pin vederti; mi fai 
schif f o ! . . . . ¡ Lasciami, mille diavoli .... ( Con un 
brusco tirón, desprende sus faldas de las manos de 
Reyes, y huye, cerrándole violentamente la puerta 
en la cara). 

reyes 

(Derrumbándose ante la puerta, llamando con va- 
gidos de niño, miserablemente, con sollozos inacaba- 
bles) Lisetta. . . . Lisetta. . . . 



TELÓN 



ACTO TERCERO 



Una humilde habitación en casa de Reyes. — En una de 
las paredes, habrá un cuadro religioso. 



ESCENA PRIMERA 
Camila, Isabel, Matías; luego Tiriot 

( Camila é Isabel estarán cosiendo. Matías, sentado 
en el suelo, se entretiene con un destartalado carrito ) . 

ISABEL 

Mamita, ¿esta orilla va dobladillada? 

CAMILA 

A ver .... Sí, es mejor ; quedará más concluida. 

(Un largo silencio). 

MATÍAS 

Mamita, al carro le falta una rueda. (Al cabo de 
un instante, viendo que Camila no responde): Ma- 
mita, al carro le falta. . . . 



102 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CAMILA 

¿Qué quieres que le haga yo? 

MATÍAS 

No tiene rueda. 

CAMILA 

Es que ese es un carro de tres ruedas. 

MATÍAS 

¿Hay carros de tres ruedas? 

CAMILA 

Cállate, Matías. . . . ( Camila se levanta y va á ter 
el pequeño reloj que está sobre un mueble) Las 
seis menos cinco. ... Es extraordinario como tarda 
Reyes 

ISABEL 

Estará todavía en la oficina. 

CAMILA 

No es posible ; sale á las cuatro .... ( con un sus- 
piro) ¡ Ay, Jesús! (Siéntase á coser otra vez. Pausa). 

MATÍAS 

Mamita, la cicleta de tres ruedas que tiene An- 
toñito, ¿es un carro? 



EL ESCLAVO - REY 



103 



ISABEL 

No seas tonto. Una bicicleta no es un carro. 

MATÍAS 

Mamita dice que hay carros de tresi ruedas .... 

ISABEL 

No seas tonto, nene. 

MATÍAS 

Tonta vos, ¿sabes que más? 

CAMILA 

i Chist ! ¿ Qué modo de hablar es ese ? 

TIRIOT 

( Asomando por el foro ) y Y ? ¿ no ha llegado ? 

CAMILA 

Todavía no, señor Tiriot. Es muy extraño; em- 
piezo á estar intranquila. A las cuatro y media 
siempre está aquí .... 

ISABEL t 

¿No estará en casa del señor Larrea? 



TIRIOT 

De allá vengo. Ni á él ni á Larrea he encontrado. 



104 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



CAMILA 

¿ Por qué no se sienta un momento, señor Tiriot ? 

TIRIOT 

Gracias. Voy á ir hasta el café de ahí abajo, 
donde nos vemos á veces. En todo caso volveré. 

CAMILA 

¿Quiere dejar algo dicho? 

TIRIOT 

Que me espere aquí ; yo volveré en seguida. 

CAMILA 

Pero diga usted, señor Tiriot, ¿ocurre algo grave? 

TIRIOT 

No, no señora .... Es un asunto urgente, nada 
más.... Hasta ahora. (Sale). 

ISABEL 

¿Qué querrá con papá? Van tres veces que viene. 

CAMILA 

Yo no sé. Debe suceder algo. ¡Dios mío! ¡Dios 
mío! 

ISABEL 

¡ Ave María, mamá ! No te pongas así. ( Suenan 
las seis en el reloj). 



EL ESCLAVO - REY 



105 



CAMILA 

Las seis. Nunca ha venido tan tarde; ya ves, son 
las seis .... 

ISABEL 

¿No te parece que podría .encender la cocina? 

CAMILA 

Tienes razón. Deja esa costura, yo la concluiré 

(Sale Isabel). 



ESCENA II 

Camila, Matías; luego Larrea 

(Apenas ha salido Isabel, Camila se pone á llorar 
silenciosamente. Matías, que lo advierte, se le apro- 
xima despacio). 

MATÍAS 

¿Por qué lloras, mamita? 

CAMILA 

(Secándose rápidamente las lágrimas): Yo no 
lloro. Juega, hijo mío. 

MATÍAS 

Y entonces, ¿cómo tenes los ojos mojados? 



106 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CAMILA 

(Lo besa cariñosamente) Vé, vé á jugar, queri- 
dito mío.... (Matías vuelve á su carrito; Camila 
se pone á coser). 

MATÍAS 

Mamita, ¿si le saco otra rueda al carrito, que- 
dará mejor? 

CAMILA 

No, no lo rompas; déjalo así. 

MATÍAS 

¿No quedará mejor? 

CAMILA 

No; con dos ruedas quedará peor. 

MATÍAS 

¿No hay carros 1 con dos 1 ruedas? 

CAMILA 

Hay; pero ese es de cuatro. 

MATÍAS 

No; este no tiene más que tres. 

CAMILA 

Porque tú le sacaste una. 



EL ESCLAVO - REY 



107 



MATÍAS 

¿Y si le saco la otra? 

LARREA 

(Entrando) Con permiso. Buenas tardes, Camila. 
¿Está Reyes? 

CAMILA 

Adelante, señor Larrea. No, no ha venido aún. 
Es verdaderamente extraordinario. Nunca se ha de- 
morado tanto. El señor Tiriot ha venido á buscarle 
por tres veces. 

LARREA 

¡Ah! ¿Ha venido Tiriot? 

CAMILA 

Sí; ahora ha ido al café, donde suele verse con 
Reyes. Si no lo encuentra, volverá aquí. 

MATÍAS 

Mamita, le saqué la otra rueda al carrito y queda 
peor. 

CAMILA 

¿ No te lo decía, desobediente ? Anda, déjame tran- 
quila. Vé con Isabel. 

LARREA 

Entonces, voy á ir hasta el café 



108 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



MATÍAS 

¿Estás enojada, mamita? 

CAMILA 

No, queridito. Déjame hablar con el señor. Vé 
con Isabel. ( Camila da un teso al niño, que sale 
luego con su juguete). 

ESCENA III 
Camila y Larrea 

larrea 

¿Hace mucho que salió Tiriot? 

CAMILA 

Cinco minutos, apenas. 

LARREA 

Entonces voy á esperar un momento, y si demora, 
iré yo también al café. 

CAMILA 

Diga usted, señor Larrea, sea usted franco, ¿qué 
le pasa á Reyes? 

LARREA 

¿Qué le pasa? La verdad, yo no sé. . . . ¿Por qué 
me pregunta usted eso, Camila? 



EL ESCLAVO - REY 



109 



CAMILA 

Porque desde hace unos días pasan cosas que 
nunca han sucedido ■ aquí ... . (Aproximándosele) 
Escuche usted, Larrea. Usted es nuestro amigo; yo 
sé que usted me estima. . . . (Larrea se inclina) Voy 
á confesarle á usted algo que no le diría á mis mis- 
mos padres. . . . 

LARREA 

Hable usted, Camila. 

CAMILA 

Ayer vino Reyes muy tarde, como loco. Entró 
gritando no sé qué incoherencias, que estaba can- 
sado, que se iba á matar, que nos iba á matar á to- 
dos. Después se encerró en su escritorio y no quiso 
salir ni á comer. En vano fui á llamarlo: ni me 
contestó siquiera. A eso de las nueve salió, y como 
encontrara á Isabel le pidió un pañuelo. No había 
pañuelos planchados, y entonces, naturalmente,, la 
pobrecita se demoró buscando. Reyes se puso hecho 
un tigre; empezó á gritar, y luego la emprendió á 
golpes con la pobre Isabel. . . . Quise intervenir. . . . 
y.... (llora). Fué una escena horrible, señor La- 
rrea. Nos dijo de todo, á mí y á mi hija. De pronto 
tomó su sombrero, diciendo que se iba, que no vol- 
vería más á esta casa maldita .... 



110 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LARREA 

Amiga mía .... 

CAMILA 

Ya ve usted. No sé lo que tiene; no me explico 
lo que le pasa. Estoy trastornada, señor Larrea. . . . 
He pasado toda la noche llorando, esperándolo. . . . 

LARREA 

¿No volvió? 

CAMILA 

En toda la noche. Recién entró esta mañana, á 
las diez. Parecía más calmado. No nos dijo una 
palabra. En el almuerzo no tomó más que la sopa. 
Después, siempre callado, se fué á su oficina, y 
aún no ha vuelto. Ya ve usted; yo no comprendo 
nada ; no entiendo nada. Me parece que sueño .... 
¿Usted no sabe nada, señor Larrea? Sea usted bue- 
no ... . Dígame algo .... 

LARREA 

¿Qué quiere usted que le diga, Camila? No me 
explico esia actitud de Reyes .... Pero, no tema 
usted, yo le hablaré, le hablaré formalmente .... 

CAMILA 

No le vaya usted á decir, por Dios 



EL ESCLAVO - REY 



111 



LARREA 

Déjeme usted á mí, señora Yo sé lo que he 

de decirle 



CAMILA 

Pero usted tiene que hablarle; Tiriot le anda 

buscando con urgencia debe suceder algo 

Yo adivino que pasa algo ¿Qué es ello, Dios 

mío? 



LARREA 

No hay nada, Camila ; tranquilícese usted .... 
Tiriot demora ; tal vez ha encontrado á Reyes en 
el café .... Voy á ir hasta allá .... 

CAMILA 

¿Y si se cruzan en el camino? 

LARREA 

Si llega á venir, que no salga, que me espere .... 
Tengo que hablarle forzosamente 

CAMILA 

Pero, entonces .... 



LARREA 

Nada, nada. No se aflija usted Ya verá us- 
ted como no hay nada. . . . Vuelvo muy pronto. . . . 
(Sale). 



112 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

ESCENA IV 
Camila; Isabel; luego Reyes 

(Al quedar sola, Camila vuelve á llorar silencio- 
samente. Entra Isabel y va hacia su madre des- 
pacio ) . 

ISABEL 

Mamá .... ¿ Por qué lloras, mamá ? . . . . ( Camila 
abraza á su hija, que llora con ella). 

CAMILA 

Pobre Isabel .... pobre Isabel .... 

ISABEL 

Vamos, mamá.... no hay que afligirse así 

Ya todo pasó. . . . 

CAMILA 

No nos quiere más .... nos ha perdido el ca- 
riño. . . . 

ISABEL 

No digas eso,, mamita Hoy vendrá más bue- 
no ... . Quien sabe que dolores de cabeza tiene en 
su oficina .... 



EL ESCLAVO - REY 



113 



CAMILA 

¿No te parece? Sí, han de ser cosas de su tra- 
bajo Tienes razón 

ISABEL 

¿Y qué otra cosa puede ser, mamá? ¡Vaya! no 
llores más, que me apenas mucho .... Dame un 
beso, así.... (se abrazan). ¡Pobre mamá! 

CAMILA 

Escucha .... parece 

ISABEL 

Sí, viene alguno .... parece papá . . . . ( Ambas se 
recomponen. Al cabo de un instante entra Reyes, 
profundamente abatido. Silencioso, con lentitud, 
deja su sombrero en una silla y se sienta en otra, 
sin mirar á las mujeres). 

CAMILA 

( Con voz temerosa) Bueno, Isabel, vé á la coci- 
na (Sale Isabel). 

REYES 

¿No ha venido nadie? ¿Ninguna carta? 

CAMILA 

Estuvieron Tiriot y Larrea. Dicen que les espe^ 
res; que tienen que hablarte con urgencia 

8.-T. II. 



114 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



REYES 

Cartas, carta», ¿no han venido cartas? 

CAMILA 

No, ninguna Me encargó mucho Larrea .... 

¡ Ah ! Aquí están .... 

REYES 

Véte. (Sale Camila al tiempo que entran Larrea 
y Tiriot). 



ESCENA V 
Reyes, Larrea y Tiriot 

larrea 

Aquí está nuestro hombre. Desde la esquina te 
conocí. 

TIRIOT 

Vaya, gracias á Dios. , 

REYES 

¿Qué hay? ¿Me buscaban? 

TIRIOT 

He venido tres veces; Larrea lo mismo. ¿Estás 
enterado de lo que pasa? 



EL ESCLAVO - REY 



115 



REYES 

¿Acaso, Lisetta? 

TIRIOT 

¡ Qué Lisetta, ni qué niño muerto ! ¿ Todavía pien- 
sas en eso? Hablo 

REYES 

Entonces pueden dejadme tranquilo .... 

LARREA 

Escucha, amigo mío .... Tienes que preocuparte 
de algo más importante para tí. . . . 

reyes 

¿Algo más importante que Lisetta? ¡Déjame en 
paz! 

LARREA 

Como quieras; pero no es el momento de pensar 
en Lisetta .... 

REYES 

(Saltando) Pero, ¿tú sabes lo que ha pasado? ¿Tú 
sabes lo que ha sucedido ayer? (Larrea se encoge de 
hombros). ¡ Ah, no sabes!. ... ¿Y tú, Tiriot, no sa- 
bes tampoco ? ¿ No has estado hoy allá ? . . . . ( Gesto 
de Tiriot) ¡ Ah! ¡claro! No saben ustedes nada. . . . 
Por eso esa frescura. Pues yo se lo voy á decir, yo 
se lo voy á decir á ustedes para que vean si vale 



116 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



la pona de hablar de Lisetta.... (Mirándolos con 
ira; con voz reconcentrada): ¡Me ha echado "á la 
calle ! 

LARREA 

¡Ah! 

TIRIOT 

i Cómo ? 

REYES 

¡ Ah ! ¿ No saben ustedes nada ? ¿ No lo sabían, eh ? 
Y sin embargo, eso ha pasado ayer. Sí, señores, eso 
ha pasado ayer. ... (Se pasea nerviosísimo) Entré 
la encontré en brazos de un canalla, de un mise- 
rable, una basura como ella, lo mismo que ella. . . . 
Se quedaron tan frescos,, como si tal cosa. . . . Na- 
tural .... Quise entonces increparla, increparla su 
conducta, ¿y saben ustedes lo que me contestó? (Mi- 
rando á sus amigos) ¿No? ¿no se lo imaginan?. . . . 
Pues, nada; que no me quería, que no me amaba, 
que podía marcharme, que no volviera más á ver- 
la.... (Desesperadamente): ¡Ahí está! Eso ha 
pasado ayer. . . . Eso ha sucedido, y no me he 
muerto .... 

LARREA 

Y bien, amigo mío ; más vale así ... . Te ha aho- 
rrado el trabajo de la ruptura .... Yo por mi parte, 
te f elicito .... 



EL ESCLAVO - REY 



117 



REYES 

(Que le ha escuchado con estupor) ¿Tú 

me felicitas?.,... ¿Tú encuentras bien....? 

(Cogiéndole por los hombros, angustiosamente) 
Pero, ¿no comprendes que la adoro, que la adoro, 
que la adoro más que nunca? (Volviéndose á Ti- 
riot ) ¿ Oyes tú ? ¡ Que me felicita ! . . . . Pero, esa 
ruptura me aniquila, me hunde, me desespera .... 

TIRIOT 

Hay que ser hombres, Reyes ¿Qué quieres 

hacer ahora? 

REYES 

¡ Cómo ! ¿ Qué quiero hacer ? Pero, ¡ verla ! ¡ verla 
otra vez! ¡hablarla! 

LARREA 

¿Y qué obtendrías con volver á ver á, Lisetta? 
¿ Tienes dinero para pagarle sus caprichos ? Porque, 
me figuro que á la fecha estarás convencido de 
que lo que ama esa mujer es el dinero. . . . (Reyes 
no contesta. Una pausa). Pues bien, amigo mío; no 
hay que pensar más en eso ; hay que pensar en algo 
más grave, más grave para tí . . . . 

REYES 

No, no quiero pensar en nada.... 



118 VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LARREA 

Oye, amigo mío ¿Sabes lo que ocurre en tu 

Banco? 

REYES 

¿En el Banco? ¿En qué Banco? 

TIRIOT 

En el que tú eres cajero. ¿Sabes lo que ocurre? 

REYES 

¿Qué ocurre? 

LARREA 

Que han telegrafiado á Morales, á Pernambuco 

REYES 

¡Ah! 

LARREA 

(Mirándole fijamente) Y Morales ha contestado 
al Banco y á la casa Tullier del Rosario, por doble 
telegrama, que tú tenías el dinero para retirar la 
letra de estos últimos. 

REYES 

Morales ha dicho 

TIRIOT 

Y afirma que tiene un recibo tuyo .... que lo 
manda en seguida por un empleado de la casa. . . . 



EL ESCLAVO - REY 



119 



REYES 

¡ Ah ! Un recibo .... 

LARREA 

Pero, habla, di ... . Contesta ¿ Has hecho eso ? 

((Pausa). 

REYES 

(Débilmente) Sí . . . . 

TIRIOT 

¡Ah! ¡Por vida! 

LARREA 

i Cómo ! ¿ Has hecho eso ? Luego, ¿ es cierto ? ¿ Has 
hecho eso? 

REYES 

(Abatido) Ya lo vés.... 

LARREA 

(Estallando) ¡Pero es estúpido! ¿Cómo has po- 
dido hacer eso? ¿No sabías que la letra iba á ven- 
cerse dentro de pocos! días?. . . . 

REYES 

Sabía, sí 

LARREA 

¿ Sabías y dispusiste del dinero ¡ Pero, estás 



120 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



loco, Reyes! ¡Te has vuelto loco, desgraciado! (Pa- 
seándose agitado) Francamente, francamente 

TIRIOT 

¿Y ahora? ¿qué vas á hacer? Dentro de poco se 
probará, con tu recibo, que es cierto lo dicho por 
Morales en su telegrama. La señora de éste ya 
anda en campaña ... . Ayer visitó al Gerente del 
Banco .... 

REYES 

¿La señora de Morales? 

TIRIOT 

Sí. Sabía que su esposo, antes de embarcarse, te 
había entregado una cantidad de dinero para re- 
tirar la letra. ... 

LARREA 

Y no es eso todo .... El -Gerente del Banco está 
alarmado, como es natural. . . . Ha ordenado un 
arqueo de caja, la re visación de tus libros.... 
(Viendo á Reyes abatido) Pero, habla, di algo, 
¡ con mil demonios ! . . . . ¿ Me figuro que no habrás 
tocado á la caja? 

REYES 

Déjenme. . . . déjenme. . . . 



EL ESCLAVO -REY 



121 



TIRIOT 

Oye, Reyes .... Un consejo .... Habla claro á 
tu suegro 

REYES 

Déjenme.... por favor.... 

LARREA 

Como quieras.... estás advertido.... (Como 
para sí) ¡Si parece mentira! 

REYES 

Déjenme "Vayanse ustedes por favor 

TIRIOT 

¿Qué vas á hacer? 

REYES 

Tengo que pensar Por favor, déjenme solo 

TIRIOT 

¡ Increíble ! 

LARREA 

¡Inconcebible! (Salen Larrea y Tiriot). 



122 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA VI 
Reyes é Isabel 

( Cuando salen sus amigos, ¡Reyes se desploma 
junto á la mesa y apoyando los codos sobre ella, 
oculta la cabeza entre sus manos. Una pausa). 

ISABEL 

¿Se fueron tus amigos, papá? ¿Puedo poner la 
mesa ? 

REYES 

¿Dónde está tu madre? 

ISABEL 

En su cuarto, con la señora de Morales. 

REYES 

(Irguiéndose) ¡Con la señora de Morales! ¿Qué 
quiere? ¿Qué ha venido á hacer? 

ISABEL 

Yo no sé. Como tú estabas ocupado, mamá la 
recibió .... 

REYES 

¡ Ah, bien ! Está bien .... Tenía que suceder .... 
Es una cadena. . . . una cadena. . . . (Mirando á su 
hija) ¿Por qué me miras así?. . . . 



EL ESCLAVO - REY 



123 



ISABEL 

( Amedrentada ) Yo .... yo ... . 

REYES 

Acércate. . . vamos, acércate. . . (Isabel se acerca, 
vacilando ) ¿ Me tienes miedo ? . . . . ¿ Por qué me tie- 
nes miedo?. . . . (Aproxima á sí á su hija) Escucha, 
Isabel .... Escúchame bien .... ( Camila entra y se 
detiene sorprendida ) . 

ESCENA VII 
Dichos y Camila 

ISABEL 

Sí, sí, papá 

REYES 

Yo he sido malo contigo he sido muy malo 

¿No es verdad que me perdonas, hija mía?. . . . 

ISABEL 

(Sorprendida, sin comprender, con miedo) Papá.... 

REYES 

¡Chist! No te muevas Escúchame Te he 

castigado injustamente He sido muy malo ; pero, 

¿ ves ? . . . . soy tan desgraciado, tan desgraciado .... 
(Inclina la cabeza, llorando). 



124 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ISABEL 

Papá 

REYES 

¡ Chist ! No es nada. . . . Ya pasó ; dame un beso. . . . 
Ahora, vete, vete.... (Queda abatido, mientras 
Isabel se retira). 

ISABEL 

( Al reparar en su madre ) \ Ah ! . . . . ( Camila le 
impone silencio y le indica que se vaya. Isabel sale). 

ESCENA VIII 
Reyes y Camila 

CAMILA 

(Avanzando hacia su marido) ¿Y bien? ¿qué me 
dices? ¿Sabes quién acaba de salir de aquí? 

REYES 

(Calmo) La señora de Morales. ¿Qué quería? 
¿qué te ha dicho? 

CAMILA 

(Lentamente, con más dolor que ira) Que el di- 
nero que te entregó su marido para retirar la le- 
tra ¿Es cierto? 



EL ESCLAVO - REY 



125 



REYES 

Es cierto. 

CAMILA 

Luego, ¿ tú, tú has dispuesto de ese .... dinero .... 
ajeno ? Pero, ¿ cómo, cómo ? 

reyes 

(Levantándose, triste) ¿Qué quieres? Es así 

He robado, sí, he robado .... Soy un miserable, un 
canalla 

CAMILA 

Pero, en fin, ¿cómo has hecho eso, Reyes? Ex- 
plícate. 

reyes 

( Encogiéndose de hombros, con pesimismo ) : ¿ Qué 
quieres que te explique, Camila? He robado, ahí 
está .... He hecho eso ; he dispuesto del dinero 
ajeno.... Déjame; sufro demasiado.... 

CAMILA 

No, no puedo dejarte.... Soy víctima de una 
duda horrible .... Yo quiero saber ; necesito sa- 
ber .... En fin, me dirás ; ¿ en qué has gastado todo 
ese dinero? Porque aquí, en casa, no ha sido. Aquí 
hemos llevado la misma vida de siempre; hemos 
pasado las mismas necesidades de antes. . . . Va- 
mos, habla ¿En qué has gastado todo ese di- 



126 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ñero ? . . . . (\Larga pausa. Beyes no responde : som- 
brío, taciturno, va á sentarse en otra silla. Entonces 
Camila, que no ha dejado de observarle, se le apro- 
xima;. Con voz más baja, breve): ¿Has jugado? 

REYES 

(Sin mirarla, débilmente) Sí, eso es; he jugado. 

CAMILA 

(Poniéndole una mano sobre el hombro) Levanta 
la cabeza .... mírame á la cara ¿ Has jugado ? 

REYES 

(La mira, débilmente) He jugado.... no sé, el 
vértigo, la locura.... (Baja la cabeza) El deseo 
de mejorar mi suerte. ... ya ves. 

CAMILA 

Estás mintiendo.... (Denegación de Beyes) No 
lo niegues .... Lo he leído en tus ojos .... Estás 
mintiendo .... 

REYES 

(Decidido ; con honda tristeza) Y bien, sí; no 
puedo más .... No tengo ni fuerzas para mentir .... 
Déjame, Camila. . . . 

CAMILA 

(Temblando, con honda emoción) Entonces*.... 
entonces .... 



EL ESCLAVO - REY 



127 



REYES 

(Alza la cabeza; sus miradas se cruzan; con voz 
débil) Sí 

CAMILA 

(Con profundo dolor) ¡Luego, luego es cierto! 
¡ Tú has hecho eso ! ¡ Tú has robado para. . . . ! ( Con 
creciente exaltación) Pero, ¿qué te he hecho yo 
para que me hicieras eso ? ¿ En qué te ofendí ? ¿ Qué 
motivos te he dado piara que me engañaras? ¿No he 
sido buena, leal, trabajadora? ¿No te he querido 
siempre, siempre, con toda el alma, como el primer 
día que nos casamos? ¿No he pasado por todos tus 
gustos, por no contrariarte, por no disgustarte? 
¿ Por qué has hecho eso ? . . . . 

REYES 

No sé. . . . déjame. . . . Me haces daño. . . . 

CAMILA 

¡ Te hago daño ! . . . . Pero tú, ¿ tú no me lo haces 
á mí? ¿No me lo has hecho siempre? ¿Qué he sido 
yo á tu lado ? ¿ Qué he sido en esta casa ? Un mueble 
más, no sé, algo menos que un mueble.... una 
cosa, una triste cosa encargada de servirte, de aga- 
sajarte, que se arrumba, que se echa á un lado 
cuando ya no sirve . ... Y todo, todo lo he sopor- 
tado en silencio: tus iras, tus odios, tus vejámenes, 
hasta tus golpes.... (Con fuerza, acercándosele) 
Sí, tus golpes .... Anoche, no más, cuando volvías 



128 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



de casa de esa mujer sin duda, hiciste pagar tus dis- 
gustos á tu hija y á mí ... . Pusiste la mano sobre 
ella ; y porque no te bastaba una víctima sola, por- 
que tenías que descargar tu cólera en otra per- 
sona, también me castigaste á mí.... (Con dolor, 
con cólera) ¡Me castigastes! ¡A mí, á mí, á quien 
traicionabas, á quien vendías! ¡Y por una mujer, 
por una mujerzuela ! . . . . 

REYES 

i Calla, Camila v calla!. . . . 

CAMILA 

No! Mucho tiempo me he callado Ahora no 

puedo más .... Me has hecho la última afrenta .... 

Me has dado el más cruel de tus golpes Ahora 

puedo hablar. . . . Mientras te creía fiel, mientras 
te creía desgraciado, podía, debía callarme.... No 
quería aumentar tu dolor; no quería disgustarte.... 
Te amaba, te amaba y sufría por tí; hasta me ale- 
graba de tener que sufrir por tí ... . Pero, ahora, 
ahora no ... . Me has arrancado la venda de los 
ojos. . . . has pisoteado mi corazón. . . . 

REYES 

Sí, sí ... . todo lo que quieras .... soy un mise- 
rable .... todo lo que quieras .... ¿no vés ? No me 
defiendo; pero déjame, déjame.... sufro dema- 
siado 



EL ESCLAVO -REY 



CAMILA 

¡Oh, sí! Te dejaré no tienes que repetír- 
melo .... Me iré, me iré de esta casa con mis 
hijos. ... 

REYES 

Yo, yo soy el que me voy. . . . 

CAMILA 

¿Qué quieres decir?.... ¿Dónde te vas? ¿dónde 
te vas^ 

ESCENA IX 
Dichos é Isabel 

ISABEL 

( Con una carta en la mano ) Papá, una carta para 
tí 

REYES 

( Con un relámpago de alegría) ¡ Ah! Trae. . . . 

CAMILA 

(Abalanzándose y cogiéndole á Isabel la carta) 
¡No! ¡A mí! 

REYES 

(Irguiéndose) ¡Camila! (Quedan frente á frente, 
mirándose con rencor) ¡Dame esa carta!. . . . 

9.-T. II. 



130 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CAMILA 

(Ocultándola) ¡No! Es mía. La guardo 

REYES 

(Dominando su ira) ¡Dame esa carta he dicho! 

ISABEL 

( Angustiada) ¡ Mamita ! ¡ Por favor, mamita ! 

CAMILA 

(A Beyes, con furor) ¿Es de ella, verdad? ¿Es 
de ella, la aguardabas, no ? . . . . 

REYES 

¡Dámela, te he dicho! 

, ISABEL 

¡ Mamita querida por favor ! 

CAMILA 

¡ No, no, no ! ¡No te la daré ! ¡ No te la daré ! . . . . 
(Reyes se abalanza para cogerla. Camila huye, tra- 
tando de ocultar la carta). 

ISABEL 

(Aterrorizada, tratando de detener á su padre) 
¡ Papá, papá querido ! . . . . 

(Reyes se desprende violentamente y alcanza á 
Camila. Lucha con ella para arrebatarle la carta y 
la hace caer). 



EL ESCLAVO - REY 



131 



REYES 

(Retorciéndole el brazo para quitarle el papel) 
¡Me la darás! 

ISABEL 

Mamá. . . . mamá. . . . 

CAMILA 

(Cediendo al dolor, con voz ronca) ¡Miserable! 
(Levántase, llorando, y se abraza á su hija, mien- 
tras Beyes, febriciente lee la carta). 

REYES 

(Cuyo semblante refleja sucesivamente la desilu- 
sión, el asombro y el terror que la lectura de la 
carta le produce; con voz desfallecida) ¡AhL... 

Estoy perdido ( Lentamente, con vacilante paso, 

va hacia mía silla y cae rendido. Hay una larga 
pausa. Luego, Camila, que ha observado la actitud 
de su marido, indica con un gesto á Isabel que se 
vaya). 

ISABEL 

( En voz baja, suplicante ) Pero, mamá .... 

CAMILA 

(Brevemente) Vé. (Isabel sale). 



132 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA X 
Camila y Reyes 

(Al quedar solos, Camila se acerca con lentitud 
á Reyes. Su semblante, convulsionado ha poco por 
el dolor, está ahora frío y marmóreo. La decisión 
que acaba de tomar, da á su acento una firmeza 
brusca, pero sin cólera). 

CAMILA 

Una palabra, la última, Reyes. (Beyes permanece 
abatido). Hace un instante, cuando rae destrozaste 
el corazón revelándome tus relaciones con otra mu- 
jer, te hubiera perdonado. Te quería demasiado 
para no haber hecho ese último sacrificio, i si una 
buena palabra tuya me hubiera tocado el corazón. 
Te veía abatido; creí posible un arrepentimiento 
sincero. Pero, ahora, no puedo dudar ya. Has rein- 
cidido en tu conducta de ayer tarde. Me has ve- 
jado; me has afrentado sin reparo; has vuelto á 
castigarme. . . . (Pausa) Me marcho de esta casa. 
(Reyes alza la cabeza y la mira como quien no en- 
tiende lo que le dicen. Camila, entonces, sin prisa, 
pero con decisión, se encamina á sus habitaciones). 

REYES 

( Como si volviera de un sueño ) Oye . . . . ( Camila 
se vuelve fría, impasible. Hay aún una pausa. 
Luego, con voz quebrada) ¿Has dicho? 



i 



EL ESCLAVO -REY 



133 



CAMILA 

(Con voz natural, firme) Que me marcho de esta 
casa. Volveré a casa de mis padres 

REYES 

(Deteniéndola con el gesto) Escucha. 

CAMILA 

No volveré sobre mi decisión. Me voy. 

REYES 

No, no, no. Escucha.... tengo que decirte.... 

Tú, tú te quedas; yo, soy yo el que se va (El 

dolor le postra y cae sentado, cerca de la mesa, sollo- 
zando). 

CAMILA 

Pero.... (Se interrumpe al ver que Beyes, sin 
alzar el rostro, le tiende el papel. Vacila un instante^ 
para cogerle, y luego le rechaza resueltamente) No, 

es inútil No tengo por qué enterarme de lo que 

esa mujer te dice .... 

reyes 

(Insistiendo) Lee, lee. . . . No es de ella. . . . 

CAMILA 

¡Ah! (Toma el papel y lee) "Está d'ecretada tu 
prisión. — Larrea"... . (Súbitamente, su actitud 
cambia. En su rostro se refleja el terror. Su voz 



134 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



angustiada es concisa y breve) ¿Entonces?.... 
¿ quiere decir ? . . . . 

REYES 

(Siempre abatido) Sí 

CAMILA 

¿Te van á prender? 

REYES 

(Gomo en un sueño) ¡Perdido! ¡Estoy perdido!.... 

CAMILA 

¡Reyes! (Suena un timbre). 

REYES 

(Con espanto) ¿Qué es eso? ¿Han llamado? (Co- 
rriendo hacia un extremo de la habitación) ¡No, 
no! ¡No quiero! ¡No estoy! ¡Digan que no es- 
toy ! . . . . ( Camila va hacia el foro ) Vienen ; te digo 

que vienen .... ¡No salgas, Camila ! Te ruego 

que no salgas 

CAMILA 

(Volviendo) Nadie.... no es nadie.... no te- 
mas .... 

REYES 

(Con temor aún) ¿De veras? ¿estás segura? 



EL ESCLAVO - REY 



135 



CAMILA 

Ha sido abajo algún chiquillo Pero tú, 

Reyes. . . . 

REYES 

Estoy perdido, perdido. . . . Van á prenderme, 
¿lo oyes? 

CAMILA 

Pero, no puede ser .... es imposible .... Tiene 
que haber algún medio para salvarte. . . . 

REYES 

No hay ninguno .... Etetoy perdido 

CAMILA 

¡Eso es horrible ! . . . . Yo no quiero que te lleven, 
Reyes ! 

REYES 

Estoy perdido perdido 

CAMILA 

No„ no, no A ver piensa 

REYES 

Es inútil. . . . Sólo devolviendo el dinero. ... Y ya 
vés no tengo un céntimo .... 

CAMILA 

( Galvanizada) ¡ Ah! — (De pronto, con un brusco 
arranque) ¡Aguarda! (Atropelladamente va hacia 



136 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



el secretaire y busca, revuelve, abre cajones, mien- 
tras murmura con voz nerviosa): El dinero que me 
dió mamá para e'l piano de Isabel 

REYES 

( Que la observa anhelante ) ¿ Cómo ? ¿ Tú tienes 
dinero ? 

CAMILA 

( Cogiendo billetes, nerviosamente ) Sí, sí ; es- 
pera. . . . Todo, todo parla salvarlo. . . . (Viene hacia 
él y le entrega un puñado de billetes) Toma, toma. 
No sé cuanto hay .... Pero con eso podrás .... 

REYES 

( Deslumbrado ) ¿ Pero .... esto ? 

CAMILA 

Es un regalo de mis viejos .... Mamá quería que 
le comprara un piano á Isabel. . . . 

REYES 

¿Cuánto? ¿Cuánto hay? 

CAMILA 

No sé ... . Ahí está también lo que papá me re- 
galó al irse .... Llévalo ; retira la letra de Mora- 
les ... . Di que te habías olvidado .... cualquier 
cosa .... Vé, vé, pronto .... 



EL ESCLAVO - REY 



137 



REYES 

(Que ha contado el dinero) Sí, estoy salvado. Con 
esto podré cumplir .... 

CAMILA 

Anda, vé, pronto, corre .... 

REYES 

Sí, sí, voy. . . . Con esto se puede. ... (Se detiene, 
medita; bruscamente ) Adiós, Camila .... 

CAMILA 

Y vuelve pronto No me tengas intranquila 

REYES 

(Va á salir; pero de pronto se vuelve, arrepen- 
tido) Oye 

CAMILA 

Pero anda, vé, aún es tiempo .... 

REYES 

Camila, escúchame Perdóname, Camila. 

CAMILA 

Todo lo he olvidado: te he visto sufrir. . . . 

REYES 

No, no es eso (Vacilando) Escucha: ahora, 

hace un instante, cuando me diste ese dinero, du- 
rante un minuto perdóname 



138 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



CAMILA 

( Dolorosamente ) \ Reyes ! 

REYES 

No, no temas .... Fué la última vacilación .... 
Ahora estoy salvado .... Iré á retirar la letra 
Gracias, Camila. . . . 

( Camila le abre los brazos. Así, enlazados, perma- 
necen ten momento. Luego, Beyes sale precipitada- 
mente. Pausa. Camila se seca una lágrima, mira en 
derredor, va hacia la imagen sagrada que pende del 
muro y se arrodilla). 

CAMILA 

(Con la unción del que alza una plegaria) Proté- 
gelo, Señor, tú que eres la bondad infinita; tú que 
has muerto por redimir nuestras culpas. . . . 



FIN DE LA COMEDIA 



LA RONDALLA 

DRAMA EN TRES ACTOS 



Estrenado en el Teatro Nacional, de Buenos Aires, 
la noche del 16 de Septiembre de 1907 
en el Teatro Solís, de Montevideo, la del 28 Mayo de 1908 



A mi esposa, Enriqueta Deam- 
brosio de Pérez Petit. 



El autor. 



REPARTO 



En el Teatro Nacional En el Teatro Solís 
de Buenos Aires de Montevideo 

Matilde Sta. B. Podestá. Sra. Lina Estévez. 

Luz Sra. A. Podestá. ¡Sta. Maña Ortiz. 

Simona » A. Tesada. » J. Rodríguez. 

Mariana . » Orfilia Rico. » Aida Reyna. 

Doña Manuela ... » J. Lanaro. » J. Lanaro. 

Encarnación Sta. E. Blanch. » Lina Bemez. 

El Abuelo JSr. A. Podestá. » E. Arellano. 

Pepe » Elias Alippi. » V. Gómez. 

Pancho » J. Escarcela. » J. Rodríguez. 

Felipe » César Ratti. N. N. 



Época actual 



LA RONDALLA 



ACTO PRIMERO 



Preludio: Al levantarse el telón, la escena se ha- 
llará completamente á obscuras, de manera que no 
se advierta cosa alguna. De pronto, en medio de la 
noche, muy lejos aún, óyense los primeros sones de 
la rondalla: bandurrias y mandolinas vienen ejecu- 
tando, al través de las calles, desiertas y silenciosas, 
la conocida ronda de il La Dolores", del maestro 
Bretón. 'Poco á poco la música se aproxima, hasta 
que su intensidad revela que los mozos cruzan la 
calle cerca de la casa donde se va á desarrollar la 
obra. Y luego, sin cesar de tocar, la rondalla se aleja, 
perdiéndose gradualmente sus regocijados sonidos en 
la distancia. Las últimas notas, que apenas se per- 
ciben, quedan flotando en el misterio de la noche 
como suspiros de un alma atenaceada por el dolor. 

Escena: Hay, concluida la rondalla, una pausa 
bastante larga. Luego, súbitamente, todas de una sola 
vez, se iluminan las baterías y el escenario queda 
lleno con una luz vivísima. 

Es el patio de una antigua casa suburbana, algo maltrata- 
do por el tiempo, según se vé por los reboques picados de 
las paredes, pero limpito y alegre. Un gran parral, cuyos 



144 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



pies se elevan contra las paredes, sombrea el patio con el 
toldo verde de sus hojas. Macetas de flores sencillas — mal- 
vones, floripondios, azaleas, rosas, santa-ritas, etc. — se ex- 
panden en macetas colocadas en los rincones y sobre un mu- 
ro que corre hasta la mitad del escenario, como si formara un 
corredor con el foro, por el cual se va á la puerta de calle, 
que se supone queda á la derecha. Una enredadera trepa 
alrededor de la puerta que, sobre la izquierda, da acceso á 
las habitaciones interiores. Sobre este mismo lado, hacia el 
foro, el brocal de un aljibe y á su vera, sobre rústicos tablo- 
nes, latas diversas sirviendo de macetas á plantas de claveles. 
A lo largo del foro, un muro de ladrillos rojos, por el cual, 
á trechos suben guirnaldas de campanillas azules. Detrás 
del muro, sobre la acera opuesta de la calle, se advierten edi- 
ficios de arquitectura vulgar. Muy próxima á la entrada de 
la izquierda, una máquina de coser y una silla. Dos ó tres 
sillas más, todas ellas de corte antiguo, diseminadas en el pa- 
tio. Del parral cuelga, sujeta á un largo alambre, una jaula 
con un jilguero. Otra jaula, con un cardenal, está suspendi- 
da junto á la casa. 

ESCENA PRIMERA 
Luz, Pancho ¡y Mariana 

(Al levantarse el telón, Mariana barre el patio, 
mientras Luz da agua á las plantas con una rega- 
dera. Pancho sentado á horcajadas en una silla, apo- 
yados los brazos en el respaldo de ésta y la mejilla 
sobre un brazo, parece dormir perezosamente). 



MARIANA 

(Sin cesar de barrer) Deje eso, niña Luz, que en 



LA RONDALLA 



145 



cuantito acabe de barrer el patio yo le voy á regar 
sus plantas. 

LUZ 

Es que si yo no lo hago, me parece que se van á 
secar. Mire el malvón, Mariana, que triste está. 

MARIANA 

¡ Qué va á estair triste ! Si tiene tremendas flores 
gran dotas. Son aprensiones suyas, niña Luz ; nunca 
han estado más lindas las flores. Viera las de doña 
Ceferina, la puestera de ái abajo. Esas sí que están 
marchitas y desmejoradas. Pá mi gusto que doña 
Ceferina, pá ahorrarse el trabajo, las hace regar por 
el gato. 

LUZ 

Las plantas son de mucho cuidado. Cuando no es 
el sol que las quema, son los bichos que se: las comen. 

MARIANA 

Y de ái, ¿qué me cuenta? A nosotros también nos 
comerán los gusanos algún día. No hay que afligirse, 
y mientras se viva, á estar alegres como un pericón. 
Mire usted las flores, niña: no dejan por eso de 
abrirse tan emperifolladas y fraganciosas'. 

LUZ 

Diga, Mariana, ¿le llevó el recaclito á doña Ma- 
nuela ? 

10.-T. II. 



146 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MARIANA 

¡No, y si no! En cuantito acabamos de cenar, se 
lo llevé. A la niña Simona le di la contestación : que 
á las nueve y media estarían acá á buscarlas á uste- 
des. (Aproximándose al sitio donde se encuentra 
Pancho, con voz seca) Vamos á ver, amigo, salga de 
ái. . . . A dormir al chiquero. . . . (Pancho se levanta 
perezosamente y traslada su silla á otro sitio, donde 
vuelve á sentarse con cachaza. Mariana sigue ba- 
rriendo mientras habla) ¿ Con qué están de baile esta 
noche, según parece? 

LUZ 

Doña Fermina va á bautizar el nene y para feste- 
jar la cosa se darán unas vueltitas. Ya vé : como yo y 
Simona somos solas, doña Manuela y su hija Encarna 
nos acompañarán. 

MARIANA 

Hacen bien en divertirse, muchachas. Yo también, 
en mis tiempos, le di duro y parejo al talón. ¡Qué 
tiempos aquellos! ¡Viera qué bailes, niña Luz! Se 
bailábamos cada polkita que al final nos quedábamos 
todos con media vara de lengua afuera. ¡ Jué perra ! 
¡qué modo de divertirse! 

LUZ 

Ahora, están de moda los schottis y los pas-de- 
quatre 



LA RONDALLA 



147 



MARIANA 

Ya. . . . Ahora les ha dáo por esos bailes franchu- 
tes llenos de firuletes. Pero, créame, niña Luz, pá 
bailes, los de mis tiempos. Entonces no había nada 
de catres. ¡ Usffced hubiera visto qué habaneras ! ¡ Qué 
habaneras, miadrecita mía ! De puro perezosas y que- 
rendonas parecían chocolate espeso. Y los mozos, 
¡ qué finos ! ¿ Usted conoce á don Rodríguez, el alma- 
cenero de ái abajo ? . . . . 

PANCHO 

(Sin moverse) ¿El qué tiene la nariz más larga 
que zaguán de conventillo? 

MARIANA 

¡ Hola, mozo ! ¿ se despertó ? ¿ Qué tal ha pasado la 
noche? (Viendo que Pancho no le hace caso) Pues 
es muy fino, don Rodríguez, pá que sepa. ¡ Qué ma- 
nera de prosiar tenía el mozo ! Mientras los del acor- 
deón le daban duro y parejo á una danza de mi flor, 
el hombre se agarraba á su compañera, soltaba la sin 
hueso y empezaba á meniarle letra menuda y que tal 
y que «se yo, y en cuantito una quería pescarlo en un 
renuncio, él emparejaba uno de esos términos muy 
largos y llenos de fioritura, ¿ me entiende ?, que nos 
dejaban con la boca abierta lo mesmo que pájaros 
bobos. 

SIMONA 

(Dentro de la casa, á gritos) ¡Luz! ¡Luz! ¡Luz! 



148 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LUZ 

¡Aquí estoy, hombre! ¿Qué pasa? 

ESCENA II 
Dichos y Simona 

SIMONA 

(Saliendo) ¿Pero, has visto qué cosía? Habría que 
matarla 

MARIANA 

¿Qué toa pasado, niña Simona? 

LUZ 

¿Alguna otra fechoría de Matilde? 

SIMONA 

¡ Claro ! ¿ De quién habría de ser ? Estábamos la- 
vando la l'oza en la cocina, y de pronto, ¡zás! tu 
copa azul 

LUZ 

(Trágicamente) ¡Mi copa! ¡Hia roto mi copa! (En- 
ira de estampa á la casa). 



LA RONDALLA 



149 



ESCENA III 
Mariana, Pancho y Simona 

SIMONA 

Esa tísica nos va á matar á disgustos. Tras que 
tenemos pocas cosas, se ha puesto á romper cuanto 
le cae en las manos. Me he venido por no arañarle 
los ojos. ¡ Qué desgracia tener una hermana así ! 

PANCHO 

(Sin levantar la cabeza) ¿Y por una copa armás 
ese escándalo? ¡Dejáte dJe jorobar! 

MARIANA 

Oiga,, niña Simona 

SIMONA 

(A Pancho, iracunda) ¿Qué decís vos, ché? ¿Te 
parece que no es nada romper una copa? ¡Por su- 
puesto ! Como no sabés lo que hay que trabajar para 
ganar una. Mejor sería que en lugar de estar ahí 
haraganeando todo el día, te buscaras una coloca- 
ción. ¡Atorrante! ¡Más que atorrante! 

PANCHO 

(Irguiéndose á medias) ¡ Ché, Mariana! Lleváme 
esa gallina pá el gallinero. 



150 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MARIANA 

( Ofendida ) ¿ Ché ? ¿ Desde cuándo sernos hermanos 
pá qne me trate de ché, mocito? 

SIMONA 

Déjelo, Mariana. Este haragán es un atrevido. 
Cuando venga Luz, le vamos 1 á arreglar las cuentas. 

LUZ 

(Dentro) ¡Mariana! 

MARIANA 

Voy, voy. (Deja la escoba y se dirige al interior) 
Pues está bueno. ¡ Ché ! ¡ Habráse visto confianzudo ! 
¡ Cómo si hubiéramos comido en el mismo chiquero ! 
¡ Pues está bueno ! ( Ha salido ) . 

ESCENA IV 
Pancho y Simona 

(Al salir Mariana., Simona coge la regadera que 
dejó Luz en el suelo y va á ponerla junto al pozo). 

SIMONA 

(A Pancho) Vos, Pancho, podías entrar los pája- 
ros en lugar de estar ahí despatarrado. 



LA RONDALLA 



151 



PANCHO 

¿Te parece? ¡Qué más quieren los pájaros que los 
dejen al aire libre! No se van á resfriar 

SIMONA 

Hacé lo que te mando. 

PANCHO 

Bueno. (Se levanta; parece indeciso un instante, 
y luego vuelve á sentarse) Pues no se me dá la gana. 

SIMONA 

¿Qué decís? 

PANCHO 

Que no se me dá la gana. Esos no son modos de 
pedir las cosas. 

SIMONA 

¡Hola, hola! ¡Miren al personaje! ¿Tendría que 
pedirte por favor ? . . . . 

PANCHO 

Me parece ; yo no soy tu sirviente. 

SIMONA 

Pero, nosotras, sí, somos tus sirvientes, ¿no es 
eso? ¡Lindo hermano nos ha dado Dios! En esta 
caisa, somos las mujeres 'las que cinchamos como mu- 
las para darle de comer á los hombres. Es muy de- 
cente ; es muy bonito .... 



152 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PANCHO 

¿A quién das de comer, vos? 

SIMONA 

¿ A quién ? ¡ Me gusta la pregunta ! — A vos y al 
Abuelo. Si no fuera por mí y por nuestra hermana 
mayor Luz, que cosemos para el registro de día y de 
noche, no sé qué iban á comer el Abuelo y vos. . . . 

pancho 

¿Y Tilde? ¿Dónde dejás á Tilde? 

SIMONA 

Matilde se podía acollarar contigo. Buena pieza 
es nuestra hermanita menor. Todo lo que hace es 
destruirnos los pocos cachivaches que nos quedaron 
desde la muerte de papá y mamá. 

PANCHO 

Cargále el carro á Tilde, cárgaselo no más. La po- 
bre ya está acostumbrada. ... (Se pone en pie y se 
despereza) Ché, pá que lo sepás. Tilde vale más que 
vos, cien veces .... 

SIMONA 

¿Qué más vas á decir vos, atorrante? Bien dice 
el refrán : Dios los cría y ellos se juntan .... 

PANCHO 

Dále á la prosa, hermanita, dále á la prosa. Pero 



LA RONDALLA 



153 



la verdad, que lo que ustedes tienen, es envidia de 
Tilde. 

SIMONA 

(Sardónicamente) ¿Envidia? ¡Ja, ja, ja! No sé 
en qué podemos envidiar á esa tísica 

PANCHO 

Ché, tísica, no ... . Si tiene esa tos, es por lo que 
la hacen ustedes trabajar á la infeliz. Que Matilde 
por acá, que Matilde por allá: en todo el día no 
pára, la pobrecita. Ella, para la cocina ; ella, para 
arreglar las habitaciones; ella, para fregar los pi- 
sos 

SIMONA 

Eso es mentira, ché. Doña Mariana viene 

PANCHO 

Nuestra vecina doña Mariana viene, cuando le so- 
bra tiempo, á dar una manito, porque nos tiene lás- 
tima y le gusta enterarse de nuestras cosas. . . . 

SIMONA 

Viene porque le pagamos 

PANCHO 

Diez pesos por mes. ¡ Figuráte, ché ! Cualquier día 
se compra un palacio en la Avenida de Mayo. . . . 



154 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SIMONA 

¡ Ojalá los ganaras tú en vez de dormir todo el día ! 

PANCHO 

Bueno ; en eso tenés razón .... Pero .... ¿Qué que- 
rés, hermanita? Yo no sirvo para nada, lo confieso. 
Ya te acordarás. Cuando me pusieron en la fábrica 
de fósforos, me tuvieron que echar porque ni sabía 
darle aceite á la máquina. ¡ Paciencia ! No sirvo para 
nada. ... ni pá fósforos. . . . Pero, no te aflijás, Si- 
mona. . . . Cuando vea que incomodo demasiado, sin 
decir nada, á la calle .... Me largo .... 

SIMONA 

A morirte de hambre .... 

PANCHO 

No creás. Cuando esté muy aburrido y sin recur- 
sos, un tirito, aquí, en medio de la frente .... 

SIMONA 

¿Te fiarían el revólver, che? 

PANCHO 

No sé. Un pan no se saca tan fácilmente. Un re- 
vólver siempre se encuentra. . . . 

SIMONA 

¡ Lo que vamos á sentir. . . . por los trajes de luto ! 



LA RONDALLA 



155 



PANCHO 

Reíte ; también te reís de Tilde, y si la pobre fal- 
tara. . . . 

SIMONA 

¡ Ay, hijo ! Nos moriríamos de pena .... 

PANCHO 

De pena, no ; pero de trabajar, puedle ser. Enton- 
ces), sí, hermanita, que ibas á tener que cinchar ha^ 
ciendo todo lo que hace ella. Coser de noche y de 
día ; hacer recados ; lavar y fregar ; planchar y coci- 
nar ; limpiar los muebles ¿ Qué trote para un pe- 
tizo, eh? 

SIMONA 

¿Y qué más? 

PANCHO 

¿ Qué más ? . . . . ¡Te quemas, ché ! ¿ Y las palizas ? 
porque por lo visto, Luz y vos tienen contratadas las 
espaldas de Tilde .... 

SIMONA 

Cuando lo merece .... Es nuestra hermana me- 
nor. . . . 

PANCHO 

Es la Cenicienta de la casa, ya lo sabemos .... 

SIMONA 

Naturalmente ; y nosotras somos las harpías .... 
Por eso, no le consentimos el novio que tiene .... 



156 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PANCHO 

¡Ahí está! ¡ahí está! Eso es lo que les da rabia 
á ustedes! Que Pepe se haya dirigido á ella y no á 
vos ó á Luz .... 

SIMONA 

¡A mí! ¡Hacéme el favor! Esa cara de mico ho- 
rroroso. . . . 

(Entra el Abuelo de la calle y se detiene un ins- 
tante á oírlos). 

PANCHO 

Sí, sí ; como si yo no viera. . . . 

SIMONA 

¡ Pancho ! 

ESCENA V 
Dichos y el Abuelo 

abuelo 

Vamos, vamos. Ya están trenzados ustedes como 
perros ñatos. 

SIMONA 

Es este haragán insolente que siempre está bus- 
cando camorra. . . . 



LA RONDALLA 



157 



PANCHO 

Bueno, se acabó .... ¿ Dónde está la guitarra, 
che? 

SIMONA 

¡ Qué sé yo ! Buscála con toda tu alma. 

PANCHO 

Bueno, mi hijita; no te hagás mala sangre que te 
podés llenar de granos. . . . (Yéndose por la casa) 
¡ Qué porquería de vida ! 

SIMONA 

¡Pedazo de atorrante! 

(Sale Pancho). 

ESCENA VI 
Simona, el Abuelo; luego Luz 

ABUELO 

(Mirando salir á Pancho, sacudiendo la cabeza) 
¡Láistimai de muchacho! (A Simona) ¿Con qué están 
de baile? 

SIMONA 

Sí. Doña Fermina bautiza el nene. 

ABUELO 

¿Y ustedes cómo van á ir? 



158 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SIMONA 

¡ Cómo van á ir ; cómo van á ir ! . . . . En coche, si 
le parece ¿ Cómo quiere que vayamos ? 

ABUELO 

No, si no quise decir eso, hija .... Preguntaba con 
quién .... 

SIMONA 

No se aflija ; no nos van á comer los caranchos. . . . 
Doña Manuela vendrá á buscarnos. ¿ Está contento ? 

ABUELO 

Sí, hija, sí. . . . Yo no quería. ... yo no trataba.... 

SIMONA 

Como anda con tantas preguntas .... Parece que 
fuéramos unas chiquilioais. . . . 

ABUELO 

No te enojés, Simona. ... Te digo que no quise. . . . 
Ya sabes que todo lo que ustedes hacen está bien 
hecho. . . . 

SIMONA 

¡Y no faltaba más! Somos nosotras las que soste- 
nemos la casa. . . . Tendría que ver que tuviéramos 
que pedir permiso .... 



LA RONDALLA 



159 



ABUELO 

Ya sé, ya sé . . . *. Yo también, si pudiera, las ayu- 
daría. . . . 

SIMONA 

Déjeme en paz, Abuelo. . . . Ya sabemos lo que 
usted trabaja en el almacén de la esquina. ... A al- 
guno en la familia, tenía que salir Pancho de tan 
trabajador. . . . 

ABUELO 

( Con mansedumbre ) Bueno, bueno .... No digo 
más nada. ... (El Abuelo, penosamente, se arrastra 
hasta una silla, donde se sienta. Simona, arranca 
unas hojas amarillas á un jazmín que tiene una her- 
mosa flor. — Pausa ) . 

SIMONA 

¡ Qué modo de cuidar las plantas ! Si no fuera por 
mí, todas se perdían .... 

ABUELO 

La verdad que tú tenés muy buena mano para las 
flores .... 

SIMONA 

Gracias. ¿ Ya se gastó los centavos que le di ayer ? 

ABUELO 

¿ Por qué me preguntas ? . . . . 



160 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SIMONA 

Porque cuando está tan elogioso es que le í'altan 
los posibles. . . . 

ABUELO 

(Huce un ges\to de contrariedad; después de una 
pausa) Decí, Simona: á ese baile, también 

SIMONA 

¿También, qué? 

ABUELO 

¿También va Tilde? 

SIMONA 

Matilde se queda en casa 

ABUELO 

¡Pobrecita! 

SIMONA 

Sí, muy pobrecita (Dejando de arreglar las 

flores y viniendo hacia el Abuelo) ¿A qué no sabe 
usted lo que ha hecho la pobrecita? 

ABUELO 

¿Qué ha hecho ? 

SIMONA 

(Viendo entrar á Luz, que ya ha empezado á ha- 
cerse la toilette) Pregúnteselo á Luz. (A su hermana) 
Luz, el Abuelo pregunta qué ha hecho Matilde. 



LA RONDALLA 



161 



LUZ 

( Con enojo) ¿Lo que ha hecho? ¿ Qué quiere usted 
que haga esa tísica ? Vamos, figúrese usted .... 
Piense una barbaridad muy grande. . . . 

abuelo 

(Turbado) Yo la verdad. ... no sé. . . . 

LUZ 

¡ Ha roto mi copa azul ! 

ABUELO 

¿ Tu copa ? . . . . ¡ Caramba, caramba ! 

LUZ 

Ya vé usted.... su preferida.... (A Simona) 
Abrocháme la bata. 

ABUELO 

No, si yo 

SIMONA 

Pero, ya las pagará ; pierda cuidado .... 

LUZ 

Esa,, no escarmienta. Es de balde. 

ABUELO 

(Conciliador) Tal vez, tal vez.... No te aflijás, 
querida mía .... Con los años .... 

11.— T. II. 



162 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SIMONA 

Sí, con los años, va á concluir bien .... Dios sabe 
de qué modo .... 

LUZ 

¡La copa que era un recuerdo de mamá! 

abuelo 

Aquí viene Tilde. . . . Por favor. . . . 



ESCENA VII 
Dichos, Tilde; luego Mariana 

luz 

(A Tilde) ¿Zurciste mi falda? 

TILDE 

(Habla siempre humildemente) Ya está. . . . Quedó 
muy bien ; no se nota el desgarrón .... 

SIMONA 

No se nota. ... ya veremos. Fijáte bien, Luz, no 
sea cosa que te vayas con tremendo remiendo .... 

LUZ 

Ya me fijaré. . . . Matilde: el Abuelo quiere sa- 
ber. . . . 



LA RONDALLA 



163 



ABUELO 

Yo no ... . yo, la verdad .... 

LUZ 

(Imperativamente) El Abuelo quiere saber cómo 
rompiste mi copa. . . . 

TILDE 

Fué sin querer, Luz, te lo juro Estaba la- 
vando. . . . 

LUZ 

(Al Abuelo) Ya vé usted. . . . Como siempre, sin 
querer. . . . 

ABUELO 

(Fingiendo enojo) Eso está muy mal, Tilde 

Hay que tener cuidado. . . . Luz tiene razón ¡ qué ca- 
ramba! Esa copa era un recuerdo.... ¡ Jun! ¡ jun!.... 

(Tilde se echa á llorar silenciosamente). 

SIMONA 

Ya está abrochada tu bata. 

MARIANA 

(Saliendo) Las tenacillas están calientes . . . . 

LUZ 

Vamos, Simona; tú me ayudarás. (Éntranse las 
dos á la casa). 



164 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA VIII 

Tilde, el Abuelo, Mariana 

(Mientras Mariana recoge la escoba y va á dejarla 
en un rincón, el Abuelo se aproxima con ternura á 
Tilde). 

ABUELO 

Vamos, vamos, Tilde No llores así. Ya sabes ; 

lo que te dije hace un momento, no fué. . . . Yo no 
quise .... En fin, no llores .... 

MARIANA 

¿Qué hay? ¿qué tiene? 

ABUELO 

Es que soy un bruto, Mariana. ... La he repren- 
dido de un modo .... 

TILDE 

No, Abuelo, no sos tú 

ABUELO 

Sí, he sido malo con vos Pero, tú compren- 

dés. . . . Estaban delante.... ¿No es Cierto?.... 
¿qué podía hacer?. . . . Tilde, mi querida Tilde. . . . 
Perdonám'e. ... (La abraza conmovido). 

TILDE 

Abuelo. ... 



LA RONDALLA 



165 



MARIANA 

¡ Vaya, vaya ! £>i es lo que yo digo .... No sé pá 
que tiene usted pantalones .... En cuantito le alzan 
el gallo, ya sale como perro castigáo . . . . ¡ Jué perra, 
con los hombres de papel pintáo ! . . . . ¡ Me dieran á 
mí un par de pantalones, nada más, ..iban á ver 
quién mandaba en esta casa ! 

ABUELO 

Es que yo ... . usted sabe .... 

MARIANA 

No amuele, hombre. . . . Usted debería hacerse res- 
petar. ... 

ABUELO 

Oigamé, Mariana Yo soy un pobre viejo, me- 
dio paralítico .... ya me vé ... . Las nietas me han 
recogido, me alimentan.... ¿Qué quiere que haga?.... 
¡ Oh ! si fuera yo juerte y pudiera trabajar ! . . . . En- 
tonces les diría. . . . 

MARIANA 

i Golpiá que te van á abrir ! Al petizo bichoco ni 
con rebenque lo sacan al trote .... 

ABUELO 

¡ Mire, Mariana ! 



166 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MARIANA 

(Encarándosele) ¡Ya lo estoy mirando, y con eso? 
Sí, señor ; en su cara se lo digo, — porque yo no 
preciso mensajeros de chifletas pá mandar decir las 

cosas Si usted juera hombre, ¡me entiende? de 

agallas y güeñas uñas, ¿ me entiende ? no se dejaba 
manosiar por las muchachas y defendería á esta 
pobre 

TILDE 

"Mariana, por favor 

MARIANA 

( A Tilde) Dejáme vos. ... (al Abuelo) y les can- 
taría cuatro frescas, y si no bastaban cuatro, ocho, y 
si se retobaban, un bife, ¿ me entiende ?, porque para 
eso tiene barbas y es viejo y es abuelo ¿ me ha enten- 
dido ? ( Como para sí) ¡ Pues está güeno ! ¡ Como si los 
que lo mantienen á uno, porque está enválido y es de 
la familia, tuvieran el derecho de manosiarlo! ¡No 
sea maturrango, hombre ! 

ABUELO 

¿Y de ái? ¿contra qué piedra iba á darse la ca- 
beza cuando la echaran á la calle? 

MARIANA 

¿Echarme á mí? ¡Con la uña.... se pelan los 
mondongos ! . . . . ¡ Cualquier día echaban á la calle 
á la hija de mi madre! (Calmándose) En fin; usted 



LA RONDALLA 



167 



es usted y yo soy yo. . . . Yo estoy en casa ajena, 
y no me meto en nada; pero atiéndame, tocayo: el 
potro de lay, no' se deja ganar el lado de montar, 
¿ me entiende ? . . . . Y ahora me voy á mi casita, 
que tengo la olla en el fuego, y si se me corta la 
espuma, ya tenemos gaita con mi hombre .... Hasta 
lueguito .... Adiós, Tilde. 

TILDE 

Adiós, Mariana 

(8 ale Mariana). 

ESCENA IX 
Tilde y el Abuelo ; en seguida Mariana 

abuelo 

i Gracias á Dios que se fué ! 

TILDE 

¡Pobre Mariana! Es un poco habladora 

ABUELO 

¿Te parece? Lo pior es que á veces tiene ra- 
zón .... Pero, ¿ qué le hemos de hacer ? Ya vés 
vos 

MARIANA 

(Aparece por el foro) \ Ché, Tilde, ojo! 



168 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ABUELO 

¡ Otra vez ! 

MARIANA 

Por la esquina viene tu novio. (Y ase Mariana). 

ESCENA X 
Tilde, el Abuelo; luego Pepe 

tilde 

¡Dios mío! ¿Me conocerá Pepe que he llorado? 
abuelo 

¡ Qué va á conocer, tontuela, si está ciego de amor 
el mozo! 

TILDE 

(Componiéndose el vestido y el pelo) ¿De veras? 
¿ Creés que me quiere ? 

ABUELO 

¡Y lo prieguntás, zalamera! ¿Quién no te quiere 
con esa carita de virgen y ese corazón que es de 
oro? 

TILDE 

A vecéis Pepe me parece algo .... 

ABUELO 

¿Algo qué? 



LA RONDALLA 



169 



TILDE 

No sé cómo decir. . . . En fin, Dios dirá. . . . 

ABUELO 

¡ Qué loquita sos, Tilde ! Pepe es un buen mu- 
chacho .... 

TILDE 

(Viendo entrar á Pepe) ¡ Calláte, Abuelo! 

PEPE 

(Por el foro) ¿Hablaban de mí? Buenas noches. 
Vi la puerta abierta ¡y entré como Perico por su 
casa .... ¿No incomodo 

ABUELO 

Tilde me preguntaba si vos la quedrías como ella 
te quiere Vaya; ya que has venido, podés con- 
testarle vos mismo .... Yo me voy por ái á ver si 
pesco algún mate .... 

PEPE 

Vaya usted; yo la convenceré á Tilde. 

ABUELO 

( Que se iba, deteniéndose de pronto) Oí, Pepe. . . . 
( Acercándosele) ¿ Tú la conoces, no ? Así, calladita, 

trabajadora La pobrecita es un ángel 

( Quiere seguir hablando, y la emoción le ahoga. 
Después de una pausa) Tenés que quererla mucho.... 



170 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Pepe .... ¿me entendés ? (Se aleja trabajosa- 
mente. Al llegar á la puerta de la casa, se vuelve 
aún) Mucho, mucho, Pepe.... (Sale). 



ESCENA XI 
Tilde y Pepe 

PEPE 

(Cogiéndole las manos á Tilde) ¿Qué tiene el 
Abuelo? 

TILDE 

No sé. . . . Ocurrencias de él. . . . 

PEPE 

Pero, vos ; ¿ vos dudás .... 

TILDE 

¿De tu cariño? No, Pepe, no quiero dudar, por- 
que si dudara ¡Dios mío! 

PEPE 

Pero, en fin, debés explicarme .... 

TILDE 

No, no ; no es nada, Zonceras mías, no más .... 
¿No vés? Ya estoy contenta. ¿Y vos, qué has hecho 
hoy ? . . . . ¡ Ah, me olvidaba ! Anoche te sentí pasar 
cotí tus amigos. . . . 



LA RONDALLA 



171 



PEPE 

¿Y dudás que te quiero? Si no te quisiera no me 
tomaría el trabajo de darte serenata. 

TILDE 

Sí, Pepe, me querés .... Yo sé que me querés 

PEPE 

¿Te gustó la combinación de bandurrias y man- 
dolinos, en vez de guitarras? 

TILDE 

¡ Oh, es más bonito ! ¡ Qué tiene que ver ! Y des- 
pués, todos tocan muy bien, con un compás .... 
Pero, decíme, la marchita de anoche, ¿es nueva? 
No la conozco. . . . 

PEPE 

Es nueva, sí. La hemos aprendido recién estos 
días 

TILDE 

¿Cómo se llama? 

PEPE 

La rondalla. La rondalla de "La Dolores", una 
pieza que dan en el teatro . . . . 

TILDE 

Es preciosa. Yo estaba por acostarme, cuando los 
sentí venir, calle arriba .... ¡Si vieras ! El corazón 



172 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



me dio un vuelco de alegría .... Es Pepe, es mi 
Pepe que viene ahí — me dije. Es por mí que esa 
música va así, por la calle, en el silencio de la no- 
che. ... Y alcé la cortina de la ventana para verte.... 
¿Tú ibas del lado de la pared, no? 

PEPE 

Es verdad. El tuerto es el que iba á mi lado. Toca, 
que es un primor. No hay otra mano para mando- 
lino. 

TILDE 

Yo no vi más que á vos. Y cuando se fueron, 
cuando se perdieron en la oscuridad yo seguí allí, 
detrás de los vidrios, oyendo la música que se ale- 
jaba poco á poco. . . . Parecía que mi alma se iba 
con vos, que eran las notas de la música que se per- 
dían en el silencio. . . . 

PEPE 

¡ Queridita mía ! . . . . 

TILDE 

¿Verdad que me querés, que no me vas á dejar 
nunca ? . . . . 

PEPE 

Pero, qué ocurrencia. . . . 

TILDE 

Júramelo, Pepe Si supieras 



LA RONDALLA 



173 



PEPE 

¿Qué tenés hoy, Tilde? 

TILDE 

Y que no vas nunca á dar á otra mujer esa misma 
serenata .... 

PEPE 

¡ Tú estás loca, Tilde ! 

TILDE 

¿ Verdad que no ? Si me abandonaras un día, decí, 
Pepe, ¿no es verdad que esa rondalla no la oirá 
otra mujer, ejecutada por vos? 

PEPE 

Pero, yo no te abandonaré nunca, Tilde De- 
cís unas cosas 

TILDE 

Es que tengo miedo .... Yo no sé, no podría ex- 
plicarte Soy tan desgraciada; estoy tan acos- 
tumbrada á que todo me salga mal, que esta felici- 
dad me parece que no puede durar .... 

PEPE 

¡Vaya! ¡Hay que reírse! ¿Por qué te habría de 
dejar? ¿Dudás de mi amor? ¿Acaso ando por ahí 
detrás de alguna mujer? Tú conocés mi vida. De la 
tipografía á casa, de casa á aquí y de aquí á mi 
casa. ¡ Tenés unas cosas, Tilde ! 



174 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TILDE 

Sí, soy una tonta. . . . Acabaré por cansarte al fin 
y al cabo. . . . Pero, tú sos buenito. ¿Me perdonas? 

PEPE 

Eso es. Te perdono.... O mejor dicho, no; no 
te perdono tus feas ideas hasta que me dés una 
flor.... 

TILDE 

Entonces verás que pronto hacemos las paces. (Va 
hasta el jazmín que arregló poco antes Simona y 
arranca la flor). Mirá; este jazmín es el más lindo.... 
(Dándoselo) Para que perdonés á tu fea 

PEPE 

(Poniéndolo en el ojal) Muy bien; y ahora. . . . 

TILDE 

¿Ahora, qué? 

ESCENA XII 
Dichos, Luz y Simona 

luz 

( Saliendo con Simona ) — ¿ Cómo ? ¿ estaban aquí ? 

TILDE 

Reeiencito llegó. 



LA RONDALLA 



175 



SIMONA 

(Dando la mano á Pepe, por la flor) ¡Caramba! 
¡qué pedrada nos han pegado! 

PEPE 

La compré á un gringo, para ofrecerla á quien 
me quiera bien 

SIMONA 

¿Sí, eh? Pues ya le mando trabajo si espera en- 
contrar una mujer á quien usted le parezca sim- 
pático. 

PEPE 

¿Le parece difícil? 

SIMONA 

Hijito, las muchachas de esta tierra son de pala- 
dar muy delicado. . . . 

luz 

Pero, digan ustedes, ¿ya van á empezar como to- 
dos los días? 

PEPE 

Conste que es Simona la que me tira de la len- 
gua 

SIMONA 

¡ Salga de ahí, buen mozo ! Usted no necesita que 
le tiren Usted tira solo 



176 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEPE 

(A Luz) ¿Vé usted? Es ella la que me provoca.... 

TILDE 

(A Pepe, en voz baja) Dejála; no le hagás caso.... 
Sentémonos .... 

(Pepe y Tilde se sientan, cerca el uno del otro, á 
la izquierda. A la derecha, Luz y Simona se sientan 
también: la primera está recosiendo sus guantes de 
hilo. Simona lee un libro). 

LUZ 

Tendría que comprarme otro par de guantes. 

SIMONA 

Pues esos no hace tanto tiempo que los tenés. 

LUZ 

Son de este verano pasado, no ; del otro. Con que 
ya vés. De todos modos, para fiestas como las de 
hoy, debería tener unos nuevos. 

PEPE 

(Volviéndose) ¡Ah diablo! No había reparado 
que estaban ustedes con los trapitos de cristianar. 

SIMONA 



Sí, es usted muy galante. La vé á una de veinti- 
cinco alfileres y no se le ocurre una felicitación. 



LA RONDALLA 



177 



PEPE 

Francamente, si á alguna tendría que felicitar es 
á Luz, que está muy bien. 

SIMONA 

Quiere decir que yo estoy mal 

PEPE 

Como siempre, como siempre 

SIMONA 

¡ Zonzo ! 

PEPE 

Digo, que, como siempre, está usted bien 

SIMONA 

Sí, es usted muy gracioso. Ustedes son así, los 
tipos .... los tipógrafos. 

PEPE 

Es de andar, como usted dlice, entre los tipos .... 

SIMONA 

Che, Matilde, preguntále si la indirecta es para 
vos también .... 

TILDE 

(Bajo) No le hagás caso. No le hables 

12.-T.II. 



178 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEPE 

(Bajo, á Tilde) Es ella la que me busca. Ya 
vés. 

TILDE 

Bueno; déjala. Lo que quiere es impedirnos que 
hablemos. 

LUZ 

¿Qué leés? 

SIMONA 

"La madre de los desamparados". 

luz 

¡Ah! Es muy linda. ¿Es de Carolina Inverni- 
zio, no? 

SIMONA 

No sé. Creo que sí. (Buscando la portada del 
libro) No. Es de Pérez Escrich. Diga, Pepe: ¿co- 
noce "La madre de los desamparados"? 

PEPE 

No tengo el gusto. ¿ Quién es esa señora ? 

SIMONA 

Por lo gracioso parece usted un almanaque de Bris- 
tol. ¿No ha leído esta novela? 

TILDE 

(Bajo) No le contestés. 



LA RONDALLA 



173 



PEPE 

¿De quién es? 

SIMONA 

De Pérez Escrich. 

PEPE 

Yo no leo macanas. 

SIMONA 

Muchas gracias. Es muy linda novela. 

TILDE 

(Bajo) ¡Calláte, Pepe! 

PEPE 

Pérez Escrich es el novelista de los peluqueros y 
de las modistillas. 

SIMONA 

¿Y el de los papanatas y mal educados, cuál es? 
luz 

Pero, ¿se quieren ustedes callar de una vez? Toda 
la vida en esos dimes y diretes. Ya cansa, hijos 
míos. 

PEPE 

Usted comprende, Luz, que es ella la que me 
busca 



180 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SIMONA 

Es odioso, odioso .... No lo puedo ver .... 

LUZ 

Son ustedes un par de babiecas. A fuerza de pe- 
learse concluirán por quererse .... 

TILDE 

(Alzándose rápidamente) Ahora vengo. (Sale por 
la casa, haciendo esfuerzos para contener el llanto). 



ESCENA XIII 
Dichos, menos Tilde 

SIMONA 

Oh! ¿Y ahora? 

luz 

Ventoleras de la señorita. Ya no se puede con 
ella. Hace lo que le da la gana ; se permite ser mal 
educada ; rompe cuanto .... A propósito, Pepe, ¿ á 
qué no conoce usted la última fechoría de la mo- 
nada de su novia? 

PEPE 

¿Qué ha sido? 

luz 

Casi nada. Hoy rompió mi copa azul. Ya sabe 
usted, mi copa; un recuerdo de mamá 



LA RONDALLA 



181 



PEPE 

¿Cómo ha sido? 

LUZ 

Sin querer, así dice ella.. ¿ Qué le parece á usted ? 

PEPE 

¿Qué quiere que le diga, Luz? 

SIMONA 

Hijito, si ese es el modo que tiene usted de de- 
fender á su novia, no es muy fuerte el cariño que 
le tiene. . . . 

PEPE 

No, si yo 

SIMONA 

Cuando un hombre quiere á una mujer, siempre 
le encuentra excusas á sus errores. 

PEPE 

¿Dónde aprendió usted eso? ¿En Pérez Escrich? 
luz 

(Levantándose) Voy á ver qué le ocurre á Ma- 
tilde. (Sale). 



182 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA XIV 
Pepe y Simona 

SIMONA 

Yo no lo he aprendido en ningún lado. Son cosas 
que nos dice el corazón. Si yo amara á algún 
hombre .... 

PEPE 

( Riendo ) A mí, por ejemplo .... 

SIMONA 

Muchas gracias. No tengo tan mal gusto .... Si 
yo amara á algún hombre, me parece que le discul- 
paría sus faltas, sus vicios; que no vería sus de- 
fectos 

PEPE 

Pero, como no ha de verse usted en ese espejo. . . . 

SIMONA 

¿Por qué? ¿Cree usted que no he encontrado 
quien me diga : ' ' qué lindos ojos tienes ' ' ? 

PEPE 

¡ Caramba ! También es lo único lindo que usted 
tiene. 



LA RONDALLA 



183 



SIMONA 

Y usted, ni eso. ¡Porque, cuidado que usted es 
feo ! Después hablan de los sustos á media noche .... 

PEPE 

Lo que usted quisiera es que le pegaran uno, á esa 
hora .... 

SIMONA 

¡ Papanata ! Esa es su única gracia : hacer juegos 
de palabras. 

PEPE 

Y de manos. De manos también sé hacer. 

SIMONA 

Sí, como las tiene tan lindas, con esas uñas de 
peludo. Deben ser muy ligeras para dar las cartas.... 

PEPE 

Ni se vén .... 

SIMONA 

De mugre se ha puesto á la miseria doña Mariana. 

PEPE 

Bueno, Simona .... Hagamos las paces. Me de- 
claro vencido. ¿Está contenta? 



SIMONA 

¿Contenta de qué? 



184 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEPE 

De ser mi amiga. No nos pelearemos más. Yo no 
la contrariaré. Y en lugar de estar diciéndonos co- 
sas feas .... 

SIMONA 

¿ Qué ? Acabe de una vez .... 

PEPE 

Nos diremos .... 

SIMONA 

(Mirándole fijamente) Vamos, hijo mío. , . . 
¿Cuesta tanto decirlo? 

PANCHO 

(Saliendo) Se me rompió una cuerda de la gui- 
tarra. 

ESCENA XV 
Dichos y Pancho 

SIMONA 

(A Pancho, que se le acerca con la guitarra en la 
mano ) ¡ Estúpido ! ¡ Más que estúpido ! ¿ Qué tengo 
que ver yo con tu guitarra? 

PANCHO 

Adiós, Pepe; ¿cómo te va? ¿De paseo, eh? 



LA RONDALLA 



185 



PEPE 

Aquí andamos. , 

SIMONA 

¿Y qué querés ahora, tú? Si se te rompió, arre- 
glála. Andá, si querías un consejo, yo lo tenés. Mar- 
cháte. 

PANCHO 

¿Te incomodo? ¿Los incomodo? 

SIMONA 

No digas zonceras, ché. Lo que yo te digo es que 
cuando hay visitas, no se viene con esas pavadas .... 



PANCHO 

¿ Pavadas ? No digás hermanita .... ¿ Vos sabés 
lo que es una guitarra sin la "prima"? (Sentándose 
con pachorra) Mirá, te lo voy á decir. . . . 

SIMONA 

Muchas gracias. No tengo tiempo para oir tus 
pamplinas . . . . 

PANCHO 

Pamplinas .... pavadas .... zonceras .... ¡ Qué 
repertorio tan escogido, hermanita! Es como para 
enamorar á cualquiera .... (A Pepe ) Ché, Pepe ; 
¿á vos no te dice nada el estilo florido de Simona? 



186 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



/ 



PEPE 

¿A mí? ¿por qué? 

PANCHO 

Por nada .... Es una pregunta así no más .... 
Yo, cuando no tengo nada que hacer, hago pre- 
guntas. | 

SIMONA 

¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡Cuando no tengo nada que hacer! 
¿Trabajador el mozo, eh? 

PANCHO 

Mirá, Pepe; estamos casi en familia: se puede 
hablar con franqueza. Bueno; pues, ésta, (por Si- 
mona ) ¡ desgraciado el que cargue con ella ! . . . . 

SIMONA 

¡ Pancho ! . . . . Mirá, mejor es que te vayas, por- 
que si llamo á Luz .... 

PANCHO 

Llámala, hombre, llamála. Así, en lugar de tres, 
seremos cuatro. 

PEPE 

Hacés mal, Pancho, en no respetar á tus herma- 
nas, que sostienen todo el peso de la casa. . . . 

PANCHO 



(Poniéndose en pie) ¿Y á usted quien lo mete!.... 
(Conteniéndose; como para sí, irónicamente) Sose- 



LA RONDALLA 



187 



gáte, Pancho.... (Pausa enojosa. Luego, volviendo 
á su indiferencia) Tienen razón ustedes. . . . Yo no 
soy más que un haragán .... No tengo papeleta para 
hablar. Decí, Simona; ¿me dás para comprar otra 
''prima"? 

SIMONA 

Ahora no tengo. Pedíle á Luz. 

PANCHO 

Gracias. No tengo ganas que me echen á rodar. 
(Sentándose) Aguardaré á que caiga una del parral. 

PEPE 

(Echando la mano al bolsillo) Si querés, Pan- 
cho, yo ... . 

PANCHO 

No, amigo. Todavía no estamos en la familia. Yo 
no pido á los extraños. 

SIMONA 

(Dándole una moneda) Tomá, sinvergüenza. Y 
ahora, abur, con viento fresco. 

PANCHO 

Ya sabía yo ... . Ya decía : llegará la moneda en- 
vuelta con el insulto. Paciencia. La manteca pringa 
el papel que la envuelve. Pero, llega, llega 



188 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SIMONA 

¿Qué aguardás ahora? 

PANCHO 

¿Yo? Nada. Tu bendición; pero no llega y me 
voy. Adiós, hermanitos. Portarse con juicio, ¿en? 
(Mirando hacia el foro, al irse) ¡Hola! ¡hola! Ahí 

está doña Manuela ¡Adelante, adelante! 

(Acercándose á Simona, en voz baja) ¿Querés que 
me la lleve ? (Se aleja sonriendo sardónicamente. — 
Al entrar doña Manuela con Encarnación y Felipe, 
entran también por la casa Luz y Tilde). 

ESCENA XVI 

Simona, Pepe, Luz, Tilde, Doña Manuela, Felipe 
y Encarnación 

(Todos á un tiempo hablan y se saludan). — ¡ Ave 
María ! ¡ Cuánto bueno por acá ! — ¿ Cómo están us- 
tedes ? — Muy bien, muchas gracias. — Creímos que 
no vinieran. — ¡ Qué bonita estás Encarnación ! — 
¡ Hola, Pepe, usted por acá ! — Felipe, ¿ no lo conoce 
usted ? — Nosotras estamos prontas. — ¿ Cómo estará 
el baile ? — ¡ Cómo nos vamos á divertir ! — Pero, 
siéntense un momentito. — ¡ Uf , qué calor ! — ¡ Qué 
bonito peinado ! — ¿Y el Abuelo ! 

LUZ 

Sientesén A ver Matilde, sacá sillas 



LA RONDALLA 



189 



DOÑA MANUELA 

No, Luz, ¡qué sentarnos! Si no tenemos tiempo. 
Es tarde ya. 

ENCARNACIÓN 

¿No están ustedes prontas? 

SIMONA 

¿Cómo no? Las aguardábamos á ustedes 

DOÑA MANUELA 

¿ Y Matilde ? ¿ no viene con nosotras ? 

LUZ 

No; se queda en casa con el Abuelo. ¡Por lo bien 
que se porta Matilde! ¿A qué no sabe usted, doña 
Manuela, lo que ha hecho hoy esa monada ? Oiga, le 
voy á contar. (Sigue hablando con doña Manuela, 
Encarnación y Felipe. — En otro grupo, primer 
plano, estarán Simona, Tilde y Pepe). 

SIMONA 

¿Y usted, Pepe, no viene con nosotras? 

PEPE 

Yo, la verdad, vine para saludarlas 

TILDE 

(En voz baja, á Pepe) No vayas; quedáte. 



190 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SIMONA 

Ya lo sabemos. No es por nuestra linda cara que 
viene usted á nuestra casa ; sino por su novia .... 

PEPE 

No si yo tengo mucho gusto Pero, usted 

comprende. . . . 

SIMONA 

¡ Qué diablos ! Un día de vida, es vida .... 

PEPE 

La verdad . . . , no puedo .... 

SIMONA 

¿Supongo que no es Matilde que se lo pro- 
hibe ? ¡ Ché, Matilde ! ¿ Tú le dás permiso ? 

TILDE 

Yo ... . que Pepe haga lo que le parezca .... es 
muy dueño .... 

SIMONA 

Ya lo vé usted .... De usted depende .... 

PEPE 

Es que .... me parece .... 

SIMONA 

Por lo demás, Matilde puede estar segura 



LA RONDALLA 



191 



Nosotros cuidaremos de que no " dragonee" á na- 
die. ... A menos,. . . . á menos. . . . 

PEPE 

¿A menos qué? 

SIMONA 

A menos que Matilde sea celosa y tenga miedo.... 

TILDE 

(Bruscamente) ¿Celosa? ¿Yo celosa de?. . . . (Im- 
perativamente ) Pepe ; vaya usted con ellas al baile. 

PEPE 

Pero, si yo no quiero .... 

TILDE 

Vaya usted ; yo lo quiero .... 

SIMONA 

¿Vé usted? Es ella quien lo pide ahora. ... No 
hay escapatoria .... 

LUZ 

( Desde el otro grupo ) ¿ Vamos, Simona ? ¿ Los som- 
breros? 

SIMONA 

Vamos. (Simona y Luz entran á la casa para po- 
nerse los sombreros). 



192 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA XVII 
Dichos, menos Luz y Simona; luego, estas mismas 

PEPE 

Pero, Tilde, ¿tú querés? 

TILDE 

Vos sabés cuál es tu deber, Pepe, y 

DOÑA MANUELA 

(Interrumpiendo el aparte de los novios) ¿Cómo 
fué eso, Tilde ? Luz me contaba .... 

TILDE 

(Nerviosamente) Ya sé, ya sé: su copa azul 

¡Jesús, Dios mío! 

PEPE 

¡ Tilde ! 

ENCARNACIÓN 

¡Ave María, mamá! ¿A tí que te importa? 

FELIPE 

Una desgracia le sucede á cualquiera .... 

ENCARNACIÓN 

i Claro ! ¿ Oyes, mamá, lo que dice Felipe ? Ya sa- 
bes que él no se equivoca nunca. . . . 



LA RONDALLA 



193 



DOÑA MANUELA 

Sí, tiene razón .... Yo no quería .... yo no tra- 
taba .... 

ENCARNACIÓN 

No desvaríes, mamá. . . . 

FELIPE 

No diga usted nada, señora. ... La señorita está 
apenada 

TILDE 

Por favor 

LUZ 

(Saliendo con el sombrero puesto) Ya estoy 
pronta. (A Matilde) Ché, que no se te olvide aque- 
llo Mañana hay que entregarlo al registro 

TILDE 

Andá sin cuidado, Luz. 

SIMONA 

(Saliendo, con sombrero) Aquí estoy yo. Cuando 
gusten. 

DOÑA MANUELA 

Pues en marcha. 

(Juego de escena. Doña Manuela, Encarnación y 
Felipe saludan á Tilde y salen delante con Luz). 

13.- T. II. 



194 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SIMONA 

(A Pepe) ¿Y usted? ¿qué resuelve? 

PEPE 

(Dirigiéndose á Tilde para despedirse) Voy, voy 
con ustedes .... A menos que usted, Tilde .... ( En 
voz baja) ¿Querés.que me quede? 

TILDE 

(En voz alta, resueltamente, con voz dura) No; 
vaya usted 

(Pepe le da la mano y sale con Simona, no sin 
volverse una vez para mirar á Tilde; pero ante la 
actitud fría de ésta, se encoge levemente de hombros 
y desaparece. — Tilde, al verle partir, quiere dar 
un paso hacia él, más se contiene). 

TILDE 

(D olorosamente, en voz baja) ¡Se fué! ( Dé- 
jase caer en una silla, junto á la máquina de coser, 
y ocultando el rostro entre las manos, llora). 



TELÓN 



ACTO SEGUNDO 



La misma decoración del acto anterior 



ESCENA PRIMERA 
Mariana, Luz, Simona y Pancho 

( Al levantarse el telón, Luz, sentada, cose; y cerca 
de ella, Simona lee una> novela. Pancho, despatarrado 
en una silla, ha dejado la guitarra en el suelo y fuma 
silenciosamente. Mariana entra por el foro). 

LUZ 

¡Hola,, aquí está Mariana! 

SIMONA 

¡ Vaya, por fin se le vé la cara ! 

MARIANA 

Güeñas tardes, niñas; ¿cómo están por acá? 

LUZ 

Bien, gracias; ¿y usted como sigue? 



196 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MARIANA 

Ya estoy juertaza, ¿no me ven? Pero la polca ha 
sido pesada. 

PANCHO 

¿ Qué ha tenido ? ¿ el haba ó el moquillo ? 

MARIANA 

¡ . . . . chá, con el cristiano bárbaro ! No pué me- 
niarse sin largar una patada. ¡No siá bagual, hom- 
bre ! 

LUZ 

Este Pancho anda buscando cuatro pies al gato.... 

PANCHO 

¿ Y acaso yo entiendo de enfermedades ? Cualquiera 
puede equivocarse .... 

LUZ 

Como si no te conociéramos las mañas. Pero tené 
entendido que no me gusta que faltés al respeto á 
nadie. ¿Has oído? 

pancho 

tá güeno 

LUZ 

¿ Y en resumen, qué es lo que ha tenido Mariana ? 
Va para dos meses que no la vemos 



LA RONDALLA 



197 



MARIANA 

Dejemé, niña Luz. El mesmo diablo debe haberme 
tomáo por su cuenta, asigún me ha puesto la suerte. 
Vea: primero, jué aquella fiebre del demonio que 
me vino antes de la erisipela, j Canejo ! Li asiguro 
que volaba con una temperatura de no sé cuantos 
grados 

PANCHO 

¿Le fajaron el barómetro, no? 

MARIANA 

¡ Claro ! — Después, empezó á hinchárseme la cara 
y á ponérseme coloradota. . . . ¡Qué horror, hija! 
Estaba desfigurada .... Y así estuve no sé cuántos 
días .... Al fin, ya iba mejor, cuando se me ocurrió 

bajar al patio ¡ Maldita sea la hora ! No sé como 

puse el pie en el escalón y ¡ zas ! . . . . 

PANCHO 

¿ Se le resumió la erisipela ? 

MARIANA 

(Se queda mirándole) ¡No siá bárbaro, hombre! 
Me juí hasta el último escalón 

PANCHO 

¿Para qué? 

MARIANA 

¿ Cómo para qué ? Me juí de cabeza y me recalqué 
un pie 



198 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PANCHO 

¡ Oigale el duro ! ¿ Hasta el último escalón ? 

MARIANA 

Mesmo. Hasta abajo de la escalera .... 

PANCHO 

¿De cabeza y se recalcó un pie? ¡Pero, qué cosa 
más rara! 

LUZ 

(A Pancho) ¿Acabarás con tus zonceras? (A Ma- 
riana) Siga, Mariana. 

MARIANA 

Me recalqué este pie . . . . ¡ Viera que dolores ! Tu- 
vieron que subirme entre dos á mi cuarto, y una 
vez allí, ¡ zas ! otra vez .... 

PANCHO 

¿Otra vez? ¿hasta abajo de la escalera? 

MARIANA 

Otra vez á la cama, papanata .... 

PANCHO 

Ya decía yo 

MARIANA 

Digamé, niña, si no es maldición de bruja 

En fin, ahora vamos bien. . . . 



LA RONDALLA 



199 



LUZ 

Más vale así. De todos modos se ha dado un buen 
atracón de cania. 

MARIANA 

Setenta y siete días .... Dos meses y medio. 

LUZ 

¿Tanto? 

MARIANA 

Saque la cuenta. Fué al día siguiente del bautizo 
del hijo de doña Fermina, al que ustedes jueron. 
¿Si acuerda? 

LUZ 

Pues es verdad. . . . ¡Cómo pasa el tiempo! Nos- 
otros la extrañábamos mucho. (Llaman con el alda- 
bón á la puerta de calle. Nadie presta atención). 

MARIANA 

¿Y ustedes? ¿se divertieron mucho aquella noche? 

LUZ 

Ya lo creo. ¡ Viera qué buffet, Mariana ! Allí ha- 
bía toda laya de cosas y para todos los gustos. Cer- 
veza, refrescos de horchata y de grosella, licor de 
menta, hasta cognac para los mozos ¡ figúrese ! Y no 
se crea, Mariana, del fino, ¿eh? 



¡ Mirá ! 



MARIANA 



200 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LUZ 

¿Y los dulces de confitería? ¡Cada bandeja así, 
tamañota de grande, llena de masas, de bombones, 
de yemas, de merengues 

MARIANA 

No siga, que se me hace agua la boca. (Vuelven á 
llamar). 

SIMONA 

Pero, ¿ no han oído que llaman ? ¡ Qué jorobar ! 

LUZ 

Andá á ver, Pancho. 

PANCHO 

(Alzándose perezosamente, á Simona) Lo que di- 
jistes: ¡qué jorobar! 

(Sale despacio por el foro). 

MARIANA 

No corra tan ligero, mocito, que se va á cansar 

LUZ 

Cada día más haragán. Entre él y Tilde nos tie- 
nen hartas. 

MARIANA 

Siquiera Tilde trabaja 



LA RONDALLA 



201 



LUZ 

Sí, trabaja, trabaja .... Ya vé : desde aquella no- 
che del baile, no hace más que hacerse la señorita.... 
Dice que le duelen las espaldas, que tiene tos, que 
siente fatigas, que no tiene apetito .... ¡ Uf ! 

PANCHO 

(Entrando) Che, ái está el almacenero pá que le 
paguen lo que le deb en .... 

LUZ 

Decíle que no estamos en casa. ¡Jesús, qué hom- 
bre ! Parece que tiene miedo que le entrampemos su 
cuenta de porquería .... 

PANCHO 

Como hace tres meses que no le damos nada. . . . 
luz 

¡Qué no le damos! ¿Oye usted á este atorrante, 
Mariana? ¡Qué no le damos! ¡Muy lindo! ¿Vos le 

darás de lo que ganás, no? xjSin vergüenza! 

Ilaoé lo que te digo 

PANCHO 

Bueno, bueno .... Le digo, entonces, que mandas 
decir que salistes .... 

LUZ 

¡Pancho! Conmigo no jugués, porque si me aga- 
rrás de mala vuelta 



202 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PANCHO 

(Yéndose, para sí) ¡Qué jorobar! ¡Tener que ha- 
cer estos papelones! 

luz 

¡Ahí está! Todo lo que ganamos no alcanza para 
vivir. ... Y usted sabe, Mariana, que no somos tram- 
posas. . . . Pero el trabajo de la mujier, no luce. . . . 
Hay que romperse el alma para ganar un peso, y 
después vienen estos gringos de almaceneros á freír- 
nos la sangre para que les paguemos .... Cuando 
baya, se le pagará. ... ¿no es así? 

MARIANA 

¡ Claro ! Cuando no hay .... 

PANCHO 

( Entrando ) Ya se fué el hombre .... Si le acer- 
can un fósforo, se priende solo. . . . 

luz 

¿ Qué es lo que tiene que decir de nosotras ? 

PANCHO 

¡ Qué sé yo ! Pá mi gusto que no acaba de conversar 
en seis meses .... 

SIMONA 

Pero, ¿ qué es lo que dice ? 



LA RONDALLA 



203 



PANCHO 

El rosario de la aurora Si tenés ganas, andá 

á óirlo .... 

LUZ 

Así son estos gringos cuando juntan unos cuar- 
tos ... . Se crén con derecho á manosearla á una por 
una cuentita de morondanga. 

(PcmcJio se ha sentado otra vez y coge la gui- 
tarra ) . 

MARIANA 

Ahí viene Tilde. 

LUZ 

Vamos á ver si le pagaron en el registro. 

ESCENA II 
Dichos y Tilde 

tilde 

Buenas tardes. 

SIMONA 

¿ Te pagaron ? Mirá Luz que estoy sin guantes. 

LUZ 

¡ Oh, y los míos ! Lindo papel hice en el baile con 
estos que estoy remendando. Ya te acordarás. 



v 



204 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TILDE 

No me dieron más que seis pesos. 

luz y SIMONA 

¿Cómo es eso? 

TILDE 

Las camisas .... 

LUZ 

¿Las que vos hicistes? ¿A qué has hecho otra fe- 
choría y te rebajaron. . . . 

TILDE 

No. Son los ojales que hizo Simona. 

SIMONA 

(Saltando como una víbora) ¿Qué decís, ciié? 
¿Qué tenés que decir de mis ojales? 

TILDE 

Yo no digo .... Yo ... . yo ... . 

SIMONA 

¿Y entonces? 

TILDE 

Es don Francisco que que los encuentra mal 

pespunteados 



LA RONDALLA 



205 



SIMONA 

¿ Y con eso ? Son mejores que su cara. 

TILDE 

Entonces, me rebajó el precio. . . . 

SIMONA 

(Exasperada siempre) ¿Vos los harás mejores, 
no? ¿Los que hacés vos los encuentra bien, no es 
eso ? 

TILDE 

No, no es eso ; pero 

SIMONA 

¡Claro! ¡Cómo que te hace el ojo, esc viejo co- 
chino ! 

TILDE 

¿A mí? ¡Oh! 

SIMONA 

¿Y á vos que no te gusta, eh? 

TILDE 

¿Yo? ¿Que yo?. . . . (Llora silenciosamente) . 
luz 

(Interviniendo) El caso es, Simona, que con tus 
malditas novelas te has hecho una frangollona. . . . 



206 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SIMONA 

¿ Yo ? ¿ Una frangollona ? ¡ Ah, ah, muy bien ! ¿ Tú 
decís ? 

LUZ 

Me parece.... Y si nos rebajan el precio, vos 
tenes la culpa. . . . 

SIMONA 

¿ Tan luego tú los harás mejores ? ¡ No seas pava ! 
pancho 

( Aparte ) ¡ Lindo no más ! ¡ Aura se trenzaron los 
gallos ! 

LUZ 

¿ Qué has dicho ? ¿ qué has dicho ? 

SIMONA 

Es que vos siempre la das; conmigo, que soy la que 
más trabajo de la casa. 

LUZ 

Repetí eso de pava ; á ver, repetí .... 

PANCHO 

( Aparte ) Voy diez centavos á mano de Luz .... 

SIMONA 

Y me van á aburrir, y me van á aburrir tanto, 
que un día agarro el sombrero 



LA RONDALLA 



207 



LUZ 

Y bueno, ándate; pá lo que servís 

SIMONA 

¡Tanto como vos, ehé! 

PANCHO 

( Aparte ) Diez centavos .... diez centavos .... 

LUZ 

¿Qué dijiste? 

SIMONA 

Y últimamente, andáte á un cuerno, ¿ sabés í . . . . 
(Se alza para irse). 

\ 

LUZ 

(Dándole un bofetón) ¡Tomá, insolente! ¡Pá que 
aprendas á respetar ! . . . . 

MARIANA 

¡ Niñas ! . . . . ( Trata de consolar á Simona, que se 
sienta llorando). 

PANCHO 

¡Ya estuvo! ¡ Jué perra, si alguno me toma la pa- 
rada ! . . . . 



208 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA III 
Dichos y el Abuelo 

abuelo 

(Por el foro) ¿Qué hay? ¿qué sucede ahora? 
luz 

(Furiosa) Nada. No sucede nada. ¿A usted le im- 
porta algo? 

ABUELO 

No, hija, no Yo la verdad 

luz 

Bueno, pues ya sabe. . . . Aquí mando yo, y al que 
no le guste, allí está la puerta. . . . 

SIMONA 

(Llorando) Yo me voy; sí, yo me voy 

MARIANA 

Vamos, niña Callesé Es la hermana ma- 
yor. . . . 

LUZ 

¡ Oh, pero esto va á marchar de otro modo ! ¡ Esto 
tiene que marchar de otro modo! ¡Estoy aburrida 
de ser buena! (A Tilde) Vos, agarrá ese paquete 



LA RONDALLA 



209 



y llévalo á tu cuarto .... ¡ No ! ¡ Espera ! ¿ Y la 
plata? 

ABUELO 

(A Pancho) ¿Qué ha pasado? 

PANCHO 

Meta, violín en bolsa, Abuelo .... Hágase el chi- 
quito .... 

ABUELO 

Pero ¿Tilde? 

PANCHO 

Nada, nada El baile es con Simona (El 

Abuelo se acerca á Simona). 

LUZ 

Está bien. Llevá eso y volvé. (Sale Tilde). 



ESCENA IV 
Dichos, menos Tilde 

abuelo 
Simona, querida mía 

SIMONA 

Déjeme en paz. . . . 

14.- T. II. 



210 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



LUZ 

Abuelo, mire, haga el favor No se meta en lo 

que no le importa. . . . 

abuelo 

Está bien ; está bien .... Yo no digo nada .... 

LUZ 

(A Simona) Y vos, hacé lo que quieras. . . . Pero, 
si te quedas aquí, ya sabes, yo soy la que mando .... 
Y todos me tienen que respetar. . . . 

MARIANA 

(A Simona) ¡ Callesé, niña!. . . . 

(Llaman á la puerta). 

luz 

(A Pancho) Han llamado, ché. Ya sabés, si es 
otro cobrador, que se vaya al infierno ¡Esta- 
mos para cobradores! 

(Pancho sale un instante). 
abuelo 

Luz, en la tienda que me dijistes, no había peine- 
tas como .... 

luz 

¡ Claro ! ¡ qué iba á haber ! ¡ Quién sabe lo que ha 
ido pidiendo usted ! ¡ Hombre más inútil ! 



LA RONDALLA 



211 



ABUELO 

De veras, te juro 

LUZ 

¡Déjeme en paz! ¡Cómo no va á haber! Es que 
usted no sirve para nada, ni para mandados. . . . 
¡ Qué hombres tenemos en esta casa ! 

MARIANA 

(Viendo entrar á Pancho con Pepe) Ai está Pepe. 

SIMONA 

(Alzándose rápidamente) Que no me vea así. 
(Sale). 

ESCENA V 
Mariana, Luz, Abuelo, Pancho y Pepe 

pepe 

¿Qué tal, qué tal? ¿Hago disparar á la gente? 

LUZ 

Cuando se llega así, de sopetón 

PEPE 

Si estorbo 

LUZ 

No, sientesé Disculpemé, Pepe Estoy algo 

nerviosa 



212 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEPE 

Como pasaba por aquí cerca, me dije: voy á ver 
cómo signen las señoritas. . . . 

abuelo 

Voy á llamar 

LUZ 

Deje, Abuelo. Yo avisaré Venga, Mariana. 

(Salen Mariana y Luz). 



ESCENA VI 
Abuelo, Pancho y Pepe 

abuelo 

Como quieras, hija .... (A Pepe ) ¿Y qué tal ? 
¿ Cómo andas tan remolón pá venir por acá ? . . . . 

pepe 

¡ Caramba ! ¿ Le parece que vengo poco ? 

\ ABUELO 

Sí, venís; pero cuando no está Tilde? ¿Qué te 
pasa, muchacho? 

PEPE 

¿Qué quiere que me pase? Vengo cuando estoy 
libre y da la casualidad 



LA RONDALLA 



213 



PANCHO 

De que cuando venís es á la hora que Tilde lleva la 
costura al registro. Mira, ¿querés que te diga una 
cosa? , . i ■ ¡ 

abuelo 

Calláte vos Dejános Yo voy á hablar con 

Pepe .... 

PANCHO 

Bueno (Sale lentamente) . 

ESCENA VII 
Abuelo y Pepe; luego Tilde 
abuelo 

Oí, Pepe. ... Lo que estás haciendo, está mal he- 
cho .... Vos sabes lo que Tilde te quiere .... Vos 
sabes lo que ella es en esta casa. ... Lo que tiene 
que hacer, lo que tiene que sufrir, la pobrecita. . . . 
¿ Por qué venís á aumentarle las penas ? Desde hace 
más de dos meses, desde aquella noche del baile 

PEPE 

Pero, Abuelo, francamente .... 

abuelo 

Francamente, francamente .... Mirá, Pepe ; yo 



214 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



soy zorro viejo y no me vas á engañar tan fácil. . . . 
Así, respóndeme clarito : ¿ Querés á Tilde ó estás abu- 
rrido de ella? 

PEPE 

Pero, la verdad 

ABUELO 

Eso, la verdad ¿La querés entoavía ó se te 

pasó el amor? 

PEPE 

La quiero, ¿quién lo duda? 

abuelo 

Entonces, ¡canejo!, ¿pá que la haces sufrir? ¿No 
sabés que ella llora cuando no venís ? ¿ No sabés que 
no tiene más esperanza que vos, porque, la verdad, 
yo. . . . yo. . . . soy un pobre viejo, que un día he de 
faltarle 

PEPE 

Por favor. . . . 

abuelo 

¿Y si es la verdad, Pepe? Algún día me he de 
morir; ya soy viejo. Y ella, entonces, la pobrecita, 
quedará sola, sin naides que la quiera bien. . . . 
Mirá, Pepe, óiime.... (Mira alrededor, con temor, 
para cerciorarse de que están solos. Bajando la voz) 
Tilde es un ángel, es una inf eliz .... No tiene quien 



LA RONDALLA 



215 



la quiera más que yo y vos.... Cuando yo me muera, 
ya ves, vos, vos solo .... Y si vos le faltaras .... 
(Más bajo) Óime, Pepe, yo quisiera. . . . 

PEPE 

Pero, Abuelo 

abuelo 

No me tdigás nada Óime antes .... Yo quisiera, 

¿isabés?, quisiera pedirte un favor (Cada vez 

más emocionado, bajando la voz) ¿No me lo negarás, 
verdad ? . . . . Decí, Pepe .... Si yo te pidiera que 
te.... 

PEPE 

Pero, Abuelo .... No sé ... . 



abuelo 

Sé bueno, Pepe .... Casáte con Tilde .... Mirá, 
si querés, te lo pediré de rodillas. . . . 



PEPE 

¡ Pero, es ocurrencia ! 



ABUELO 

Nq, Pepe, no Es el corazón .... Tengo 

miedo .... Decí, me prometes .... 

TILDE 

(Entrando) Buenas tardes, Pepe ¿Que cuenta 

el Abuelito ? 



216 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ABUELO 

(Disimulando su turbación, con un brusco cam- 
bio) ¿Yo, yo? ¡Jé, jé, jé! Hablaba con este pi- 
caro ¡Jé, jé, jé! ¿Sabés? De de.... 

una persona que él quiere mucho .... Y . . . . y . . . . 
ya vés, es natural .... estaba contento .... Él es- 
taba. ... yo también estaba contento. . . . Los dos.... 
En fin, ya vés. . . . (Sale, haciendo esfuerzos para 
disimular su aflicción). 

ESCENA VIII 
Pepe y Tilde 

tilde 

¿De veras? ¿Me querés siempre, siempre? 

PEPE 

Claro que sí. ¿ Y vos ? 

TILDE 

¡ Si te quiero, Pepe ! ¿ Preguntás si te quiero ? Eso 
puedo preguntarte yo á vos, que desde un tiempo á 
esta parte .... 

PEPE 

( Cubriéndole la boca con su mano) No digás más, 
fea, feísima .... Ya me lo ha contado todo el 
Abuelo .... Pero tú no consideras, Tilde, que yo no 



LA RONDALLA 



217 



soy libre ; que soy esclavo de mi trabajo .... Todo el 
día en la tipografía .... 

TILDE 

No, no es eso. Tus quehaceres, primero; ya lo 
sé. Es justo; yo mismo te lo pediría si no lo hicie- 
ras. . . . Pero, cuando estás libre, cuando estás á 
mi lado, pareces distraído, no me escuchás. . . . 

PEPE 

¡ Qué ocurrencia ! 

TILDE 

No ; no es ocurrencia .... Yo te conozco bien, 
Pepe; y conozco también mi corazón, que no me 
engaña 

PEPE 

(Tomándolo á broma) ¿Y qué te dice tu corazón? 
A ver, pegáme un reto. 

TILDE 

¡ Tantas cosas ! Tú no sos el de antes. Desde 
aquella vez que fuistes al baile con las muchachas, 
ya sabes, contra mi voluntad. . . . 

PEPE 



¡ Ah, ya sé ! Pero, Tilde,, ¿ qué iba á hacer ? Tú ya 
lo viste. . . . Me comprometieron delante tuyo. Vos 
misma me pediste que fuera. . . . 



218 



VÍCTOR. PÉREZ PETIT 



TILDE 

Demasiado debías haber conocido, si me querías, 
que me estabas matando .... De vos mismo debió 
salir una negativa . . . . 

PEPE 

¿Cómo? No me pareció bien quedarme solo, aquí, 
contigo, yéndose tus hermanas .... Te lo he dicho 
ya más de una vez. . . . Los otros días, hablando de 
esto mismo, te lo expliqué bien claro. 

TILDE 

No, no, no ... . No tenés razón .... Estaba el 
Abuelo ; estaba Pancho .... Otras veces te has que- 
dado 

PEPE 

Es que 

TILDE 

Es que ya no me querés. ... No digás que no. . . . 
Si lo comprendo .... No sos el mismo de antes .... 

PEPE 

¡ Tilde ! Cada vez que hablamos, me sacas la misma 
conversación .... 

TILDE 

Escucha, Pepe .... Yo no quiero esclavizarte .... 
No pretendo hacerte daño .... Si no me querés ya ; 
si no podés quererme más, decímelo, decímelo con 



LA RONDALLA 



219 



franqueza .... Yo no te odiaré por eso ... . Te 
querré .... te estimaré lo mismo, lo mismo .... Pero, 
no me engañés .... ¡ Oh ! Todo, todo, hasta el aban- 
dono, antes que el engaño ¿ Vés ? Esto es lo que 

me hace sufrir. . . . 

PEPE 

¿De dónde sacás ahora que ya no te quiero? 

TILDE 

No sé. Eis el corazón quien me lo dice. Y yo lo 
siento, lo adivino .... Aquí, alrededor mío, hay 

algo que se derrumba Y comprendo que jamás 

yo seré tuya. . . . Comprendo que me dejarás un 
día .... Pero no quiero que sea así, á traición .... 
¡ Oh, una traición tuya, me mataría, Pepe ! 

PEPE 

Estás diciendo locuras, Tilde 

TILDE 

Así, prefiero que seás franco, que seás noble .... 
Mirá, confesáme que no podés amarme más, y yo 
me resignaré, yo sabré perdonarte, yo bendeciré to- 
davía tu nombre, Pepe .... 

PEPE 

Pero, yo te quiero, Tilde, yo te quiero, te lo 
repito .... Estás viendo visiones .... No sabes lo que 
decís. . . . (Entra Simona). 



220 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA IX 
Dichos y Simona 

SIMONA 

¿Se puede? Con permiso". . . . ¿Cómo está, Pepe? 
Discúlpeme si lo he molestado. Venía á buscar un 
libro que hoy dejé olvidado aquí. 

PEPE 

Como salió tan á la disparada, cuando yo entré.... 

SIMONA 

Es el efecto que siempre me causa su presencia.... 

PEPE 

Muchas gracias 

TILDE 

(Alcanzando á Simona el libro) ¿Es este el libro 
que buscabas 1 ? 

SIMONA 

Sí ... . Estás muy amable hoy ; ¿ querés que me 
vaya pronto, no es verdad? 

TILDE 

¡Qué ocurrencia! ¡Qué se figurará Pepe! 



LA RONDALLA 



221 



SIMONA 

¡ Qué se figurará ! Te preocupás mucho de lo 
que puede figurarse tu novio 

TILDE 

Pero, Simona, por Dios ! . . . . 

SIMONA 

¡No embromes, che! Mejor harías en cuidarte de 
no hacer papelones para que él no se figure otras 
cosas .... 

PEPE 

Es usted injusta, Simona 

SIMONA 

(Malhumorada) No sea usted también hipócrita.... 

TILDE 

¡ Simona, por favor ! 

SIMONA 

¿Qué? ¿no les gusta oír verdades? 

PEPE 

No sé por qué usted dice eso, ni á qué viene 
ahora 

SIMONA 

¡Salgan de ái! Linda pareja de hipócritas. 



222 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA X 
Dichos, Luz y Mariana 

luz 

Tilde, vas á acompañar á Mariana hasta su casa, 
así me traés el frasquito que te dará. 

MARIANA 

Yo puedo traerlo, niña. 

LUZ 

No, en seguida (A Pepe) ¿Usted disculpará? 

PEPE 

¿ Cómo no, señorita Luz? ( Salen Mariana y Tilde). 

ESCENA XI 
Luz, Simona, Pepe ; luego Pancho 

luz 

Es un remedio muy bueno que tiene Mariana para 
el dolor de cabeza 

PEPE 

No tiene usted que explicarme nada. ... Lo que 
usted dispone está bien Ya se sabe 



LA RONDALLA 



223 



PANCHO 

(Entrando) ¿No vieron la guitarra? 

PEPE 

Sí, aquí .... 

PANCHO 

¡ Ah ! bien decía yo ¡ Cómo ! ¿ no anda Tilde 

por acá? 

LUZ 

Salió. 

PANCHO 

Bueno. (Se sienta y rasguea en la guitarra). 

SIMONA 

(A Pepe) Diga, Pepe, ¿y aquel yaquetín que 
trajo aquel domingo, tan mono, ya no lo usa más ? 

PEPE 

Como usted dijo que no me sentaba 

SIMONA 

¡ Caramba ! ¡ Cómo repara en lo que yo le digo ! 

PEPE 

Es natural. A las personas de buen gusto hay que 
oirías siempre 



224 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SIMONA 

¿Y quién le ha dicho que yo tengo buen gusto, 
mocito ? 

PEPE 

¿Acaso no lo he visto yo? Recuerde aquel novio 
que usted se eligió la vez pasada, tan picado de vi- 
ruelas y tan remonono .... 

SIMONA 

Reíte, Luz. 

LUZ 

No, yo me voy, porque van á empezar las zon- 
ceras (Sale). 

SIMONA 

Conste que es usted el que ha empezado á hablar. 

ESCENA XII 
Dichos, menos Luz 

(Pancho, bordonea y empieza á tocar á la sor- 
dina la rondalla de "La Dolores"). 

PEPE 

Es que si fuera usted, no serían zonceras. 

SIMONA 

¿Qué serían? 



LA RONDALLA 



225 



PEPE 

Desatinos. 

SIMONA 

¡ Grosero ! ( Oyendo lo que ejecuta Pancho ) \ Hola ! 
Has aprendido eso? ¿Conoce esa pieza, Pepe? 
(Pancho cesa de tocar). 

PEPE 

¡Cómo no! Es él pasacalle de "La Dolores" que 
tocamos ¡con los amigos 

SIMONA 

(A Pancho) A ver, ché Toca eso, es muy bo- 
nito .... 

PANCHO 

(Secamente) No sé más. (Se levanta y sale, hosco). 

ESCENA XIII 
Pepe y Simona 

SIMONA 

(A Pepe) Bien educado el mozo, ¿no le parece? 
(Pausa larga). 

pepe 

(Mirando hacia la puerta por donde desapareció 
Pancho) Se fué Mejor 

15.— T. II. 



226 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



(Pausa larga. Simona coge una silla, llévala ha- 
cia la derecha y se sienta. Pepe la contempla en 
silencio; luego da unos pasos, sin saber qué decir, 
y por fin se aproxima á Simona). . 

SIMONA 

(Sin volverse, sintiéndole próximo) Siéntese. 

PEPE 

Gracias, estoy bien (Otra pausa; de pronto): 

Simona .... 

SIMONA 

(Volviéndose) ¿Me hablaba? 

PEPE 

Creo que sí ... . Esa música, esa, vamos, la que 
tocaba Pancho. . 

SIMONA 

Ya he entendido: la rondalla de "La Dolores".... 
¿qué hay? 

PEPE 

¿Le gusta á usted? 

SIMONA 

Mucho. ¿Por qué me lo pregunta? 

PEPE 

Por saberlo. ¿Por qué le gusta á usted? 



LA RONDALLA 



227 



SIMONA 

Porque es muy linda. 

PEPE 

¿Por nada más? 

SIMONA 

(Le mira fijamente. Pausa. Luego): ¿Y por qué 
más ha de gustarme? 

PEPE 

Porque la toeo yo. 

SIMONA 

Usted la toca por darle serenata á su novia 

PEPE 

¿ Usted cree eso ? ( Simona le mira fijamente, 

se encoge levemente de hombros y guarda silencio. 
Pepe, entonces, prosigue en voz más baja): Simona, 
por favor, no seamos niños .... Tenemos un minuto, 

nada más Contésteme pronto: ¿está siempre 

enojadla conmigo? 

SIMONA 

¿Yo? ¿Por qué voy á estar enojada? 

PEPE 

Las otras noches, si le negué la flor, fué 

SIMONA 

(Secamente) ¿A mí qué me cuenta? 



228 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEPE 

Escúcheme Fué por disimular Si yo se 

la hubiera dado delante de todos 

SIMONA 

(Estallando) ¡Disimular! ¡Disimular! ¡Estoy 
harta de disimular, ¿me entendés? Y no quiero di- 
simular más ; no puedo (disimular más .... Así es 
que acabemos .... 

PEPE 

Pero, ¿ qué tengo que hacer ? 

SIMONA 

Ya te lo he dicho. Concluir de una vez. O conmigo 
ó con la otra, con Matilde. No puedo soportar más 
este doble juego. Si la querés á ella, bien; dejáme, 
no me atormentés más. Desapareceré de aquí. Por 
otra parte, hoy ha pasado algo en esta casa. . . . 

PEPE 

¿ Qué ha pasado ? 

SIMONA 

Luz me ha dado una cachetada. Ya vés. 

PEPE 

¿No será porque? 



LA RONDALLA 



229 



SIMONA 

No tengás miedo. Nadie sospecha de nosotros; 
sólo Pancho, tal vez, cuyas indirectas y modales me 
dicen, hace tiempo, que desconfía .... ¿Y quién más 
podría sospechar, si nosotros mismos no sabemos 
cómo empezó esto? 

PEPE 

Sí, peleando 

SIMONA 

Peleando, eso es. Lo que á nosotros mismos se nos 
antojaba antipatía, odio, rencor, ¡ qué sé yo !, era ca- 
riño, locura, amor ¡Oh! ¡Y yo te he amado, 

te he amado con toda el alma, mientras te decía 
palabras tontas, mientras te veía al lado de esa 
otra. Pero esto no puede seguir así ... . He tomado 
una resolución .... O contigo, ó sin tí 

PEPE 

Entonces, ¿tú? 

SIMONA 

Sí; si no me amas, me voy, me voy de esta casa 
maldita. . . . 

PEPE 

Pero .... ella .... 

SIMONA 

¿Quién? ¿Matilde? Puedes decírselo 



230 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEPE 

¡ La mataría ! 

SIMONA 

Entonces, mátame á mí. . . . (Va á salir brusca- 
mente; pero Pepe la detiene por un brazo). 

PEPE 

¡ Quedáte ! 

SIMONA 

No. Dejáme. 

PEPE 

j Quedáte ! 

SIMONA 

¿Para qué? 

PEPE 

Porque te amo. 

SIMONA 

Así, no. Basta. Dejáme. 

PEPE 

( Con fuego ) A vos, á vos sola, Simona. Pero, 
¿cómo? ¿no comprendes? ¿no vés? ¿no sentís que 
estoy loco por vos ? ¿ No sabes que por vos soy capaz 
de todas las locuras de todas las infamias? ¿No sa- 
bés que soy tuyo, tuyo, únicamente tuyo; que te 
has metido dentro de mi ser, dentro de mi carne; 
que te tengo en la sangre, que te tengo clavada en 



LA RONDALLA 



231 



los ojos ; que te veo de día, de noche, á todas horas, 
sin reposo, como la única felicidad de mi vida? Si- 
mona, Simona, ¿ qnerés enloquecerme ? ¿ querés deses- 
perarme más todavía? ¿No has hecho de mí lo que 
has querido? ¿No dispones de mi vida desde aquel 
momento divino en que los dos por primera vez com- 
prendimos que nos amábamos ? ¿ Te acordás, Simona ? 
( Con voz más dulce y baja, evocando el culpable re- 
cuerdo) Fué aquella tarde, durante aquel paseo á 
Palernto .... Nos habíamos quedado atrás, perdidos 
entre los árboles. ... De pronto, al bajarte á coger 
* un trébol, te hiciste sangre en un dedo y distes un 
gritito .... Y yo, entonces, no sé cómo, te llené de 
besos las manos y y al alzar los ojos, y al mi- 
rarnos frente á frente .... ¿te acordás ? 

SIMONA 

Sí, fué un sueño 

PEPE 

No, un sueño no Es la realidad 

SIMONA 

Un sueño que hoy acaba, porque vos no me amás 
ya.... 

PEPE 

¡ Te amo ! ¡ Te amo más que nunca ! ¡ Te amo como 
nadie te amará ¿Qué querés más de mí? 

SIMONA 

Y bien, probámelo, que me querés Luego, hoy 

mismo. . . . 



232 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEPE 

Bueno, pues lo haré 

SIMONA 

(Mimosamente) ¿De veras? ¿Hoy? En- 
tonces. . . . tomá, lo prometido. . . . (Inclina la ca- 
beza hacia él, ofreciéndole los labios. Durante un 
instante permanecen abrazados). 



ESCENA XIV 
Dichos y Tilde 

(Tilde entra por el foro. En el primer instante, 
distraída no vé á Simona y á Pepe; pero de pronto, 
advierte el grupo que éstos ofrecen abrazados, y 
el estupor, la pena, la vergüenza la dejan clavada en 
el sitio. Entonces, bamboleante, como un ave herida, 
va hacia una silla y cae en ella, ocultando el rostro 
entre las manos, mientras de su garganta se escapan 
los primeros sollozos. Al rumor, Simona y Pepe se 
separan y se vuelven). 

PEPE 

(En voz muy baja) ¡Tilde! 

SIMONA 



(Entrando á la casa rápidamente) ¡Mejor así! 



LA RONDALLA 



233 



ESCENA XV 
Pepe y Tilde; luego el Abuelo 

(Al quedar solos, Pepe se acerca tímidamente á 
Tilde. Hay un largo y embarazoso silencio. Por 
fin, Pepe, con voz conmovida, inicia el diálogo). 

PEPE 

Tilde Pobreeita mía 

TILDE 

(Poniéndose en pie súbitamente) ¡Ah, no! ¡Eso 
no! ¡Tu compasión, no! 

PEPE 

Escucháme, Tilde 

TILDE 

No, no, no, no Ni una palabra Véte; que 

no te vea más ; véte .... 

PEPE 

Yo debo explicarte, Tilde 

TILDE 

¿ Qué ? ¿ qué debés explicarme ? ¿ Tu traición ? ¿ tu 
infamia ? ¡ Ah, no, no ! ¡ Véte ! Me hacés daño. ¿ Véte ! 



234 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEPE 

Está bien ; te obedezco, Tilde .... Pero haces mal 
en no oírme 

TILDE 

(Riendo convulsivamente) ¡Ah, ah, ah! Hago 

mal ¿Y tú, tú haces bien? ¿tú te has conducido 

bien? (Con creciente exaltación) ¿Tú te has por- 
tado como un caballero? ¿Tú sos un hombre de 
honor? ¿Tú, que hace poco me jurabas amor; tú 
que me mentías, que me engañabas, que te reías 
vilmente como un cobarde, como un canalla, de 
mí, cuando rechazabas mis dudas; tú, tú que me 
has retorcido el corazón, que me has apuñaleado el 
alma, que me has destrozado toda mi vida ; tú, tú sos 
el que podés hablarme ahora; el que podés decirme 
que hago mal en no oirte? ¡Ah, no, no, mandáte 
mudar ! . . . . ¡ Que no te vea más ! . . . . ¡ Que no te 
vea más!. ... (El Abuelo que ha entrado hace un 
instante, se detiene, asombrado, á oir) Andá, andá 
con ella, con tu Simona, con la hermana traidora, 
con la hermana vil que me ha robado el novio, que 
me ha triturado el corazón; andá, andá con ella; 
andá á pedirle sus besos, otra vez, sus besos, sus 
besos envenenados, sus besos infames; andá, andá, 
andá .... ( Cae sollozando en la silla. Pepe va á 
aproximársele, balbuceando su réplica, cuando se 
le cruza al paso el Abuelo). 



LA RONDALLA 



235 



PEPE 

Tenés razón, Tilde, pero 

ABUELO 

No, usted, no; usted, no 

TILDE 

(Arrojándose en los brazos del viejecito) Abuelo, 
abuelito querido .... 

ABUELO 

Tilde, ángel mío, querida mía .... Hablá .... 
¿qué ha sucedido? 

TILDE 

(Llorando, inconsolable) Abuelo, abuelito. . . . 

ABUELO 

¿Qué ha pasado? No llorés Tilde Va- 
mos, valor No llorés así Yo estoy contigo.... 

Mírame ¿Qué ha sido? 

TILDE 

Nada, nada. . . . Abuelito, ¡ qué desgraciada soy!.... 
abuelo 

(Volviéndose á Pepe) ¿Entonces.... usted.... 
lo que acabo de óir? 



236 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PEPE 

(Inclinando la cabeza) ¿Qué quiere usted? La fa- 
talidad. ... i 

abuelo 

(Irguiéndose) ¡Cállese usted, miserable! La fata- 
lidad, la fatalidad es la poca vergüenza que usted 
tiene ¡Mándese mudar de aquí! ¡Mándese mu- 
dar de esta casa ! . . . . ¡ Fuera, fuera ! ¡ Al momento ! 
(En este momento, Luz y Simona entran precipita- 
damente). 

PEPE 

(Inclinándose) Está bien 

ESCENA XVI 
Dichos, Luz y Simona 



LUZ 

¿Qué es eso? ¿qué gritos son estos? 

ABUELO 

Luz, vení acá .... Tú que mandás en esta casa .... 
Echáme á la calle á este canalla. . . . 

LUZ 

Despacio, despacio .... No hay que gritar .... 
¿Qué ha sucedido de nuevo? 



LA RONDALLA 



237 



ABUELO 



¿Tú sabes, Luz, lo que ha pasado aquí entre este 
hombre y Simona? 

LUZ 

Me lo acaba de confesar Simona Y por eso 

pregunto,, ¿por qué esos gritos? 

abuelo 

(¡Petrificado) ¿Cómo? Luz, ¿tú sabes 

LUZ 

Que Pepe ama á Simona, sí; que no ama á Ma- 
tilde, sí 

ABUELO 

(Balbuceando, asombrado) ¿Y.... y.... no de- 
cís nada ? . . . . ¿Te parece natural ? 

LUZ 

¿ Que se amen y que se casen ? ¿ Qué cosa más na- 
tural? Si Pepe no quiere á Matilde, ¿hemos de ca- 
sarlos á la fuerza? ¿Para qué hacer dos desgracia- 
dos, pudiendo hacer dos Mices? Ya encontrará Ma- 
tilde otro partido. Entre tanto, no veo la razón de 
armar «este escándalo .... 

ABUELO 

( Que la ha oído primero con estupor, luego con vi- 
brante indignación, tartamudeando de cólera) ¿De 



238 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



modo. ... de manera. . . . que vós¡ vos, vos, Luz, en- 
contrás te parece encontrás bien (Es- 
tallando, de pronto, con gritos y rugidos de ira) 
¡ Ah, pero esto es infame ! . . . . ¡ Esto es una cana- 
llada! Aquí están locos, todos están locos 

De modo que este hombre se burla, se ríe, se ríe de 
Tilde, y la hace sufrir, la hace llorar, le ruempe el 
corazón, la mata, la mata, sí, la mata como un ase- 
sino, como un cobarde, y vos vos .... 

LUZ 

(Interrumpiendo la imprecación del Abuelo) 
Abuelo, usted olvida que en esta casa .... 

ABUELO 

Vos, vos sos la que te olvidás 

LUZ 

(Sin oirle) Usted olvida que aquí mando yo 

ABUELO 

(Iracundo) ¡Vos! ¡vos! ¿En esta casa? ¿Aquí? 
¿En esta casa? ¡En esta casa mando yo, yo, yo 
solo, yo el Abuelo! 

LUZ 

(Estupefacta) ¿Usted? ¿Desde cuándo? 



LA RONDALLA 



239 



ABUELO 

(Creciéndose por instantes) Desde que hacen su- 
frir á Tilde; desde que la hacen llorar; desde que 
me la quieren matar .... 

LUZ 

( Conteniendo su enojo) Abuelo, por favor. ... Si 
no se calla 

abuelo 

¿Callarme? ¡Vos te callás! ¡calláte vos! ¡Yo 

lo quiero, yo lo mando! ¡Yo mando en esta casa! 
¡ Ahora soy yo quien manda ! 

LUZ 

¡ Basta, basta de disparates ! ¡ No hay por qué ar- 
mar este escándalo ! ( Cambiando de tono, pero siem- 
pre con enojo) Abuelo, callesé, haga el favor 

no me tire de la lengua. . . . Aquí nadie alza la voz 

más que yo Usted viva tranquilo y en paz los 

años que tenga que vivir, y yo 

ABUELO 

¿ Y vos consentirás ? . . . . 

LUZ 

¿ Que Simona se case con Pepe ? No veo inconve- 
niente. 



240 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ABUELO 

(Ir guiándose, rojo de cólera, lanzando sus frases 
en alaridos de furor, como un león herido que de- 
fiende su pequeñuelo) ¡Fuera! ¡Fuera de aquí! 
¡ Fuera de esta casa, sinvergüenzas, canallas ! ¡ Fuera 
de aquí, malas mujeres ! ¡ Quien manda aquí soy yo, 
yo, el Abuelo, yo, solo yo! ¡A la calle, víboras! ¡A 
la calle todo el mundo! ¡Yo solo aquí, con Tilde! 
( Todos los personajes, con gestos de desdén los unos, 
con cierta cobardía los otros, salen de la escena — ex- 
cepto Tilde) ¡Con Tilde, con mi queridita, con mi 
pobrecita Tilde! (La voz del Abuelo, antes so- 
berbia é imperativa, se ha dulcificado bruscamente 
y ahora, exhausta por el esfuerzo, rendida por el 
dolor, se ahoga entre sollozos) Solos, solos aquí. . . . 
los dos solos. . . . Con Tilde con mi pobre- 
cita (Cayendo de hinojos y cogiéndole las ma- 
nos á su nieta) ¡ Tilde ! ¡ Mi Tilde ! Ti ti 

tilde (Las lágrimas llegan al fin, y llora, llora, 

abrazado á Matilde), 



TELÓN 



ACTO TERCERO 



Una pobre habitación de tercer piso, miserablemente amue- 
blada. A la izquierda, una puerta que da acceso á la calle. 
A la derecha, dos puertas, que comunican con las habita- 
ciones interiores. Sobre el foro, una ventana, abierta la cual 
se ven las azoteas, cúspides, chimeneas y torres de la ciudad. 
Contra la pared de la izquierda, un destartalado aparador, 
y cerca de él, una máquina de coser. Hacia la derecha, primer 
plano, una mesa de comedor, redonda, y algunas sillas. Hay 
una lámpara encendida. 



ESCENA PRIMERA 
Mariana, ©1 Abuelo 

MARIANA 

(Concluyendo de guardar la loza en el aparador) 
Giieno, viejo; no hay que afligirse ¡qué diablos! 
Estos tragos amargos son los que hacen más sabro- 
sos los güenos que llegan después. Esa es la vida. 

ABUELO 

Sí, y entre tanto los güenos no llegan. Ya vé, Ma- 
riana, van pá dos meses que Tilde va pá bajo, pá 
bajo y la pobrecita 

16.— T4IÍ. 



242 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



* MARIANA 

¿Dos meses? Es verdad; deben hacer dos meses 
que ustedes se escaparon de aquel avispero .... 

ABUELO 

Y dende entonces, la pobre Tilde, siempre pior, 
cada vez pior, con esa tristeza, con esa tos ** (1) 

MARIANA 

No, pero no -diga, viejo. Tilde va mejor Des- 
pués de aquel ataque, se ha repuesto .... 

ABUELO 

No, si yo no me engaño, Mariana. ... El ataque 
no jué nada. ... Lo pior vino en seguida, cuando 
Tilde principió á estar triste, á no querer comer, á 
no poder dormir .... Vea, Mariana : eso que dice iel 
dotor es pamplina. . . . Tilde se nos muere de tris- 
teza .... * Yo la miro, y la veo irse, así, poco á 
poco .... De noche, ocasiones, me levanto despacito 
y voy á escuchar, y la siento llorar, llorar, escon- 
diendo la cabeza entre la almohada pá que yo no la 

oiga . . . . ¡ Mariana ! Tilde se muere ¡mi pobre 

Tilde ! 

MARIANA 

(Para Ocultar su emoción) ¡Qué cañe jo!.... 



í 1 ) Los parlamentos comprendidos entre uno y dos asteris- 
cos deben suprimirse en la representación. — El Autor. 



LA RONDALLA 



243 



ABUELO 

De día está ái, sentada en esa hamaca que nos re- 
comendó el médico, pensando, pensando .... No dice 
nada ; á veces me mira y se sonríe ; pero yo la veo, la 
veo que no me escucha, que su cabecita está en otro 
láo ; que sus sonrisas son á la juerza, pá no afligirme 
más ** ¡Tan güeña que ha sido la pobre con- 
migo ! . . . . 

MARIANA 

¡Ave María, hombre! ¡Parece que hablara de al- 
gún dijunto! Hágase ánimo, caramba, que si Dios 
mete la pata, ya verá como tuito esto se endereza. . . . 
Y ha de meterla, sí señor, porque pá eso es Dios y 
es güeno y no le gustan las injusticias .... Y enton- 
ces mejorará Tilde y todos saldremos pá delante, y 
todos estaremos contentos 

ABUELO 

No. . . . no no 

MARIANA 

¡ Qué no ni que no ! Ya verá entoavía las farras 
que vamos á armar en esta casa en cuantito se me- 
jore Tilde Yo, por lo pronto, voy á hacer una de 

tortas fritas como pá llenar la dársena. ... Y todo 
el mundo á réir, á cantar, á estar contento .... 
Hasta un baile vamos á dar pá buscarle novio á 
Tilde, y usted y yo vamos á ser los padrinos. ¿EM 
¿qué me dice? ¿Quién nos viera á mí con aquel 



244 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



collarote de oro die la finada mi madre y á usted 
hecho un cajetilla con mucho levitín de pato y 
un tremendo farol, así, en la cabeza.... (Se de- 
tiene bruscamente, viendo que sus bromas no reani- 
man al Abuelo, y hay entonces un momento de pausa 
dolorosa. Mariana mira á todos lados, no sabiendo 
qué decir. El Abuelo está abatido. Mariana vuelve á 
romper el silencio) ¿Y el dotor qué dice? 

abuelo 

Nada. Que le den mucha leche, que se alimente; 
que duerma bien tapada, pero con la ventana 
abierta; que esté ái sentada, todo el día en esa 
hamaca .... 

MARIANA 

¡ Barbaridades del dotor! Lo que Tilde precisa 
es moverse, distraerse, salir, pasear. . . . 

ABUELO 

No, no, al contrario .... Quietita .... Ya vé ; 
hasta le ha prohibido que trabaje 

MARIANA 

¿Y de qué van á vivir ustedes? 

* ABUELO 

(Con un gesto de desesperación) ¡Ai está! Lo 
que yo digo. . . . Yo no sirvo pá nada. ... yo no 
puedo hacer nada 



LA RONDALLA 



245 



MARIANA 

No diga eso. ... Yo lo lie visto á usted. . . . 
abuelo 

¡Chist! No diga nada callesé 

MARIANA 

¿Y por qué? ¿Es deshonra? Cada uno en lo que 
sabe .... Y si usted se gana unos pocos centavos 
trenzando arreadores y maneas, no veo pá que se 
lo escuende á Tilde .... 

ABUELO 

¡ Chist ! ¡ chist ! Más despacio No hay pá qué 

decirseló Se afligiría 

MARIANA 

Sí, como si ustedes vivieran de rentas 

abuelo 

No, pero ella cree que nos socorren los vecinos 

Callesé, Mariana 

MARIANA 

Está güeno; pero no veo ** (Llaman á la 

puerta). 

ABUELO 

Han llamado. 



246 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MARIANA 

(Abriendo la puerta) Adelante.... ¡Hola, Pan- 
cho! 

ESCENA II 
Dichos y Pancho 

pancho 

Buenas noches ¿Cómo van por acá? ¿Cómo 

sigue Tilde? 

• ABUELO 

Mal, Pancho, mal. ... La pobrecita. ... (La emo- 
ción le ahoga). 

* PANCHO 

(Conmovido) Caramba. . . . caramba. . . . (Un si- 
lencio) ¿Y el dotor, qué dice? 

abuelo 
Nada ¡pse!. . . . ** 

PANCHO 

(Sin saber lo que decir) ¡Qué cosa! 

MARIANA 

Vamos; ái viene Tilde No pongan esas ca- 
ras, hombre .... 



LA RONDALLA 



247 



ESCENA III 
Dichos y Tilde 

( Al entrar silenciosamente Tilde, el Abuelo finge 
gran locuacidad y Pancho trata de disimular su 
tristeza. Tilde, blanca y demacrada, como las tísi- 
cas que se mueren, avanza tristemente) . 

PANCHO 

(Yendo á sostener á Tilde, á la que acompaña 
hasta la hamaca) ¿Qué tal, hermanita? ¿Qué tal 
ese ánimo ? . . . . 

TILDE 

Bien, Pancho; el ánimo bien Pero me faltan 

fuerzas para trabajar 

ABUELO 

¿La vés? ¿La óis? Pensando en trabajar Es 

testaruda como un vasco .... Y yo me voy á eno- 
jar, ¿comprendés, Pancho? me voy á tener 

que enojar Porque, ¡canejo! es manía eso 

de querer trabajar 

* TILDE 

(Sonriendo) Y si no, ¿con qué se come, abue- 
lito?.... 



248 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ABUELO 

¿No vés, no vés? ¡Como si yo no estuviera 

aqaí; como si vos no est^/ieras, Pancho; como si 
no estuviera Mariana; como si no estuviéramos to- 
dos ! Es una manía, te digo ** 

TILDE 

¿Mariana? ¿dónde está Mariana? 

MARIANA 

Aquí, niña 

TILDE 

í Pobre Mariana ! Debe estar molida con esto 

de atender su casa y de cocinar aquí 

MARIANA 

¡Salga de ái, niña! ¡Si es un juguete pá mí! 
Mire estos brazos 

PANCHO 

(Procurando hacer reir á Tilde) ¿Parecen dos 
salchichones, verdad? 

ABUELO 

¡Je! ¡je! ¡je! ¿Los óis, Tilde? Siempre de güen 
humor ! . . . . ¡ Claro ! Con la cosa de que tú vas 
mejor, todos andamos de güen humor 

TILDE 

Gracias, gracias .... 



LA RONDALLA 



249 



ABUELO 

¿No querés un poco de leche? 

TILDE 

No, no tengo ganas 

MARIANA 

Hay que hacer juerzas como dice el mé- 
dico ¡Vaya! yo le voy á servir una copita. (Va 

para servirla). 

TILDE 

Deje, Mariana; usted tiene que irse Pancho 

la alcanzará. . . . (Pancho se apresura á ir á servir, 
con Mariana, la copa de leche) Deje, Mariana. . . . 
Váyase á su casa, es tarde .... 

MARIANA 

Ahora me iré, no se apure .... 

PANCHO 

(Alcanzando la copa de leche) Vamos á ver, 
Tilde, esta copita ¿Servida por mí, eh? 

MARIANA 

Ya lo vé, niña, por usted hasta trabajador se ha 
hecho. . . . 

(Tilde moja apenas los labios y quiere dejar la 
copa). 



250 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PANCHO 

Eso no es nada Hay que tomar más 

TILDE 

No tengo ganas 

PANCHO 

Hay que tener Vamos, otro poquito 

(Tilde toma otro sorbo y deja la copa. El Abuelo, 
que observa este cuadro, se aleja un poco, moviendo 
tristemente la cabeza). 

MARIANA 

Güeno, me voy á ver á mi hombre .... Luego 
volveré, por si me precisan .... 

TILDE 

No, Mariana, no 

MARIANA 

Si no es molestia Vivo ái al lado En un 

periquete, subo y bajo la escalera. 

pancho 

Tenga cuidado, no se vaya á dir de cabeza y á 
recalcarse un pie. 

TILDE 

(Sonriendo, tristemente) Adiós, Mariana 



LA RONDALLA 



251 



ABUELO 

Ahora vuelvo, ¿eh? (Sale con Mariana). 

ESCENA IV 
Tilde y Pancho 

(Pancho ha ido á cerrar la puerta del cuarto de 
Tilde. Ésta observa si efectivamente se fué el 
Abuelo y luego llama á su hermano). 

TILDE 

¡ Chist ! ¡ Pancho ! 

PANCHO 

¿Eh? ¿Qué querés? 

TILDE 

Vení ; sentáte aquí .... ( Pancho se sienta á su 
vera. Tilde mira otra vez en derredor, y luego, en 
voz baja) ¿Qué dicen, allá? 

PANCHO 

Nada; lo de siempre Siempre miserias, siem- 
pre gritos * No creás, Tilde Mejor se está 

aquí .... 

TILDE 

( Como un eco) Sí, mejor. . . . 



252 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PANCHO 

Luz siempre de mal humor, es decir, de pior en 
pior. . . . ** Desde que te vinistes aquí con el 

Abuelo, aquello está imposible ¡ Qué peloteras, 

hermanita! Lo bueno que yo tengo el cuero 

duro; porque has de saber, ahora soy yo la cabeza 
de turco .... 

TILDE 

¡Pobre Pancho! 

PANCHO 

¿Qué querés? De buena gana me vendría con 
vos ; pero qué le vamos á hacer .... Bastante mise- 
ria hay por aquí. . . . Allá, es verdad que no reina 
la riqueza, pero en fin, lo que les cuesto á ellas 
te lo ahorro á vos. . . . (Sencillamente) Sabrás que 
me suprimieron el tabaco 

TILDE 

¿De veras? 

pancho 

Sí; ahora fumo cuando pesco á algún amigo, y 

cuando no, me chupo el dedo Ya vés, todo 

tiene su consuelo .... 

* TILDE 



Todo Y y ¿la otra? 



LA RONDALLA 



253 



PANCHO 

¿La otra? Ai está, hasta que el diablo se la 

lleve 

TILDE 

¿Siempre sigue con él? 

PANCHO 

Siempre. 

(Pausa. Tilde inclina la cabeza y llora. Pancho, 
emocionado, le coge una mano. Entonces Tilde hace 
un esfuerzo y se repone). ** 

TILDE 

¿Luz no sabe que tú venís aquí? 

PANCHO 

No. Ya sabés que me lo ha prohibido. Dice que 
el papelón que le han hecho hacer vos y el Abuelo, 
retirándose de la casa, no se lo perdonará á uste- 
des nunca. Entonces, yo, naturalmente, por no po- 
nerme mal con ella, vengo así, á escondidas. . . . 

TILDE 

Pobre Pancho ¡qué bueno sos! 

PANCHO 

¡Pse!.... 

TILDE 

¿Y cuándo se cisan? 



254 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PANCHO 

¿ Quién ? ¿ ellos ? No sé ; creo que pronto .... 

TILDE 

¿ Ella se ha hecho la ropa ? 

PANCHO 

Se la está haciendo. 

(Hay otra pausa de doloroso silencio. Tilde pa- 
rece seguir el vuelo de sus recuerdos. Pancho se 
pone en pie y pasea). 

pancho 

( Como para cambiar de conversación) Qué linda 
noche, ¿no? 

TILDE 

Sí, está linda. . . . Hoy me encuentro mejor que 
nunca 

pancho 

¿ No vés ? Si es lo que yo digo * Poco á 

poco. . . . Pero ya saldremos del paso. ... No hay 
que perder el ánimo 

TILDE 

No, no lo pierdo .... Hoy vuelvo á tener fe ... . 
Me encuentro como nunca; respiro mejor; no me 
duelen tanto las espaldas. ... Lo otro es lo que no 
curará nunca 



LA RONDALLA 



255 



PANCHO 

¡ Bah ! ** El tiempo, Tilde, el tiempo lo cura 

todo Ese bandido no era digno de vos. Con la 

otra va mejor.... Figuráte: de tal pareja, que 
hornada de cachorros para el zoológico. 

TILDE 

¡ Pancho ! . . . . 

PANCHO 

Bueno, bueno Soy un animal No he di- 
cho nada 

TILDE 

Cada uno obedece á su corazón. . . . 

* pancho 

Claro, claro No dije nada Es natural: 

vos lo querés todavía, lo def endés .... Pero, en fin, 
ya pasará .... yo me entiendo .... 

TILDE 

¿Y él? ¿Él él se acuerda á veces de 

mí?.... 

PANCHO 

(Haciéndose el distraído va hacia la ventana) 
i Qué espléndida noche de luna ! ¡Se vé todo el 
caserío como de día ! 



256 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TILDE 

Abrí la ventana, Pancho.... (Pancho obedece) 
Que entre el aire. ¡Me encuentro tan bien! Me pa- 
rece que resucito Vení aquí, Pancho; sentáte 

á mi lado.... Habláme.... ¿No me encontrás 
mejor ? 

PANCHO 

¡Si es natural! Hasta tenes buen color. ¡Lo que 
vamos á pasear y á reimos juntos ! Mirá ; el primer 
día que podás salir, yo te acompaño, ¿eh? Nos va- 
mos á dir á la Recoleta, como dos señorones, y de 
allí á Palermo, á tomar algo al bar .... 

TILDE 

Sí, sí Ver los árboles, ver la luz, ver los 

niños que juegan, que corren, que ríen. ... Y lle- 
varemos al Abuelo también, ¿no te parece? Nos 
haremos sacar una fotografía los tres, para reír- 
nos Después volveremos en la imperial del 

eléctrico para sentir bien fuerte el viento en la 

cara ¿Qué vestido llevaré? ¿te parece bien el 

rosado ? 

PANCHO 

¿El de rayitas blancas? 

TILDE 

(Sonriendo) ¿Y qué otro tengo? Es el que estrené 
cuando.... (Se detiene bruscamente, asaltada por 
un recuerdo penoso) No, no; ese no; e~e no me lo 
pondré más 



LA RONDALLA 



257 



PANCHO 

Cualquiera, cualquiera Este que tenes ahora, 

te sienta muy bien. . . . 

TILDE 

¿Parezco una novia, verdad? (Pausa) ¡Ya no lo 
soy más! (Llora). 

PANCHO 

Tilde ; querida Tilde .... 

TILDE 

No es nada, dejá; ya pasó ** (Pausa) Es- 

cuchá, Pancho Quisiera saber Contéstame 

la verdad ¿Él pasa por allí de noche?. . . . 

¿ le da serenata ? . . . . 

PANCHO 

No sé ... . creo .... en fin .... 

TILDE 

Decime .... Y aquella música .... ya sabes .... 
¿la rondalla? 

PANCHO 

(Precipitadamente) No, no, no 

TILDE 

¿ De veras ? . . . . ¿no toca esa pieza ? . . . . Pan- 
cho ; vos no sabes mentir 

17.— T. II. 



258 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PANCHO 

(Haciéndose el enojado para disimular su tur- 
bación) ¡Que no, hombre! ¿Cuántas veces te lo he 
de decir ¡ Por linda que es esa porquería ! . . . . 

(Se levanta y pasea). 

TILDE 

¿Te has enojado, Pancho? 

PANCHO 

(Viniendo solicito á ella) No, no, querida Tilde.... 
¡ qué ocurrencia ! . . . . 

ESCENA V 
Dichos y el Abuelo 

abuelo 

(Entrando) ¿Qué tal? ¿qué tal? 

PANCHO 

¿A qué no sabe una cosa, Abuelo? Tilde se en- 
cuentra mejor; está contenta.... * Hemos hecho 
proyectos de paseo .... 



ABUELO 

¿De veras?.... ¿Te sentís mejor, Tilde? 



LA RONDALLA 



259 



PANCHO 

Y el primer paseíto va á ser á Palermo, en el 
eléctrico .... 

abuelo 

¡ En el eléctrico ! 

pancho 

¡Y cómo te va! Los coches son para los apes- 
táos ....** 

ABUELO 

¡Vaya, vaya! Me dan ustedes un gran alegrón. 
(Viendo que Tilde se levanta) ¿Necesitás algo, 
m 'hi jita ? 

TILDE 

No, abuelito .... Voy á mi cuarto 

ABUELO 

Hacés bien .... Mira : es algo tarde, podías acos- 
tarte, ¿eh? 

(Tilde sale silenciosamente; el Abuelo y Pancho 
la observan atentamente). 

ESCENA VI 
Abuelo y Pancho 

pancho 

(Después de una pausa, melancólicamente) En 
fin.... 



260 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ABUELO 

(Apresuradamente, mirando con desconfianza la 
puerta por donde salió Tilde, con voz baja) ¿Y? 
¿ qué me contás ? ¿ qué te parece J 

PANCHO 

Ya lo ha óido, Abuelo Parece que se siente 

mejor. . . . Está contenta. . . . 

* ABUELO 

(Anhelante) De modo 

pancho 

¿Y por qué no? ¿No se equivocan todos los días 
los dotores? Pá mi gusto, no me mentía Tilde 
cuando me decía que respiraba mejor, que se sen- 
tía más aliviada .... Mire, Abuelo ; yo creo que 
su mal es aquel bandido 

abuelo 

( Que le ha oído regocijado de emoción, con un 

lampo de alegría ) ¿ De veras ? ¿ te parece ? ¡ Ay, 

Pancho ! Si juera verdad ; si mi Tilde se curara .... 

PANCHO 

Pá mí que vamos pá delante .... 

ABUELO 

( Cada vez más regocijado ) \ Mirá ! Pero ¿ es de 
veras? ¿ella te dijo? 



LA RONDALLA 261 



PANCHO 



Que no sentía las espaldas; que respiraba bien; 
que se sentía como nunca .... Con que ya vé. ¿ No 
está claro? 



ABUELO 

¡No ha de estar, Pancho! Y es natural 

Dios no podía consentir . . . . ( Animándose por gra- 
dos) Entonces te dijo.... ¡vaya, vaya!.... ¡Si 
estos dotorcitos de hoy ! . . . . Y entonces .... es na- 
tural.... (Bruscamente, abrazando á Pancho) 
¡Dame un abrazo, hijo mío! Estoy contento. . . . # * 
(Después de una pausa) ¿Y del otro, hablaron, 
che? 



pancho 

Sí; me preguntó si le daba serenata á Simona; 
si tocaba por ella aquella marcha, ya sabe, la ron- 
dalla. . . . 



abuelo 

¡ Ah, ah ! . . . . ¿Y vos, claro 



pancho 

Le dije que no. . . . 



ABUELO 

Bien, bien (Después de una pausa) ¿Y es 

cierto eso, Pancho? 



262 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PANCHO 

( Con furia ) \ Qué ha de ser ! j He tenido que 
mentir, abuelo; he tenido que mentir como un 
puerco 

ABUELO 

Güeno, güeno. ... La cosa es que Tilde no lo 
sepa .... Hay que mentir, Pancho, ¿ me enten- 
dés?. . . . Que no lo sepa. . . . 

PANCHO 

Bueno, yo me voy á la leonera .... ¿ Tiene 
algo pá la talabartería? 

ABUELO 

Sí; aguardáte. . . . (Mientras Pancho pasea pen- 
sativo, el Abuelo va hasta la puerta de la habita- 
ción de Tilde y escucha un momento, aplicando el 
oido) Nada. No se oye nada. . . . Debe haberse 
acostado.... (Vuelve á escuchar y luego sale tra- 
bajosamente por su cuarto. Pancho queda solo un 
momento; va hasta la ventana, vuelve y se pasea 
lentamente. El Abuelo torna á entrar con varios 
tientos y utensilios ) ¿ Duerme, no ? . . . . 

PANCHO 

No se oye nada. ... Se habrá acostado. . . . 
abuelo 

( Colocando sus bártulos sobre la mesa) Güeno.... 



LA RONDALLA 



263 



Aquí tenes, Pancho .... Estos lazos están acaba- 
dos. . . . Podes llevarlos y los entregás á la talabar- 
tería. . . . Ya sabes, te los pagarán como los de los 
otros días 

pancho 

tá bien .... Mañana le traeré la platita 

ABUELO 

Ya, ya ... . Andá no más Yo voy á ver si 

aprovecho el tiempo .... 

PANCHO 

Se va á matar, Abuelo .... 



ABUELO 

¿Y de ái?.... Vos también trabajás, mucha- 
cho ¿Eh? ¿quién te iba á decir que por Tilde 

ibas á pegar estas patiadas? 

pancho 

¡ Bah ! . . . . Es un paseo. Güeno, me voy .... Hasta 
mañana. . . . 



ABUELO 

Adiós, adiós. ... (Sale Pancho con los lazos que 
le ha dado el Abuelo). 



264 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA VII 
El Abuelo; luego Tilde 
abuelo 

(Al quedar solo el Abuelo cierra la puerta y 
luego va á escuchar á la de Tilde. Murmurando 
sordas palabras, se acerca lentamente á la mesa y 
arregla sus útiles. Siéntase. Aproxima la lámpara, 
alza la mecha y comienza su trabajo. Después de 
una pausa) ¡Estos ojos, cañe jo!.... (Sigue tra- 
bajando; luego queda pensativo) Si yo pudiera. . . . 
esto da tan poco. . . . (Pausa; trabaja; interrum- 
piéndose otra vez) Sin embargo. . . . aquel viejo. . . . 
¿ cuánto le dieron ? Sí, no estaría mal .... Des- 
pués de muerto, ¿qué importa? (Pausa larga) A 
aquel viejo le dieron. . . . (Medita) Justo, justo. . . . 
i Pero, es triste ! . . . . ¡ Que le anden los estudiantes 
con la osamenta ! . . . . ( Con el reverso de la mano 
se seca una lágrima) En fin. . . . (Vuelve á su tra- 
bajo) Es por ella 

TILDE 

(Entra sin ser oída y se detiene absorta ante el 
cuadro infinitamente triste que ofrece el Abuelo tra- 
bajando bajo la luz de la lámpara. Entonces se 
aproxima despacio, llena de curiosidad. Detiénese 
detrás del Abuelo y le observa un momento aún con 
cariño y aflicción. Al fin con voz dulce ) Abuelo .... 



LA RONDALLA 



265 



ABUELO 

(Alzándose, con pavor) ¿Eh? ¡Vos! ¡vos! 

¡Tilde! ¿Qué haces?. .. . ¿qué querés aquí?.... 

TILDE 

¿ Y eso ? ¿ Qué quieren decir esas cosas ? 

ABUELO 

¿ Cuáles ? ¿ qué cosas ? . , . . ¡ Vaya, vaya ! . . . . ( Fin- 
giendo enojo de pronto) ¿Con qué levantada en- 
toavía ? . . . . ¡ Vamos, á la cama prontito ! 

* TILDE 

(Con un reproche) ¡Abuelito! 

abuelo 

¡Qué abuelito ni qué! ¡A la cama! ¡Pues 

está lindo ! Levantada cuando sabés .... ¡ Muy 
lindo !. ... A la cama ó me voy á enojar. . . . 

TILDE 

(Dulcemente) Yo soy la que me voy á enojar, 
Abuelo . . . . ¿ Qué quieren decir esas cosas ? ¡ Estás 
trabajando, abuelito! 

ABUELO 

(Turbado, vencido, lleno de susto, con vacila- 
ciones y tartamudeos ) ¡ Tilde ! . . . . ¡Mi querida 
Tilde ! . . . . Perdonáme Yo, ya vés Que- 
ría Es natural ¿Comprendés? ** 



266 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



TILDE 

¡Estabas trabajando, Abuelo!.... (Separa al 
Abuelo y observa los útiles). 

ABUELO 

Ya vés. ... no es nada. . . . Un juguete. . . . Eso, 
eso.... era un juguete; pá pasar el tiempo.... 
No creás, Tilde .... 

TILDE 

¿ Y tú hacías esto, Abuelo ? Con esto vivimos .... 

* ABUELO 

Pero te digo que es pá matar el 

TILDE 



ABUELO 

( Golpeándose el pecho ) ¡ Qué bruto soy ! . . . . 

¡ Claro ! . . . . Ya vés, Tilde ( Tilde se deja caer 

sentada en la silla y llora. El Abuelo, con rabia, 
tira los tientos al suelo. Luego, se aproxima á Tilde 
amorosamente, con aflicción) ¡Tilde!. . . . ¡M'hi- 
jita ! perdonáme .... yo creí .... en fin, tú com- 
prendes .... Mirá, te juro .... Te juro, no lo haré 
más .... Perdonáme, Tilde .... 

* TILDE 

¡ Pobre abuelito mío ! . . . . 



¡ Que cosa ! 
tiempo .... 

¡Chist!. . . . 



LA RONDALLA 



267 



ABUELO 

¿Me perdonás, no?. . . . Yo lo hacía por bien. . . . 
¿sabes? Como no me costaba nada y me entrete- 
nía. ... yo creí. . . . En fin, ya vés, te prometo. . . . 
(Se alza y pasea iracundo contra sí mismo) ¡Soy 

un bruto! ¡soy un bruto! ¡Dejarme pillar 

así!.... ¡A quién se le ocurre!.... (De pronto, 
se detiene y vé que Tilde ha sufrido un desvaneci- 
miento ) ¿ Tilde ? ¿ qué hay ? ¿ qué tenés í . . . . 

¡Tilde!.... (Desatentado, no sabe qué hacer y va 
de un lado á otro) Agua. ... un dotor. . . . Ma- 
riana .... ¡ Dios mío, Dios mío ! . . . . 

TILDE 

(Volviendo en sí) Abuelito 

ABUELO 

¡Mi Tilde de mi alma! ¿Qué tenés? ¿qué sen- 
tís? 

TILDE 

Nada, nada .... Ya pasó .... 

ABUELO 

¿De veras? ¿No querés que llame? 

TILDE 

Nada, nada ** Vení acá, abuelito Qui- 
siera ¿sabés? pedirte un favor 



268 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ABUELO 

Sí, sí ... . Lo que digas, hijita .... 

* TILDE 

Escucha Abuelo, abuelito querido.... si 

yo ... . si yo llegara á morirme .... 

ABUELO 

¡Tilde!** 

TILDE 

Escuchá. . . . si yo me muriera.... *mirá.... 
esa cruz ¿ sabes ? . . . . 

ABUELO 

Pero tú estás bien, Tilde .... ¿ No es verdad que 
estás bien ? ¿ Te sentís algo ? 

TILDE 

Ha de suceder, abuelito .... 

ABUELO 

Yo no quiero, no quiero, m 'hijita. 

TILDE 

Escuchá. . . . ** me pondrás al 
cruz. . . . 

ABUELO 

(D olorosamente) M 'hijita. . . . 



cuello aquella 



LA RONDALLA 



269 



TILDE 

.... aquella cruz que él me regaló .... él ... . 
Pepe. . . . 

ABUELO 

¡ Dios mío ! ¡ Dios mío ! 

* TILDE 

¿Me lo prometés, abuelito? 

ABUELO 

Pero tú ... . ** 

TILDE 

¿Me lo prometés? 

ABUELO 

Sí, sí, mi vi dita Pero tú vivirás 

* TILDE 

Está en mi baúl en una cajita Es el 

único recuerdo de él ... . Quiero llevármelo .... 
(El Abuelo solloza, á sus pies) Abuelo, abuelito. . . . 
no te aflijás Yo te quiero mucho 

ABUELO 

Mi pobre hijita 

TILDE 

Vamos; no es nada Ya estoy bien 

¿ Vés ? . . . . Levantáte, abuelito .... Ya pasó 



270 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



Me ha hecho bien pedirte eso .... ¿ Sabés ? Te- 
nía. . . . tenía vergüenza. . . . Ahora estoy con- 
tenta. .. ¡Qué bueno sos, abuelito ! . . . . ¿Ver- 
dad, que sos bueno ? . . . . Mirá, ahora me atrevo á 
todo .... ¡ Soy tan feliz ; me siento tan bien ! . . . . 
¿ Querés traerme la crucecita ?..... En el baúl, en 
el fondo. ... (El Abuelo sale lentamente, moviendo 
la cabeza). 

ESCENA VIII 
Tilde, sola 

TILDE 

( Al quedar sola, permanece por un instante con los 
ojos fijos en la puerta por la cual desapareció el 
Abuelo. Luego murmura) ¡Pobre Abuelo!. . . . ¡Tan 
viejito, tan bueno!.... (Meditando tristemente) 
¿Qué será de él cuando yo. . . . (Queda de pronto, 
silenciosa, abstraída en el horrible pensamiento. 
Después de una pausa, pasándose la mano por la 
frente) Morir.... dejar todo esto.... todo.... 
(Mirando alrededor, con extravío) No ver más la 
luz .... nada .... nada de esto .... ( Llena de sú- 
bito terror, cruzando los brazos sobre el pecho como 
para defenderse á sí misma) ¡ Dios mío ! ¡ Dios mío !.... 
(Poco á poco el miedo la abandona y otros pensa- 
mientos la dominan ) ¿ Y él ? ¿ qué hará ¿ Qué 
dirá cuando sepa?. . . . (Pausa) ¡Y yo que tanto le 



LA RONDALLA 



271 



quería!.... (Se deja caer en una silla y llora si- 
lenciosamente. Larga pausa. De pronto, muy lejos, 
en el silencio de lar noche, debilitados por la distan- 
cia, se oyen los sones de la rondalla de í( La Dolo- 
res". Al principio Tilde no la advierte; pero, brus- 
camente, al percibirla, se pone en pie y escucha 
vibrante y estremecida) Allá.... lejos.... (Reco- 
nociendo la música, con alegría) Sí.... sí.... 
es ... . ¡ es la rondalla ! . . . . ( Avanzando con inse- 
guros pasos hacia la ventana, con un vislumbre de 
esperanza ) ¡ Él ! . . . . ¡Es él ! . . . . ¡ Viene ! . . . . ( Es- 
cucha, inclinando todo el cuerpo, comprimiendo 
los latidos de su corazón, la música que au- 
menta un poco en intensidad) ¡Pepe!.... ¡Mi 

Pepe! ¡Dios mío! ¡Dios mío! (Escucha 

aún; pero la música se debilita otra vez, llevada por 
el viento, en el misterio de la noche. Con voz angus- 
tiada) ¡ Se va ! . . . . ¡se va!. . . . ¡ Pepe ! . . . . ¡se va, 
Dios mío ! . . . . ¡ Es á ella ; es por ella ! . . . . ( Tamba- 
leando, se aproxima al sillón, en cuyo respaldo se 
afirma. Por un instante la música parece apro- 
ximarse nuevamente. Entonces, Tilde, reanimada 
otra vez, balbucea) ¡ No ! ¡ no ! . . . . ¡ Viene ! ¡ viene !.... 
(La música se ahoga, se apaga, se extravía en la 
noche. Hay un silencio espantoso. Y entonces Tilde, 
derrumbándose en el sillón, ocultando el llanto en- 
tre las manos, exclama con amargura infinita) 
¡Se fué!.... (Pausa. Bruscamente un acceso de 
tos y un ahogo la convulsionan. Los ojos vidrio- 
sos, fijos, denuncian el horror de la muerte. Sus 



272 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



manos exangües tratan de desprender, de reven- 
tar el cuello de la bata, porque la respiración le 
falta ) ¡ Aire ! . . . . ] aire ! . . . . ¡ abuelito ! . . . . ( Con 
voz cada vez más opaca, trabajosa, á medida que 
la muerte la envuelve ) ¡ Me muero ! . , . . ¡ aire ! . . . . 
me.... mué.... abue.... abue.... (De pronto, 
queda inmóvil, inclinada la cabeza sobre un hom- 
bro, como dormida, — muerta). 

ESCENA IX 
Tilde; el Abuelo 
abuelo 

(Entrando, tras breves instantes, con una pe- 
queña cruz en la mano; regocijadísimo) ¡La encon- 
tré! ¡la encontré! ¿Creías que no iba á hallarla 1 ? 
Pues aquí está .... ( Mirando á Tilde ) ¿ Qué ? ¿ qué 
hay? (Con creciente espanto) ¡Tilde!.... ¡m'hi- 
jita!. ... ¡Mi Tilde!. ... (Y en su dolor inmenso, 
la llama entre sollozos, la abraza frenéticamente, 
la sacude enloquecido, cual si quisiera despertarla 
del sueño inmenso, del cual no se despierta). 



FIN DEL DRAMA 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



Humorada en un acto, 
escrita expresamente para el beneficio 
de la notable característica señora Orfilia Rico, y estrenada 
la noche del 6 de Noviembre de 1908 en el 
Teatro Politeama de Montevideo. 



18.- T. II. 



REPARTO 



Misia Goya 52 años Sra. Orfilia Rico. 

Pura 26 » » A. Ghio. 

Aquilina 24 » » A. Arguelles. 

Isidora 30 » Sta. C. Galván. 

Manuela 20 » » N. N. 

Rupbrta 23 » » N. N. 

Venancio 55 » Sr. A. Cuartucci. 

Senén 45 » » J. Petray. 

Dionisio 30 » » J. Escarcela. 

Serapio 25 » » E. Alippi. 

Secundino 35 » » M. Gutiérrez. 

Baldomero 30 » » J. D. Cañada. 

Pablo 25 » » D. Figueroa. 

Antoñito 12 » » J. Mujica. 

Doroteo » A. Ciricione. 

María Sra. N. N. 

Un guardia civil Sr. V. Bondesio. 



La acción en nuestros días 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



ACTO ÚNICO 



Es una habitación en casa de Misia Goya que dragonea 
de salita y que casi casi parece un cambalache. Muebles vie- 
jos y raídos, disimulando su pobre figura con fundas blan- 
cas. Adornos caseros por todas partes: mesitas hechas con 
carreteles, bordeadas con pajillas y semillas de eucaliptos; 
cuadritos de familia con marcos de peluche barato; carpetas 
de crochet, — todas las baratijas de la industria casera de 
hace medio siglo. En una especie de consola negra — que 
habrá sobre la pared del foro — mayólicas de almacén, esta- 
tuas de ferretería, una licorera en colores que alguna vez, 
hace bastante tiempo, tocaba una música, y otras varias 
porquerías de ese porte. Sobre la consola, un espejo que 
va perdiendo el azogue, de pura rabia. Un retrato, al lápiz, 
de Misia Goya cuando era joven: se parece á ella porque 
así lo declara el dueño de casa. Haciéndole pendant un 
cromo chillón de San Antonio. El sofá es de crin negra y 
da chuchos de frío sólo el mirarlo; delante de él, en el 
suelo, algo que dragonea de alfombra. Del techo, cuelga 
una lámpara á kerosene. 

Puerta al foro y laterales. Derecha ó izquierda, las del 
actor. 



276 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA PRIMERA 
Pura y Venancio 

(Al levantarse el telón, Venancio, sentado cerca 
del foro, luce sus habilidades construyendo una 
pajarera. Pura, plumero en mano, pone orden en 
los chirimbolos de la sólita, quitándoles el polvo). 

PURA 

( Canturreando ) ' ' Yo tenía un rancho, vidalita — 
lleno de alegría — cuando en él moraba, vidalita — 
la calandria mía ". — ( Pausa. Luego, por variar 
sin duda, repite la misma copla) "Yo tenía un ran- 
cho, vidalita — lleno de alegría — cuando en él...." 
(Be pronto, al reparar que uno de los muñecos que 
hay sobre la consola tiene rota la cabeza, se inte- 
rrumpe y exclama con un gran gesto de estupor): 
¡Ave María Purísima! ¡Otra estatua rota! (La ob- 
serva detenidamente, con pena. Venancio sigue im- 
pasible su trabajo. Después de una pausa) ¡Qué 
desgracia! ¡Un adorno tan bonito para la sala! 
¿Usted ha visto esto, tata? (El otro ni pestañea) 
No, si es lo que yo digo: nos vamos á quedar sin 
un adorno. Dentro de poco va á parecer nuestra 
sala el desierto de Sara. (Pausa. Buscando sobre la 
consola) ¿Dónde estará la cabeza? (Pausa. Volvién- 
dose hacia su padre) ¿Y usted no dice nada? ¿No 
vé este muñeco sin cabeza? 



EL BAILE DE MISIA GOTA 



277 



VENANCIO 

( Sin alzar la suya, con flema) Parece un miembro 
de la familia. 

PURA 

¡Ah, muy lindo! ¿Es eso todo lo que se le ocu- 
rre? ¿Quiere decir que aquí somos todos unos lo- 
cos? (Pausa) Hable, pues; conteste. 

VENANCIO 

Dejáme trabajar. 

PURA 

¡Muy bonito; pero muy bonito! ¡Una estatua 
que era un recuerdo de tía Mercedes! 

VENANCIO 

Otra pobrecita sin cabeza, tu tía Mercedes. 

PURA 

¡Cállese usted, tata! Debía tener más cuidado 
cuando habla de la finada. 

VENANCIO 

Tienes razón, hija. Dios se la ha llevado : Dios 
sabe lo que hace. No digo más nada. Dejáme tra- 
bajar. 

PURA 

(Volviendo al muñeco) Pero, ¿quién habrá sido 



278 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



el facineroso que me ha roto la estatua? (Mirando 
á su padre) ¿De seguro es Antoñito? 

VENANCIO 

( Indiferente ) Antoñito ha de ser .... 

PURA 

¡Ah! ¿Ha sido Antoñito? ¿Y quién lo mete á 
tocar las cosas de la sala al mocoso ese ? ... . 

VENANCIO 

Digo, yo no sé; se me ocurre que es Antoñito, 
porque siempre anda metiendo la nariz en todo. 
En eso se parece á tu madre . . . . 

pura 

Pues usted es el que tiene la culpa .... 

VENANCIO 

¿ Qué yo tengo la culpa de que tu madre se meta 
en todo? 

pura 

De que Antoñito sea un bandido. Cómo siempre 
lo apoya al mocoso ese y le festeja sus gracias. 

VENANCIO 

¿Qué quieres, Purita? El chico, á pesar de sus 
diabluras, es el único tipo entretenido de la casa. 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



279 



PURA 

( Rabiando ) \ Ah, ah ! ¡ Entretenido ! 

VENANCIO 

¡ Claro, hija! Porque tú, tu hermana y mi 
mujer. . . . 

pura 

¿Somos unos funerales, verdad? 

VENANCIO 

Funerales, no; pero velorios.... 

PURA 

( Exasperada ) ¡ Tata ! 

VENANCIO 

Así es que el chico me divierte. ¿Qué le vamos 
á hacer? ¿Que te rompe los chirimbolos de la 
sala? ¿Y qué? Aquí, todo el mundo rompe algo: 
tu hermana nos rompe el tímpano cantando la 
"Stella confidente"; tu madre me ha roto la pa- 
ciencia hace mucho tiempo. . . . 

PURA 



Eso es; critique á la pobre máma, que se des- 
hace por nosotros. Bien dice ella que usted nunca 
la ha comprendido. 



280 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



VENANCIO 

¿Vés? Eso debe ser. Porque no la comprendo, es 
por lo que, sin duda, me grita siempre 

PURA 

Grita, cuando tiene que gritar. Bastante buena 
que es máma. . . . Pero la cosa no es esa. Ese An- 
toñito .... 

VENANCIO 

Déjalo á Antoñito en paz, muchacha. . . . 

PURA 

Eso es lo que usted quisiera: que lo dejara en 
paz, para que el mocoso ese se burlara de nosotras. 
¡Ah! ¡eso no! Esta me la tiene que pagar.... 
Pero, es en balde. Hasta que no le rompa una pata, 
no va á andar derecho .... 

VENANCIO 

Pero, hija! Si le rompes una pata, ¿cómo quie- 
res que el muchacho ande derecho? 

PURA 

Sí, hágase usted el gracioso. Así es como Anto- 
ñito no respeta ya á nadie. ¿ A qué no conoce usted 
su última gracia? 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



281 



VENANCIO 

(Saliendo de su apatía) ¿Ha hecho otra? A 
ver. . . . contá. . . . 

PURA 

Le ha dado por llamar "la vieja" á máma. 

VENANCIO 

La verdad es que tu madre no es muy joven que 
digamos. 

PURA 

¿Es muy bonito, no es verdad? 

VENANCIO 

No: bonito, no es; pero verdad, ya lo creo que 
lo es ... . 

PURA 

¡Tata! 

VENANCIO 

¿Qué se te ofrece? 

PURA 

No, nada Mire, mejor es que se vaya á con- 
cluir su pajarera al patio. . . . 



282 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA II 
Dichos, Aquilina 

aquilina 

(Vestida ya para la fiesta, con un gran lazo en 
la mano ) Ché, Pura ; á ver si me hacés un lindo lazo 
aquí atrás .... 

PURA 

Traé. (Empieza á hacerle el lazo) ¿Y máma, 
dónde está? 

AQUILINA 

Peleando con los pasteles. Dice que la grasa que 
le vendió el almacenero es una porquería. 

VENANCIO 

Todo lo que vende Serapio es una porquería. 

AQUILINA 

(Reparando en Venancio) Pero, ¡tata! ¿Tiene el 
coraje de trabajar aquí en la sala? 

VENANCIO 

(Para sí) Esta es la que faltaba! 

PURA 

Se lo acabo de decir en este momento. 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



283 



. AQUILINA 

Que venga máma y ya va á ver la pelotera que 
se arma. 

VENANCIO 

Bueno, se acabó. Me voy á otro lado. (Reco- 
giendo sus bártulos) Así me dejarán tranquilo. 
¡Vaya un mundo por una jaula! (Medio mutis). 

aquilina 

¿ Y esos alambres que deja en el suelo ? ¿ Son para 
adorno, no? 

VENANCIO 

(Volviendo á recoger el alambre) ¡Dále!. . . . Un 
alambre. ... un alambre. ... (Lo recoge) En fin, 
todo sea por Dios.... (Mientras se va por 

la izquierda) Igualitas, igualitas á su madre 

(Mutis). 

ESCENA III 
Pura y Aquilina 

pura 

(Concluyendo la moña) Bueno; ya está tu lazo. 
aquilina 

(Mirándose en el espejo de la consola) Me sienta 
bien; ¿verdad? Así llevaba uno los otros días en 
el Parque Urbano la rubia de Panidatti. 



284 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PURA 

\ Calláte, con esa guisa ! Parece un palo vestido. 

AQUILINA 

¿Porque es flaca? Hija, ahora se usan las ña- 
cas. Y después, no creas: se arregla muy bien los 
sombreros. Acordáte de la capota aquella del ve- 
rano pasado 

pura 

Sí ; parecía un carruaje descubierto. ¡ Salí de ái ! 

AQUILINA 

Ché, ¿y vos no acabás de vestirte para el baile? 
Mirá que es tarde. 

pura 

Yo me arreglo en un momento. Para lo que tengo 
que lucir 

AQUILINA 

¿No vendrá Dionisio? 

PURA 

¿Y á mí que me importa el tipo ese? Ya te he 
dicho que no quiero saber más nada con él. 

aquilina 
Zonceras de ustedes. 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



285 



PURA 

Sí, zonceras. ¿ Te parece decente la jugarreta que 
me ha hecho? 

AQUILINA 

¡ Bah ! Por ir á un baile sin tu permiso .... Mira, 
cuando yo tenga novio, no le privaré los bailes. . . . 
¡ Lo mismo ha de ir ! . . . . 

PURA 

No es eso sólo. Es que según me contó don Senén, 
toda la noche estuvo de temporada con Isidora. 

aquilina 

¡Hacéle caso á don Senén! Bien dice mama que 
es más enredador que capataza de conventillo. 

PURA 

Es que no es don Senén sólo; todo el mundo los 
ha visto de dragoneo corrido. Y yo, — ¿ me enten- 
dés f — no soy juguete de nadie ; y de mí no va á 
reirse el sinvergüenza ese ... . ¡ Con Isidora ! ¡ Te 
aseguro que el tal Dionisio ha tenido buen gusto! 
¡Una pecosa que tiene la cara como una espuma- 
dera! 

aquilina 

¿Y la boca, ché? Con aquel diente negro, como 
si la niña fumara. ... La verdad que los hombres 
tienen unos gustos á veces 



286 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PURA 

Dejáme, que él también cuando se peina de 
raya al medio. . . . 

aquilina 

No, eso no. Dionisio es muy buen mozo. No sal- 
gás ahora, porque te ha dejado. . . . 

PURA 

Ché, ché .... Más despacio .... El que lo ha de- 
jado, soy yo 

AQUILINA 

¡No embromes! 

pura 

¡ Aquilina ! 

AQUILINA 

Bueno, como quieras . . . . ¡ Por lo que á mí se me 
importa! (Transición) ¿Dónde estará Antoñito? 
(Llamando) \ Antoñito ! ¡ Antoñito ! (A Pura) Voy 
á mandarlo á lo de Manuela. . . . 

PURA 

¿Para qué? 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



287 



ESCENA IV 
Dichos, Antoñito 

ANTOÑITO 

Aquí estoy. ¿Qué quieren? 

AQUILINA 

Mirá. Vas á irte en una corridita hasta lo de 
Manuela. . . . 

ANTOÑITO 

(Protestando) ¡Oh, yo no puedo! La vieja me 
mandó barrer la escalera. 

PURA 

¿A quién llamás vieja, vos? ¿No sabés el nombre 
de máma? 

ANTOÑITO 

Bueno, Misia Goya. ¡Ni que fuera la mujer del 
Presidente ! 

PURA 

(Golpeándolo) ¡Yo te voy á dar, sinvergüenza! 

ANTOÑITO 

¡No me pegue, sabe que más? 



288 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PURA 

¡ Yo te voy á dar ! ¿ Cómo me rompiste la estatua 
de la consola? ¿Fuiste tú, verdad? 

ANTOÑITO 

Fui yo, ¿y qué? A cualquiera se le puede caer 
una cosa de las manos. ¡Por lindo que era ese ma- 
marracho con una pata así, en el aire! (Remeda, 

alzando hacia atrás una pierna y echando un brazo 
al aire, la actitud del muñeco). 

PURA 

(A Aquilina) ¿Pero lo óis? ¿lo óis? (A Antoñito, 
que le hace muecas, rehuyéndola) ¡Te voy á arañar 
los ojos, canalla! 

ANTOÑITO 

¡ Tocá fierro ! ¡ tocá fierro ! . . . . 

AQUILINA 

(Interviniendo) Dejálo, Pura. (A Antoñito) Es- 
cuchá, vos .... 

ANTOÑITO 

Tengo que barrer la escalera. . . . 

AQUILINA 

(Cogiéndolo por un brazo) Pero, ói, condenado. 
Te voy á regalar un cigarrillo 



EL BAILE DE MISIA GOYA 289 



ANTOÑITO 

(Tendiendo la mano) Aflojá, pues. . . . 

AQUILINA 

Luego se lo saco á papá y te lo doy 

ANTOÑITO 

Entonces, ché, ya que te salen tan baratos, sacále 
dos en lugar de uno .... 

AQUILINA 

Bueno. Vas á ir á lo de Manuela y le decís que 
digo yo si puede hacerme el favor de prestarme dos 
bucles. 

ANTOÑITO 

¿Dos bucles? 

AQUILINA 

Sí. No vayas á equivocarte. 

ANTOÑITO 

¿Qué hacés, bucles? 

AQUILINA 

Andá y no te entretengas. 

ANTOÑITO 

(Mientras sale por el foro) Mirála á esta con 
bucles . . . . ¡ Hacéme el favor ! . . . . 

19.— T. II. 



290 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA V 
Pura, Aquilina; luego Misia Goya 
pura 

¿Y no tenés tus bucles? 

AQUILINA 

Así tengo dos más. Es por darle rabia á la Isi- 
dora, si viene. 

PURA 

¡ No va á venir ! Esa, con tal de verme la cara .... 

AQUILINA 

Pues yo la recibiría como si tal cosa. 

PURA 

i No, y si no ! ¡ Por lo que se me importa de Dio- 
nisio! Prefiero al hijo del almacenero. . . . 

AQUILINA 

¿ Al hijo del almacenero ? ¿ A Serapio ? ¡ Ja, ja, ja ! 
pura 

¿ Qué tiene ? Vale tanto como el otro. 

AQUILINA 

¡No embromes, ché! Decí que lo atendés de 
rabia 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



291 



PURA 

No seas pava. Serapio es bastante fino. 

MISIA GOYA 

(Saliendo, por la derecha) Sí, como los fideos que 
vende el padre. ¿Ya están hablando de ese espanta- 
pájaros? 

aquilina 

(Por Pura) Esta, quiere hacerme creer que lo 
quiere 

PURA 

(Enojada) Y lo quiero; ¿qué hay con eso? ¿No 
lo puedo querer? 

MISIA GOYA 

¿ Y cómo te vá ? ¡ Tan lindo que es el mozo, con 
aquellos ojos saltados, que parecen dos huevos du- 
ros ! . . . . 

PURA 

Es como es ; y á mí me gusta, y basta. ¿ Usted no 
es la que se va á casar con él, verdad? 

MISIA GOYA 

¿Yo? ¡Dios me libre! Preferiría romperme una 
pata. 

AQUILINA 

¡Con ese pelo enrulado, como un carnero! 



292 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PURA 

Ustedes porque le tienen rabia ; pero á mí, aunque 
no me gustara, de verlo tan bueno, me gustaría. . . . 

misia goya 

Sí, hi jita, sí ... . A mí, también, me gustaría .... 
(como para sí) verlo en una lata de sardinas. (Se- 
ria) ¡Vaya! Andá á acabar de vestirte, que pronto 
han de cáir los convidados. Y no me andés con re- 
milgos, que hoy es el día de mi santo y no quiero 
hacerme mala sangre. A reírse todo el mundo, y á 
bailar, que para eso damos este baile .... ( Mutis 
de Pura) Ché, Aquilina, ¿dónde está tu padre? 

aquilina 

Por ái, haciendo una jaula. 

MISIA GOYA 

( Alzando los brazos al cielo) \ Haciendo una jaula ! 
¡ En un día como el de hoy ! Andá á llamarlo. 
(Mutis de Aquilina). 



ESCENA VI 
Misia Goya, Senén; luego Venancio 
misia goya 

(Huroneándolo todo, para ver si ello está en or- 
den) Este Venancio debe haberse caído de la cuna 



EL BAILE DE MIS1A GOYA 



293 



cuando era chico. En mi vida he visto un zonzo 
más grande. No; v la verdad es que no sé á quién 
sale así. En su familia ha habido un poco de todo ; 
pero zonzos, ninguno. Para mi gusto que la finada 
mi suegra, tuvo algún antojo: de andar en burro, 
por ejemplo. 

SENÉN 

( Por el foro ) Santas y buenas tardes, Misia Goya. 

MISIA GOYA 

¡Hola! ¿Es usted, don Senén? ¿Qué anda ha- 
ciendo ? 

SENÉN 

¡ Pse ! estaba aburrido y cansado en casa ; no sa- 
bía lo que hacer ; entonces me dije ... . 

MISIA GOYA 

¿ Voy á cansar un poco á los vecinos, no es eso ? 

SENÉN 

i J e > 3 e > j e I i Qué" Misia Goya esta ! Siempre con 
bromitas, ¿eh? ¿Me figuro que no molesto? 

MISIA GOYA 

Hace mal en figurárselo, don Senén. Hoy estamos 
de baile y nos queda poco tiempo para concluir los 
arreglos. Dentro de un rato, empezará á llegar la 
gente 



294 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SENÉN 

¡Je, je, je! ¿De modo que no podría hacer algo 
útil? 

MISIA GOYA 

Irse, si le parece .... 

SENÉN 

¡Vaya, vaya! Tiene gracia; mucha gracia. Siem- 
pre lo he dicho: esta Misia Goya es la señora más 
graciosa que he conocido. ¡Je, je, je! (Pausa. Misia 
Goya no le hace caso, para ver si se va; pero, el 
hombre sigue en sus trece, como un asno) ¡Vaya, 
vaya! ¿Y las niñas? (Nuevo silencio. Al fin, viendo 
que no le contestan, toma su partido y se habla 
solo) ¡Ah, ya! ¿Estarán dentro? Me lo había ima- 
ginado. ¡Qué Misia Goya esta! (Pausa) ¡Vaya, 
vaya! ¿Y Dionisio no ha andado por acá? (Pausa) 
¿ No ? Perfectamente .... perfectamente .... Por 
donde va ahora es por lo de Isidora .... ¡ Qué dia- 
blo de muchacho ! ¡Je, je ! Parece que los dos se 
entienden á las mil maravillas. ¡ Cosas de mucha- 
chos ! . . . . 

VENANCIO 

¿ Llamabas, Goya ? ¡ Hola don Senén ! 

misia goya 

Hace una hora que te mandé llamar. ... Si no 
fuera por don Senén, que tiene una conversación 
tan entretenida. . . . 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



295 



SENÉN 

Es usted muy buena, Misia Goya .... 

MISIA goya 

No. Buena, no soy; pero tengo educación. Si no 
la tuviera, ya habría agarrado un palo. . . . 

VENANCIO 

(Con soma) ¿Para mí ó para don Senén? 
MISIA goya 

¡Para el demonio! Hacéme el favor de no ha- 
certe el gracioso conmigo .... 

VENANCIO 

Bueno, Goyita, bueno. No hay por qué gritar 
tanto 

MISIA GOYA 

Gritaré si me da la gana. 

VENANCIO 

Así me gusta. Cuando se tienen ganas de una 
cosa ¿No es verdad, don Senén? 

SENÉN 

¡ Je, je! Tiene usted razón, don Venancio 

MISIA goya 

(A don Senéu) ¿Y á usted quién le da vela en 
este entierro? 



296 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SENÉN 

¿Yo? ¿yo? ¿Es á mí 

MISIA GOYA 

No ; es al obispo .... (A Venancio ) Bueno, y vos, 
¿qué aguardás para encender esa lámpara? 

VENANCIO 

¡Ah! ¿tengo que encender la lámpara? 

MISIA GOYA 

(Remedándolo) ¿Tengo que encender la lámpara? 
(Grave) ¿No sabés que tenés que encender la lám- 
para? 

VENANCIO 

Ya lo vé, don Senén .... Cásese, cásese .... 

SENÉN 

Yo ... . la verdad .... si ... . la verdad .... 

MISIA GOYA 

( A Venancio ) Ché, ché, ché . . . . ¿ qué querés de- 
cir con eso ? . . . . ¿ qué te f igurás ? . . . . ¿ quién sós 
vos, ché? 

VENANCIO 

(Mientras arregla una silla y se dispone á encen- 
der la lámpara que cuelga del techo) ¿Yo? ¿quién 
soy? Yo, por ahora, soy tu marido. 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



297 



MISIA GOYA 

(Irónicamente) ¡Yo soy tu marido! ¡Ahí están 
los hombres retratados de cuerpo entero! ¡Echáte 
p 'atrás, marido! ¿Y vos que te figurás, ché, que 
es un marido, vamos á ver? 

SEÑEN 

¡ Ah, ah ! Muy bien, muy bien 

VENANCIO 

(Trepándose á la silla) Un marido es el que 
manda. 

MISIA GOYA 

(Irónicamente) ¿No digás, ché? 

VENANCIO 

Claro: es el jefe de la familia; el sostén de un 
hogar; el protector de los suyos 

MISIA GOYA 

Seguí, ché. Me vas interesando. 

VENANCIO 

(Encendiendo la lámpara) Y es el que lleva los 
pantalones, vaya! 

MISIA GOYA 

(Regocijada) ¡Mirá! ¡El que lleva los pantalo- 
nes! ¿Y nada más ? Pero, Venancio, ¡ si parece men- 



298 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



tira la cantidad de cosas que has aprendido en el 
colegio? Decíme, che: y con todo eso dentro de la 
cabeza ¿no te sentís pesado? 

SENÉN 

¡ Ah, ah ! Muy bien, muy bien .... 

VENANCIO 

No seas tarambana, Goya. 

MISIA GOYA 

i Pobre Venancio ! ¿ Con que el que lleva los pan- 
talones, no? En la calle, puede ser, porque si no lo 
llevan preso ; pero, en su casa .... Mirá : entre casa, 
quien suele llevarlos es la mujer. . . . 

VENANCIO 

(Descendiendo de la silla, con flema) A algunas 
han de quedarles un poco estrechos, no? 

MISIA GOYA 

Cuestión de estatura, ché. Pero la verdad es que 
hay cada sargentona que con sólo los ojos lo deja 
tieso al marido. Acordáte de Micaela, la de tu amigo 
Flores. Hasta para estornudar tenía que sacar per- 
miso el pobre. ¿No es verdad, don Senén? 

SENÉN 

Yo, la verdad, Misia Goya, no sé 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



299 



MISIA GOYA 

Sí, es verdad; usted no sabe nada. (Be súbito) 
¿ Y usted por qué no se ha casado, don Senén ? 

SENÉN 

¿Yo? ¿yo? En fin le diré Usted Us- 
ted conoce el refrán. . . . 

MISIA GOYA 

¡ Ah, ya ! El buey solo bien se lame .... 

SENÉN 

No, no. . . . No es el del buey. ... Es aquel otro 
que dice: "Casado y arrepentido".... ¿me en- 
tiende ? 

MISIA GOYA 

¡ Qué voy á entender, hombre de Dios, si todavía 
no he visto ningún arrepentido ! A gatitas se queda 
un hombre viudo, ya está pensando en ayuntarse 
otra vez. . . . 

VENANCIO 

Sí, los hombres son muy brutos. . . . 

MISIA GOYA 

¿ No es cierto ? Y tú, Venancio, si yo te faltara .... 

VENANCIO 

(Alarmado) ¿Cómo, faltara? 



300 



VÍCTOR PÉREZ PET1T 



MISIA GOYA 

Quiero decir, si me muriera .... 

VENANCIO 

¡ Caramba, mujer, me habías asustado ! 

MISIA GOYA 

¿Te volverías á casar? 



VENANCIO 

¿Contigo? ¡Dios me libre! Ni aunque fuera tan 
zonzo como Serapio .... 

ESCENA VII 
Dichos y Serapio 



serapio 

(Por el foro) ¿Hablaban de. mí? Buenas tardes, 
don Venancio ; ¿ cómo lo ha pasado ? 

VENANCIO 

Muy bien hijo, sin verte. 

SERAPIO 

Y usted, Misia Goya, ¿cómo lo ha pasado? 

MISIA GOYA 

Sufriendo con tu ausencia, muchacho. 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



301 



SEÑEN 

¡Je, je, je! 

SERAPIO 

¡Hola, don Senén! ¿Usted por aquí? ¿Cómo lo 
ha pasado? 

SENÉN 

Muy bien, Serapio, muy bien. 

SERAPIO 

¡Vaya, cuánto me alegro! Yo, pasaba por aquí, 
y me dije .... ¿ Y las muchachas, Misia Goya, cómo 
lo han pasado? 

MISIA GOYA 

¿Hablabas conmigo? 

SERAPIO 

Decía ¿cómo lo han pasado las muchachas? 

MISIA GOYA 

¿Pasado, á quién? ¿A vos? ¡Hombre! Yo no sé 
si te habrán pasado por el tragadero 

VENANCIO 

¡Vamos, mujer! Tratá mejor al muchacho 

MISIA GOYA 

Sí; ahora me voy á comprar traje descotado y 
guante blanco para recibirlo. ¡ No embromés, hombre ! 



302 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SEÑEN 

Tiene razón, Misia Goya. Cuando hay con- 
fianza 

SERAPIO 

Misia Goya me conoce desde chiquito. . . . 

MISIA GOYA 

Y bastantes veces que te cargué, cuando gateabas. 
¡ Pucha, que eras feo entonces ! . . . . Bueno, la ver- 
dad es que ahora no has cambiado mucho. Pero me 
dabas lástima. Tu padre, que siempre ha sido muy 
bruto, te pegaba cada paliza que temblaba la casa. 
Y tú llorabas, llorabas. . . . Eras horroroso cuando 
llorabas, muchacho. Por no verte la cara, á veces 
te daba vuelta p 'abajo .... 

SERAPIO 

Pero ahora he mejorado. 

MISIA GOYA 

¿ Te parece ? En fin, puede ser .... 

SERAPIO 

Además, he estudiado algo .... 

MISIA GOYA 



¿Vés? Eso te hacía mucha falta. Si no hubieras 
estudiado, á estas horas estarías enganchado á un 
carro .... 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



303 



SENÉN 

¡ Qué Misia Goya ! 

MISIA GOYA 

¡Claro, hombre! Si todavía me acuerdo de una 
vez que éste se quedó solo en el almacén del padre. 
Se prendió á la bolsa del afrecho y se pegó un atra- 
cón de los demonios. ¡ Qué indigestión bárbara se 
llevó este bruto ! Pero, decíme : ¿ te gustaba de veras 
el afrecho? 

SEPv YPIO 

¡ Y yo que sé ! ¡ Me voy á acordar ahora ! 
misia goya 

Podía seguirte gustando .... Como sos medio 
dormido del lado izquierdo.... (Observándolo de 
pronto con mucha atención) ¡ Ché, ché, ché! ¿Dónde 
te comprastes esos pantalones? 

SERAPIO 

Me los compré para venir al baile. ¿ Son bonitos, 
verdad ? 

MISIA GOYA 

( Burlonamente ) \ Son preciosos ! 

SENÉN 

Y te quedan muy bien. 



304 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MISIA GOYA 

(A don Senén) ¿No es cierto? Así, larguitos, con 
todos esos pliegues, lo misino que acordeón de cha- 
cra f 

SERAPIO 

El sombrero también es nuevo .... 

MISIA GOYA 

¿Qué me decís? A ver, ponételo un poco para 
ver. . . . 

SERAPIO 

Ya sé que tampoco le va á gustar. . . . (Ponién- 
doselo ) Pero es la última moda 

MISIA GOYA 

No; si me gusta, me gusta 

SERAPIO 

¿De veras? 

MISIA GOYA 

Lo que tiene, que me da hipo. 

VENANCIO 

Pues yo lo encuentro muy bien. (A Ser apio) No 
le hagás caso. ¿Qué entiende ella de modas? 

MISIA GOYA 

No me hagás reir, Venancio, que se me aflojan 
las piernas. 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



305 



ESCENA VIII 
Dichos y Antoñito 

ANTOÑITO 

(Por el foro) Aquí están los bucles. 

MISIA GOYA 

¿Qué venís cantando, vos? 

ANTOÑITO 

Aquí están los bucles que me mandaron buscar. 

SENÉN 

A ver, á ver. ¿ Quién te mandó buscar ? ¿ Cuándo ? 
¿Dónde? 

MISIA GOYA 

(A Senén) ¿Ya va á meter el hocico en esto tam- 
bién? (A Antoñito) A ver, vos, vení p'acá. ¿Qué 
es eso? 

ANTOÑITO 

Los bucles que me mandó pedir Aquilina á Ma- 
nuela. 

MISIA GOYA 

¡Ah, bueno! Lleváselos . . . . (Súbitamente, al 
chico que va á salir) ¡Antoñito! 

20— T. II. 



306 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ANTOÑITO 

¿Qué hay, vieja? 

MISIA GOYA 

(Furiosa) ¿Qué es eso de vieja, mocoso? (Va para 
pegarle). 

SENÉN 

(Interponiéndose) Déjelo, Misia Goya. . . . 

MISIA GOYA 

¿Pero á usted quién diablos lo mete en nuestras 
cosas ? 

SENÉN 

Yo ... . yo ... . la verdad .... 

MISIA GOYA 

¿Cuándo acabará de entender que está sobrando 
aquí ? 

SENÉN 

¿Yo? ¿Yo? ¿Usted cree? 

MISIA GOYA 

Sí, usted, usted ¿ No ha comprendido que nos 

está fastidiando más que tábano engolosináo? ¿No 
entiende que eso de meterse siempre en lo que no 
le importa es cosa de gringa lavandera? 



EL BAILE DE MIS1A GOYA 



307 



SEÑEN 

Pero, señora 

MISIA GOYA 

¿ No se da cuenta que ya me tiene por encima del 
moño y que un día de estos le voy á decir alguna 
barbaridad ? 

SERAPIO 

(Interviniendo) Pero, Misia Goya 

MISIA GOYA 

(Encarándose á Ser apio) No sea muía de barril, 
amigo 

VENANCIO 

Goya, por favor 

MISIA GOYA 

(A su marido) Y vos también calláte la boca, que 
me tenés con la vena hinchada . . . . ¡ Ah, pues está 
bueno! La cargan á una, la fastidian, la zangolo- 
tean, y una se va á quedar así, con la boca abierta, 
como atragantada con una espina! ¡Ah, eso sí que 
no ! Si no les gustan las verdades, allí está la puerta ! 
Y cuanto más pronto, mejor. . . . Pues está bueno.... 

VENANCIO 



(A los otros, Bueno, amigos, á más ver. 
(Mutis). 



308 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SERAPIO 

Yo, Misia Goya .... usted disculpe .... Volveré 
en otro momentito .... 

MISIA GOYA 

Sí, hijo, sí. . . . No hay apuro. . . . (Mutis de Se- 
rapio). 



ESCENA IX 
Señen, Misia Goya y Antoñito 

SENÉN 

(Después de haber contemplado á Misia Goya 
con una flema que avergonzaría á un holandés) 
Oiga usted, Misia Goya. ... No sé si he enten- 
dido bien; pero me parece que usted se ha eno- 
jado 

misia goya 

¡ Hombre ! ¿ Todavía no ha entendido usted ? 
¿Y entonces para qué le sirven esas orejas, que 
parecen dos paraguas? 

SENÉN 

Yo, la verdad, sentiría que usted se resintiera .... 
¿ comprende ? . . . . porque yo, la verdad, soy un 
viejo amigo ¿comprende? 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



309 



MISIA GOYA 

Sí, hombre, sí Pero ¿me hace usted el favor 

de irse? 

SEÑEN 

¿Y cómo no, Misia Goya? Acabo de compren- 
derlo perfectamente .... perfectamente .... Tiene 
usted necesidad de quedarse sola, de arreglar algo.... 
Perfectamente.... Es lo que yo decía.... Misia 
Goya no puede enojarse. . . . 

misia goya 
Bueno ; pues hasta la vista .... 

SEÑEN 

Eso es; hasta la vista ¡Qué caramba! Entre 

amigos como nosotros, no hay cumplidos .... ¿no 
es así? Perfectamente Me he dado cuen- 
ta ¡je, je, je!.... Yo, aunque no lo parezca, 

soy bastante perspicaz. . . . 

MISIA GOYA 

Adiós, adiós, don Senén 

SEÑEN 

Buenas, buenas tardes No se molesten 

He de volver; no se molesten (Va á irse y 

vuelve: á Antoñito) Adiós, pergeño y mucho 

respeto á las personas de edad 



310 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ANTOÑITO 

¡Andáte á un cuerno! 

SENÉN 

¿Eh? ¿eh? ¿cómo es eso? ¿qué has dicho? ¿Ha 
oído usted, Misia Goya ? . . . . 

MISIA GOYA 

¿ Cómo no voy á oir ? Es que al muchacho le están 
entrando ganas de que usted se vaya de una vez. 
Las criaturas son así : dicen siempre lo que piensan. 

SENÉN 

(Volviendo) Justamente. Es lo que yo digo siem- 
pre. No hay como las criaturas. . . . 

MISIA GOYA 

(Interrumpiéndole) Otro día hablaremos de eso. 
Que le vaya bien, don Senén. 

SENÉN 

Vaya, pues, me voy. Quede usted con .Dios, Misia 
Goya. . . . Hasta muy pronto. Quede usted con 
Dios. No se moleste. Ya conozco el camino. He de 
volver. . . . Hasta muy pronto, Misia Goya (Mu- 
tis por el foro). 

MISIA GOYA 

(Alzando los brazos al cielo) ¡Ufl ¡al fin! (Cae 
en una silla). 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



311 



- ESCENA X 
Misia Goya y Antoñito ; luego Pura 

ANTÜÑITO 

(Contemplando á Misia Goya postrada) ¿Se ha- 
brá ido de verdad ? ¡ Qué cosa bárbara ! Cuando se 
prende no suelta el hombre. 

misia goya 

(Reponiéndose) Es pior que un sinapismo. ¿No 
se le cairá la campanilla de tanto hablar? En fin; 
el caso es que se ha ido .... Mirá, Antoñito ; 11a- 
máme á Pura .... 

ANTOÑITO 

Aquí viene. 

MISIA GOYA 

Bueno, dejános. (Entra Pura). 

ANTOÑITO 

¿ Diga : si vuelve don Senén, le pego un tiro ? 

PURA 

¿Qué decís, muchacho? 

MISIA GOYA 

¿Uno? Pegále cuatro, hijo mío; y uno de llapa, 
detrás de la oreja. 

(Sale Antoñito). 



312 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA XI 

MlSIA GOYA, PURA; luego DIONISIO 
PURA 

¿Qué hay? ¿qué pasa? 

MISIA GOYA 

Nada, hija. Don Senén que me ha dado la gran 
lata. Mirá : tocáme el pulso .... Tengo toda la san- 
gre corriendo al galope, ¡ chás, chás, chás ! . . . . ¿Y 
los nervios? Te juro que me tiran más que las ligas 
del corsé . . . . ¡ Uf , que hombre ! 

PURA 

Lo hubiera echado. 

MISIA GOYA 

¿Te parece? Si el hombre no entiende la castilla. 
Tenemos que comprarnos un perro, hija; y no uno 
cualquiera, sino uno de esos barrigones y ñatos, 
como Venancio. 

PURA 

( Riendo ) \ Qué máma esta ! 

MISIA GOYA 

No, si tú no lo conocés al hombre. Ahora está 
viejo; pero, hace treinta años, cuando tenía la pe- 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



313 



Juquería de la "Amable tijera", lo hubieras visto. 
Entonces la máquina tenía toda su fuerza, ¿com- 
prendés? y cuando el hombre se soltaba á char- 
lar.... ¡Dios te libre! Mirá: empezaba á enjabo- 
nar á un cliente y á soltar palabras. ... y dále y 
dále y dále. . . . Ya no había quien lo. sujetara. Una 
vez, á un cliente le salió un flemón y á otro lo dejó 
seco. Al último, nadie iba á la peluquería, y el 
hombre se hablaba solo. De tanto hablarse se quedó 
medio sordo. ¡ Qué pedazo de bruto ! 

PURA 

Bueno, ¿y qué me dice de mi traje? 

MISIA GOYA 

A ver, dáte vuelta. (Pura lo hace) No estás mal. 
Me hubiera gustado más el otro vestido .... 

pura 

¿Cuál? 

MISIA GOYA 

Ese de cola de pato, que usás ahora. Pero, en 
fin, no está mal. . . . ¡ Ah, mirá! Si viene Dionisio.... 

PURA 

Dejemé, máma. . . . 

MISIA GOYA 

No siás zonza, muchacha. . . . Dejáte de empaca- 
das. Arregláte con él Es un buen mozo, traba- 
jador 



314 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PURA 

Pero, usted vé lo que me ha hecho. . . . 

MISIA GOYA 

Aguantá la risa, m'hijita. ... A los hombres hay 
que tratarlos así. Durante el noviazgo, dále piola 
no más.... Después, cuando se case, ya tendrás 
tiempo de ponerle cara de perro. 

pura 

Pero, máma. . . . 

MISIA GOYA 

Y si lo enseñás bien, ya verás como te aguanta 
uno que otro coscorrón. Estos del sexo fuerte, ché, 
son hijos del rigor. No hay como una buena fel- 
peada para hacerlos blandos de lomo. 

PURA 

Callesé; aquí está Dionisio. 

DIONISIO 

(Por el foro) Buenas tardes. 

MISIA GOYA 

Buenas tardes. Entre, amigo, no tenga miedo. 
Los perros están atados. . . . 

DIONISIO 

Vine porque usted me mandó buscar, Misia 
Goya 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



315 



„ MISIA GOYA 

(A Pura, que hace ademán de retirarse) No te 
vayas, muchacha. ( A Dionisio ) Sí, amigo ; lo mandé 
buscar porque tenía que hablarle .... Pero ahora 
me va á disculpar un momentito. Voy hasta ahí 
dentro y vuelvo. Purita, hacéle compañía á Dioni- 
sio. (En voz baja) A ver si se arreglan, pavota. 
(A Dionisio) Con permiso. (Mutis). 

ESCENA XII 
Pura y Dionisio 

(Al quedar solos, ambos permanecen cohibidos 
durante un momento. Pura estruja la falda de su 
traje; Dionisio contempla las paredes como un 
cretino. Comprendiendo lo ^ridículo de la situación, 
quisieran romper el silencio, pero no encuentran 
palabras. Ya el uno, ya el otro, hacen un gesto 
como si fueran á hablar, y luego permanecen mudos. 
De pronto, Pura tose, y Dionisio, á su vez, tose. 
Nada más. Luego, Pura se agita en la silla, y Dio- 
nisio da unos paseitos. La situación se hace intole- 
rable. Dionisio, al fin, va á coger su sombrero para 
marcharse. En este momento, Pura, sin volverse, 
le invita á sentarse). 

PURA 

Sientesé. 



316 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



DIONISIO 

Gracias. Estoy bien. (Deja el sombrero y con- 
cluye lógicamente por sentarse). 

PURA 

(Después de otra pausa) Está muy lindo el día. 

DIONISIO 

Es verdad, muy lindo. ( Otra pausa). 

PURA 

(Rompiendo el silencio) Pero hace mucho calor. 

DIONISIO 

Es cierto. Y eso que ha llovido toda la mañana. 

PURA 

Y parece que va á llover más. 

DIONISIO 

El tiempo está muy cargado. 

PURA 

(Se levanta y pasca nerviosamente) ¡Muy car- 
gado está el tiempo ! ( Otra larga pausa. Ambos re- 
huyen mirarse. Esta vez es Dionisio quien rompe 
el silencio). 

DIONISIO 

Siéntese. 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



317 



PURA. 

¿Decía usted? 

DIONISIO 

¿Yo? Nada. Decía que tomara usted asiento. 

PURA 

Gracias. No estoy cansada. (No obstante, con la 
misma lógica que él, se sienta). 

DIONISIO 

(Después de una pausa) Cerca de casa cayó hoy 
un rayo. (Pura no contesta. Viendo que ella no ata 
el hilo, prosigue él después de la pausa) Sí; y mató 
la vaca de don Francisco. 

PURA 

¡Qué lástima! 

DIONISIO 

De veras. ¡ Pobre animal ! 

PURA 

No; yo digo: ¡qué lástima de rayo! ¡no haber 
muerto á algún otro! 

DIONISIO 

¡ Ah ! ( Otra larga pausa) Eso es diferente. 

PURA 

¿Se ha divertido mucho? 



318 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



DIONISIO 

¿Quién? ¿Yo? 

PURA 

Me parece que estoy hablando con usted. 

DIONISIO 

¡Ah, es verdad! No, no me he divertido gran 
cosa. (Pausa) Y usted, ¿se ha divertido mucho? 

PURA 

Bastante. 

DIONISIO 

Yo también me he divertido bastante. El sábado 
estuve en el baile de la Sociedad. 

PURA 

¡ Ah! Muy bien. (Otra pausa). 

DIONISIO 

(Rompiendo el silencio) ¿Sabe una cosa? La 
puestera de la otra cuadra se sacó dos muelas. 

PURA 

(Indiferente) ¡Ah! 

DIONISIO 

Sí, parece que le dolían mucho; que no podía 
dormir de noche. ... Se le había hinchado la cara.... 
(Riendo tontamente) ¿Qué gracioso, eh? 



EL BAILE DE MIS1A GOYA 



319 



PURA 

(Seria como una estatua) Muy gracioso. (Los dos 
se miran un instante y luego quedan graves. Otra 
pausa). 

DIONISIO 

( Nervioso ) Bueno. Misia Goya está tardando .... 

PURA 

¿Tiene mucho apuro? 

DIONISIO 

¿ Apuro ? No. Pero como .... 

PURA 

(Interrumpiéndolo) ¿Había mucha gente en el 
baile? 

DIONISIO 

¿En qué baile? 

PURA 

En ese de la Sociedad. 

DIONISIO 

¡ Ah, sí ! Mucha gente. No se podía bailar. 

PURA 

( Con intención) Por eso es que las parejas se sen- 
taban á conversar 



320 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



DIONISIO 

Sí, algunos conversaban, otros fumaban .... Des- 
pués, los que habían fumado iban á conversar y los 
que habían conversado .... 

PURA 

¿Qué entretenidos, no? 

DIONISIO 

Es según : al que le gusta fumar. . . . 

PURA 

Fuma. 

DIONISIO 

Fuma. Y al que le gusta conversar .... 

PURA 

(Levantándose, con sequedad) ....dragonea. 

DIONISIO 

( Poniéndose también en pie ) No sé por quién dice 
usted eso. . . . 

PURA 

Pero yo lo sé, y basta. 

DIONISIO 

i Ah, bueno! (Va á coger su sombrero). 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



321 



PURA 

(Va hacia él, le arranca el sombrero de las manos, 
lo ai-roja sobre una silla, y le dice luego febrilmente) 
¡Deje ese sombrero l ¿Te querés ir, no? ¿Te querés 
ir porque tenes miedo de una explicación? ¿Tenés 
vergüenza de lo que hicistes, no ? ¡ Canalla ! ¡Ca- 
nalla ! 

DIONISIO 

¿ Qué he hecho yo ? 

PURA 

¿No lo sabés, no? ¡Ajó nenito! ¿Precisás que te 
lo repita? Pero, tú, ¿qué te figurás? ¿Te crés que 
somos pavas, que nos chupamos el dedo ? ¿ No sabés 
que todo se sabe? 

DIONISIO 

¿Qué es lo que se sabe? 

PURA 

¡ Sinvergüenza ! ¡ Canalla ! Has querido reirte de 
mí ... . Te has burlado de mí ... . Para eso decías 
que me querías ; que no me ibas á olvidar nunca .... 
¡ Canalla ! ¡ canalla ! . . . . 

DIONISIO 

Si lo tomás de ese modo tan tremendo, mejor es 
que me vaya .... 

21 . - T. II. 



322 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PURA 

¡Ah, muy bien! Soy yo la engañada, y todavía 
tendría que tratarte como á una persona decente.... 

DIONISIO 

Bueno ; ya que no querés entender razones .... 

(Coge el sombrero y hace ademán de irse). 

PURA 

¡ Entender razones ! ¿ Y qué razones me das tú á 
tu gran canallada? A ver, á ver: negá, si te atre- 
ves, que andás arrastrándole el ala á la Isidora; 
negá que el sábado estuvistes toda la noche hacién- 
dole el amor; negálo, negálo!.... Dejá ese som- 
brero. 

DIONISIO 

(Sin soltarlo) Dejáme el sombrero quieto. Lo que 
yo digo 

PURA 

A ver, ¿qué decís? 

DIONISIO 

Yo no digo nada. Ahí está. Yo no quiero decir 
nada; pero si uno no puede hablar con sus cono- 
cidos 

PURA 

Y entonces ¿para qué decías que me querías? 
i para qué empezastes á visitarme ? ¿ por qué ? . . ■. . 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



323 



DIONISIO 

Porque me gustabas. . . . 

PURA 

Y ahora ya no me querés, ¿ no es cierto ? . . . . 

DIONISIO 

¿Cómo, no es cierto? ¿Qué cosa no es cierto? 
pura 

(Sin oírle, continuando) Ahora ya estás harto de 
mí, ¿ no es eso ? . . . . Ahora soy una cosa que no 
sirve, que se tira, que se de ja, así en cualquier rin- 
cón .... ¡ Miserable ! ; Canalla ! ( Cae en una silla, 
sollozando. Misia Goya, que ha entrado hace un 
instante, se adelanta hacia Dionisio, que ha ido á 
coger el sombrero para marcharse). 

ESCENA XIII 
Dichos, Misia Goya 

MISIA GOYA 

Una palabrita, mozo. 

DIONISIO 

(Sin dejar el sombrero, cerca de la puerta del 
foro) Discúlpeme; pero 



324 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MISIA GOYA 

(Muy resuelta) No hay ' ' disculpemé " que valga. 
¿Ó se figura que con lo que acabo de óir, se va á 
marchar usted tan fresco? ¡Ah, no; eso sí que no! 
Venga para acá : tenga paciencia. Deje el sombrero. 

DIONISIO 

(Resignaclamente, ha jando al proscenio) ¡Ca- 
ramba! pero, ¿qué quieren ustedes con mi som- 
brero ? 

MISIA GOYA 

(Como para sí, arremangándose) Ahora vamos á 
poner esto en claro. 

DIONISIO 

Bueno. Vamos á ponerlo en claro. 

MISIA GOYA 

{A Pura) Y vos, dejáte de lloriqueos. Vení p'acá. 
(Viendo que Pura no le hace caso) ¿No has óido, 
muchacha? Vení p'acá. (Pura se acerca) Vamos á 
ver: yo he óido algo, pero no me he enterado bien; 
y en estos enredos de enamorados, lo mejor es en- 
tenderlos bien. A lo mejor estas mosquitas muer- 
tas ... . ¡ Dios me perdone, casi digo una barba- 
ridad ! 

DIONISIO 

Es cierto. 



EL BAILE DE MISIA JOYA 



325 



MISIA GOYA 

Aguárdese, amigo. Ahora soy yo la que manda 
la parada. (A su hija) Vamos á ver. . . . entre vos 
y este.... no ha. . . . (Se detiene bruscamente, 
asaltada por una idea) No; estas cosas se preguntan 
al hombre : el hombre siempre es más sinvergüen- 
za.... (Yendo hacia Dionisio) Dígame, amigo, 
claro y derecho viejo : entre usted y Pura, ¿ qué 
ha pasado? 

DIONISIO 

Nada. ¿Qué quiere que pase? 

MISIA GOYA 

¡Cómo, que no ha pasado nada? ¿Y por qué está 
llorando la muchacha? 

PURA 

Déjelo, máma. ... 

MISIA GOYA 

¡Calláte, vos! (A Dionisio) ¿Por qué lo llamaba 
"canalla" y " sinvergüenza " ? ¿Por qué le decía 
que usted la dejaba tirada por los suelos ó qué 
sé yo? 

DIONISIO 

Yo no la he dejado tirada por ningún lado. Y 
tampoco soy un sinvergüenza. (Trata de alejarse; 
pero Misia Goija le sigue ) . 



326 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



PURA 

¡ Sós un canalla y un sinvergüenza ! 

DIONISIO 

(La mira un instante) ¡Ah, bueno! (Trata de 
irse). 

MISIA GOYA 

(Persiguiéndole y sujetándole por un brazo, con 
voz seca y breve) Aguarde un poco, amigo. Esto 
tiene que quedar en limpio y bien limpio. (Con 
gestos vagos, dado lo árido del tema) Largue, pues.... 
¿usted y ella? ¿eh? 

DIONISIO 

(Sin comprender aún) ¿Qué? 

MISIA GOYA 

( Cada vez más nerviosa, prosiguiendo su mímica) 
No me tire de la lengua que voy á soltar una bar- 
baridad .... ¡ Yaya ! Ya usted me entiende .... 
¿eh?. . . . ( Otro gesto). 

DIONISIO 

Pero, ¿qué cosa? (Comprendiendo de pronto) 
¡ Oh, no, señora ! ¡ Se lo juro por mi honor ! 

(Misia Goya se queda estupefacta, con los ojos 
abiertos como dos faroles. Lo mira á Dionisio sin 
articular una sílaba. Luego, al volver de su estupor, 
se aparta de él, en silencio, y, mirándolo de soslayo, 
se aproxima á su hija). 



EL BAILE DE MIS1A GO YA 



327 



- MISIA GOYA 

(Tironeando á Pura por la manga de la bata, sin 
dejar de mirar de reojo á Dionisio; en voz baja y 
desconfiada) Ché, decíme una cosa: ¿Dionisio no 
ha tenido algunas confianzas con vos? (Viendo que 
Pura no contesta ) Vamos ; clarito .... contesté .... 

PURA 

Sí.... 

MISIA GOYA 

(Nerviosamente f echando una mirada de hiena al 
joven) ¡ Ah, sí?. . . . A ver. . . . á ver. . . . 

PURA 

Pero, son zonceras, máma. . . . 

MISIA GOYA 

¿Cómo zonceras? A ver ¿qué laya de zonce- 
ras son esas ? . . . . 

PURA 

Pero, máma .... besos tutearse .... esas co- 
sas de los novios. . . . 

(En este instante, la cara de Misia Goya es un 
arco-iris de estupefacción: pasa por todos los colo- 
res del asombro. Sus ojos, contemplando á los mu- 
chachos, se dilatan hasta lo inverosímil. Y al sentir 
desvanecerse la horrible duda que la atenaceaba, 
las palabras se desbordan en tropel de su boca). 



328 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MISIA GOYA 

¿ Entonces !;.... ¿ quiere decir ? . . . . Pero, ¡ cane- 
jo ! . . . . ¿de qué hablaban ustedes ? ¿ por qué lo in- 
sultabas? ¿qué quiere decir todo esto? ¿por qué 
están enojados?. . . . Pero, ¿quieren hablar con mil 
demonios? (A su hija) Si él no te ha faltado, ¿por 
qué lo tratabas así, cuando entré? 

PURA 

Porque fué al baile con Isidora. . . . 

MISIA GOYA 

1 Recuerno ! . . . . ¿Y por eso sólo ? ¿ Por eso 

sólo le armas ese bochinche?.... (Mas bajo) ¿Y 
qué dejás entonces para cuando sea tu marido?. . . . 

DIONISIO 

Con que ya vé ... . 

MISIA GOYA 

(Estallando, loca de alegría, dispuesta á arreglar 
los novios) Pero, debían habérmelo dicho desde que 
entré, en lugar de tenerme aquí toda sofocada, peda- 
zos de estúpidos. . . . ¿Entonces no es nada más que 
eso ? 

PURA 

Es que él ya no me quiere. . . . 

DIONISIO 

Ella es una celosa ridicula. . . . 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



329 



PURA 

No sabe hablarme más que de un rayo que mató 
una vaca. . . . 

DIONISIO 

Está empacada conmigo sin motivo alguno .... 

PURA 

Y de la puestera que se sacó unas muelas. . . . 

DIONISIO y PURA 

(A dúo) Y para seguir así, prefiero que esto se 
acabe de una vez. . . . 

MISIA GOYA 

(Tratando de meter baza) ¿Quieren oírme? ¿Quie- 
ren oírme á mí ? ¿ Quieren dejarme hablar ? 

DIONISIO 

(Sin escuchar á Misia Goya) Al fin resulta ina- 
guantable 

PURA 

(Sin atender á su madre) Es odioso, odioso 

DIONISIO 

Me tiene harto Es una testaruda. 

PURA 

No lo puedo ver Es odioso, odioso. 



330 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



MISIA GOYA 

(Queriendo intervenir) ¿Pero quieren dejarme 
hablar ? 

DIONISIO 

(Sin oiría, á Pura) ¡Andate al diablo!. . . . 

PURA 

(A Dionisio, exasperada) ¡Grosero, ordinario!.... 

DIONISIO 

( Gritando ) ¡ Ridicula, zonza ! 

PURA 

(Vociferando) ¡ Canalla, sinvergüenza!. . . . 

DIONISIO 

( ídem ) ¡ Víbora ! . . . . 

PURA 

(ídem) ¡Bandido! 

MISIA GOYA 

(Gritando para hacerse oír) ¡Silencio, caracho! 
% Se callarán de una vez ? ¿ Se quieren callar ? (Ahora 
los otros se han callado y es ella sola la que grita) 
¡ Pedazos de brutos ! ¿ Qué bochinche es este ? ¿ A 
qué viene tanto escándalo ? ¿ Se han vuelto ustedes 
locos ? ¡ A ver si se callan de una vez ! ¿ Quieren 
dejarme hablar ? ¿ Quieren callarse la boca, sí ó no ? 
¿ Quién grita en esta casa ? . . . . 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



331 



DIONISIO 

Ahora es usted la que está gritando .... 

MISIA GOYA 

¡ Silencio, repito ! ¿ Qué manera de entenderse es 
esta ? 

PURA 



Pero, máma. . . . 



MISIA GOYA 



(Amenazadora) Si no te callás. te hago polvo de 
una bofetada. 

DIONISIO 

Permítame usted. . . . 



MISIA GOYA 

(Lo mismo) Y á usted le hago un desparramo de 
muelas.... (Viéndolos al fin callados) ¡Pues está 
bueno ! ¡ Quién vé á los mocosos, subiéndoseme á 
las barbas! ¡Ni Venancio se ha atrevido nunca á 
alzarme el gallo ! . . . . ( Los dos novios guardan hosco 
silencio. Misia Goya los contempla un momento y 
cambia entonces de tono) Pero, vengan acá, anima- 
litos de Dios .... ¿No ven que están muñéndose por 
hacer las paces?. . . . Acercáte, Pura. ... Y vos, Dio- 
nisio, dale un abrazo á tu novia. ... Yo me doy 
vuelta .... ( Asi lo hace y de pronto se encuentra 
frente á frente con don Senén que surge en la 
puerta del foro. Misia Goya se queda cuajada. Los 
muchachos no se han movido). 



332 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



ESCENA XIV 
Misia Goya, Pura, Dionisio, don Señen 

SENÉN 

(Riendo) ¡Aquí estoy yo! 

misia GOYA 

(Avanzando hacia él, como un basilisco) ¿Y usted 
que viene á hacer aquí con cien mil millones de con- 
denados? ¿Qué busca? ¿qué quiere? ¿Qué se le 
frunce ? . . . . 

- SENÉN 

¡Je, je, je ! Yo. . . . yo. . . . vengo al baile. ... ya 
es la hora. . . . (Sacando el reloj) Digo, me parece. 
Y como yo soy la puntualidad misma, ni en los bai- 
les me agrada hacerme esperar .... 

misia goya 

Pues váyase á bailar con la bendita de su abuela 
que aquí no hace falta ahora.... Largo!.... 
largo ! . . . . 

SENÉN 

¡Je, je! ¡Qué Misia Goya esta! ¡Siempre de buen 
humor! Si es lo que yo digo siempre: Esta Misia 
Goya es más alegre que una pandereta .... Vaya, 
vaya. . . . Aquí vienen algunos convidados. . . . (Vol- 
viéndose hacia afuera) ¡Adelante, muchachos! j Tsi- 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



333 



dora ! ¡ Serapio ! ¡ Seeundino ! ¡ Manuela ! ¡ Adelante, 
adelante! Aquí traigo á toda mi gente ¡Baldo- 
mcro, Pablo, Ruperta! ¡Por aquí, por aquí!.... 
¡Je, je, je! ¡Nemesio, Garlitos, Lola, Concepción! 
¡Demonios de muchachos! ¿Llegamos á tiempo, 
eh?.... 

MISIA GOYA 

(Rabiando, para sí) ¡No partirte un rayo! 



ESCENA XV 

Dichos, y Serapio, Isidora, Secundino, Manuela, 
Pablo, Baldomero, Ruperta, y otros varios, por 
el foro; Venancio y Antoñito, por la casa. 

( Todos entran en medio de la más loca algarabía. 
Baldomero y Pablo vienen tocando la guitarra. Los 
demás ríen y charlan todos á un tiempo. Saludos, 
apretones de manos, gritos. La sala, durante unos 
instantes, parece un infierno. Unos toman aventó; 
otros permanecen en pie). 

SENÉN 

( Que va de uno á otro, metiendo la nariz en todo, 
mezclándose á todas las conversaciones, á Venancio) 
¿Y qué me dice, eh? ¿qué me dice? Ya se armó la 
farra. ¡Je, je, je! Ahora va á ver usted lo que es 
bueno .... Y no le digo nada cuando caiga otra re- 



334 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



mesa. . . . Porque yo he invitado á los de la socie- 
dad "Los pobres negros de Cuba". ... ¡Je, je, je! 
Son veintiocho, nada más. Ya verá que mozos di- 
vertidos. . . . (Suelta á Venancio y va á prenderse 
á Baldomero). 

MISIA GOYA 

(A Antoñito) Andá á llamar á Aquilina De- 

cíle que ya están los invitados. . . . 

ANTOÑITO 

Se está fajando los bucles, aquí, por el cogote. . . . 

SENÉN 

(A Baldomero) ¿Y Doroteo? 

BALDOMERO 

No puede venir. . . . Ayer iba con el carro por la 
derecha y me lo engayolaron .... 

SENÉN 

¡Caray! ¡Caray! (Deja á Baldomero y endereza 
á Misia Goya que está hablando con Venancio). 

MISIA GOYA 

( A Venancio) Vos te vas á plantar al lado de la 
puerta y no me dejás entrar más que á los conoci- 
dos. No quiero á ningún colado aquí.... (Repa- 
rando en Senén que los escucha) ¿Qué está olfa- 
teando, amigo? 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



335 



SENÉN 

Una desgracia, Misia Goya El otro guita- 
rrero, ya sabe, Doroteo, no puede venir .... Lo han 
metido en la cárcel, ¡je, je ! . . . . 

misia goya 

¿Qué hizo? 

SENÉN 

Creo que mató una criatura con su carro y lo van 
á enjuiciar. . . . 

MISIA GOYA 

¡Pobre Doroteo! 

SERAPIO 

Aquí está Doroteo. (Entran Doroteo y María). 



ESCENA XVI 
Dichos, Doroteo y María 

misia goya 

(A Senén) Pero, ¿ qué diablos me está usted con- 
tando? Si aquí viene Doroteo 

SENÉN 

(Deja á Misia Goya y va á abrazar ci Doroteo) 
¡Hola, Doroteo! ¿Cómo te va, muchacho? 



336 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



DOROTEO 

* (Saludando á Misia Goya) Me traje á María, mi 
hermana, ya la conoce, no? 

misia goya 

( A María ) Mucho gusto. Acomódese. Ya lo vé ; es 
una fiesta de familia. Hoy es mi cumpleaños .... 

SEÑEN 

¿Y cuántos cumple, Misia Goya? 

misia goya 

¿Le importa á usted algo? ¡Qué cataplasma de 
hombre ! 

ISIDORA 

( Que poco á poco se ha ido acercando á Dionisio) 
¿Cómo le va, Dionisio? 

DIONISIO 

Muy bien, Isidora. ¿Y usted? (Siguen hablando 
aparte). 

SENÉN 

( Que ha cazado al vuelo á Serapio) Ché, Serapio; 
¿y vos que hacés que no te arrimás á Purita? Atro- 
pellá, zonzo, ahora que está sola. (Serapio se dirige 
á Pura y conversa con ella). 

MISIA GOYA 

( A Venancio) ¿No te he dicho que vayas á cuidar 
la puerta? (Venancio, con un gesto de hastío, sale 
por el foro. Casi en seguida entra el Guardia Civil). 



EL BAILE DE MISÍA GüYA 



337 



ESCENA XVII 

Misia Goya, Pura, Dionisio, don Senén, Serapio, 
Isidora, Secundino, Manuela, Pablo, Baldo- 
mero, Ruperta, Antoñito, Doroteo, María, el 
Guardia Civil y demás invitados. 

SENÉN 

(Yendo hacia el Guardia Civil) Aquí tenemos á 
Francisco, ¡je, je! ¡El representante del orden pú- 
blico! ¡Je, je, je! 

GUARDIA CIVIL 

Salú á la riunión. (Saluda á los conocidos). 

MISIA GOYA 

( A Antoñito) Andá hasta lo de la vecina, á ver si 

quiere prestarme unas sillas (Reparando el 

grupo de Serapio y Pura) ¡Cristo! ¡Pura con Se- 
rapio! {Ya hacia ellos. Antoñito sale entre 

tanto). 

ESCENA XVIII 
Dichos, menos Antoñito 

senén 

(A Baldomcro y Pablo) ¡Música! ¡Música! ¡Qué 
empiece el baile ! 

22.- T. II. 



338 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



DOROTEO 

(Que está en ese grupo) Hace falta otra gui- 
tarra. . . . 

MISlA GOYA 

(A Pura) Ché, á ver si te dejas de pavadas, no? 

SERAPIO 

¿Qué sucede, Misia Goya? 

MISIA GOYA 

Sucede, amigo, que. . . . (Viendo á don Senén que 
mete la nariz) Pero, ¿qué cuerno quiere este hombre 
aquí? 

SENÉN 

Misia Goya, falta una guitarra .... ¿ Qué ha- 
cemos ? 

MISIA goya 

Aquí en esta pieza tengo la mía Pero, cui- 
dado con estropiármela, que es un recuerdo de fa- 
milia. (Éntrase don Senén á la habitación indicada 
y á poco vuelve á salir con una guitarra que entrega 
á Doroteo) Mirá, Serapio, óime bien. Ya sabés que 
yo no me ando con vueltas. Al pan, pan, y al vino, 
vino. . . . Bueno; pues dejáte de fastidiar á mi hija, 
porque esta prenda tiene dueño 

SERAPIO 

(Mirando hacia el lado donde está Dionisio) Pues 
me parece que ese dueño anda pastoreando á otra. 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



339 



MISIA GOYA 

Che, ché; ¿qué es eso de pastoreando? ¿Te crés 
que estamos aquí entre animales y que á todos nos 
gusta el afrecho? 

serapio 

Yo no sé; pero Pura me dijo los otros días que 
me iba á dar corte. 

MISIA GOYA 

Como no te dé un corte á los pantalones para ver 
si te sientan mejor. . . . 

SERAPIO 

( A Pura) Usted no me prometió los otros días .... 

PURA 

Déjeme ahora, Serapio; lo voy á reflexionar 

MISIA GOYA 

¿Lo vés? Y si lo reflexiona, estás frito. 
serapio 

Está bueno; ya lo veremos. (Se retira ofendido y 
se confunde con otro grupo). 

SEÑEN 

(A gritos) ¡Música! ¡Música! ¡A empezar el 
baile! Esto de estar callados es cosa de velorio. 
¡ Vaya, animación, alegría ! ¡ Un poco de farra, com- 



340 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



pañeros! ¡Qué diablos de muchachos! ¡Je, je, je! 

(Tanto se revuelve y manotea,, que da contra el 
suelo y hace pedazos un jarrón con flores que habrá 
sobre la consola). 

MISIA GOYA 

¿Qué es eso? ¿Qué pasa? (Gran confusión. Senén 
huye y se esconde detrás de un grupo. Algunos re- 
cogen las flores y los restos del florero). 

GUARDIA CIVIL 

Es don Senén que ha roto un florero .... 

MISIA GOYA 

i Qué condenación de hombre ! 

(En medio de la confusión, empiezan los guitarre- 
ros á tocar una polka frenética. Las parejas se 
organizan rápidamente y bailan. Misia Goya entra 
á las habitaciones interiores. Sólo cuando termina 
la polka, volverá con una regadera para echar agua 
al piso y aplacar así el polvo que alzan los dan- 
zantes). 

ESCENA XIX 

Dichos, menos Misia Goya 

(Mientras las parejas danzan se desarrolla esta 
escena). 

SENÉN 

(Al Guardia Civil ) ¿Dónde está Misia Goya? 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



341 



GUARDIA CIVIL 

Entró por ahí. Se llevó los pedazos del florero. 

SENÉN 

Pero, ¿usted ha visto, don Francisco, con que 
facilidad se rompen estos chirimbolos? 

GUARDIA CIVIL 

¡ Claro ! ¡ Si los dá usté contra el suelo ! 

SENÉN 

Es que son objetos ordinarios, don Francisco. 
A mí no me diga que los objetos finos se rompen 
de esa manera. . . . ¡Qué esperanza! Es que todo lo 
que hay aquí son puras porquerías. . . . Mire esa 
araña .... r 

GUARDIA CIVIL 

(Buscando por el suelo) ¿Dónde? 

SENÉN 

No, hombre ; allí arriba .... 

GUARDIA CIVIL 

(Mirando al techo) ¿Dónde? 

SENÉN 

(Enderezándole la cabeza hacia la lámpara) Ahí, 
hombre; esa que está ahí encendida 



342 VÍCTOR PÉREZ PETIT 

GUARDIA CIVIL 

j Ah, la lámpara! Como decía usté una araña 

SENÉN 

Bueno. Pues ¿vé esa lámpara? Es del tiempo en 
que yo tenía mi peluquería. ¿Vé aquel espejo? Ese 
enterró á la madre de Misia Goya. 

GUARDIA CIVIL 

(Estupefacto) ¿El espejo enterró á la madre? 

SENÉN 

( Sin atenderlo ) ¿ Vé usted aquel sofá ? Pues es del 
tiempo de la conquista. 

GUARDIA CIVIL 

¿De la conquista española? 

SENÉN 

Del tiempo en que don Venancio le hacía el 
amor á Misia Goya. ¡ Si hablara ese sofá, eh ? ¡ Je, 
¿e, je! 

GUARDIA CIVIL 

Bueno, ¿y todo eso, qué me importa á mí? 

SENÉN 

¿ Y usted cree que á mí tampoco me importa ? . . . . 
(Viendo entrar á Aquilina) ¡Hola, Aquilina! ¿Va- 
mos á bailar? (Poco después cesa la música). 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



343 



ESCENA XX 
Dichos, Aquilina y Misia Goya 

(Al cesar el baile, Misia Goya entra, regadera en 
mano, y repitiendo "con permiso" "con permiso", 
procede á irrigar el piso de la habitación. Gran al- 
gazara. Algunos se suben sobre las sillas. Por fin, 
Misia Goya deja la regadera en un rincón). 

misia goya 

(Aproximándose á Dionisio) ¿Qué hace, amigo? 
¿ Todavía no desensilló el picazo ? . . . . ♦ 

DIONISIO 

¿Qué picazo? Yo no estoy enojado 

MISIA GOYA 

¿Y entonces por qué no baila con Pura ? No siá 

lerdo, pues hombre ¿ No vé que la muchacha lo 

quiere? ¿Para qué se está haciendo el interesante? 
(Viéndolo vacilar) Camine, hombre ¿ó quiere que 
le traiga un vaso de agua ? 

SEÑEN 

(Metiendo la nariz) ¿Quién quiere un vaso de 
agua? 

misia goya 

Pero, ¿se quiere usted ir al infierno, sí ó no? 



344 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SENÉN 

(Resueltamente) ¡No! (A Dionisio) Ché, Dioni- 
sio, dice Doroteo si querés tocar la guitarra, que él 
va á bailar esta pieza .... 

misia goya 

Déjelo á Dionisio. . . . (Al joven) Vaya á bailar.... 

DIONISIO 

Después .... Voy á tocar primero .... 

MISIA GOYA 

( Contemplándolo ) ¡ Pucha, con la cabeza dura ! 
¡ Habías de ser mi marido ! 

' SENÉN 

¡ Música ! ¡ Música ! ¡ Siga el baile ! ¡ Siga la farra ! 

(Los músicos templan los instrumentos. Dionisio 
ha cogido la guitarra de Misia Goya y se ha sen- 
tado). 

MISIA GOYA 

(A Aquilina) Ché, Aquilina. . . . Podías traer la 
bandeja de los pasteles. . . . (Como para si) A ver 
si llenándose la panza, el hombre se decide de una 
vez. . . . (Aquilina sale. Misia Goya va hacia el foro 
y habla con unos invitados). 



SERAPIO 

(Mientras las parejas se van formando, se apro- 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



345 



xima á Pura, que estará sentada cerca de los músi- 
cos) ¿Quiere acompañarme á bailar esta pieza? 

PURA 

No sé lo que van á tocar. . . . 

serapio 

(Después de mirarla con cierto despecho, se vuelve 
á los músicos é interroga) Pablo, ¿qué van á tocar? 

PABLO 

Un vals. (Dionisio se vuelve y observa á Serapio). 

SERAPIO 

(A Pura) Van á tocar un vals. ¿Quiere acompa- 
ñarme ? 

PURA 

No sé valsar 

serapio 

(Enojado por el desaire) ¡ No va á saber! ¡ Ladrar 
como perro, no sabrá ! 

PURA 

¡ Atrevido ! 

DIONISIO 

( Que ha observado la escena y se ha puesto en pie 
al oir la frase de Serapio) ¡ El que falta á una mujer 
es un cobarde! 



346 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SERAPIO 

¡Y el que se mete en lo que no le importa es un 
zonzo ! 

DIONISIO 

¡ Tomá, zonzo ! ( Rápidamente ha enarbolado la 
guitarra y se la ha hecho añicos en la cabeza á Se- 
rapio. — Gritos, confusión, desorden. Unos sujetan 
á Serapio y otros á Dionisio. Isidora se ha desma- 
yado. Pura llora. Don Senén está en todas partes. 
Misia Goya acude echando temo, cuaterno y lote- 
ría. Es un bochinche mayúsculo que trata de domi- 
nar el Guardia Civil pegando bufidos y sacando el 
machete. Cuando el orden se restablece, se advierte 
lo que sigue ) : 

GUARDIA CIVIL 

i Silencio ! ¡ Orden ! ¡ Silencio ! 

MISIA GOYA 

¿ Qué ha sido ? ¿ Qué ha sido ? 

GUARDIA CIVIL 

j Silencio ó llevo á la cárcel á todo el mundo ! 

MISIA GOYA 

(Encarándosele) Aquí no lleva usted á nadie á la 
cárcel 

GUARDIA CIVIL 

Yo soy la autoridad 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



347 



MISIA GOYA 

( Gritando más que él) Usted es un napoleón de 
chocolate .... 

GUARDIA CIVIL 

¡Misia Goya! 

MISIA GOYA 

¡ Cállese la boca y envaine su chafarote ! ¡ Qué 
jorobar! Aquí estoy en mi casa y mando yo.... 
(El Guardia Civil se apacigua). 

SERAPIO 

¡ Esto no puede quedar así ! ... . 

MISIA GOYA 

Tiene razón, Serapio : no puede quedar así, hecho 
una albondiguilla .... Llévenselo, y dénle un baño 
de árnica y un matecito de tila. . . . 

(Algunos arrastran y se llevan á Serapio). 

SEÑEN 

Pero, ¡ qué guitarrazo ! ¡ Je, je, je ! j Qué guita- 
rrazo ! 

misia goya 

¡ Ave María Purísima ! ¡ Y fué con mi guitarra ! 
( A Dionisio ) Hubieras agarrado una silla, mucha- 
cho. ... ¡La guitarra que era del finado mi padre! 
En fin, ¡no importa! Ha sido un guitarrazo apro- 
vechado .... 



348 



VÍCTOR PÉREZ PETIT 



SENÉN 

Pero, ¡qué guitarrazo! ¡Je, je, je! ¡Qué guita- 
rrazo ! 

misia goya 

(Mirándolo de reojo; para sí) No haberte tocado á 
vos otro igual .... (A Pura ) Vaya, acércatele .... 
Dale las gracias. . . . 

PURA 

(Aproximándose á Dionisio) Dionisio.... 

DIONISIO 

¿Me perdonás? 

pura 

Sí. Vamos á bailar. 

MISIA GOYA 

¡ Música ! ¡ Música ! ¡ No ha pasado nada ! 
(Los músicos la emprenden rabiosamente con un 
vals. Inmediatamente se forman las parejas). 

SENÉN 

(Saltando y palmoteando como un energúmeno) 
¡ Siga la farra ! ¡ Siga la farra ! ¡ Siga la farra ! 

( Aquilina entra en este instante con la fuente de 
pasteles. Don Senén que brinca, vocifera y palmoiea 
como un poseído, le pega un encontrón fenomenal y 
echa á rodar la fuente y los pasteles). 



EL BAILE DE MISIA GOYA 



349 



MISTA GOYA 

¡Jesús, María y José! ¡Mis pasteles! ¿Pero no 
habrá quien le pegue un guitarrazo á este hombre? 
(Gritos, risas, confusión). 



FIN DE LA HUMORADA 



ALGUNOS JUICIOS 



OPINIONES DE LA PRENSA 
sobre «EL ESCLAVO - REY » 



"El Esclavo-rey". — La compañía Esteves- Are- 
llano nos hizo conocer anoche una nueva obra del 
doctor Víctor Pérez Petit. 

Nosotros, que conocemos la vasta preparación del 
autor, concurrimos á Solís convencidos de poder ver 
algo muy bueno, y á f e que no nos equivocamos. 

El Esclavo-rey es una hermosísima pieza, en que 
las vicisitudes de la vida, las luchas humanas y las 
flaquezas del corazón, han sido llevadas á la escena 
con gran habilidad para ofrecer á muchos espíritus 
una lección de moral, puesta filosóficamente al servi- 
cio de la juventud imprevisora ó de la madurez irre- 
flexiva. 

Porque ha de saberse que lo que caracteriza á la 
obra de Pérez Petit, es un fondo altamente moral, 
una enseñanza por todos conceptos saludable. 

Y no es que el autor haya pretendido erigir con su 
obra una cátedra de ideas filosóficas: no; el doctor 
Pérez Petit ha sabido descartar de su trabajo, las 
tiradas de alta filosofía que tanto abundan en obras 
de la misma índole y que pretenden, sin fruto la 
mayoría de las veces, alcanzar un fin semejante. El 
Esclavo-rey, sin esos procedimientos, llega al punto 
deseado; sus personajes se mueven con gran natu- 
ralidad, hablando como debe hablarse y no necesitan v 
recurrir á medios inexplicables ni á palabras rebus- 
cadas, para hacer llegar al auditorio un soplo de 

28,— T. II. 



354 



OPINIONES DE LA PRENSA 



su vida, de sus pesares y de sus alegrías. Es la natu- 
ralidad misma, la realidad de la vida, que se mani- 
fiesta elocuente y que el auditorio escucha asocián- 
dose á todas las alternativas con marcado interés. 

¡ Cuántas verdades encierra la obra del concep- 
tuoso escritor! 

¡ A cuántos habrán alcanzado las amargas, pero 
exactas reflexiones de esa comedia dramática! 

¿Acaso no vemos todos los días hombres candoro- 
sos que, influenciados por la hermosura de una mu- 
jer no reparan en gastar lo que no tienen y hasta 
lo que no les pertenece? ¿No vemos continuamente 
hogares deshechos por aventureras que roban la feli- 
cidad de una casa para después desligarse despia- 
dadamente del hombre que le dió su dinero, su ca- 
riño y también su honor? 

Lo hemos dicho y lo repetimos, El Esclavo-rey es 
una pieza moral que alecciona á los que la ven, 
que hace pensar hondo, dejando en el ánimo acari- 
ciadoras esperanzas y en la mente felices disposi- 
ciones para el porvenir y que encierra dos cosas muy 
apreciables: un grito de alarma para los que em- 
piezan á vivir y la voz de ¡ alto ! para los que han 
vivido. 

Sintetizando: El Esclavo-rey es una obra digna 
de la ya saneada nombradía de su autor, á quien 
forzoso será — substrayéndose á la influencia que 
en algunos ejerce la caprichosa moda — proclamar 
el primero de nuestros dramaturgos, si es que por 
autor dramático se entiende al escritor profundo y 
brillante que sabe amoldar al teatro las condiciones 
de un talento robusto y de un corazón grande y 
generoso. — Raezle Arffuig. 

Montevideo, 1908. 

(El Telégrafo Marítimo). 



SOBRE 4, EL ESCLAVO - REY" 



355 



"El Esclavo-rey". — Una obra fuerte, vigorosa, 
de las mejores del teatro nacional, es indudablemente 
El Esclavo-rey del doctor Víctor Pérez Petit, estre- 
nada el domingo en Solís y repetida antenoche, des- 
pués de haber constituido uno de los mayores éxitos 
en los teatros porteños. En esta nueva pieza, el autor 
de Yorick ha afirmado nuevamente su personalidad 
de autor de talento y el público que lo ha compren- 
dido también así, recibió la obra con muy entusiasta 
acogida, llamando repetidas veces á escena al doctor 
Pérez Petit. El Esclavo-rey es la sencilla historia 
de un hombre que ha caído entre las garras de una 
canzonetista de Casino, á la cual, llevado por una 
pasión violenta, sacrifica la felicidad de su esposa, 
de sus hijos, la tranquilidad del hogar y, por último, 
su honradez. Cajero de un banco, utiliza el dinero 
que le está confiado para satisfacer los costosos ca- 
prichos de la taimada "chanteuse", que lo trata con 
el más soberano de los desprecios. 

Total: no tardan en agotarse los recursos y el es- 
clavo-rey concluye por ser descubierto y tiene que 
abandonar su hogar para escapar á la orden de pri- 
sión que contra él ha sido decretada. 

La acción del primer y tercer actos de la obra se 
desarrolla en la casa de Reyes y forma notable con- 
traste con la del segundo, que tiene por escena la 
casa de la canzonetista. 

Este segundo acto, con ser los otros dos muy bue- 
nos, es sin duda el mejor de la obra. Pérez Petit pre- 
senta en él con fidelidad de finísimo observador el 
tipo de la chanteuse, su maldad y las humillaciones 
de Reyes para evitar el inevitable abandono. Ade- 
más, las situaciones resultan todas interesantísimas, 
realzadas por un dialogado perfecto, movidísimo. 

Y Arellano y la Esteves estuvieron ambos insupe- 
rables, compartiendo, por su finísima labor, las ova- 
ciones tributadas al doctor Pérez Petit. 
Montevideo, 1908. 

(El Siglo). 



356 



OPINIONES DE LA PRENSA 



"El Esclavo-rey". — Al fin empieza á convertirse 
en halagadora realidad, la ilusión muchas veces des- 
vanecida respecto al porvenir de nuestro teatro, — 
Ya no se está frente á un problema de oscura y re- 
mota solución, sino en el ciclo fecundo en el que pal- 
pitan la fuerza y la verdad de manifestaciones inte- 
ligentes, que son el exponente de nuestra intelectua- 
lidad. 

Nuestro ambiente, que había sido poco propicio 
para el arte dramático, ha sufrido modificaciones 
fundamentales y permite actualmente el despliegue 
de hermosas energías. 

Se ha roto al fin el hielo de las indiferencias 
aplastadoras que ahogan gérmenes preciosos y ma- 
logran generosas tentativas. — En esta' evolución 
lenta y progresiva han ido surgiendo los más inteli- 
gentes y los más tenaces ; aquellos que no se desalen- 
taron en sus primeros esfuerzos, á pesar del vacío en 
que cayó su labor inicial. 

Florencio Sánchez fué una revelación y prologó 
con valentía el capítulo de los éxitos. 

Por eso una atracción simpática vinculó al espí- 
ritu público, frente á su triunfo indiscutible. — Ya 
tenemos, se dijo, con profunda razón — una moda- 
lidad propia, original y fuerte, llevada á la escena. 
— Y de ahí el afán sincero por alentar el anhelado 
florecimiento de la literatura dramática nacional. 

Conseguido el ambiente propicio, hemos tenido 
oportunidad de ir aplaudiendo sinceramente obras 
cuyos autores tuvieron que estrenar en el extran- 
jero, obligados por las circunstancias adversas antes 
mencionadas. 

En ese caso se encuentra el doctor Víctor Pérez 
Petit. — De su vasta producción, no teníamos nada 
más que noticias, halagadoras, sí, pero no lo sufi- 
cientemente amplias para proporcionarnos elemen- 
tos de juicio. 

En la temporada realizada en Solís, con motivo 
de la representación de las obras presentadas al con- 



SOBRE "EL ESCLAVO- REY " 



357 



curso dramático, se han estrenado varias obras del 
inteligente escritor, diversas en su índole y en su 
estructura, pero hijas todas de un temperamento 
apasionado por la verdad y la belleza, esa belleza, 
que al decir de Teófilo Gautier "es inmutable y 
serena, como una majestad eterna y generosa." 

Sería injusto no consignar aquí una breve impre- 
sión — ya que no un juicio de su último estreno. 

El Esclavo-rey es un hermoso drama, en el que 
palpita una realidad viviente y sobre el que flota 
una amargura de almas desgarradas por una dolo- 
rosa experiencia. — El hogar, el nido apacible, trai- 
cionado en su encantadora dulzura por el aleja- 
miento del hombre, encadenado á un pérfido lazo de 
mentidas caricias. 

Y por eso mientras gime desolada el alma de la 
mujer amante y buena, mientras queda abandonado 
el sitio del que es rey y señor de su afecto, se arras- 
tra y envilece el culpable frente al vicio, como un 
esclavo que mendiga una mirada, una sonrisa, una 
caricia compasiva. 

Lágrimas y reproches del amor burlado ; carca- 
jadas canallescas del amor mentido hacia la súplica 
mendicante : he ahí el contraste. 

Hay por eso dos ambientes en la obra, reflejados 
en la acción dramática en un prolijo estudio de tem- 
peramentos y caracteres diversos. 

En el primer acto se plantea el drama con preci- 
sión y quedan marchitas las ilusiones del hogar, 
ante el abandono del extraviado. — El segundo acto 
— en casa de la mujer impúdica — es de una verdad 
y un colorido admirables. — Allí se desarrollan es- 
cenas de vida alegre y aparece en toda su desnudez 
la artificiosa simulación de la querida traidora. — 
Este acto es sin duda el mejor de la obra, pues no 
decae un sólo instante el interés del espectador, cau- 
tivado por un diálogo ágil, flexible, en el que cam- 
pea una observación sagaz. — En el se descubre el 
engaño de que ha sido víctima el infeliz alucinado 



358 



OPINIONES DE LA PRENSA 



y cae la venda de sus ojos, ante la evidencia descar- 
nada y brutal que aleja sus últimas esperanzas. — 
Podría objetarse aquí, que es discutible como expre- 
sión de un estado de alma, la actitud del amante 
que se arrastra como un perro á las plantas de su 
dueño, insensible á las injurias que abofetean su 
rostro ; pero, aún considerándola exagerada, hay que 
reconocer que es altamente dramática y sugestiva. 

El tercer acto es la reivindicación del amor puro 
y desinteresado, el afecto sincero que recobra su 
perdido edén con la vuelta del marido culpable al 
asilo donde le aguardaban ansiosas dos almas honra- 
das. — Termina la obra con una hermosa escena, 
tierna y conmovedora por su sencillez. — Los aplau- 
sos coronan la labor del dramaturgo, que es llamado 
repetidas veces al proscenio. — Sin establecer pa- 
rangones, bien puede afirmarse que El Esclavo-rey 
es de las mejores obras de Pérez Petit y acaso la que 
realiza de modo más completo la aspiración de los 
que escriben: hacer sentir profundamente. 

Montevideo, 1908. 

(La Tribuna Popular). 



Nacional. — "El Esclavo-rey". — Como lo hacían 
esperar el programa y el carácter especial de la 
función, resultó una brillante velada la de anoche 
en el Nacional, á beneficio del señor Guillermo Bat- 
taglia. El mal tiempo no logró impedir que se ago- 
taran las localidades, ofreciendo la sala el aspecto 
de las grandes noches. 

El programa no pudo ser más variado ni más no- 
vedoso. En efecto, las tres piezas que lo componían 
eran estrenos para nuestro público, pues el drama 
de Braceo sólo se representó aquí en italiano. 



SOBRE "EL ESCLAVO - REY" 



359 



Representóse primero El Esclavo-rey, comedia 
dramática en tres actos de don Víctor Pérez Petit, 
que mereció una acogida muy favorable. Le siguió 
luego un monólogo del señor Laferrere, y por último 
Don Pietro C 1 aniso , de Roberto Braceo. 

El Esclavo-rey encierra un drama amargo y pun- 
zante. Hay poca novedad en su trama, pero el autor 
la expone con viva destreza. Desde luego el señor 
Pérez Petit nos presenta caracteres humanos y ver- 
daderos, estén ó no dibujados vigorosamente. Las 
pasiones no razonan aquí como en Yorick. El grito 
de las flaquezas es espontáneo. El dolor palpita, vi- 
bra; y su lenguaje tiene la sobriedad propia de lo 
que es sincero, de lo que es sentido. 

Los tres actos desarrollan progresivamente la ac- 
ción, sin entorpecerla con detalles episódicos. El in- 
terés se mantiene despierto, y crece á medida que 
el drama acentúa su mismo proceso. 

Teatralmente considerado El Esclavo-rey es la 
obra más perfecta del señor Pérez Petit. La trama, 
ya lo hemos dicho, no es lo que nos seduce mayor- 
mente en esta obra. En cambio aplaudimos sin reser- 
vas su parte formal. Veamos el argumento de El Es- 
clavo-rey : 

Reyes (señor Battaglia) está casado con Camila 
(señora Cornaro). Tienen dos hijitos (María Ester 
y Antonio Podestá). Viven, ó mejor dicho vivían 
modestamente con el sueldo que Reyes ganaba como 
empleado de un banco. Un día la fatalidad se cruza 
en su camino encarnada en Lisetta (señora Tesada), 
una artista de café-concierto. Lisetta lo atrae, y 
Reyes corre detrás de ella, locamente enamorado. 
Esta pasión da lugar á todo el drama, que va á re- 
caer inevitablemente en el hogar, antes apacible y 
dichoso. 

Lisetta lleva una vida en extremo dispendiosa, 
sobre todo para Reyes, cuyos recursos son limitadí- 
simos. Ello lo induce á escatimar á los suyos lo im- 
prescindible, mientras es con su amante generoso 



360 



OPINIONES DE LA PRENSA 



hasta la culpa. Así roba á su propia mujer las joyas 
que luego ofrece á Lisetta, y como si ello no bastase 
paga sus caprichos con el dinero que Morales (José 
Podestá) le confía para retirar una letra. 

Sin embargo, todo esto no satisface las exigencias 
de Lisetta. Su afán es lucir, devorar. Y ante las 
dificultades reanuda con su antiguo amante. Juntos 
los sorprende Reyes, mas cuando éste intenta levan- 
tar la voz, ella le arroja de allí, como se despide á 
un criado insolente. 

Al desastre afectivo sigue la deshonra. El banco 
advierte á Morales su falta de puntualidad en el 
pago. Éste acusa á Reyes, pues tiene un recibo en 
su poder. 

En la escena final, forzado por las circunstancias, 
Reyes confiesa todo á su mujer. Entonces la pobre 
esposa olvida todos ; sus rencores y sólo piensa en 
salvar al marido. Le da algún dinero, el que le 
dejara su propia madre ^ara la nena, y le exhorta á 
ponerse en salvo, á huir de la justicia. 

Buenos Aires, 1907. 

(La Nación). 



OPINIONES DE LA PRENSA 



sobre «LA RONDALLA» 



"La Rondalla". — Víctor Pérez Petit es un ga- 
llardo ejemplo de multiplicidad intelectiva. Con el 
mismo entusiasmo, revelador de un espíritu rico y 
selectamente cultivado, ha podido abordar distintos 
géneros del arte y de la literatura, afirmando sus 
cualidades de escritor en una serie de obras que, con 
indudable justicia, constituyen el honrado cimiento 
de su reputación. Espigando en el campo de la crí- 
tica, escribió Los Modernistas, acaso la más sólida 
de sus producciones. En Gil, aparece el cuentista de- 
licado y original, viajando por los caminos de la 
vida y en las despiertas primaveras del jardín inte- 
rior, imprimiendo sus ideas y sensaciones con un 
claro dominio del idioma, que resalta en armonías 
de florido matizamiento. Después, en Joyeles Bárba- 
ros, se nos revela poeta, aún cuando no sea ésta la 
mejor de sus cuerdas de artista. 

De lo que Pérez Petit ha producido para el teatro, 
merecen nuestra recordación Claro de luna, Yorick 
y también El Esclavo-rey. 

Ahora ha estrenado La Rondalla, drama en tres 
actos, acerca del cual queremos manifestar una pe- 
queña impresión. 

La Rondalla es un cuadro pintoresco, doloroso en 
el fondo, y hábilmente fidedigno. Es un pasaje de 
la vida, un episodio familiar y bien visto, inspirado 
esta vez en la sentina de ese pueblo que habita por 
las callejas del suburbio metropolitano. 



362 



OPINIONES DE LA PRENSA 



La trama de la obra es, indudablemente, muy sen- 
cilla, y hasta vulgar si se quiere, pero si ella no acusa 
una originalidad en tal concepto, el autor ha sabido 
en cambio, dentro de esa misma sencillez, rodear, las 
situaciones principales de un buen caudal de escenas 
reales y movidas. La acción se va destacando, nítida, 
en medio de incidentes oportunos y vivos, que, lejos 
de parecer supérfluos enriquecen el conjunto y de- 
tallan tanto el carácter como el ambiente en que el 
drama tiene su desarrollo, con ágiles pinceladas y 
colorido apropiado. 

Al levantarse el telón, bajo la oscuridad que flota 
sobre la calle solitaria, un rasgueo de mandolinas y 
bandurrias sugiere el desfilar acompasado y típico 
de la pandilla juvenil, que atraviesa el arrabal dor- 
mido, después de haber dado á la moza la popular 
serenata. En el silencio unánime, no obstante ese 
compás regocijado que insinúan las marchas calle- 
jeras, va sonando esta rondalla con unps dejos de 
melancolía que luego han de armonizar con la tris- 
teza del final del poema. 

La breve sugestión del pasacalle desaparece con 
las notas que se pierden al doblar de una esquina, 
y entonces, como una mutación determinada por el 
correr de las horas, resplandece en la escena un pa- 
tio humilde, con su verde parral y sus macetas de 
plantas florecidas. 

Aquí empieza la acción. Es un hogar proletario, 
donde Luz, Tilde v Simona — muchachas huérfanas 
de padre y madre — viven, trabajando costuras para 
un registro, en compañía de su hermano Pancho, un 
mocetón casero y holgazán, y del abuelo, viejeeito 
de bríos acabados que ya no atina á hacerse respetar 
y que soporta, lleno de amorosa predilección por 
Tilde, las insolencias de las otras nietas. 

Tiene también intervención principal en el epi- 
sodio, Mariana, una vecina dicharachera y amigable, 
que concurre con frecuencia á la casa, alivianando 
con hacendosa solicitud la faena de las jóvenes y 



SOBRE "LA RONDALLA" 



363 



salpicando de ocurrente verba los diálogos que se 
suceden espontáneos é interesantes en la misma tri- 
vialidad arrabalesca que Pérez Petit ha sabido sor- 
prender, poniéndola, bien distintamente, en boca de 
cada uno de los personajes que actúan en La Ron- 
dalla. 

Y á propósito de los diálogos: si el lenguaje re- 
sulta á trechos un tanto crudo y poseído de cierta 
dureza malsonante, como pudieran creer las gentes 
de oído demasiado timorato, no puede ello atribuirse 
en este caso á una supuesta impericia del autor. Los 
parlamentos de La Rondalla están calcados sobre 
la realidad observada, y no son otra cosa que el 
reflejo — depurado, como es natural, de inadmisi- 
bles groserías — del modo de expresión de un. am- 
biente en que los individuos hablan de esa ma- 
nera. 

Denn^iaría un poco de petulancia mogigata, el 
hecho de sentirnos molestados porque un mozo de 
cordel, tosco y analfabeto, transportado á la escena, 
no nos hablara con el decir galano y los modales 
de un diplomático ó de un hombre de letras. 

Estas escenas de la vida familiar en que los her- 
manos disputan y se originan desavenencias á cada 
instante y con cualquier motivo, han sido discreta- 
mente reproducidas por Víctor Pérez Petit. Nos- 
otros vemos, además, en los pasajes de esta índole 
que La Rondalla presenta, algo amargo y profundo, 
que no reside sólo en las simples exterioridades de 
esas enojosas rencillas que conturban los hogares 
humildes. Vemos la causa allá adentro, en la triste 
miseria que se cierne sobre la familia de los hijos 
del trabajo, y encontramos esa misma ausencia de 
alegrías recorriendo su ruta desde los talleres y las 
fábricas hasta el sotabanco de los pobres, donde el 
descontento y la falta de vitales alicientes, encuen- 
tran en cualquier nimio pretexto razones poderosas 
para rebelarse, encendiendo el rencor y la desarmo- 
nía entre padres é hijos, entre hermanos y herma- 
nas, entre esposos y mujeres. 



364 



OPINIONES DE LA PRENSA 



Es así como Tilde, la más joven de las muchachas 
de este hogar, vive sufriendo con resignación el mal- 
trato y las imposiciones de sus hermanas mayores. 
Tilde soporta pacientemente las tareas más rudas. 
Trabaja sin cesar, reprendida y golpeada por Si- 
mona y Luz, las cuales, como dice Pancho, parecen 
haber contratado para tal objeto las espaldas de 
Tilde. Ella es la "Cenicienta" de la casa; pero con- 
fía, para verse libre de su esclavitud, en que Pepe, 
un obrero tipógrafo, su novio, á quien ama con inge- 
nuo cariño no exento de pasión, se casará pronto 
con ella. El abuelo, piensa y desea lo propio, porque 
sufre también con los sufrimientos de su nieta pre- 
ferida. 

Pepe, en sus habituales visitas á la casa, sostiene 
muy frecuentes altercados verbales con Simona, 
ágrios cambios de palabras que se originan sin causa 
manifiesta. Simona, como su hermana mayor, tiene 
celos y envidia de que Tilde haya conquistado un 
novio. 

— Tanto tirarse los trastos á la cabeza, concluirán 
por quererse ! — exclama Luz en una disputa de 
Pepe con Simona. Tilde, que en este momento está 
sentada al lado de su novio, siéntese vivamente he- 
rida por la frase, y se levanta, desapareciendo con 
dignidad ultrajada, bajo una lluvia de risueñas 
ofensas. 

La primera piedra, tal vez inconscientemente, ha 
sido ya arrojada. Una pequeña circunstancia, al pa- 
recer insignificante, pero fatal para Tilde, va á 
determinar el principal relieve y el curso emocio- 
nante del proceso dramático. 

Las muchachas están invitadas para asistir á un 
baile. Tilde, como de costumbre, se quedará en la 
casa. Irán Luz y Simona, que se encuentran ya lisias 
para ello, cuando llegan en su busca doña Manuela, 
Encarnación y Felipe. Simona, que tiene anterior- 
mente á solas con Pepe una sugestiva escena inte- 
rrumpida por la presencia inoportuna de Pancho, 



SOBRE "LA RONDALLA" 



365 



ha adivinado en la^actitud de aquél acaso el oculto 
deseo de hacerle una revelación que le interesa, 
y entonces trata de que Pepe vaya también al baile. 
Hace la invitación delante de Tilde, y ésta agitada 
por visible lucha interior, no sólo consiente en que 
su novio las acompañe, sino concluye por incitarlo y 
convencerlo. Todos marchan al baile, mientras rompe 
en sollozos la pobre "Cenicienta". El telón del pri- 
mer acto trunca á los ojos del espectador esa angus- 
tia profunda que no ha de terminar hasta la muerte. 

El segundo acto es más intenso, y creemos que es 
el mejor de la obra. Han pasado dos meses. La noche 
del baile marcó sin duda una nueva etapa en la 
amistad de Pepe con Simona. 

Ahora disienten algo, pero no como antes. Sus 
desavenencias parecen más bien simuladas que efec- 
tivas. 

Tilde, siempre bajo los malos tratos de sus her- 
manas, no está bien de salud. Nota la frialdad en 
que va declinando el cariño de su novio, y la amar- 
gura la devora con ímpetus tan hondos como el 
mismo amor que siente por ese hombre que la en- 
gaña. Una tos traicionera está denunciando el mal 
que matará su organismo. 

Ella, convencida de sus pensamientos, reprocha al 
novio el desvío que en él se va acentuando y le pide 
franqueza, para saber á qué atenerse. Pepe, confusa- 
mente, no alcanza una respuesta satisfactoria. 

Las hermanas mayores, han reñido ese día por di- 
ferencias sobre la costura. Luz ha dado á Simona 
una violenta bofetada. Este hecho plantea una situa- 
ción decisiva. Simona abandonará la casa. No puede 
soportar la tiranía de su hermana mayor. Y en un 
arranque mientras Tilde ha salido con Mariana, se lo 
confiesa á Pepe. Éste presa de lírico arrebato, com- 
prende en ese instante que toda su pasión es por 
Simona. Ambos se juran amor y suena un beso en 
el momento que Tilde aparece por el fondo. Simona 
corre á ocultarse y cuando Pepe intenta una dis- 



366 



OPINIONES DE LA PRENSA 



culpa ante Matilde, que lo ha visto todo, ella, angus- 
tiada y digna, lo rechaza, enrostrándole su traición 
y pidiéndole que se marche. Pepe quiere tomarla 
entre sus brazos, pero el abuelo se interpone. Com- 
parecen Luz y Simona, originándose una rápida dis- 
cusión en la que éstas justifican el hecho y lo de- 
fienden con cinismo mientras llora Matilde. Una in- 
dignación profunda levanta entonces la energía del 
abuelo, el cual logra imponerse, arrojando de su 
lado con sentida y firme serenidad á Pepe y á las 
hermanas desleales. Quiere estar sólo, sólo con su 
desgraciada nieta. Desde ese momento ella no ha de 
tener otro consuelo que el cariño del viejo. Tilde 
cae en los brazos del abuelo, mientras baja el telón. 

El tercer acto es más lento, menos interesante que 
los otros. Pero hay vida, hay realidad en ese palpi- 
tante trozo de amargura. El abuelo y Tilde han 
abandonado la casa familiar. El fuerte golpe su- 
frido por la pobre muchacha, produce consecuencias 
irremediables. La tisis va ejerciendo su aniquilante 
labor. En vano Mariana, que está allí junto á Tilde 
prodigándole toda clase de cuidados, trata de enga- 
ñar al viejo pintándole una mejoría que no ha de se- 
ñalarse. En vano Pancho, el holgazán, que hasta se 
ha decidido á trabajar en presencia de lo que ocurre 
á su hermana, pretende hallar progresos favorables 
en el estado de la enferma. El desenlace es fatal y 
está próximo á producirse. 

En efecto, después de una tierna escena en la que 
Tilde, obsesionada por el recuerdo de su novio, hace 
á Pancho preguntas saturadas de honda melancolía, 
se avecina la crisis. 

Creemos que uno de los más bellos pasajes de la 
obra es aquel en que Tilde sorprende al abuelito, 
ante la luz de la lámpara, trenzando 11 maneas" para 
la talabartería. El amoroso viejo, sin fuerzas y casi 
paralítico, trabaja también para su nieta, furtiva- 
mente, en las altas horas de la noche. Tilde le recri- 
mina esta bondad, se deja caer sobre la hamaca en 



SOBRE "LA RONDALLA " 



367 



las conmociones dé una extraña congoja y pide al 
viejecito que le traiga una cruz, regalo que su novio 
le ofreciera para colgarse al cuello. El abuelo va en 
busca del objeto y Tilde se aproxima á contemplar 
la calle. 

Entonces, bajo la noche tranquila, cuya claridad 
efunde por la abierta ventana, suenan rompiendo 
el poemático silencio las notas vagabundas de la ron- 
dalla. 

En el ánimo de Tilde se opera como un súbito 
resurgimiento. Cree que Pepe viene á su ventana, 
trayendo como ayer en las bandurrias un perfume 
de amor .... 

La enferma se transfigura y llama á Pepe con 
desgarrante reclamo. Pero no. Los ecos del pasa- 
calle que otra vez sugestionan con doliente compás, 
se pierden á lo lejos como una luz que muere — 
' ' ¡ Ah, no es por mí ; es por la otra ! " — Así exclama 
la tísica y se dobla sobre la hamaca lo mismo que 
una flor. El abuelo que vuelve con ufana sonrisa, se 
desploma anonadado cuando toca á la muerta, y el 
eco vagabundo de las bandurrias va desapareciendo 
por lejanas callejas. . . . 

He ahí La Rondalla. Pérez Petit ha presentado 
una obra, que, no obstante la vulgaridad inevitable 
de ciertas escenas, se nos antoja un poema. El am- 
biente está reflejado con fidelidad. La psicología 
de los personajes está bien definida. Hay color y 
sinceridad en este drama. ¿Algún defecto? Sí: tal 
vez. Pero nosotros hemos ido á sorprender belleza. 
Y sobre cualquier imperfección de La Rondalla, un 
bello soplo de arte hemos sentido en esta obra de 
Víctor Pérez Petit. 



La dirección del teatro Nacional, hace una co- 
rrecta presentación del drama. Se distinguen en la 
interpretación : Blanca Podestá, en su sentido papel 
de Tilde; Angela Tesada (Simona), artista de ta- 



368 



OPINIONES DE LA PRENSA 



lento á quien la crítica sigue con marcado interés; 
Orfilia Rico (Mariana) ; Adela Podestá (Luz) ; Ar- 
turo Podestá (El abuelo) aplaudido por el público 
en diversos pasajes; Elias Alippi, (Pepe), inteli- 
gente actor que sabe caracterizarse y cuya dicción 
clara y correcta ganaría ante los espectadores si 
alzase más la voz. 

Julio Escarcela (Pancho), caracteriza con feliz 
exactitud ese tipo de holgazán impenitente. 

Buenos Aires, 1907. 

José de Maturana. 



"La Rondalla". — No sabemos por qué los diarios 
bonaerenses han hecho el silencio, hasta ahora, en 
torno del drama La Rondalla, del señor Víctor Pé- 
rez Petit, que se viene representando en el teatro 
Nacional. Según tenemos dicho, se trata de una 
obra sobresaliente, que merece la atención del pú- 
blico y de la crítica. Enmendemos por nuestra parte 
la omisión aquella, é informemos, siquiera sea su- 
mariamente, sobre la nueva producción del distin- 
guido literato uruguayo. 

La Rondalla es la historia melancólica de una Ce- 
nicienta, que muere tísica y abandonada por su 
amante. Como la Cendrillón, del cuento de Perrault, 
Tilde, la protagonista del drama del señor Pérez 
Petit, sufre la tiranía, el desprecio y las vejaciones 
de dos hermanas crueles y soberbias. Carece de una 
madrina, hada que la proteja, y sólo su abuelito, un 
anciano valetudinario, se conduele de su desamparo. 
Tilde tiene un novio á quien adora, y el cual suele 
venir á darla serenatas. La acción del drama se 
inicia precisamente en el instante en que una banda 
de guitarras y bandurrias, que dirige su prometido, 
pasa por la calle tocando en honor suyo la rondalla 
de La Dolores. 



SOBRE "LA RONDALLA" 



369 



Una de sus hermanas le roba el novio á Tilde. La 
triste Cenicienta estaba enferma. El trabajo exce- 
sivo y brutal que durante largo tiempo gravitó sobre 
ella, ha concluido por agobiarla, y cuando comprueba 
la traición de su amado, desfallece bajo el supremo 
golpe. La vida en aquella casa se hace imposible, 
por otra parte, para ella. Para ella y para su pobre 
abuelito, que la defiende de las implacables agre- 
siones fraternales. Ambos resuelven marcharse de 
allí. Y van á refugiarse á una precaria morada que 
el viejecito semiparalítico debe sostener trabajando 
rudamente á pesar de su claudicante senectud. Entre 
tanto el mal de Tilde se agrava. Sus ojos hundi- 
dos, sus mejillas escuálidas, su tos desgarrante, nos 
lo dicen bien claro. Casi no deja el lecho ya. Y mien- 
tras ella sufre y delira por la noche en su cama mí- 
sera, el abuelo trabaja encarnizadamente trenzando 
lazos con sus manos temblorosas para ganarle la 
taza de caldo del siguiente día. Tilde no ha olvidado 
á su novio. Sabe que va á casarse con la otra; sabe 
que ahora son para la otra las serenatas y las ter- 
nuras un día suyas, pero en sus ilusiones de tísica 
incurable, se aferra á la quimera : acaso él vuelva to- 
davía Cierta noche que se halla levantada, escucha 

de pronto una música lejana. Es un alegre sonar de 
bandurrias y guitarras que se acercan tocando la 
"rondalla" de La Dolores, la rondalla de sus horas 
felices, la rondalla que le hablaba de amor, la ron- 
dalla que viene á vivificar de golpe sus marchitas 
esperanzas de ventura, Es él que vuelve; él que 
acude á reanudar las antiguas serenatas. . . . Corre 
hacia la ventana Tilde. Pero la banda sigue su ca- 
mino. Un momento nada más, desgrana sus notas 
nubilosas bajo la ventana. Jméso, poco á poco se va 
desvaneciendo á la distancia. Hasta que por último 
sólo el eco de la música llega de lo lejos, un eco ■pla- 
ñidero v doliente que parece cernir en el vasto silen- 
cio de la noche. No era para Tilde la serenata. Era 
para la otra. Y Tilde, abatida por el tremendo desen- 

24 — T. II. 



370 



OPINIONES DE LA PRENSA 



gaño, se desploma sobre un sillón próximo. Cuando 
el abuelito sonriente y cariñoso regresa á su laclo, 
la encuentra muerta. 

La obra del señor Pérez Petit está construida con 
seguridad y proporción. La acción marcha en ella 
suelta y viva del uno al otro extremo. Un fuerte 
interés se apodera del espectador desde las prime- 
ras escenas del drama, y va creciendo hasta el desen- 
lace, cuyo efecto emocional es intenso y hondo. Con- 
forme á las prácticas de la estética moderna, (es 
sabido que el drama antiguo no mezclaba la risa 
con las lágrimas), el autor de La Rondalla hace al- 
ternar la nota patética con la risueña, y gracias á 
esta diestra distribución de los matices emotivas, 
consigue sostener tensa la atención del auditorio 
durante toda la representación. Gracias á ella tam- 
bién, la pieza no resulta lacrimosa, es decir, mono- 
corde. Una aguda observación revelan ciertas esce- 
nas de La Rondalla. Acaso el ambiente de "los alre- 
dedores de Buenos Aires" pudiera tacharse de arti- 
ficial; pero, los caracteres, aun siendo esquemáticos 
en sus trazos generales, están dibujados con certera 
mano. El ojo que los ha visto sabe mirar, sin duda, 
dentro de las almas. Deja La Rondalla una impre- 
sión aguda de verdad. Aquellas hermanas díscolas 
y perversas, aquel hermano holgazán, que conserva 
en su cinismo de zángano incurable, ternura y pie- 
dad para la infortunada Cenicienta; aquel viejecito, 
conmovedor por su abnegación y su cariño hacia la 
nietecita, á quien cuida con solicitudes maternales, 
son figuras que viven. 

Como propio de un escritor tan sutil como el señor 
Pérez Petit, el estilo de su obra es llano, sin caer en 
la chavacanería y pulcro sin llegar á la ampulosidad. 
Es un estilo de teatro (en el sentido que Sarcey daba 
á la expresión) , vale decir, el estilo que conviene al 
caso. La Rondalla nos sugiere muchas otras consi- 
deraciones, que acaso desarrollemos con motivo de 
una nueva obra del autor. Pongamos, por ahora, 



SOBRE "LA RONDALLA" 



371 



punto final á la presente crónica, aplaudiendo efu- 
sivamente este drama, cuya nobleza artística mere- 
cería más atención de nuestra crítica. 

La compañía Podestá interpretó La Rondalla con 
mucha justeza, particularmente el señor Arturo Po- 
destá, á quien pocas veces hemos visto tan acertado 
como en el papel de abuelo, y la señorita Blanca 
Podestá, que supo hacer emocionante y simpática 
la parte de Tilde. Colaboraron con lucimiento, la 
señora Tesada y el señor Escarcela. — J ean Paul. 

Buenos Aires, 1907. 

(El País). 



u La Rondalla" de Víctor Pérez Petit. — En la 
cantera artística del doctor Víctor Pérez Petit hay 
materiales para la construcción de obras sólidas y 
bellas. Dígalo sino el hecho de que con tan escasos 
elementos, con un argumento tan sencillo, con un 
asunto tan baladí, haya tejido un drama tan intere- 
sante por no decir hermoso, como La Rondalla, que 
representan los actores del teatro Nacional. 

En un ambiente netamente criollo, bajo el parral 
de un patio de una modesta vivienda de los subur- 
bios de la capital se produce el conflicto que oca- 
siona una víctima, Tilde. Como toda superioridad 
es molesta, Simona y Luz acosan á la hermana me- 
nor, á la delicada Tilde, sobre cuyas espaldas caen 
los latigazos de aquellas dos mujeres que no le per- 
donan la pureza de sus sentimientos, su espíritu de 
labor y orden, su obediencia pasiva y resignada y so- 
bre todo y más que nada la preferencia amorosa que 
inspira por su honradez, discreción y belleza al tipó- 
grafo Pepe, un tipo, como le llama Simona, sin ca- 
rácter y sin virtud, que después de enamorar loca- 
mente á la protagonista cae enredado en las mallas 
de la pasión á que le precipita la desalmada Simona. 



372 



OPINIONES DE LA PRENSA 



El abuelo de las muchachas interviene á favor de 
Tilde, pero sin gran eficacia. Sus años pesan mucho. 
Saca á su Tilde de la casa maldita y en otra muy 
humilde vive con la pobre nieta, luchando con la 
tisis que destruye los pulmones de la joven, y te- 
jiendo lazos con mano temblorosa, á escondidas de 
Tilde para ganar unos pesos y ahuyentar la miseria 
que acrecienta la terrible dolencia. La catástrofe se 
anuncia : la rondalla de La Dolores se acerca, aque- 
llos gratos sonidos, que arrancaba una mano segura 
de la bandurria su inolvidable Pepe, rasgan el silen- 
cio de la noche; sus alegres compases evocan horas 
plácidas y serenas, protestas de amor y juramentos 
de cariño ; sus notas vibrantes arrastran á la inca ata 
á la ventana y sus gritos de "Pepe. . . . viene. . . . 
Pepe. ... se va". . . . son de una emoción tan in- 
tensa que arrancan lágrimas espontáneas y dolo- 
rosas. 

La música se aleja, no es para Tilde, es para la 
otra, es para Simona, para la hermana cruel que la 
mata y para la cual no tiene ningún reproche. 

Dentro del género que se ha convenido en llamar 
criollo, y que, dicho sea de paso, no nos gusta, por 
razones que expondremos á su tiempo con la debida 
extensión, es de lo mejor que hemos visto. Además 
del cuadro que es natural y sacado del mundo en 
que vivimos, nótase en la obra del doctor Pérez Petit 
un fino análisis de caracteres, un estudio psicológico 
y social de estos problemas íntimos de familia, que, 
por ser nosotros datos vivientes de los mismos, no 
nos detenemos á examinar y cuya solución no nos 
preocupa mayormente. 

Las tintas están un poco cargadas. Pancho es ' ' de- 
masiado haragán" y en extremo despreocupado de 
los suyos para que de golpe se decida á trabajar y 
al lado precisamente de los que lo despellejan. Es 
un defecto de mucha importancia la carencia de una 
explicación natural del desvío de Pepe de Tilde y 
su acercamiento á la desvergonzada Simona. Nada 



SOBRE "LA RONDALLA" 



373 



ai nadie obligaba al tipógrafo á preferir á Tilde á 
las otras dos hermanas, y una vez preferida, su pre- 
dilección debía afianzarse ante los ejemplos de ira- 
bajo y virtud de la una y las pruebas de mala edu- 
cación y ligereza de las otras. Se nos dirá que el 
amor es ciego y que el nersonaje es hueco moral- 
mente ; pero contestaremos que aun admitiéndolo, 
no se deduce claramente en el transcurso de la obra, 
El abuelo y Mariana muy bien concebidos. 

El lenguaje dentro del "argot" criollo, natural y 
fácil. Ni se notan rebuscamientos ni la hinchazón 
afea el estilo. El efecto oratorio falta en absoluto, 
dicho sea como mérito de la obra. Los chistes abun- 
dan y, salvo alguno que otro de subido color, exci- 
tan la risa con franqueza. 

Los actores bien y la escena cuidada con esmero. 

Buenos Aires, 1907. 

(La Nación). 



"La Rondalla". — ¡Pobre y triste flor del senti- 
miento, destinada á arrastrar tu vida melancólica 
de Cenicienta gentil, entre dos hermanas perversas 
y díscolas, un abuelito paralítico, imposibilitado 
para defenderse, y un hermano haragán y vicioso ! 
Pobre y bella criatura, emblema de la nobleza y 
de la gracia, vimos la epopeya amarga de tu con- 
goja sin nombre, cruzar la escena entre lágrimas 
y sollozos, y te hemos querido y nos hemos inte- 
resado por tu suerte, siguiendo el calvario hacia 
donde te llevó un hombre sin carácter, y la maldad 
de aquellos que debiendo serlo todo para tí, se tro- 
caron en tus verdugos y no dejaron de perseguirte, 
sino cuando quedaste abandonada, cavándote de ese 
modo la sepultura. 

El poema de tu joven y desgraciada vida, fué 



374 



OPINIONES DE LA PRENSA 



visto con alma de artista, por uno de los raros tem- 
peramentos sanos que escriben para el teatro na- 
cional: á impulsos de una inspiración honesta, se 
dibujaron los hermosos contornos de La Rondalla. 

Por eso vimos desarrollarse en un ambiente de 
verdad el drama de Tilde, palpitar su amor, estre- 
mecerse sus celos, manar sangre la herida abierta 
en el pecho por el traidor, sufrir por el cruel aban- 
dono, torturarse en la penosa agonía y expirar con 
un grito angustioso donde estallan todas las amar- 
guras de un alma atormentada. 

Víctor Pérez Petit, ha sabido con mano certera 
pintarnos en un cuadro sobrio, bien proporcionado 
y lleno de efectos de luz, un episodio sencillo, pero 
lleno de emotividad, y triunfar en buena ley. 

Si Tilde, la protagonista de La Rondalla, es figura 
humana, llena de atractivos en su romántica resig- 
nación é impregnada en todos sus actos en un idea- 
lismo que gusta tanto á los jóvenes de veinte años, 
como á los que han pasado los linderos de la madu- 
rez, no menos reales son sus dos hermanas Simona 
y Luz, tan sinceras en la maldad que las distingue, 
como en lo vulgar de su conducta y de sus pensa- 
mientos odiosos. 

El abuelo, con su timidez explicable ante la per- 
versidad de las harpías, tiene los rasgos peculiares 
de su carácter y su psicología se mantiene fiel desde 
el principio hasta el fin. 

Mariana recuerda la protagonista del Codicillo 
dello zio Venancio, de Pablo Ferrari, y, como ella, 
es charlatana, porfiada, ocurrente y bondadosa. 

Pancho, filósofo de circunstancias, incapaz de mo- 
ver un brazo para ganarse el pan, con lengua siem- 
pre dispuesta — cuando lo pican — á cantar las ver- 
dades del barquero, es una copia fiel de los orilleros 
holgazanes que pasan sus días en el conventillo, 
buscando la distracción en el mate, en la charla 
insustancial, en la crítica casera, con alternativas 
de escándalo y de pendencias ruidosas. 



SOBRE "LA RONDALLA " 



375 



Ese mismo fondo de verdad en las sombras del 
vicio, sienta todo el carácter de su "verismo" indis- 
cutible, así como la falta de energía para reaccionar 
y libertarse, mediante el trabajo, de su esclavitud 
moral. 

Pepe, el novio de Tilde, que se enamora primero 
de una hermana para casarse luego con otra, debe 
considerarse la figura más débil del drama; débil 
ante el análisis, y de menor estudio psicológico que 
cualquiera de las otras. 

Tal vez ello obedezca á la idiosincrasia del autor, 
que gusta de los toques rápidos, aunque el procedi- 
miento tenga por resultado achatar los relieves. 

Sea como fuere, cuando un escritor logra como el 
señor Pérez Petit, presentar al público el cuadro de 
seres que todos conocemos por haberlos visto en la 
vida, y les da movimiento sin artificios, en una obra 
tan bien llevada á cabo como La Rondalla, no pode- 
mos negar que nos encontramos frente á esas altas 
manifestaciones del arte, que honran al teatro na- 
cional. 

Y arte, arte hermoso, campea en los tres actos del 
drama modernísimo del autor oriental, escrito con 
vistas nobles, con entendimiento elevado en la sen- 
cillez de su trama y los medios sinceros, de que se 
sirve para desarrollarla. En su tecnicismo hay pocos 
defectos ; el modo de encuadrar las escenas es eficaz 
y natural; el diálogo correcto, lógico y abundante 
en frases espirituales y en hallazgos oportunos. 

En los acontecimientos no se siente el artificio, ni 
se muestra el lugar común de los convencionalismos 
tan en boga en nuestro incipiente teatro. 

Los personajes de Pérez Petit entran en la escena, 
se mueven, hablan y salen como en la vida real. 

La lógica que determinan sus actos, refleja el 
equilibrio del pensamiento con la acción, y las inve- 
rosimilitudes están desterradas casi por completo del 
drama. El primer acto es muy bueno, con un color 
de ambiente hermoso y escenas de relieve; el se- 



376 



OPINIONES DE LA PRENSA 



gundo, también tiene valor, aunque es menos espon- 
táneo ; el tercero, es más débil que el anterior en su 
tecnicismo, pero empapado en una suave melancolía, 
que arrastra por completo al oyente, en especialidad 
por su final, eficazmente dramático. 

La rondalla de La Dolores resuena en la noche 
tibia y perfumada, poco lejos de la ventana de Tilde, 
pero no para hacerla dichosa como antes, sino para 
manifestarle la traición del novio, quien con esa 
serenata da el golpe mortal á la joven abandonada. 

La concurrencia aplaudió con entusiasmo la obra 
en la noche del estreno, y el éxito siguió acentuán- 
dose en las sucesivas. 

Buenos Aires, 1907. 

(La Prensa). 



"La Rondalla". — Un éxito ruidoso obtuvo el 
drama del doctor Víctor Pérez Petit, estrenado por 
la compañía Arellano. La Rondalla ha salido triun- 
fante ante nuestro público, como salió triunfante en 
Buenos Aires, donde se representó más de cuarenta 
noches consecutivas. Y por cierto que había gran 
interés en conocer la última obra del brillante es- 
critor nacional, razón por la cual un público nu- 
meroso y selecto se congregó en la sala de Solís. 

La primera escena cautiva por completo la aten- 
ción del auditorio. Se divisa el patio de una casa 
pobre, sumido casi en la oscuridad, confundiéndose á 
la indecisa luz el aspecto de las cosas. 

Mientras la escena permanece solitaria siéntese á 
lo lejos el rumor de una música que contribuye á 
prestar poético encanto al cuadro. 

El son de la rondalla se va haciendo cada vez 
más preciso hasta que el rasgueo de las guitarras 



SOBRE ' " LA RONDALLA , * 



377 



y las bandurrias acaricia con dulzuras de serenata 
para volver á esfumarse nuevamente como un mur- 
murio lejano. 

La iniciación de la obra es novedosa y constituye 
un verdadero hallazgo. 

La melancolía de la música marca el tono del 
matiz sentimental é ideológico que ha de caracteri- 
zar el drama para surgir después al final como un 
hit motif conocido, que asocia al trágico desenlace 
una sensación de ternura. 

Esto no quiere decir que la obra sea simplemente 
un poema sentimental. También hay ideas, también 
hay pasiones, también hay enseñanzas crueles y ver- 
dades amargas, r>ero todo ello con un suave tamiz 
artístico, sin rebuscamiento de frases condenatorias 
y sin discursos ampulosos que las más de las veces 
resultan ineficaces nara el público inteligente. El 
autor traza á grandes rasgos y sin descuidar por 
eso detalles de observación, un drama de familia, 
el eterno drama del amor egoísta y cruel que pasa 
triunfador por sobre los escombros de dolor y lágri- 
mas que sirven de cortejo á muchos idilios venturo- 
sos. Junto al abuelo se agrupa la familia, Matilde, 
temperamento débil y enfermizo ; Simona y Luz, lo- 
cuaces y alegres, y Pancho, prototipo de indolencia 
criolla, resignado á tocar milongas en la guitarra 
y á aburrirse cuando no duerme, preso en las redes 
de su incurable haraganería. 

La escena comienza á animarse con diálogos viva- 
ees, en los que campean los modismos gráficos de 
nuestra jerga, aun cuando á veces se exagera la 
pincelada con frases y refranes que se suceden con 
excesiva prodigalidad. Pepe, que es el novio de Ma- 
tilde, llega á la casa donde es esperado por la me- 
lancólica enferma, cuyas ansias de afecto se expan- 
den ante el recuerdo de la serenata que exaltó sus 
vehemencias de amante apasionada. 

La escena amorosa es tierna y conmovedora y llega 
á enternecer el afán de Tilde, que relegada en la 



378 



OPINIONES DE LA PEENSA 



casa á una posición de Cenicienta, cuida su amoroso 
tesoro con toda la fuerza de su ansia pasional. Pero 
el amor que tuvo caricias de ángel bueno en las dul- 
zuras de la serenata, cambia á capricho sus halagos 
veleidosos y mientras clava un dardo cruel en el 
corazón de la sensitiva, va á prodigar sus bendicio- 
nes á un alma que se debatía en las sombras, mono- 
logando envidias é impotencias ante el sonreir ven- 
turoso de la dicha ajena. Simona va apoderándose 
poco á poco del corazón de Pepe, mientras la triste 
enferma sufre las torturas de una dicha que se aleja. 

Y la ve alejarse para siempre con dolorosa y brutal 
evidencia, cuando á ella misma le está reservada la 
sorpresa cruel de contemplar á la hermana en brazos 
de su prometido. Aquí hay una escena patética de 
reproches dolorosos, y mientras el amor sonríe con 
ironía, irresponsable en sus decretos, los vencidos 
se abrazan en derrota : la tísica, llorando su perdido 
paraíso y el abuelo presintiendo el derrumbe de un 
alma acongojada y de una vida precaria de salud. 

En el tercer acto ya se palpan los efectos del 
desastre. Los hombros del anciano son débiles para 
sostener en su descenso á una vida que se extingue. 

Y como si la alegría triunfal del amor que pasa 
fuera insensible á la amargura estoica, se complace 
en desvanecer la última esperanza del vencido. En 
una noche serena, evocadora de pasadas alegrías, la 
tísica escucha desde su ventana el rumor de la se- 
renata que se acerca, modulando las inolvidables 
armonías de la rondalla. 

Por un instante reviven sus ansias amorosas, y pal- 
pitan en el último estremecimiento las fibras dolo- 
ridas de su corazón. Pero pasa el miraje y la mú- 
sica se aleja para ir á acariciar la vanidad de la 
amante satisfecha, mientras la sensitiva cae desplo- 
mada, muerta, como un arpa rota en el silencio 
triste de una noche sin aurora. 

Ese es el drama. Sincero y honrado en su con- 
cepción fundamental, complejo en su estructura y 



SOBRE 4< LA RONDALLA" 



379 



con laudable sobriedad en el procedimiento escénico. 
Por eso gustó en conjunto y por eso el público 
aplaudió con entusiasmo, ovacionando al autor. 

No hacemos análisis de detalle, porque no cuadra 
á nuestra misión de impresionistas. Si lo hiciéramos 
señalando recursos dudosos y chocantes fraseologías, 
incurriríamos en censura criticable, de la que los 
mismos triunfadores se han hecho reos algunas ve- 
ces siendo injustos, acaso en el sincero afán de ser 
extremosamente celosos de los fueros de un arte que 
recorre las primeras etapas de un futuro floreci- 
miento. La Rondalla se repite esta noche. Prolija- 
mente ensayada, será otro éxito para el autor y para 
los intérpretes que estudian con verdadero amor las 
obras que ponen en escena, como se demostró en este 
drama, donde Arellano y la Estévez, rayaron á gran 
altura, discretamente secundados por los elementos 
que los acompañan. 

Bien merecida tiene esta compañía, la protección 
que nuestro público le dispensa, en premio á su la- 
bor. — Max. 

Montevideo, 1908. 

(La Democracia) . 



Al Solís. — "La Rondalla" di Pérez Petit. — leri 
sera, per la seconda volta, e con ragione, il pubblico 
applaudi al Solís la nuova comedia dal valoroso 
scrittore Vittorio Pérez Petit : Im Rondalla. 

La Rondalla, per chi non lo sapesse, significa la 
Serenata. 

Come é la comedia? 

Daremo brevemente il giudizio. . . . , 

Vittorio Pérez Petit, ingegno acuto ed anima d 'ar- 
tista, ha voluto questa volta far prevalere il senti- 



380 



OPINIONES DE LA PRENSA 



mentó, la sua facoltá di colorista alie sue doti di 
pensatore. 

E ci ha dato una comedia d 'ambiente. 

In essa vibra delicata la passioue e profondo il 
dolore e si eleva bello, nella sua radiosa luce, il sen- 
tirnento d 'amore : 1 'eterno indistruttibile sentimento 
che é vita e morte. 

II lavoro di Pérez Petit, tutto un ricamo, ci fa 
assistere alio strazio d'una povera fanciulla cui la 
sorella toglie il fidanzato. 

Ella ne ammala, e muore, una sera in cui senté 
la serenata passare. 

Giá non passa piú per lei ; passa per sua sorella. 

Le scene sonó di fina f attura — ed il colore é 
vivacissimo. 

Pérez Petit ha dato, con questo lavoro, una nuova 
e bella prova del suo versatile ingegno. 

II pubblico ha anplaudito entusiásticamente il la- 
voro. 

L'esecuzione buona. 
Montevideo, 1908. 

(L' Italia al Plata). 



Solís. — El éxito de La Rondalla, estrenada ano- 
che en Solís, no puede discutirse. El doctor Pérez 
Petit ha confirmado con esa obra la merecida repu- 
tación que ha sabido conquistarse, de escritor bri- 
llante, de dramaturgo inteligente, conocedor de los 
múltiples recursos teatrales, para sacar grandes efec- 
tos é interesar vivamente á la concurrencia. 

La Rondalla, de cuyo argumento hicimos ayer 
una ligera síntesis, es una obra de estudio en la que 
se acredita un espíritu observador muy desarrollada 
Todos los personajes están hábilmente estudiados; 
las escenas son de una sencillez y de una verdad 



SOBRE "LA RONDALLA ,y 



381 



sugestivas; el diálogo es fluido y animado y el con- 
junto rebosa exquisita sinceridad. 

Los aplausos nara el autor se repitieron á cada 
instante, obligándosele á presentarse repetidas ve- 
ces en el palco escénico. 

Y ese éxito de que hablamos hubiera sido más 
completo, más hermoso, si los artistas que tomaron 
parte en la interpretación de La Rondalla hubiesen 
estudiado mejor sus respectivos papeles y si se hu- 
biera realizado mayor número de ensayos. 

Ya le hemos dicho al simpático é inteligente actor 
Arellano, que esa prisa en hacernos conocer obras 
nuevas de estimables compatriotas, lo perjudica 
grandemente. Sacrifique su legítima y encomiable 
voluntad de agradar al público y de ofrecerle no- 
vedades diarias en homenaje á los autores que le 
entregan sus obras y en homenaje también á su 
propia reputación artística. 

La Rondalla salió perjudicada anoche por esa 
prisa de que hablamos, pues si hubiese sido mejor 
estudiada y ensayada, su éxito habría sido más her- 
moso, más legítimo y más completo. 

Esta noche vuelve á representarse y estamos se- 
guros que la obra gustará muchísimo más que en 
su estreno, porque los artistas estarán posesionados 
de sus papeles, desapareciendo las deficiencias de in- 
terpretación que anoche se palparon. 

La función terminará con la aplaudida zarzuela 
Justicia criolla. 

Montevideo, 1908. 

(La Tribuna Popular). 



<( La Rondalla", de Víctor Pérez Petit. — Los 
acordes del pasacalle de La Dolores, sonando ale- 
gremente en la noche, — mientras el patio con su 
brocal y su zarzo y sus jaulas, duerme su apacible 



S82 



OPINIONES DE LA PRENSA 



sueño familiar, — su dulce paz solariega, — envuel- 
ven al espíritu en una oleada de poesía que sugiere 
desde el primer momento el tono de sentimentalismo 
predominante en la obra. Ese tierno encanto que 
impresiona desde la primera escena, ha de ser el 
leit-moíif que reaparezca en el instante oportuno, 
para dar la nota distintiva del colorido dramático 
de la acción .... Se presiente que aquellos sones 
alegres están destinados á acompañar, desde afuera, 
como un comentario á la sordina, las vicisitudes, los 
anhelos, las congojas de un alma, tornándose cada 
vez más melancólicos conforme se va acercando el 
desenlace.... Así es, en efecto. Ellos juegan un 
importante rol en el desarrollo de la trama, ellos 
constituyen un valioso elemento en el cuadro, á cuyo 
efecto preciso, á cuya deseada matización contri- 
buyen eficazmente, poniéndose al diapasón de los 
corazones que aman, esperan y desesperan .... ¡La 
rondalla! Fué primero canto de gloria y de felici- 
dad para una pobre almita ilusa que entregó sus 
ensueños á la dicha de amar y ser amada, y luego 
fué canto de muerte que vibró con lúgubre tristeza 
en la hora de una desesperanza inenarrable : Matilde 
es la hermana menor de tres huérfanas que viven, 
trabajando como costureras en compañía de un her- 
mano — holgazán impenitente — y de un abuelo, 
casi paralítico. Ella es víctima del odio, no bien ex- 
plicado, de sus hermanas, que la condenan á un 
humillante papel de Cenicienta, al cual se resigna 
con una lamentable humildad que acaso perjudica 
al realismo de la pintura del carácter, pero aumenta 
en cambio el efectismo un tanto romántico de la 
figura. . . . Ella es la única de las tres herma- 
nas que tiene novio, amándole entrañablemente. Su 
compensación á las tristezas de una vida misera- 
ble, la halla en los momentos que pasa junto á su 
amado, á quien entrega el corazón. Pero la sola 
ventura de su existencia no podía durar. . . . Una 
de sus hermanas le roba el cariño de su novio, y 



SOBRE "LA RONDALLA" 



383 



ella tiene el dolor de sorprender un abrazo que la 
pone ante la penosa evidencia de una desgracia 
constantemente temida .... La escena que sobreviene 
emociona al público. Matilde enrostra al perjuro su 
deslealtad; la hermana huye; interviene el abuelo, 
que en defensa de su nieta idolatrada reprocha al 
mozo su indigno proceder; tercia la otra hermana, 
la que se considera "patrona de casa" por ser la 
mayor de las tres mujeres, que atienden al sosteni- 
miento de la familia ; quiere acallar las protestas del 
abuelo, mostrándose conforme con el nuevo giro que 
han tomado las cosas y disponiéndose á amparar al 
flamante amorío, mal que le pese á la atribulada 
Matilde .... Pero entonces el abuelo — armándose 
por fin de energía contra el despotismo de sus nie- 
tas mayores — arroja de la casa á las malas herma- 
nas y al novio desleal, mientras la abandonada se 
arroja en sus brazos sollozando desgarradora- 
mente .... En el tercer acto la separación se ha 
producido. El abuelo y Matilde — en quien ha he- 
cho progresos la tuberculosis, apenas mencionada 
en los anteriores actos — han ido á refugiarse en 
otra casa, que el pobre viejo sostiene con el pro- 
ducto de sus labores de trenzador de riendas. La 
enferma, que acaba de coger infraganti al viejo tra- 
bajando de noche, se sienta en un sillón cerca de 
la ventana, cuando suena á lo lejos el eco, entonces 
melancólico, de aquel pasacalle tan íntimamente vin- 
culado á sus recuerdos y á sus angustias .... Al 
pronto se imagina que pudieran vibrar por ella 
esas guitarras ; pero no tarda en convencerse de que 
no es por ella, sino por la otra. ... La rondalla pasa, 
sus vibraciones se hacen cada vez más débiles en el 
silencio de la calle, y la protagonista, en un acceso 
provocado por el rudo golpe mortal, mientras su 
amado se dirige á brindarle á la otra su serenata, 

muere El autor no ha pretendido escribir una 

obra de tesis, ni se ha preocupado de hacer resplan- 
decer en el diálogo conceptos profundos ó trascen- 



384 



OPINIONES DE LA PRENSA 



dentales. Ha querido componer lo que pudiera de- 
cirse una conmovedora escena sentimental, desenvol- 
viéndose á través de un cuadro pintoresco é intere- 
sante de costumbres. Tras este propósito ha hecho 
surgir en un ambiente bien estudiado, escenas muy 
animadas, muy teatrales, que cautivan el ánimo del 
espectador y lo mantienen sumiso al desarrollo del 
asunto. Algunas situaciones — como el final del acto 
segundo — despiertan vivísimo interés en virtud de 
su intensidad dramática ; otras esparcen una tristeza 
tranquila pero honda é irresistible, como sucede al 
escucharse la rondalla en el acto último. Las hay 
también que entretienen por ]a vivacidad graciosa 
y pintoresca, como aquellas del primer acto en que 
aparecen diseñadas las figuras del atorrante de fa- 
milia y de la sirvienta criolla. La figura del abuelo 
es hermosa y real, y el proceso de aquel amor que 
surge entre dos personas que parecían odiarse, que 
creían odiarse, está conducido de mano maestra, 
siendo á mi juicio una de las escenas más hábil- 
mente ideadas de la obra, aquella del primer acto 
en que la esperada declaración queda suspendida 
por la llegada de Pancho, primero, y luego por la 
de las amigas. El efecto de la aparición de éstas, 
anunciadas por Pancho en el momento en que los 
hipócritas enamorados se creen ya libres de impor- 
tunos, es grande entre los espectadoers, á quie- 
nes interesa la declaración veladamente insinuada 
y quienes al mismo tiempo desean que no llegue 
nunca á producirse. Cuanto al éxito alcanzado, cá- 
beme la satisfacción de constatar que fué sumamente 
caluroso y entusiasta, llamándose repetidas veces al 
autor á la escena. La interpretación fué correcta, 
destacándose la Esteves, en su papel de Matilde, 
A rellano, en el de abuelo y Rodríguez en el de 
Pancho. 



Montevideo, 1908. 



(El Día). 



SOBRE "LA RONDALLA 



385 



''La Rondalla" ^- (Fragmento). — La poesía de 
La Rondalla es delicada en extremo. De una remi- 
niscencia de La Dolores de Bretón — reminiscencia 
literaria, no musical — surge el efluvio de idealidad 
que flota sobre el ambiente de grosera vulgaridad 
en que se desarrolla el drama, y en la misma remi- 
niscencia se extingue. Es un símbolo. El amor puro, 
el amor del alma, no puede resistir ciertos ambien- 
tes, y se consume en su propia llama. La flor que 
nace en el fango, en el fango encontrará su tumba. 
Así Matilde, la figura bella del drama, nace para 
amar, para ahogar en ternuras, en cariños, la in- 
mensa sed de ternura y cariño que abrasa todo su 
ser. Entrevé un momento la dicha de ser amada, 
de ser comprendida, y cuando cree segura esa feli- 
cidad, el desengaño la mata. No hay más conflicto ; 
no hay más enredo. Pérez Petit ha querido, y lo ha 
logrado, oponer á la brutal materialidad de la exis- 
tencia de cierta clase de la sociedad el contraste de 
un alma pura, toda claridad, toda nobleza, toda 
amor. Y el contraste es violento. Matilde es á los 
demás personajes de La Rondalla, con excepción del 
Abuelo, lo que una planta delicada á las yerbas que 
rastrean á su alrededor. Y son esas yerbas las que 
suben y se enredan, y concluyen por ahogar á 
aquélla entre las asperezas de sus ramas. . . . Ramas 
que también á mí me envolvieron é impidieron que 
apreciara la belleza del símbolo. ¿ Por qué tan fron- 
dosas? ¿Por qué tan vulgares en forma y en len- 
guaje ? El respeto á la realidad lo imponen. Sí. Pero 
quizás á ese afán de realidad, de mantener siempre 
el medio ambiente, se deba el que el primer acto 
pase inadvertido y que algunas figuras, como la de 
Mariana, por ejemplo, resulten recargadas de colo- 
rido. El verdadero drama empieza, á mi juicio, en 
el acto segundo, el más movido, el mejor dialogado, 
el más sólido de los tres de que se compone la obra. 

25.-T. II. 



386 



OPINIONES DE LA PRENSA 



Ahí está la idea del autor en esencia, y ahí el princi- 
pio y fin de la tragedia que concluye con la existen- 
cia de Matilde. Lo demás es secundario. La misma 
muerte de la protagonista, que no tiene más efecto 
que recordar otra muerte igual de una de las más 
populares heroínas del teatro francés, no interesa 
tanto como el episodio que cierra el segundo acto, 
de una dramaticidad sobria y admirable. Con esta 
circunstancia á favor del final de La Rondalla: que 
hay más poesía, más encanto en aquel sonar pos- 
trero de las bandurrias, y en aquel aleteo de alegría 
y de juventud, que estremece el cuerpo y el alma de 
la desdichada Matilde, que en el continuo toser y el 
triste divagar de la muerte de Margarita .... No 
es la escena final la más emocionante del drama, 
pero es, sí, la más poética .... 
Montevideo, 1908. 

Teógenes. 



El estreno de "La Rondalla", de Víctor Pérez 
Petit. — Buen estreno el de La Rondalla, de Víctor 
Pérez Petit, efectuado anoche en Solís. Un aconteci- 
miento. La sala del teatro muy concurrida, aceptó 
la obra con placer desde el principio, y premió con 
ovaciones nutridas, que á veces adquirían proporcio- 
nes de tempestad, la labor del comediógrafo y de 
sus intérpretes. A Pérez Petit se le llamó al palco 
escénico al final del segundo acto y otras tantas al 
terminar la representación. — Y á Arellano, que es 
un actor de talento, correcto, fino, de rasgos sobrios, 
se le hizo objeto de una espontánea manifestación 
de simpatía después de la escena culminante del se- 
gundo acto. Esto en cuanto al resultado de la inter- 
pretación. En cuanto al valor de la comedia, puede 
decirse que es grande. Hay en ella todo lo que re- 



SOBRE "LA RONDALLA" 



387 



quiere una obra teatral para triunfar fácilmente: 
interés en la trama, vivacidad en el diálogo, dra- 
maticidad en las escenas, lógica en el desarrollo de 
la acción y relieve en los personajes. Los contrastes 
de clarobscuro están, por otra parte, bien logra- 
dos, y el público pasa de la emoción intensa á la 
alegría ruidosa sin el menor asomo de brusquedad 
ó violencia. El autor se apodera del auditorio por 
ese medio, y concluye por dominarlo, por subyu- 
garlo, por sujetarlo á su voluntad. Es su mayor 
éxito. En conjunto, pues, La Rondalla es digna del 
aplauso entusiasta que público y críticos argentinos 
le tributaron. Tiene fondo y tiene forma. De los de- 
talles podría hacerse alguna observación, pequeña 
por cierto, que nada afecta al mérito total de la 
obra. Por ejemplo : cierto recargo de colorido en al- 
gunos personajes, como el de Manuela, que nos pare- 
ció demasiado pletórico de color. Quizás esta impre- 
sión obedezca al poco dominio que la Lanaro tenía 
del papel y que interpretado á conciencia resulte 
menos frondoso en rasgos y en elocuencia que lo que 
anoche nos pareció. Pero lo repetimos : es un detalle. 
Y un detalle no aumenta ni disminuye el valor de 
una producción, sobre todo cuando la producción 
tiene savia lozana y fuerte como la de Pérez Petit. 

La compañía Arellano es acreedora á un sincero 
elogio. Y con el elogio á la protección decidida del 
público. Su labor de anoche ha sido esmerada y 
buena. A su voluntad, á su acertadísima dirección 
se debe gran parte del éxito obtenido. Éxito que no 
sólo se refiere á la parte hablada, sino también á 
la dramática. 

Montevideo, 1908. 

(La Razón). 



ÍNDICE 



Pág. 



El Esclavo -rey, comedia dramática en tres actos 11 

La Rondalla, drama en tres actos 143 

El baile de Misia Goya, humorada en un acto 275 

Opiniones de la prensa sobre El Esclavo -rey 353 

Opiniones de la prensa sobre La Rondalla 361